Don Carlos Enrique Jiménez Sáurez, hombre amable, bondadoso, noble, gran trabajador, reconocido por su Fe católica, excelente persona, un verdadero personaje alajuelense, el famoso PIN. Bajito de estatura, con corazón de gigante
Y no únicamente participó en las actividades de la Iglesia, entre ellas el de soldado en las Procesiones católicas, como un auténtico actor de películas; estuvo allí, junto a sus compañeros de los “Caballeros del Santo Sepulcro”, en la Procesión del Silencio, en horas de la noche, donde Pin siempre asistía.
También lo vimos y admiramos ejecutando varios trabajos, arreglando calles, cañerías, pintando las gradas del Estadio Alejandro Morera Soto, misceláneo y otras obras en la ciudad y pueblos de Alajuela, como funcionario de la Municipalidad local. Un gran trabajador. No se arrugaba por nada.
Participó en muchas actividades deportivas. Gran arquero en el fútbol y su estatura no fue obstáculo porque le iba a todas las bolas, por alto, rasas, de poste a poste, como los grandes, todo lo hacía a puro corazón, como deben actuar todos los deportistas.
Estuvo en competencias de atletismo. Recordamos una de sus intervenciones al realizar la carrera desde un punto de la ciudad Alajuela, hasta la ciudad de Grecia y vuelta al punto de partida, devorando más de veintiséis kilómetros.
Para estas participaciones que requería muy buena condición física y mental, tomaba la famosa “Calle Ancha” en Alajuela, de casi cuatro kilómetros que encierran el centro de la Ciudad, su pista de entrenamiento, sin faltar la frotadita a base de “Benguey” en todas las actividades deportivas, crema especial para aflojar músculos, dolor de espalda, esguinces, contusiones y así evitar contratiempos en las carreras de atletismo.
La frotadita proviene de una anécdota sucedida a Pin. En la famosa Carrera La Gloria, del centro de Heredia al Comercial del Sur, ya casi listos para la salida, el atleta no encontraba en sus pertenencias la mágica crema. Uno de los compañeros de carreras corrió en busca del medicamento y así pudo iniciar la competencia, junto al solidario grupo de corredores alajuelenses. Una lección de verdadero compañerismo, hacia un atleta hecho con esfuerzo y amor al deporte.
Y de paso, ver en esos tiempos a gente atlética como Pin, era hasta extraño. Él, marcó la pauta, nos enseñó el hábito de hacer ejercicio físico, correr, trotar, caminar o por salud mental. Fue un médico especialista que nos señaló el camino a seguir. Hoy, vemos a muchas personas, haciendo lo que hacía Pin, para mantener una mejor salud, con la práctica del deporte.
Su fortaleza física, su hermoso corazón en pro de los necesitados, lo hizo colaborar como voluntario, en la Cruz Roja Costarricense y Cuerpo de Bomberos. Así era Pin, nuestro gran amigo manudo.
Pin, un verdadero caballero, un pin clavado en el corazón y recuerdo del alajuelense. Un gran personaje, muy querido por toda la gente.
¡Pura vida, Pin!
Don Carlos Torres y Pin, ambos fallecidos. (foto jmorera)
¡Vamos al Barranco! Ya en mil novecientos veinticinco (1925) – según mi memoria, dice un vecino de Alajuela – se escuchaba este grito en las bocas de niños, adultos y jóvenes. El barranco era una extensa zona quebrada, donde desembocaban las aguas cristalinas y potables de varias acequias provenientes del Este de Alajuela y de las intensas lluvias, muy propias del cielo alajuelense. Zona rica enplantas de bambú amarillo, higuerillas, helechos, flores, tierra con arcilla y maleza.
El precipicio o bajo de unos treinta metros, un lugar apto para disfrutar la Naturaleza, lugar de paseo y diversión, especialmente para la gente de menos recursos económicos. Agua suficiente para abastecer a la población, cuando ésta quedaba sin líquido por trabajos realizados en sus cañerías.
Para ingresar al barranco se hacía por una puerta grande de madera y por ser tan quebrado, construyeron terrazas y gradas de laja y piedras. Muy cerca de las gradas o cruzando éstas, se extendían unos cables o alambres de unos veinte metros de largo para tender la ropa lavada, sujetadas con prensas de madera. Cada lavandera tenía como «propio» ese derecho; también utilizaban una zona verde para el mismo fin. Había respeto y nadie abusaba del espacio y herramientas de cada una, aunque sí algunas rencillas por ocupar las pilas.
El agua, al caer al barranco, era recibida por unos canales que desviaban parte del ingreso del líquido, hacia las pilas grandes o tanques donde las lavanderas las captaban para hacer su trabajo, con aguas cristalinas; excepto en invierno que por traer aguas de acequias llegaban con un tono turbio y aún así se utilizaron.
Y ese barranco nos daba otra gran atracción, el riachuelo que limitaba con el Club Rotario de Alajuela, «La Florita», un club muy exclusivo de la época, con piscina, casona de fiestas, cancha de tenis, árboles de mango y otras frutas, palmeras, zonas verdes y más atractivos. La cancha de tenis pegaba a una cerca de bambúes amarillos, colindando con el riachuelo y esto permitía, muy seguido, que las bolas de tenis iban a dar al agua y, generalmente, las daban como perdidas. Los visitantes del lugar, especialmente los niños, localizaban las lindas bolitas y entregaban al cuidador de la mansión, un señor de apellido Carlos Solano y su señora esposa, doña María García. Esta devolución, que no era obligatoria, permitía a los niños la entrada al lugar y disfrutar de las instalaciones, a criterio del guarda o cuidador.
Un punto estratégico cuando faltaba el agua en la ciudad, por ser de topografía baja, siempre con el preciado líquido a nuestra disposición. Nuestros padres y abuelos nos encomendaban una fresca tarea. Con ollas y tarros, traer el agua para las necesidades del hogar, especialmente para preparar los alimentos y aseo personal.
Galerón. Las hermanas Ilma y Dinora,
a la derecha; Elisa, izq. Muy atento,
la mascota Ansón.
Por ser un terreno con una sección cubierta de arcilla y bambú, la niñez confeccionaba cerbatanas y bolitas del barro rojizo para su diversión; sin faltar el pedido de las maestras en llevar a las aulas el material arcilloso, importante en el uso de los trabajos manuales.
Y por el uso de las cerbatanas y a veces la mala puntería de los niños, las pelotitas de arcilla tomaban otro rumbo, impactando en sábanas blancas y algunas prendas de vestir, causando el enojo de las señoras lavanderas y casi siempre soltando más de un «madrazo» por dañar su duro trabajo. Pero de ahí no pasaba a más.
En 1880, al inaugurarse el primer acueducto municipal en Alajuela, bajo el segundo Gobierno de don Tomás Guardia Gutiérrez (1877-1882), entran en funcionamiento las pilas y lavanderos o lavaderos públicos, entre ellos, el más importante en Alajuela, el de El Arroyo; así en todas las provincias del país se construyeron estos espacios.
El Gobierno del General Guardia, heredó el lugar para la instalación de pilas públicas en beneficio de la población más pobre económicamente y con necesidad de laborar. Antes, se utilizaban los ríos y sus grandes piedras para el lavado de ropas, hasta la construcción de estos lavanderos, en el centro de Alajuela (parte del terreno donde hoy están el BAC San José, Banco Nacional, Funeraria Jardines del Recuerdo y Parque Infantil Esther Castro Segura, «Esthercita», conocido como Parquecito de «El Arroyo”).
Catorce (14) pilas grandes, chorreadas en cemento y varilla, siete a cada lado en forma de hilera; más un tanque o pila grande que las abastecía por conducto de un caño, protegidas por un galerón de madera y techo de zinc, eran parte de sus herramientas de trabajo. Cada pila estaba formada por un tanque grande y una batea. Todo construido por la Municipalidad de Alajuela.
Una nueva imagen fue común en el suelo de Alajuela, ya podíamos observar a las valientes mujeres, cargando sobres sus cabezas, grandes “motetes” de ropa, descendiendo con mucho cuidado la tremenda “bajada”, algunas de ellas con sus hijas niñas quienes ayudaban a esta labor. Y un lugar especial porque llegaban y salían noticias y comentarios de todo lo sucedido en la ciudad y vecindarios.
Estos paquetes de ropa eran grandes – imaginemos el peso de cinco docenas – no por la ropa humilde de ellas y sus familias, sino por la ropa perteneciente a las familias adineradas o de profesionales quienes pagaban a lavar sus prendas. Además, otro gran cliente fue el Dispensario del Seguro Social (ubicado a dos cuadras de los lavanderos), quien aseguraba parte del sustento diario a estas mujeres con sus ropas de cama y otras prendas de sus internados, durante más de treinta años.
Con este ingreso económico durante muchos años, lograron mantener sus hogares, ayudar a sus esposos, sacar adelante las familias, más si eran mujeres solas y con hijos. Aunque casi todas, contaban con grado de escolaridad muy raquítico o nada, enviaron a sus hijos a la escuela y secundaria; incluso, cuenta una de ellas, sus muchachos lograron ir a la universidad y defenderse con la profesión que hoy manejan, un médico y abogado.
Por lavar una docena de ropa (doce piezas), ganaban tres colones, incluido el aplanchado, realizado con planchas de hierro las que cargaban el calor sobre láminas también de hierro, puestas sobre los fogones o cocinas de leña; también utilizaron planchas a carbón, un poco más modernas que las anteriores.
Las heroicas mujeres provenían del centro de Alajuela, del Barrio La Agonía, El Llano, El Carmen; muy conocidas en el gremio de lavanderas, doña María Barrantes, las hermanas Josefa y Dolores Soto, doña Ilma, Dinorah y Elisa, ellas de apellido Oreamuno. Buenas para madrugar, nacieron con el trabajo a cuestas; su horario de seis de la mañana hasta las cinco de la tarde, excepto los domingos; pero se daban el lujo en invierno o fines de semana, en llevar a sus casas la ropa fina y elegante de personas con plata y profesión, entre ellos, médicos, dentistas, abogados y comandantes de la Fuerza Pública, quienes eran vecinos del barrio El Arroyo y otras comunidades.
El jabón en barra o en forma de bolas, lo adquirían en el Mercado Central de Alajuela, no era variado ni habían marcas por montones, como hoy. En otros momentos, estas lavanderas o las que realizaban el mismo oficio en otros sectores alajuelenses – los lavanderos de La Maravilla, al norte de Alajuela – fabricaban o sacaban el jabón de una frutilla amarilla que daba un inmenso árbol. Esta frutilla tenía en su interior una bolita negra, muy redonda y lisa, llamada por los niños “chumicos”, utilizados en los juegos tradicionales de “bolinchas” (canicas, bolas de vidrio) y chócolas.
Irma Oreamuno Molina. 90 años.
Foto abril 2012.
La pulpa o cáscara de esta fruta, se introducía en un tarro de lata (muy prácticos eran los que traían manteca de cerdo) disuelta en agua, se colaba en una manta, obteniendo una grasa y espuma con rico aroma, similar al jabón. Así fue el trabajo de estas damas quienes usaron su ingenio para salir adelante. Mientras se enfrentaban a estas limitaciones; por otro lado, había en el comercio un ingrediente en polvo llamado “perlina”, utilizado para fabricar jabón, únicamente al alcance del bolsillo de la gente con muchos colones y más oportunidades.
Si no había facilidad para conseguir el jabón o muy caro para el presupuesto familiar, menos que existían cepillos para restregar las telas, en sus hogares y lugar de trabajo. Del maíz, inventaban los “cepillos”. La familia de don Chano Soto, auténticos campesinos y vecinos de los lavanderos, tenían una milpa o maizal. Las mujeres lavanderas recolectaban el elote que expuesto al sol o fogón, endurecía los dientes o cavidades donde antes permanecían los granitos de maíz. Así, con este invento natural y barato, le “volaban cepillo y elote” a las partes de las costuras o dobles en mangas, puños, cuellos de las camisas y ruedos de los pantalones, donde se escondía más la suciedad o polvo.
Dice una anécdota en el gremio de las lavanderas que era costumbre dejar ropas propias o ajenas a la orilla de los arroyos «aguacereándose», pero un día llovió tanto hasta convertir el arroyo en un río, llevándose las prendas para siempre. ¡Imaginemos el lío por la pérdida o daños en la ropa del médico u oficial de la fuerza pública! Nos falta investigar el acuerdo entre las partes para resolver el faltante de ropas…
Ya miramos y admiramos el lugar de trabajo duro de estas humildes trabajadoras, ahora observemos el lugar desde la superficie. Bordeado por una larga “barrera”, en forma de pretil o asiento con respaldar, confeccionada en cemento, varillas y ladrillo, a lo largo de unos sesenta metros, aproximadamente, frente a la carretera principal, continuando unos treinta metros hacia el oeste, limitando con varias casitas de adobes y maderas, propietario de las mismas, un señorCórdoba. Otras casitas de adobes de don Tulio Mena y Custodia Mondragón, la de Chano Soto y Balbina, así la de don Lolo Molina y de la familia García Soto.
Desde arriba, en la banca de cemento y acera de baldosas de piedra labrada como las del Parque Central de Alajuela, nuestra vista se deleitaba con la caída de agua cristalina proveniente de las acequias y al fondo, los gigantes bambúes, con sus vecinas las coloridas «maravillas» y «chinas» rosadas, blancas y rojas, un paisaje pintado por el Creador.
El pretil se utilizó para muchas actividades del pueblo: descanso, para esperar el autobús o “cazadora” – existía la vía de sur a norte, para ingresar al centro de Alajuela – reuniones políticas, deportivas, tertulias de vecinos quienes acostumbraban en verano disfrutar de paz y tranquilidad; no faltaban al pretil don Filiberto Rojas, Abel Quesada, Guido Bellavista, Raúl Solano, Vicente Soto, éstos eran los veteranos de la época; luego, Moncho García, Julio García, Rogelio Fernández, Julio Víquez, Jorge Alfaro, el doctor Rojas, Miguel Araya, Jorge González, Marcelino Cruz, Luis Palma Soto, Chano Soto y muchos más que tuvieron que migrar a la pulpería de enfrente con sus temas de tertulia, al ser clausurados los sabrosos y confortables asientos o pretil. Y posiblemente, don Lolo Molina, administrador de una fábrica de candelas, ubicada frente al pretil oeste, un vecino de mucho trabajo y conocido en su comunidad y en Alajuela, por ser uno de los fabricantes de ese producto, muy utilizado en esos tiempos, en el lindo barrio de las lavanderas.
Uno de los posibles temas eran las «pilas viejas» de principio del siglo pasado (fotos a parte de este texto). Éstas se alimentaban de acequias o de una acequia que atravesaba Alajuela, proveniente de Canoas y El Llano, ambos caseríos de la ciudad mencionada. Luego, viene la construcción de las nuevas pilas (ver fotos a parte de este texto), en los años cincuenta, ya alimentadas con agua de la cañería. Para esta gran obra, intervinieron varias instituciones: Municipalidad de Alajuela, Ministerio de Salud, Caja Costarricense de Seguro Social (C.C.S.S) y la Asociación o Junta Administradora del Hospital San Rafael de Alajuela.
Después vino el relleno, sepultando el galerón, piletas e historia del lugar. Allí, se construyó el Parque para niños ya indicado, con cómodas instalaciones y biblioteca infantil, lindas zonas verdes, mucha vegetación y juegos infantiles, sin faltar un pretil exterior apto para el descanso y se utiliza, como en el pasado, para esperar el autobús, taxi, la tertulia y hasta para la cita amorosa.
Dos situaciones anecdóticas de este lugar, recuerdan los vecinos. Detrás del galerón de madera, pasaron sus años de vida y pobreza, doña Sérvula, más conocida como la madre de Miguelito «Méquere”, inolvidable personaje alajuelense y otro a quien en Alajuela le bautizaron “Paracaídas”, de nombre Miguel, un señor muy alto, aficionado a utilizar sobre su espalda un montón de tiras o fajas. Como notamos, al alajuelense del ayer y a los de ahora, no se le escapaba alguna característica que podría servir para «rebautizar» a una persona. Y «Méquere», porque el personaje tenía problemas en pronunciar palabras, de ahí, qué «miércoles» lo decía de esa forma. «Méquere», muy querido por el pueblo alajuelense.
La muerte trágica protagonizada por Juan “Pelotas”, fallecido al caer en la peña, su padre don Mateo Soto, también conocido como “Pelotas”, accidente que vino a conmover a la ciudadanía alajuelense, posiblemente no acostumbrada a hechos repetidos de sangre y violencia en calles y hogares.
Por el inevitable progreso de la ciudad, este sistema de lavanderos desapareció, el área fue clausurada, se entubaron las aguas y se sepultó el espacio.
Hoy, desenterramos esta historia, ignorada por varias generaciones que ni siquiera sospecharon de la existencia de este escenario, lleno de valentía, responsabilidad, sacrificio, limitaciones en muchos sentidos, donde la mujer puso a prueba su empeño y amor por sus familias y Patria, logrando salir avante.
Las piletas centenarias (Fotos 2018).
2018: lo que queda de las casonas de adobes, El Arroyo, hacia el Oeste.
Fotografía de una pintura dedicada
a las lavanderas, ubicada en el par –
quecito de «El Arroyo». Dibujo o pintura de Ziane Matamoros, en conmemoración a las valientes mujeres lavanderas. Estuvo ubicado en pared de ludoteca del parquecito, pared sur. Cuenta la señora Matamoros que mientras ella pintaba, don Guillermo Villegas H. iba contando la historia de las lavanderas. Según la artista, fue una desacertada decisión borrar el mural, porque se elaboró con mucho amor. (Comentario en «Fotos de Alajuela» ( fb).
Datos ofrecidos por doña Marta García, 2025: casas de adobes de don Julio Mena y Custodia Mondragón. La de Chano Soto y Balbina. La de Lolo Molina (fábrica de candelas). Ubicación 100 oeste esquina El Arroyo y las casita de familia García Soto, abuelo de doña Marta.
Diccionario:
Cerbatanas: Cañuto en que se introducen bodoques u otras cosas (bolitas de arcilla) para hacerlas salir violentamente, soplando por uno de sus extremos.
Aplanchar: aplanchado, planchar. Conjunto de ropa por aplanchar o ya planchada.
Elote: mazorca tierna de maíz.
Motetes: envoltorio, atado.
Jaboncillo: (Sapindus saponaria). Los frutos son bayas redondas de 15 mm de diámetro, color café lustroso, que contienen una pulpa pegajosa y una semilla de 1cm de diámetro, redonda y negra. Son venenosas. La pulpa de los frutos contiene gran cantidad (30%) de una sustancia llamada «Saponina». Al estrujar los frutos estos hacen espuma que antes se usaba como jabón para lavar ropa, de ahí el nombre «jaboncillo».
Perlina: polvo especial para fabricar jabón.
Méquere: Personaje de Alajuela, quien tenía dificultad para pronunciar las palabras. En lugar de “miércoles”, decía “méquere”; “jueves”, decía “juéveres” y así con todas las palabras que él conocía. Su nombre Miguel, de ahí fue conocido como “Miguel Méquere”.
Bolinchas: canicas, bolitas de vidrio.
Candelas: Vela para el alumbrado, útil por la falta de electricidad.
Aguacereándose: exposición de ropa lavada, arrasada por la lluvia.
Ilma Oreamuno MolinaFamiliar de Ilma. Elisa o Dinora. (Posible hija)Familiar de Ilma. Elisa o Dinora. (Posible hija)Galerón de lavanderas El Arroyo, publicada en redes sociales.
Una de las primeras ferreterías en Alajuela, allá por los años cuarenta (40’s), la instaló don Juan Castro Molina, en el centro de la ciudad, veinticinco metros al Oeste del hoy antiguo Instituto de Alajuela (IDEA), en medio de dos conocidas farmacias, la de Chavarría y la Salazar.
Su ferretería no mostraba un rótulo, fue conocida por el pueblo, con la mejor identificación propia: “Ferretería Juan Castro”.
Años después, don Juan emigró con su ferretería al Este de la ciudad, propiamente muy cerca, a unos setenta y cinco metros, Este, de la Estación del Cuerpo de Bomberos. Al frente, tenía de vecinos muy conocidos, don Carlos Jiménez (padre) y don Solón Lizano. Corrían los años sesenta.
Aquí, estableció su nuevo local y casa de habitación, donde continuó con su trabajo hasta el final. En este punto, muchísimos fuimos sus clientes, durante muchísimos años. Vecinos de El Llano, La Agonía, El Brasil, Los Higuerones y otras comunidades. Una casa de madera, pintada color “beige”, con olor a antigüedad, como muchas casas de adobes y de madera, propias de estos barrios alajuelenses.
Y como era costumbre, estos decididos trabajadores, responsables y amantes del trabajo – citemos los ejemplos de don Bolívar Valverde con su famosa cafetería, la pulpería El Periquito, el Molino de moler maíz de Cayetano y Adilia, la pulpería de Poché (Pochet), la pulpería de don Alfredo Rodríguez, la remendona de Paulino Soto Córdoba y su esposa Bolivia con el horno de barro para la elaboración de biscochos y otros panes – contar siempre con la guía e inteligencia de sus señoras esposas; así, don Juan Castro tuvo su gran sombra protectora de su esposa doña Mercedes Brenes, quienes se apuntaron a reforzar la labor o trabajo familiar, sin descuidar las duras labores del hogar y crianza de sus hijos y nietos. Una lucha dura, conjunta, para sacar adelante sus familias con éxito.
Don Juan Castro, así conocido y querido por toda la gente, bueno y caballeroso, un señor de baja estatura, un poco encorvado, de bigote y cabello blanco, ojos color azul, muy estricto o “bravo”, como lo describe un antiguo cliente, Vestía en su ferretería, con ropa color “caqui”, manga larga, siempre con su inseparable delantal de pectoral y anchas bolsas, muy atento y respetuoso ante todas las personas, niños, adultos, mujeres. Siempre atento a lo solicitado por el cliente.
Eran tiempos de una Alajuela con gente de muchos valores familiares y de trabajo, familias comprometidas con estas actividades comerciales, colaborando en los trabajos de sus padres y abuelos. Y se vivía con más paz y tranquilidad.
La ferretería de don Juan Castro, tenía todo lo necesario en su línea, incluso, otros productos.
Los estudiantes del Instituto de Alajuela, quiénes recibían clases de “Trabajos manuales” donde hoy está la Policía Municipal de Alajuela, a setenta y cinco metros al oeste de la ferretería, acudían a comprar las sierras para la caladora eléctrica y otros artículos. Otros clientes, en la compra de clavos, copillas para rifles, arandelas, tachuelas, sierras para seguetas, escofinas o limas, martillos, empaques para mangueras y tuberías; todos estos artículos en cajoncitos de madera, tornillos desde el tamaño “chirristitico” introducidos en vasos pequeños de vidrio, hasta el más grandote de los tornillos, pegamento para zapatos, pliegos de lijas, yeso y moldes para la confección de adornos navideños y trabajos de escuela, escarcha y luces colores, canfín para las cocinas, polvo blanco “gladiol o gadiol”, éste, disuelto en agua formaba una crema finísima, color blanco, aplicable al calzado del mismo color, un blanco ideal para asistir a la Misa y otras actividades de la Iglesia. Así lo exigían nuestras madres. El producto mencionado, era la receta en esos tiempos.
En la ferretería no faltaban los anzuelos, cuerdas y plomadas también llamadas “huevos de plomo” para la pesca en el Río Ciruelas y otros ríos, muy visitados por adultos, mujeres y niños, un entretenimiento muy común en casi todas las familias.
¿Cómo que la Ferretería Juan Castro, un hombre de trabajo y paz, vendía metralletas o metrallas, pólvora y plomo? Eran unas rueditas de pólvora pisadas con la suela del zapato, brincaban en varias direcciones, acompañadas de un sonido o tiroteo, similar a las armas de fuego. Estas metrallas nos hacían reír, brincar, asustar y recibir un olor fuerte a pólvora, a más de uno. A este tiroteo, don Juan nos ofrecía a la venta, los “triquitraques” y bombetas al precio de dos por peseta, especiales en tiempos de Navidad y escuela.
Cuentan vecinos, la afición que tenía don Juan por la caza y la pesca. Además, mantenía en su local o casa de habitación, lindos pajaritos, chorchas, mozotillos, canarios, chilchostes y setilleros.
Por todo su trabajo y utilidad de sus productos en nuestros hogares, diversión y centros de trabajo, a don Juan Castro Molina, todos los vecinos sentimos mucho cariño, muchos recuerdos y respeto. Por eso y más, tratamos recordar su persona, su ferretería y familia, pero no es suficiente hacerlo en pocas líneas, no es suficiente lo escrito hasta el momento.
Cuéntenos más de su historia, de sus anécdotas, cuéntenos qué sabe Usted de don Juan Castro y su familia, del trabajo de un gran personaje de nuestra Alajuela.
(foto de don Juan Castro con su hija, Claudia Castro Brenes)
Opiniones en FB al recolector de historias:
«Estas remembranzas tan bien hilvanadas, me transportaron a esos tiempos maravillosos»
«Gracias por compartir este bello e histórico relato»
«Gracias por compartir esta bella historia»
«Excelente descripción de la ferretería, era parte de mi niñez»
«Gracias por traernos al presente tan bonita historia»
«La reseña es genial»
«Qué belleza de nota, Dios me lo bendiga, lindos recuerdos»
«Se me había olvidado la ferretería. Gracias por hacerme recuperar mi memoria histórica»
«Muy buen aporte, bravo!»
«Gracias, Piscuilo, siempre con hermosos recuerdos»
«Gracias al caballero José Manuel Morera Cabezas, por la elogiosa semblanza de mi abuelo materno».
Recientemente, la señora Flor Sol nos mostró una linda fotografía del Monumento al Agricultor, obra de arte reubicada en el Museo de Arte Costarricense. La foto en FOTOS DE ALAJUELA.
¿Por qué allí, si originalmente estuvo por muchos años en Alajuela, por qué la quitaron? Inaugurada en 1978 y removida en el 2011.
En Alajuela, después de muchos años sirviendo a las comunidades, al turismo, a la niñez, a todas nuestras familias, atracción para todos, fue, como muchas obras, olvidadas, violentadas, espacio para sanitario y drogas.
Imagino, para no continuar con el desastre y destrucción completa, la quitaron. No tengo conocimiento quién tomó la decisión del traslado al Museo de Arte Costarricense, en la Capital, pero por el momento, está más protegida.
¡Claro, me gustaría vuelva a Alajuela! Pero con respeto…
Explicación de la fotografía:
La niña de la foto, es mi hija mayor, hoy con 48 años de edad. Y la foto es de mi propiedad.
Representa a una familia campesina de Costa Rica, un grano de café gigante y un espejo de agua.
Qué hermoso es topar con alguna anécdota dedicada al Dr. Oscar Valverde Rodríguez, ya sea una nota política, por su carrera de médico u humorística. Porque a aparte de su “locura”, tenía su humor fino y respetuoso.
Siendo yo funcionario del Tribunal Supremo de Elecciones y Registro Civil, instituciones que defiendo con mi corazón, nos topamos el Doctor y mi persona.
¿En qué anda, Doctor?
“Mirá, necesito solicitar una certificación para un asunto que resolver, ¿Usted me podría ayudar?»
En eso, se unió otro compañero de oficina o, más bien, de la sección de archivos electorales (expedientes de cédula) y naturalizaciones, quién hizo el trámite en las respectivas ventanillas, de atención al público, a lo solicitado por el médico.
Al rato, nos dijo: “¿Cómo diablos trabajan Ustedes y sus compañeros en una edificación tan deteriorada, estrujada, imagino sin condiciones de iluminación, ventilación, como debe ser para resguardar tan importante documentación y eficiente personal?
Se asombró cuando le comentamos que en invierno la veíamos “a palitos” porque los archivos (mueblería de metal para conservar los documentos) se mojaban y por fuerza teníamos grandes plásticos para tapar e impedir el agua en los papeles.
¡No, señores, esto no es posible!, esto no se queda aquí en una conversación, ¡voy a trabajar desde la Asamblea Legislativa por resolver este problema!
Mi compañero y yo, nos miramos, asombrados. Asombrados porque lo dijo levantando los brazos y señalando el techo, muy molesto.
De ahí en adelante, tuvimos más contacto con el “Doctor de los pobres”, muy conocido en Alajuela por su dedicación a puro corazón por la salud del ciudadano. No le temblaba un dedo ni lo dudaba un segundo por ayudar a la gente más necesitada.
En el año 1985, la Asamblea Legislativa, por gestión del Diputado-Doctor Oscar Valverde Rodríguez y del director general del Registro Civil, Lic. Rafael Villegas Antillón, se traspasa el inmueble ubicado costado Oeste del Parque Nacional, San José, Costa Rica, al Tribunal Supremo de Elecciones y Registro Civil, que estaba en parte construido, sin terminar, o en espera de reactivar su construcción.
Pero la anécdota o recuerdo no termina aquí.
Años después, desde luego ya laborando en el nuevo edificio, por iniciativa del jefe de Personal del Registro Civil, don Carlos Roberto Lizano, promueve ante el T.S.E, un reconocimiento al Dr. Valverde por su gran labor, desde la Asamblea Legislativa.
Por mi amistad y vecindad con el Doctor, en Alajuela, me encarga el señor Lizano comunicar esta noticia. Ya don Oscar estaba “malito de salud”.
Fui a su casa y doña Esperanza, su madre, me atendió: “Hoy (un lunes) amaneció un poco delicado, no lo puede atender.”
A la siguiente semana conversé con él: le conté lo del mensaje, lo agradecidos que estábamos con él. Y con mucho orgullo me mostró el Certificado del T.S.E por su diputación.
“Doctor…el asunto está así: “El Tribunal Supremo de Elecciones lo necesita en sus instalaciones para hacerle un reconocimiento por su trabajo en pro de los empleados y ciudadanía en general, al contar con una edificación mucho mejor, gracias a Usted como pionero”.
“Qué lindo, eso me emociona, pero dígales a los Magistrados que se apuren en dedicarme el reconocimiento, porque estoy muy enfermo, yo estoy a punto de morir.” (Palabras textuales, que no olvido y me causaron mucho dolor).
Y me preguntó: ¿Señor, Morera, ¿Usted sabe de mi enfermedad? Ni le contesté, e inmediatamente respondió: “Todos mis órganos están dañados, estoy mal, pronto me muero…”
No hubo tiempo para el reconocimiento. Falleció.
Y lloré…
NOTA: El Dr. Valverde era un gran amigo de nuestra familia, estuvo en el taller de camisas de doña Adilia, nuestra madre, y en el Molino para las moliendas de maíz, su cafecito siempre acompañado con tamal asado o tortillas. Valverde era gente de puro pueblo y para el pueblo.
Explicación de foto: Mi hija con unos 4 años de edad. En la pared de madera, el distintivo que el Dr. nos había donado. La niña de la foto, hoy, tiene 48 años de edad. Y el fotógrafo soy yo. El lema: “Hombro a hombro. Valverde”. Partido Acción Democrática (¿?).
Ya entradito en años de edad y jubilado, me da por recordar algunos pasajes o anécdotas, como funcionario público. Por lo menos, dejar algo por escrito.
Hace algunos o muchos años, entre los métodos para agilizar el trámite de cédulas de Identidad, se estableció que funcionarios o empleados de Heredia, Cartago, Alajuela, Grecia y otros, se utilizaran aprovechando la cercanía de sus casas a las oficinas regionales del Registro Civil, para transportar a diario las fórmulas o solicitudes de cédula “primera vez”, “duplicados”, “traslados electorales”, “rollos de películas en cartuchos” (Para revelar en forma tradicional, cuarto oscuro), alguna correspondencia y otros documentos a la sede central del Tribunal Supremo de Elecciones-Registro Civil, en San José.
¿Cómo era el funcionamiento?
Se recomienda y se encarga al señor Morera Cabezas pasar a diario o 3 días por semana a la Regional del Registro Civil, en Alajuela, a las 8:am (mañana), recoger el material indicado para entregar el mismo día en la mañana, en San José y así procesar la confección de las cédulas. De esta forma, se evitaba utilizar el correo normal.
Como viajaba en bus de “TUASA” o los rápidos “Station Wagon”, ya muy tempranito el material llegaba a las oficinas, siempre que estas unidades no se quedaran “varadas” en media pista o algún accidente impidiera el paso, pero esta situación era de vez en cuando.
Y, al contrario: Retirar el paquete bien sellado con cédulas (20, 40, 15, u otra cantidad) en la tarde al concluir la jornada diaria en las oficinas centrales, para el día siguiente, antes de las ocho de la mañana, entregar a la Jefatura de la Regional de Alajuela, el cargamento de cédulas. O sea, las cédulas de identidad de muchos ciudadanos, primero dormían conmigo, junto a la almohada. Sentía temor por algún accidente casero, daños ocasionados por mis mascotas, derrame de algún líquido, etc.
Era como un “plan piloto”, aplicable a zonas centrales, por lo menos en las provincias y cantones mencionadas.
Recuerdo a don Rafael Villegas Antillón, Magistrado del Tribunal Supremo de Elecciones o director del Registro Civil, decirme:
“Muchas gracias, estimado compañero, su trabajo de transportar el material para confeccionar las cédulas al ciudadano, de San José-Alajuela-San José, es muy efectiva, muy rápida, es de mucha importancia; gracias a Ustedes que realizan esta función desinteresada a puro corazón, el ciudadano es el gran beneficiado porque recibe su documento con más prontitud…”
Esas palabras inflaban mi corazón y orgullo.
Y siempre en el bus cargaba mis cosas: en una mano, el maletín y termo de comida, el paraguas y aparato receptor (radio pequeño «National», no existían los benditos celulares) y en la otra mano o debajo del brazo, el paquete con documentos del material cedular, lo más importante. Podía olvidar mi alimentación y los “cherevecos” de viaje en el bus, pero nunca las cédulas, formularios o rollos de películas que debían llegar a las oficinas en Alajuela y San José a tiempo y en perfecto estado.
La Cédula de Identidad del Ciudadano, era lo primordial y para eso colaboramos al máximo…
En la tertulia con varias personas en el Parque Central de Alajuela, donde se abordan muchos temas, alguien manifestó: “Los presentes somos en mayoría Manudos de corazón, somos cédula 2, pero otros llevan 9 al inicio y no entiendo eso…”
El número de cédula se promulgó el 25 de octubre de 1956. Don Verny Mora Steinvorth, funcionario del Tribunal Supremo de Elecciones, fue el artífice en sugerir el número de cédula “millonario”, dejando sin efecto el sistema llamado “milenario”. Antes, se hacía en forma consecutiva, hoy se toman otros puntos, provincia (partido) , folio, asiento, etc.
En nota N° 70 del 22 octubre 1956, Mora solicita al TSE aprobar su propuesta, lo que acepta.
El cambio pasó de seis dígitos que era la cédula emitida por el Ministerio de Hacienda para efectos tributarios, a 7 dígitos, cada uno representando a cada provincia.
¿Y el 9? Se adjudicó a los costarricenses que no fueron declarados en el momento del nacimiento, hasta después de los 10 años de nacida, es decir, una “declaración tardía”. Estos casos fueron registrados en un “Tomo Especial”. Como decir Tomos especiales. Y como dato curioso, estos libros ocupan u ocupaban estanterías aparte de las otras; incluso, estos libros, sus portadas eran con tonos más claras (blancas) a la mayoría.
Un dato interesante: En el Tomo Especial 9, se inscribían a los Indígenas, aprovechando las giras de programación del T.S.E, casa por casa, por los «ceduladores ambulantes». A ellos, el Cacique era el encargado de declarar los nacimientos, pero algunas declaraciones ya habían sido apuntadas en otro país (Costa Rica-Panamá). Al existir doble inscripción de nacimiento en ambos países, el TSE resolvió cancelar todos los nacimientos como «doble nacionalidad». Si revisamos esta situación en los Tomos Especiales, existen varios folios y asientos cancelados.
Actualmente, con la reforma a la Constitución Política de Costa Rica, los costarricenses pueden optar por otras nacionalidades, sin perder la Costarricense. Antes de la reforma, no.
Hoy, las condiciones son otras, obligatoriedad en las declaraciones en centros hospitalarios regionales y centrales, en Regionales del Tribunal Supremo de Elecciones -Registro Civil, sistemas tecnológicos de fácil acceso, etc.
Los que tuvimos el Honor de conocer a don Verny porque laboramos en el mismo centro de trabajo, le agradecemos todos los aportes que dio a nuestra querida Institución, Tribunal Supremo de Elecciones y Registro Civil. Por él, conocemos estos cambios tan necesarios en esos momentos, hace muchas décadas, y manejar muy fácilmente los números iniciales en nuestras cédulas de identidad y cómo se forma en general el número en cada ciudadano, impidiendo que una misma persona lleve la misma identificación a otra.
San José, 1
Alajuela, 2
Cartago, 3
Heredia, 4
Guanacaste, 5
Puntarenas, 6
Limón, 7
Naturalización, 8 para los que obtienen la ciudadanía costarricense por ese medio o trámite.
Partido Especial de Nacimientos, 9.
El autor de esta nota, agradece los datos suministrados por ex funcionarios del TSE y Registro Civil, ante nuestra consulta.
En mi caso, no llevo el 2 y sí el 9, pero siempre Alajuelense por todos lados.
En otro comentario referí a mi primer cámara fotográfica, de marca Kodak 127, cuando tenía unos 13 años de edad, un carajillo; con ella no me perdía las procesiones católicas de Semana Santa, las fiestas en el Barrio La Agonía, Alajuela, dedicadas a San Gerardo María Mayela y al Santo Cristo «Negro» de Esquipulas, los turnos, la venta de churros y la rica cocina, los juegos mecánicos, bombetas y luces de colores, mascaradas, la presentación de personajes fantásticos en las dos plazoletas: el hombre lobo, el gigante de México, la serpiente de dos cabezas y otros trucos de aquella época. Y pagamos boleto para asistir a estas cosas.
La camarita en mención y las fotos, desde hace muchos años, no existen. Todo desapareció al caer nuestra casona centenaria, la última teja de barro, sus paredes, su belleza, su cielo raso en pura madera donde tenía un depósito de libros y recuerdos de escuela, el Cuaderno de Vida, incluso, el Diploma de Conclusión primaria, las tarjetas de calificaciones y de ahorros semanales.
La otra cámara, “Made in USSR», soviética, hoy sería fabricación rusa. Un ciudadano alajuelense la trajo de Europa, andaba de paseo o estudio en un país central de Europa, Checoslovaquia o Hungría. Para unos, formaban parte de los países detrás de la “cortina de hierro” y para otros eran países pertenecientes al “mundo socialista”.
Este artefacto, «Zenit B», muy moderno, posiblemente en esos tiempos, utilizaba película 135 mm, con flash grandecito, con un estuche muy fuerte, puro cuero, color negro. Para mí, una joya de la tecnología de ese país. Y de verdad, muy buenas cámaras.
En 1974, hace más de medio siglo, me acompañó a un viaje a Cuba. Yo en el avión de Pan American, enorme, porque no conocía otro para comparar, soñaba con tomar muchas fotos. Portaba varios rollos de películas de 12-24-36 exposiciones o fotos, en blanco y negro y algunos a colores. Sin faltar una libreta de apuntes, bolígrafo, como usaban los periodistas.
Cuando digo periodistas, recuerdo a un cubano que nos acompañaba en el viaje interno en Cuba, me indicó: “Tico, en este hotel están hospedados dos periodistas compatriotas de Costa Rica. Don Miguel y don José. Son periodistas y escritores muy conocidos en su país”. Se trataba de don Miguel Salguero y don José León Sánchez. Ellos conversaron con mi persona, un joven de 25 años. Y Salguero me hizo una foto con el autor de “La isla de los hombres solos”, foto que nunca pude localizar. En esos tiempos, don José León, laboraba para el Periódico “La República” y don Miguel en el diario “La Nación”, ambos realizaban un trabajo periodístico sobre temas cubanos.
Y lo curioso es que no conocía a los dos escritores, nunca los vi personalmente en mi país, sí en fotos y libros, pero el viaje me permitió conocerlos y compartir con ellos un rato en el mismo hotel, en Santiago de Cuba, en 1974.
Años después, me encontré con don Miguel, en la Capital de Costa Rica, San José, él no me reconoció y me detuve frente a él: «¿Me recuerda, don Miguel?» “No, señor, no lo recuerdo”. Le conté lo del viaje, compartimos un fuerte abrazo y mostró una sonrisa muy simpática…
Más tarde vino el fallecimiento de los grandes profesionales y quedé yo para escribir algo de esos momentos, para contar el cuento.
Bueno, sigamos con las fotos: Varadero, La Habana, el Malecón, aeropuerto José Martí, monumentos, Plaza de la Revolución, Cuartel Moncada, Provincia de Matanzas, Santiago de Cuba, Cabaret Tropicana, La bodeguita del Medio (famoso establecimiento por los mojitos y grafitis), teatros, exposición de libros, el Capitolio cubano, La Habana vieja, hospitales, centros educativos, Iglesias católicas, autos antiguos, plantaciones de tabaco y fábrica famosa de puros, caña de azúcar, la heladería Coppelia y temas de la Revolución Cubana y sus personajes revolucionarios, que eran buenos para los discursos de gran duración, etc.
Hice muchas fotos. Al regreso a Costa Rica, un mes después de estar en la Isla, muy emocionado llevé las películas o rollos para el proceso de revelado, en San José. Un accidente en la manipulación del delicado material durante la estadía o viaje, estaban “velados”. Casi pérdida total. Por cierto, por ahí están los cartuchos de las películas y los negativos en blanco.
Fue una pérdida total y una tristeza porque ese viaje fue el primero en mi vida y estaba muy jovencito. La cámara, está intacta y por ser tan fiel ocupa espacio en la biblioteca y la sigo considerando una joya fotográfica. Y creo que aún funciona, si encuentro película o rollos. Y a simple vista la lente no muestra hongos, a pesar de tanto tiempo inactiva, allí en un espacio de la biblioteca.
De estos modelos de cámaras soviéticas, apunto otros detalles, dos años después: me correspondió ingresar a trabajar al Tribunal Supremo de Elecciones-Registro Civil, en 1976. Dio la casualidad que allí volví a cargar cámaras del mismo modelo u otros, pero de la misma marca.
Se me asigno el trabajo de «Cedulador ambulante» – personal de la Institución viajando por todo el país, con la misión de tomar las fotografías y captar los datos personales para su cédula de identidad, principal documento de identificación en Costa Rica – cargando este tipo de cámara. Como eran cámaras diferentes a las actuales (no digitales), se corría el riesgo de hacer fotos con muchos errores, sobreexpuestas, oscuras, el ciudadano con los ojos cerrados, fondo de la foto con otros elementos, etc.
Hasta no ver el resultado en los rollos revelados, no se garantizaba una foto apta para la identificación. Si el ciudadano, por ejemplo, salía con los «ojos cerrados», no quedaba otro camino que volver a localizar al ciudadano y repetir la foto, aunque fueran ocho días después. Aún así, las camaritas soviéticas eran nuestras amigas y las herramientas de trabajo, hace varias décadas.
En fin, hoy no estaría dispuesto a viajar a ningún país. Me quedo mejor en Costa Rica, tomando fotos y con cámaras digitales (no digo mejores que la rusa), a mis mascotas y fiestas en los turnos de las Iglesias, celebrando algún Santo con sus mascaradas, desfiles de carretas, CuentaCuentos, cimarronas y ricas comidas, recordando mi niñez de fotógrafo aficionado, como lo he sido hasta la fecha, ya entrando a los 76 años de edad.
Parece mentira, ya han pasado 65 años de la primera cámara y medio siglo de la segunda cámara. Por eso le dedicamos unas palabras de eterno agradecimiento y lindos recuerdos…
El Artículo 88 del Código Electoral de Costa Rica, indica claramente: “No podrán participar en las actividades de los Partidos Políticos, asistir a clubes, ni reuniones políticas, colocar divisas en viviendas y vehículos; sí, podrán ejercer su derecho de emitir el voto el día de las elecciones…”. Se refiere a empleados y funcionarios públicos, del Tribunal Supremo de Elecciones-Registro Civil y funcionarios y empleados de varias instituciones.
He contado en otras publicaciones que nuestra casa y hogar era la “segunda casa” o club político de la izquierda alajuelense, especialmente para concentraciones del Partido Vanguardia Popular (PVP) de don Manuel Mora Valverde o Partido Comunista de Costa Rica, y grupos de orientación de izquierda, con nombres diferentes.
Allí nos visitaba Carlos Luis Fallas Sibaja, conocido en nuestro barrio y en el mundo de las letras, como Calufa Fallas, Manuel Mora Valverde y su hermano Eduardo, Luisa González, Arnoldo Ferreto Segura y otros líderes locales alajuelenses. Existía excelente “camaradería”, se compartía cafecito, tamales, biscochos de maíz, arroz con leche, tamal asado. En la espaciosa casa, había un horno de barro, el molino para moler maíz y venta de masa; además, funcionaba el taller de confección de camisas de doña Adilia, la “remendona” de zapatos del abuelo Paulino y la venta del Semanario “Libertad”, órgano del Partido Morista.
Los visitantes siempre sintieron gran cariño, calor y admiración por esa estancia, una casa grande de paredes de adobes, techo entejado, muy fresca, con un inmenso patio. Luego la edificación centenaria recibió elementos de construcción más modernos, pero siempre con la esencia política original.
De mi parte, allí nací, era feliz, pasé la niñez y parte de mi juventud. Todas las visitas eran como de la familia, excelentes personas, trabajadoras y estudiosas, especialmente de los problemas sociales económicas del país. Una casa y familia trabajadora visitada por personajes de la política, sindicalistas, trabajadores obreros, campesinos, estudiantes, escritores, periodistas, músicos, amas de casa, todos, gente de puro pueblo.
Participaba de este ambiente político desde jovencito, pero ya como funcionario del Registro Civil y Tribunal Supremo de Elecciones me abstenía de opinar. Por ley tenía que ser respetuoso y leal con mi Institución y con lo dispuesto en el Código Electoral. Siempre fui respetuoso de las leyes y lo soy.
Un día, casi de noche, de regreso a mi hogar, después de cumplir con mi trabajo en San José, la Capital, me encontré, sin saber de la actividad política, un gran movimiento en la casa, muchas personas, banderas políticas, música revolucionaria, slogans políticos: “el pueblo, unido, jamás será vencido… también música de Mejía Godoy y otras; sin faltar los “vivas” al primero de mayo, a la revolución cubana, a los Vanguardistas y más temas.
¿Qué es esta vaina? Me pregunté, qué tirada, no debo estar en medio de esta gente, aunque sean mis familiares, amigos y vecinos. Ellos, ninguno, es funcionario público, menos del TSE y RC; yo sí tenía que cumplir con el Código Electoral donde claramente se indica esta limitación de participación política.
Claro, aquellos momentos de actividad eran muy bonitos, una fiesta, se creía firmemente en la existencia de líderes de pueblo e ideologías; muy diferente si lo comparamos con los momentos actuales. Uno deseaba participar en el fiestón de la casa; pero era más fuerte la decisión de cumplir con la responsabilidad laboral.
No entré a la casa. Con mi maletincito, me quedé esperando, hasta elegir un momento más apropiado.
Mi madre, Adilia, inconfundible seguidora de Mora y Fallas, salió a mi encuentro: ¡Vamos, adentro, ¿qué le pasa? Le expliqué: “hasta que termine esta manifestación política, debo espetar mi trabajo y las leyes electorales”.
“Nadie va con quejas o denuncias a sus superiores, Usted nació en esta casa, es su casa. Le tengo un arroz con leche y olla de carne, a su gusto”. Este recibimiento era normal, casi a diario, de regreso del trabajo.
Ya cuando todo estaba en calma, ingresé, los que estaban me aplaudieron y saludaron.
Mi madre no sabía de reglamentos, ni códigos electorales ni nada de eso. Ella, simplemente una famosa costurera de barrio, fabricante de camisas para adultos y niños. Y especialista en la elaboración de chorreadas, tamal asado y biscochos.
En mis 31 años de laborar en los organismos electorales citados, siempre respeté sus disposiciones, reglamentos y leyes, como el anotado. Trabajé en beneficio del usuario, con todas las gentes de diferentes colores políticos, como debe ser, como lo exige la ley. Siempre leal a mi Institución y mi Patria…
Para lo que se avecina en nuestro país, las elecciones del 2026, aprovecho para invitar a los ciudadanos a participar en las mesas electorales o Juntas Receptoras de Votos, y así recibir y contabilizar cada voto, de cada grupo. Las JRV y fiscales de los Partidos Políticos, somos quienes manejamos el proceso electoral, bajo la guía de las autoridades de los organismos electorales y leyes en esa materia; de ahí su transparencia, democracia, reconocido a escala mundial y nacional.
Tenemos la opción, incluso, de participar en las Mesas electorales, como suplentes y así contribuir con los Propietarios de mesa de las 6.800 mesas establecidas. La jornada electoral son de más de 12 horas y podemos hacer que el proceso sea más justo o menos agotador para todos.
No importa el color político de cada uno. Es un trabajo por nuestra Patria…ayer participé siendo joven; hoy ya un adulto mayor entradito en años, puedo recordar esos momentos.
Es un momento de entero civismo…
Importante reforma Artículo 88, del Código Electoral de Costa Rica:
«El Código Electoral fue reformado significativamente, por lo que antes de la reforma la Ley No. 1536 de 10 de diciembre de 1952 publicada en La Gaceta No. 10 de 14 de enero de 1953, en su Art. 88, se refería a la prohibición de los empleados públicos para dedicarse a trabajos o discusiones de carácter político electoral durante las horas laborales y usar su cargo para beneficiar a un partido político. Este artículo buscaba garantizar la neutralidad de los empleados públicos en asuntos electorales y prevenir el uso indebido de su posición para influir en los procesos electorales, no obstante, ese artículo del Código Electoral, fue derogado por la Ley N.º 8765 (Publicada en el Alcance 37 a La Gaceta No. 171 de 02 de setiembre de 2009).
Con la reforma al Código Electoral (Ley 8765) pasó a ser el Art. 146, donde hace referencia igualmente a que los funcionarios públicos no pueden dedicar parte de su tiempo en horas laborales a labores proselitistas o partidarias, pero no tienen impedimento de participar en actividades político partidarias de sus simpatías. Sin embargo, los altos jerarcas de la Corte Suprema de Justicia, así como los jerarcas y trabajadores en general del Tribunal Supremo de Elecciones y del Registro Civil, no pueden expresar este vínculo partidario y participación partidaria debido a su función eminentemente vinculada a los procesos electorales. Además, el Artículo 146 del Código Electoral ha sido objeto de debate y crítica, ya que se considera desfasado y se ha sugerido su modificación para permitir que los miembros del Poder Ejecutivo puedan participar activamente en las actividades políticas nacionales».
(Agradezco a don L. Sáenz, ex funcionario TSE, la explicación anotada sobre la reforma al Artículo 88). Él y yo acatamos lo que existía y la aplicamos a nuestra labor objetiva y transparente).
Dejo esta anécdota a mis ex compañeros de trabajo en el TRIBUNAL SUPREMO DE ELECCIONES-REGISTRO CIVIL, para que la analicen y podamos mejorarla, agregando otros elementos, corrigiendo lo escrito o suprimiendo algún concepto.
En los años setenta-ochenta, aún existía, en oficinas públicas, el horario corriente.
Recordemos el horario: salida todos los días, de lunes a viernes, a las cinco y treinta de la tarde, casi en la noche, más si el trayecto lo hacíamos en bus o busetas. Y los sábados de ocho a once de la mañana. Eso sí, teníamos derecho a dos y media horas para el almuerzo, todos los días excepto los sábados.
De muchas formas utilizamos ese tiempo: para almorzar, pasear por la ciudad, ver ventanas de los comercios, leer las noticias en Radio Monumental, un rato en los Parques escuchando o no a los predicadores, según nuestras creencias. Disfrutar de las piruetas con bolas y otros objetos del famoso personaje, “Tango”, ir al cine, al Templo, tertuliar en poyos del parque con compañeros o desconocidos. Incluso, ver televisión a través de las ventanas de los negocios de ventas de estos artículos, que nos caían a la perfección para ver los partidos del Mundial, aunque fuera por medio tiempo. Esto, si la opción elegida era pasear por el centro de la Ciudad Capital. Algunos, asistían a las sodas de otras Instituciones, la del Ministerio de Trabajo o de Educación, a cien metros del Registro Civil, al norte, muy cerca del conocido “Banco Negro” o Banco de Costa Rica.
Otros, tomaban el escritorio y mesas de madera de su oficina para el almuerzo y hasta dormir, en medio de archivadores, anaqueles y escritorios.
Y había otra opción no para todos, según su residencia fuera de San José. En esas largas dos hora y media, viajaban (lo hice yo), en autobús o microbús, a sus hogares, en Heredia, Barva, Moravia, centro de Alajuela y Cartago. Tuvimos tiempo para tomar el bus, volver a pagar el pasaje, ida y regreso, saludar a nuestra familia y descansar un ratito.
En mi caso, de San José a Alajuela centro y viceversa. Llegaba a la casa y calentaba la comida, siempre elaborada por mi esposa, en esos tiempos empleada en la venta de telas, en el Almacén Francisco Llobet, famosa tienda alajuelense, de españoles. Un día, no llevé las llaves y al regreso a Alajuela, no pude ingresar a la casa, menos a la cocina. Decidí el regreso a mi trabajo, con ganas de comer, pero bien sentado en la confortable unidad de pasajeros de la “Station Wagon” o en los buses de Tuasa, con un periódico en manos. En alguna sodita, en San José, compré algo para aguantar hasta las cinco y treinta.
El usuario, sin tener culpa, también disfrutaba el derecho a dos horas y media, esperando sentado en el cordón del caño, apoyado a la pared de la edificación, casi dormido, de pie o sentado en el pretil de la entrada principal del edificio centenario. Y nadie protestaba por esperar. Eran otros tiempos.
Cuenta un funcionario del Registro Civil: “La escuelita”, así alguien dio este nombre, era el auditorio de la Institución, utilizada por el Registro Civil y Tribunal Supremo de Elecciones, porque ambas ocupaban el mismo edificio, también nos sirvió de soda y comedor; mientras tuvo otros usos: actos oficiales, entrega de credenciales a presidentes electos y diputados, festivales de la canción organizadas por sus empleados, especialmente para el Catorce (14) de setiembre, en celebración al “Día del Empleado Electoral y Civil”, para dormir, leer La Biblia, un periódico, escribir alguna anécdota, discutir por el fútbol, incluso, habladas como siempre sobre política criticando a “Juan, Pedro y María”, aunque no lo podíamos hacer en voz alta porque de pared de por medio, estaban los Magistrados del Tribunal Supremo de Elecciones y también estaba vigente el “Artículo 88” del Código Electoral de Costa Rica, que nos impedía a los empleados de la Institución y otros sectores de funcionarios públicos, manifestaciones de color político, aunque, desde luego, sin ningún impedimento para ejercer el voto. Y nada de signos externos de los partidos políticos o “vivas” en nuestras casas de habitación, autos y otros lugares propios, menos en nuestro centro laboral.
No recuerdo el motivo o motivos, por la cancelación de “La escuelita”, como espacio para comer, tertulias y dormir. Y no fue permitido permanecer en las instalaciones, durante las dos horas y media. ¿Qué hacer?
Planteamos a nuestros superiores el problema y volvimos a la estancia indicada. En esos tiempos se implementó la llamada “Jornada continua”, otro diferente horario sin cerrar un minuto las instalaciones, sin trabajar las tres horas de los sábados y otras condiciones. Y sin ver más a aquel señor o señora (y muchas veces con niños), esperando la apertura de los portones para hacer fila y solicitar sus documentos, cédula de identidad y otros.
Y me parece este sistema se ha mantenido hasta nuestros días, al menos otra disposición interna de cada institución, con la tecnología u otras formas.
Explicación del tema en redes sociales:
La jornada continua es un tipo de horario laboral donde se trabaja de forma ininterrumpida con una breve pausa para descanso o comida, y sus horarios específicos pueden variar según el sector o la empresa, pero suelen extenderse de 7:00 a 16:00 o de 8:00 a 15:00. En Costa Rica, la jornada diurna ordinaria es de 8 horas diarias y 48 horas semanales, aunque se puede extender a 10 horas diarias en trabajos no insalubres ni peligrosos, siempre que no se superen las 48 horas semanales.
La jornada partida en el ámbito laboral se refiere a una modalidad de organización del tiempo de trabajo en la que la jornada laboral se divide en dos o más tramos, separados por una pausa larga, que generalmente no se considera tiempo efectivo de trabajo, y que a menudo incluye un descanso para comer. A diferencia de la jornada continua o intensiva, donde todas las horas lectivas o de trabajo se agrupan en un bloque, la jornada partida distribuye el tiempo entre la mañana y la tarde.
Todas las reacciones:
4Tú, Xinia Villegas Hoffmaister, Ricardo McDonald y una persona más
Excelente remembranza, yo viajaba hasta Moravia a almorzar, solo que las famosas presas eran muy escazas. Me parece ver a Fallitas y Leonardo Rojas de Archivo y Cédulas y Fotografías en la eterna tertulia extensa y variada todos los días.
Dejo esta anécdota a mis ex compañeros de trabajo en el TRIBUNAL SUPREMO DE ELECCIONES-REGISTRO CIVIL, para que la analicen y podamos mejorarla, agregando otros elementos, corrigiendo lo escrito o suprimiendo algún concepto.
En los años setenta-ochenta, aún existía, en oficinas públicas, el horario corriente o jornada partida.
Recordemos el horario: salida todos los días, de lunes a viernes, a las cinco y treinta de la tarde, casi en la noche, más si el trayecto lo hacíamos en bus o busetas. Y los sábados de ocho a once de la mañana. Eso sí, teníamos derecho a dos y media horas para el almuerzo, todos los días excepto los sábados.
De muchas formas utilizamos ese tiempo: para almorzar, pasear por la ciudad, ver ventanas de los comercios, leer las noticias en Radio Monumental, un rato en los Parques escuchando o no a los predicadores, según nuestras creencias. Disfrutar de las piruetas con bolas y otros objetos del famoso personaje, “Tango”, ir al cine, al Templo, tertuliar en poyos del parque con compañeros o desconocidos. Incluso, ver televisión a través de las ventanas de los negocios de ventas de estos artículos, que nos caían a la perfección para ver los partidos del Mundial, aunque fuera por medio tiempo. Esto, si la opción elegida era pasear por el centro de la Ciudad Capital. Algunos, asistían a las sodas de otras Instituciones, la del Ministerio de Trabajo o de Educación, a cien metros del Registro Civil, al norte, muy cerca del conocido “Banco Negro” o Banco de Costa Rica. En nuestra Institución no se había establecido este sistema como en las anteriores instituciones.
Otros, tomaban el escritorio y mesas de madera de su oficina para el almuerzo y hasta dormir, en medio de archivadores, anaqueles y escritorios.
Y había otra opción no para todos, según su residencia fuera de San José. En esas largas dos hora y media, viajaban (lo hice yo), en autobús o microbús, a sus hogares, en Heredia, Barva, centro de Alajuela y Cartago. Tuvimos tiempo para tomar el bus, volver a pagar el pasaje, ida y regreso, saludar a nuestra familia y descansar un ratito.
En mi caso, de San José a Alajuela centro y viceversa. Llegaba a la casa y calentaba la comida, siempre elaborada por mi esposa, en esos tiempos empleada en la venta de telas, en el Almacén Francisco Llobet, famosa tienda alajuelense, de españoles. Un día, no llevé las llaves y al regreso a Alajuela, no pude ingresar a la casa, menos a la cocina. Decidí el regreso a mi trabajo, con ganas de comer, pero bien sentado en la confortable unidad de pasajeros de la “Station Wagon” o en los buses de Tuasa, con un periódico en manos. En alguna sodita, en San José, compré algo para aguantar hasta las cinco y treinta.
El usuario, sin tener culpa, también se adaptaba a la obligación de cumplir con esas dos horas y media, esperando sentado en el cordón del caño, arrecostado a la pared de la edificación, casi dormido, de pie o sentado en el pretil de la entrada principal del edificio centenario. Y nadie protestaba por esperar. Eran otros tiempos.
Cuenta un funcionario del Registro Civil: “La escuelita”, así alguien dio este nombre, era el auditorio de la Institución, utilizada por el Registro Civil y Tribunal Supremo de Elecciones, porque ambas ocupaban el mismo edificio, también nos sirvió de soda y comedor; mientras tuvo otros usos: actos oficiales, entrega de credenciales a presidentes electos y diputados, festivales de la canción organizadas por sus empleados, especialmente para el Catorce (14) de setiembre, en celebración al “Día del Empleado Electoral y Civil”, para dormir, leer La Biblia, un periódico, escribir alguna anécdota, discutir por el fútbol, incluso, habladas como siempre sobre política criticando a “Juan, Pedro y María”, aunque no lo podíamos hacer en voz alta porque de pared de por medio, estaban los Magistrados del Tribunal Supremo de Elecciones y también estaba vigente el “Artículo 88” del Código Electoral de Costa Rica, que nos impedía a los empleados de la Institución y otros sectores de funcionarios públicos, manifestaciones de color político, aunque, desde luego, sin ningún impedimento para ejercer el voto. Y nada de signos externos de los partidos políticos o “vivas” en nuestras casas de habitación, autos y otros lugares propios, menos en nuestro centro laboral.
No recuerdo el motivo o motivos, por la cancelación de “La escuelita”, como espacio para comer, tertulias y dormir. Y no fue permitido permanecer en las instalaciones, durante las dos horas y media. ¿Qué hacer?
Planteamos a nuestros superiores el problema y volvimos a lo que teníamos. El comedor improvisado en las oficinas. En esos tiempos se implementó la llamada “Jornada continua o jornada intensiva”, otro diferente horario sin cerrar un minuto las instalaciones, sin trabajar las tres horas de los sábados y otras condiciones.
Y sin ver más a aquel señor o señora (hasta con niños), esperando la apertura de los portones para hacer fila y solicitar el documento, su cédula de identidad y otros.
Me parece que este sistema se ha mantenido hasta nuestros días, al menos otra disposición interna de cada institución, con la tecnología u otras formas. En esos tiempos fue bienvenida la jornada continua.
Tomado de redes sociales:
La jornada continua es un tipo de horario laboral donde se trabaja de forma ininterrumpida con una breve pausa para descanso o comida, y sus horarios específicos pueden variar según el sector o la empresa, pero suelen extenderse de 7:00 a 16:00 o de 8:00 a 15:00. En Costa Rica, la jornada diurna ordinaria es de 8 horas diarias y 48 horas semanales, aunque se puede extender a 10 horas diarias en trabajos no insalubres ni peligrosos, siempre que no se superen las 48 horas semanales.
La jornada continua, también llamada jornada intensiva, se refiere a un tipo de horario laboral donde las horas de trabajo se realizan de forma consecutiva, sin interrupciones prolongadas para comer o descansar. Normalmente, se incluye un breve descanso de entre 15 y 30 minutos, pero no hay una pausa larga que divida la jornada en dos partes, como ocurre en la jornada partida.
La jornada partida, a diferencia de la continua, implica una pausa más larga para comer, dividiendo la jornada laboral en dos partes (mañana y tarde).
En resumen: La jornada continua es un modelo laboral que busca la eficiencia y la conciliación a través de un horario de trabajo sin interrupciones prolongadas, con un breve descanso incluido dentro del tiempo de trabajo.
Muchas personas me preguntan por Calufa Fallas, pero es poco lo que conozco de él. Sí recuerdo que nos visitaba en la casa de adobes y piso de tierra de nuestros abuelos, detrás de la Iglesia La Agonía, precisamente a 110 pasos de la casa-biblioteca del escritor.
Eso sí, sabemos que fue declarado Benemérito de la Patria, el 14 de Noviembre 1977, por la Asamblea Legislativa, siendo durante toda su vida un reconocido activista político, gran luchador social, miembro-fundador del Partido Comunista de Costa Rica.
Por su cosecha literaria, sabemos mucho, pero muchos no sabemos de su labor política, por ejemplo, en la Asamblea Legislativa. Elegido diputado por San José 1944-1948 y regidor municipal. En una ocasión, un amigo me mostró una publicación del tema indicado, pero nunca lo analicé.
Estoy rastreando esa publicación.
Datos de esta bella imagen, según familiares y amigos:
Calufa está en el centro. A sus lados, don Martín Teodoro y don Fermín Alvarado Fallas. ( foto 1960). Estos dos señores, formaban parte del Partido Acción Democrática Popular (P.A.D.P), encabezado por don Enrique Obregón. El partido mencionado, buscaba acuerdos electorales con el Partido Vanguardia Popular (P.V.P) de don Manuel Mora Valverde, ilegal desde 1948.
Los acuerdos lograron incluir en las papeletas a militantes de Mora Valverde. La lista para diputados por Alajuela, proponía al Dr. Oscar Valverde Rodríguez y en segundo lugar al vanguardista Dr. Oscar Morera Madrigal. Así los comunistas de PVP, podían participar y hasta ser electos.
La casa a sus espaldas, es o fue la Casa-Biblioteca de Carlos Luis Fallas Sibaja, CALUFA, ubicada costado Nor-Este de Iglesia La Agonía, Alajuela, Costa Rica, Centroamérica. (popularmente, costado sur «liga bar»).
Hoy, en esa esquina, está una construcción de dos pisos, de apartamentos.
Cuando paso por el lugar, siempre se me viene a la mente y penetra en mi alma, la imagen de Fallas, de quién siempre fui y sigo siendo, su seguidor…