Destino. Cuento Corto.

Mi propuesta para el concurso de relatos de El Tintero de Oro, con tema «el destino y cómo influye este, positiva o negativamente en nuestra vida» Límite: 900 palabras.

Damián Pardo tenía diecisiete años cuando mató a un hombre y perturbó al tranquilo pueblo de San Andrés.

—¡Fue en defensa propia! —gritaba mientras lo llevaban a la cárcel. Como el muerto no era de por esos lares, y a falta de mejor lugar, lo metieron a la misma celda que Damián, en espera de que alguien lo reclamara. Los guardias contarían con estupor cómo el muchacho tomó el cadáver, lo sentó frente a él y empezó un monólogo extraño:

—¿Ya ves? Para qué te pusiste celoso de que yo le hablara a Almita Gutiérrez. Ni modo que yo me quedara tan tranquilo luego de que me soltaste un trancazo.

Cuando le llevaron la cena, el muchacho puso la comida sobre el cuerpo, usándolo como mesa.

—Ahora ya ni un taquito te puedes comer. ¿Qué se siente estar difunto?

Como era menor de edad, y nadie había reclamado al muerto, lo liberaron después de una arenga y la promesa de su único pariente, su tío, Abel Pardo, de que lo vigilaría y lo llevaría por el buen camino. Los vecinos de San Andrés vieron todo con preocupación; decían que el muchacho estaba marcado por las desgracias, recordando que cuando nació, sus padres habían muerto: la madre en el parto y el padre ahogado en una inundación que se llevó medio pueblo.

Abel lo mandó a la capital, a estudiar en un colegio militar. Tras un «accidente» mal aclarado, lo expulsaron, a pesar de ser un prodigio con las armas.

—Ese muchacho no es bueno, Don Abel, trae mala suerte —le decía la gente al tío.

Una tarde tormentosa, regresó Damián Pardo al pueblo y lo primero que hizo fue buscar a Abel.

—Ya ni la amuelas, sobrino. Puedes quedarte conmigo siempre y cuando encuentres un trabajo y no causes problemas.

Después de su llegada mataron al gerente del banco, luego al farmacéutico. En cada caso, se le vio después en el camposanto, entablando diálogos macabros con los recién enterrados. La policía no encontró evidencia de que él fuera el asesino, pero la gente se guardaba en sus casas a hora más temprana y si lo veían pasar se santiguaban. Se decía que el destino lo marcó para la fatalidad y que la Muerte caminaba junto a él.

—¿Todo este tiempo has sido tú? —le preguntó una noche Abel con un hilo de voz mientras le mostraba un casquillo de bala que había encontrado en un pantalón.

—Sí —dijo Damián con tranquilidad—, pero me pagaron. Fue a su habitación y regresó con un fajo de billetes.

—Me voy a otro lado para no causarle quebrantos —dijo mientras le extendía una buena cantidad de dinero. Quédese calladito, al fin y al cabo somos familia.

Abel se quedó unos segundos con el dinero en la mano, temblando. Le asqueaba aquel fajo manchado de sangre y lo dejó sobre la mesa. Damián paseó su mirada fría, como la de las serpientes, del dinero a su tío, pero no dijo nada.

—Esta vida que has escogido no te va a llevar por buen camino. Te ruego que reconsideres. Vete de aquí, inicia de nuevo en otro lugar, lleva una vida honrada o un día también vas a aparecer muerto.

—Si no quiere el dinero, allá usted, pero no me estorbe.

Damián compró una casa abandonada en las afueras y hasta ahí llegaba el sonido de las campanas repicando por tanto muerto. La policía se hacía de la vista gorda. A menudo se veían fuereños indeseables tratando asuntos con él. Otras veces viajaba fuera y el pueblo contenía la respiración, con la certeza de que vendrían más desgracias.

La familia de Almita Gutiérrez tembló cuando supo que Damián Pardo andaba enamorando otra vez a la joven. Engatusada por él, un día anunció que estaba embarazada. Damián se presentó en casa de los Gutiérrez y pidió su mano.

—¡Sobre mi cadáver! —fue la respuesta de Félix Gutiérrez.

Ocho días después se vio a Damián en el cementerio, sentado sobre la tumba del que hubiera sido su suegro.

A pesar del horror de su familia, el asesinato de su padre tras negarse al compromiso y sus propias y ominosas sospechas, Almita se casó en una ceremonia marcada por el miedo y el desaire del pueblo. Luego de eso, los recién casados se fueron a vivir juntos. No pasó mucho tiempo antes de que el flamante esposo se ausentara por periodos cada vez más largos, dejando a su mujer en completa soledad.

Un día lo encontraron muerto, con una bala en mitad de la frente. Los asesinatos cesaron.

Almita murió dando a luz y Abel se hizo cargo de su sobrino-nieto. El hombre había observado con cuidado el desarrollo de la criatura, con la esperanza de quien busca un milagro. Lo llamó Lucas —nombre vinculado a la luz—, augurándole un futuro de claridad.

Lucas Pardo tenía diecisiete años cuando salvó a los infantes de una escuela que se quemaba. Tras el aviso del incendio, todo el pueblo corrió para ayudar y se encontraron con que el muchacho ya los había sacado de entre las llamas. Las madres y padres le abrazaban, la gente elevaba oraciones bendiciéndolo. Abel suspiró aliviado.

Mientras el pueblo celebraba al héroe, en sus bolsillos se escondían los cerillos que revelaban la verdad. El destino de los Pardo parecía ser una llama que no se podía acabar.

892 palabras.

Autor: Ana Laura Piera.

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Error Divino – Microrrelato.

Mi propuesta para Escribir Jugando de abril. Hacer un relato de no más de cien palabras, inspirado en la carta, que incluya el objeto del dado (zapatillas aladas) y opcional que incluya algo relacionado con pinturas rupestres.

Mis zapatillas aletearon disparejas. Me sentí caer en picada, aunque seguía en el aire. Un zumbido taladró mis oídos. Ante mí desfilaron sucesos: guerreros en la Batalla de Maratón, dioses llorando en la Acrópolis, Prometeo robando el fuego. Luego, gente primitiva. Perdí el conocimiento.

El frío me despertó. Adolorido, me arrastré hasta esta cueva atraído por el humo de unas brasas. Con pesar, acerqué al rescoldo el valioso mapa del Laberinto del Minotauro. Al prenderse, iluminó rudimentarias pinturas de animales que parecían moverse sobre las rocas.

Maldije a Hefesto por haber forjado unas zapatillas aladas tan defectuosas.

Autor: Ana Laura Piera.

99 palabras.

Las zapatillas de Hermes, conocidas como Talaria, son un elemento mítico de la mitología griega, forjadas por el dios Hefestos con oro imperecedero. Estas sandalias aladas otorgaban al dios mensajero la capacidad de volar como un ave, moverse a velocidades increíbles y transitar libremente entre el Olimpo, la tierra y el inframundo.

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El Cliente – Cuento Corto.

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Me levanté cansada, más que otros días. Parecía que todos los hombres que habían pasado por mi cuerpo se colgaban de mí nuevamente, todos juntos, impidiéndome mover, chupando mis pechos caídos y apretando mis nalgas hasta hacerme daño. Tuve una sensación extraña, un presentimiento, quizás. Dejé el oscuro cuartucho que me servía de morada y donde vivía sola. Estaba acostumbrada: fui hija única, mis padres murieron jóvenes y nunca me casé ni tuve hijos. La familia que me quedaba me repudió cuando supieron a lo que me dedicaba.

Al llegar al trabajo me encontré a mi única amiga, la “Güera”. Su carácter jovial era como un bálsamo cuando nos preguntábamos si nuestras vidas podrían haber sido diferentes y siempre lograba sacarme la tristeza con sus ocurrencias.

El lugar era conocido como el “Rincón de las Putas Viejas”. Éramos un grupo de mujeres que esperaban clientes sentadas en sillas de plástico bajo un toldo improvisado con sábanas rotas. De lejos nos llegaba el rumor de los autos que iban por la carretera. Ahí únicamente acudían aquellos que no podían pagar las tarifas más elevadas de las jóvenes, o uno que otro hombre que únicamente podía excitarse con una mujer mayor.

Percibí su mirada de lejos, estudiándome.

—¿Cuánto? —preguntó al abordarme. Aquella voz tenía la frescura de las voces jóvenes, pero también había un dejo de nostalgia, de alguien que ha vivido cosas más allá de lo que aparenta su edad. Le di mi tarifa; a los sesenta y pico no podía cobrar mucho. Asintió. Era un atractivo treintañero, alto y delgado, con facciones agradables y armoniosas. Advertí que la Güera me jalaba la falda, volteé y me guiñó el ojo, traviesa, mientras las demás compañeras me miraban con envidia. Lo llevé al cuarto donde trabajábamos, el olor a humedad hizo que se llevara la mano a la nariz, yo ya no lo percibía. Una cortina vieja y polvosa impedía que entrara la luz.

—¿Quieres que me quite la ropa? —pregunté en voz muy baja mientras él se sentaba al borde de la desvencijada cama. Tenía la mirada en el suelo. No me contestó, así que me quité la blusa y el brasier, pero él alzó la mirada y, casi suplicante, me hizo señas de que parara. Me acerqué.

Me rodeó el cuerpo con los brazos y, cual niño pequeño, apoyó el rostro en mi vientre flácido. Comenzó a besar mi piel con devoción, sus labios apenas rozándome. Me arriesgué a tocarle la cabeza, al ver que no protestaba, le acaricié los cabellos con ternura. Me vino a la mente la caricia de los dedos huesudos de mi abuela haciendo lo mismo en mi cabeza cuando yo era una niña. Mi abuela, la única persona con la que yo llegué a sentir felicidad. Su cuerpo se estremeció y me sacó de mis pensamientos. Ahora lloraba como un bebé y sus ojos húmedos se encontraron con los míos.

—¿Por qué te fuiste? ¿Por qué me dejaste? —dijo con la voz enronquecida de dolor. Comprendí. Lo abracé muy fuerte. No era mi hijo, pero en ese momento yo era su madre. Lloramos juntos, él por la que tuvo y le abandonó, y yo por todas las cosas que nunca tuve.

Autor: Ana Laura Piera.

Publicado originalmente en la revista digital Masticadores el 8 de nov. 2021. Esta es una versión revisada.

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La diosa que sangra.

Mi propuesta para el VadeReto de marzo: hacer un relato donde haya un eclipse lunar

En las entrañas del observatorio, el astrólogo Akbal pasó la noche estudiando códices. Tras muchos katunes de observación astronómica, su pueblo sabía predecir con exactitud cuándo Ixchel, la diosa lunar, se mancharía de sangre. Movió la cabeza preocupado, el siguiente eclipse coincidiría con la fecha en que el anciano rey designaría a su sucesor de entre sus dos hijos. Por la mañana, le visitó Iktan el menor de los príncipes.

—¿Qué tienes ahí, Akbal?
—Los códices del cielo, mi señor. Se avecina un eclipse.
—¿Puedes mostrarme? —Akbal asintió complacido, mientras desdoblaba con cuidado el códice para que el muchacho lo observara. Frente a él se desplegaron varias hojas de amate estucadas y sobre el estuco había coloridos glifos e imágenes.
—Akbal, ¿alguna vez mi hermano se ha interesado por estas cosas?
—No, mi señor. Él está enfocado en otras cuestiones.
—A veces me gustaría ser un gran guerrero como él, pero nunca he sido bueno con las armas, y no soy lo bastante fuerte.
—¡Oh, mi señor! Hay muchas formas de serlo. Atesorar conocimiento y aplicarlo con sabiduría es una de ellas.

Y así, Akbal le enseñó todo lo que pudo sobre los eclipses al príncipe Iktan.

Otro día, el rey mandó llamar a sus hijos.

—Akbal me ha informado que viene un eclipse. ¿Qué proponen? ¿Cómo debemos prepararnos?

Aj Koo, el mayor, fuerte e imponente como una ceiba, fue el primero en responder.

—¡Traigamos muchos prisioneros para sacrificar a la luna y así la fortaleceremos!

El rey entornó los ojos, concentrado, sopesando la propuesta. Luego interrogó con la mirada a Iktan.

—No hay necesidad de buscar conflictos con nuestros vecinos ni de derramar sangre. Lo que veremos es un abrazo celestial que se ha repetido innumerables veces desde que se guardan registros. Ixchel prevalecerá. No alarmemos a la gente, solo pidamos que estén en oración y recogimiento.

Aj Koo vio mortificado cómo el rey lanzaba una mirada de aprobación hacia Iktan.

Cuando la luz se batió en retirada las calles quedaron desiertas. La ciudad se envolvió en quedas plegarias que emanaban desde las casas. Desde su habitación en el palacio, el príncipe Aj Koo observaba molesto el fenómeno a través de una ventana. La luna perdió su resplandor y no pudo evitar pensar que lo mismo pasaba con el favor de su padre hacia él. Se sentía humillado de que, siendo el mayor, su padre prefiriera a Iktan el «debilucho», quien siempre acababa opacándolo y robándole brillo.

Una sombra «mordió» la luna y Aj Koo se desesperó. La luna estaba herida y sin la sangre de sacrificios que le dieran fuerza, no podría recuperarse. Maldijo tanto a su padre como a su hermano.

Cuando Ixchel se tiñó de rojo cobrizo, una calma tensa lo envolvió todo, pero la ira de Aj Koo se desbordó. Ofuscado, se dirigió a la habitación de Iktan.

Aj Koo entró con sigilo, en su mano sostenía un frío cuchillo de obsidiana. Fue directo al lecho de su hermano y respirando rápido y forzado, como un animal, hundió la obsidiana varias veces, desgarrando el bulto sobre la cama. Fue ahí cuando se dio cuenta de que solo se trataba de un señuelo. Antes, Akbal, guiado por un presentimiento, había dispuesto que en la recámara del joven príncipe Iktan hubiera guardias apostados. Aj Koo fue apresado justo en el momento en que un borde de la luna recuperaba su brillo de plata.

La ciudad respiró aliviada: Ixchel había regresado, y en su viaje, había revelado lo que había en el corazón de Aj Koo. Ahora solo quedaría seguir la luz de Iktan.

Autor. Ana Laura Piera.

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Santo remedio – Microrrelato.

Mi propuesta para el reto de Lidia Castro «Escribir Jugando» de marzo 2026. Condiciones: inspirarse en la carta del hierofante (tarot), que incluya a Júpiter y opcional que aparezca algo relacionado con la esencia floral de bach: crab apple. No sobrepasar cien palabras.

Al alba, cual sacerdotisa de la limpieza, mamá se ponía a perseguir motas de polvo y a poner orden en cada rincón. ¡Ay de nosotros si alterábamos su inmaculado templo! Su rigor nos hacía infelices. Pero la abuela Sofía llegó con la promesa de curar la obsesión con esencia de crab apple.

¡Por Júpiter! Gritamos jubilosos el día que encontramos a mamá durmiendo hasta tarde, roncando fuerte, mientras nuestros juguetes conquistaban la sala.

75 palabras.

Autor: Ana Piera.

Este relato en la revista digital Masticadores.

Nota: El hierofante o Papa, es la carta número 5 en la baraja de tarot. Es un arcano mayor que en posición al derecho es la religión, la identificación grupal y social, la conformidad, la tradición, las creencias. Invertida representa restricción, tentaciones retenidas, desafío a lo establecido a las normas y el status quo.

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El Carnaval. Microrrelato.

Relato que participa en el microrreto de marzo de El Tintero de Oro: (Microrrelatos de la bestia). El requisito es que el diablo sea protagonista o personaje secundario. También participa en el VadeReto de febrero, siendo el requisito que incluya un disfraz y ocurra en carnavales.

250 palabras.

Desde el púlpito, el padre Gabriel exhortaba a sus feligreses a portarse bien durante el carnaval:

—¡No quiero enterarme de que alguno ande borracho y en malas compañías! ¡Mujeres, quédense en sus casas pidiendo por los pecadores en estas festividades de dudoso provecho!

La gente salió de misa sintiéndose regañada. Las tres beatas del pueblo: Dolores, Refugio y Patrocinio, miraban a todos con caras de: «ya lo dijo el padre, ¡compórtense!»

El cura se quedó guardando objetos litúrgicos, mandó decir que ese día no habría confesiones, pues se sentía mal, y salió corriendo a la casa parroquial.

Una vez en su sencilla habitación, impregnada de humedad y aroma a cirios, sacó de una cómoda una prenda envuelta en papel oscuro. La retiró con delicadeza de su envoltorio mientras su respiración se hacía más agitada. La tela de satín rojo atrajo las manos de Gabriel como un imán. La acarició con manos trémulas y pasó sus dedos por los cuernos plateados de la capucha. Luego miró con ojos entornados la máscara de gesto maligno. Se puso el disfraz con devoción, como cuando se vestía para la homilía, y se contempló en un espejo. Su rostro se ensombreció cuando vio reflejado el crucifijo de su cabecera, donde un afligido Cristo lo miraba con dureza. Gabriel lo descolgó y lo guardó en un cajón. Luego se puso la máscara. El espejo reflejó un demonio de ojos ardientes.

De lejos le llegaron la música y el jolgorio. El carnaval acababa de iniciar.

Autor: Ana Laura Piera.

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Otra forma de ser valiente.

Microrrelato de cien palabras.

Mi propuesta para el reto «Escribir Jugando», de Lidia Castro: Inspirarse en la carta, incluir la piedra de jaspe rojo y opcional mencionar algo relacionado con la flor de bach clematis. No deberá exceder las cien palabras.

Cuando el centurión ordenó al legionario Publio Corvus explorar el territorio, este se alegró. Sentía ya insoportable el peso de su armadura y la sangre derramada le ahogaba los sueños. Decidió cruzar el Danubius.

Al salir de un tupido bosque, vio un brillo que llamó su atención. Junto a un desfiladero, y debajo de una mata de la delicada flor clematis, resplandecía una piedra de jaspe rojo. Lo tomó por señal de que no le faltarían fuerzas. Lanzó su gladius y armadura al vacío. No era un cobarde, solo buscaba otra forma de ser valiente.

100 palabras incluyendo el título.

Autor: Ana Piera.

Nota: Gladius es la espada romana utilizada por las legiones. Danubius, el nombre romano del río Danubio.

Este micro en la revista digital Masticadores Sur.

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La casa apagada. Cuento corto.

Género: fantástico.

Regresamos del viaje agotados. Manuel se quejó de que su dolor de rodilla crónico estaba molestándolo mucho.

—Debiste dejar que te ayudara a manejar, pero eres bastante terco.

La casa se hallaba como la dejamos, pero la luz se percibía extraña, apagada. Las flores del jardín se veían mustias, un manto de tristeza las cubría.

—¡Tan solo fueron cinco días! —me quejé mientras las regaba.

—Estamos cansados, mujer, deja eso. Yo también quisiera ponerme a terminar la casita del árbol que le prometí a Lucy. Mañana será otro día.

Más tarde, mientras deshacíamos maletas, yo pensaba en nuestra hija Valeria. «Debo encontrar el momento adecuado para hablar con ella. Ya lo he pospuesto mucho».

A la mañana siguiente, pasé a ver mis plantas. No habían revivido como yo esperaba. Entré en la cocina y preparé café. Me serví una taza y me acerqué a la ventana. Recordé otras tazas de café junto a ese ventanal y extrañé la luz diáfana y cálida que lo hacía a uno sentirse vivo. Acerqué la taza a mis labios y le di un sorbo. Lo primero que pensé es que el café debía estar viejo. Luego, de la nada, mi nariz percibió, ya no el apagado aroma del café, sino un olor punzante a gasolina y a plástico quemado.

—¿Qué te pasa? —preguntó mi esposo, que acababa de entrar, al ver que yo dejaba la taza a un lado, con repulsión.

—No es nada —dije, tratando de sonreír— ¿Qué tal tu rodilla?

—Es curioso, hoy amanecí sin dolor.

—¡Suertudo! —le dije, y él rio, travieso.

Escuchamos el ruido de un auto que se estacionaba frente a la casa.

—¡Es Valeria! —exclamó Manuel emocionado—. ¡Iré a abrirle!
—¿Viene sola? —pregunté esperando que así fuera. Lo que quería tratar con ella era algo delicado.
—No. Viene con su amiga, Julieta.
Me sentí contrariada.

Cuando él llegó al portón, ella ya había entrado. Tenía los ojos llorosos y una mueca de dolor le cruzaba la cara. Julieta también tenía mal semblante. No parecían vernos, iban de un lado a otro sin reparar en nosotros. Manuel se cansó de gritar—¡Valeria!
Yo me desesperé y me interpuse en su camino, y fue cuando la realidad nos golpeó a fondo: el cuerpo de nuestra hija pasó a través de mí, como si yo fuera un gas y no ofreciera resistencia. Manuel y yo nos miramos sin comprender.

—De repente me ha parecido atravesar un frío glacial —le dijo mi hija a su amiga.
—Tranquila, Valeria, todo está tan reciente. ¿Quieres que volvamos?
—Aún no ¡Hay que encontrar a Nico!

El día anterior no nos preocupamos mucho de no ver a nuestro gato, le habíamos dejado comida y agua suficiente. Nico solía desaparecer, pero siempre volvía.

Valeria rebuscó por todos lados y luego salió al jardín trasero. Mientras ella inspeccionaba, notamos una tonalidad azulada al fondo del terreno.

—¿Qué es eso? —pregunté a Manuel extrañada.
—No sé. ¿Quizá una distorsión de la luz?

Valeria caminó hacia Julieta con una tiesa bola de pelos en los brazos. Sollozaba y le costaba hablar.

—Está… muerto. Igual que…

Julieta se acercó y la abrazó, luego las dos se fundieron en un breve beso en los labios, tierno, pero no de amigas. Manuel me miró, tenía los ojos como platos.

Se marcharon llevándose el cuerpo de Nico, y antes de irse, fuimos testigos de otro beso, ahora no tan tierno.

Más tarde salimos los dos a ver las estrellas, pero la noche era un lienzo oscuro donde las tinieblas reinaban, a excepción del jardín, donde el extraño resplandor azul no se iba.

—No recuerdo las noches así de sombrías. ¿Qué le pasaría a nuestro Nico? —dijo Manuel con la voz quebrada—. Y ese beso entre Valeria y Julieta…
—Siempre parecía querer contarme algo, para al final no atreverse. Pensaba hablar con ella y… ahora es muy tarde.
—Es triste pensar que no sintió confianza para contarnos. ¡La hubiéramos apoyado! —dijo con vehemencia.
Yo asentí. Nos abrazamos llorando por todo lo que dejamos de hacer en vida.
—¿Y nosotros? —me preguntó. Su mirada reflejó la desolación que compartíamos. No supe qué decirle.

Manuel trabajaba todos los días buscando terminar la casita para nuestra nieta, Lucy, pero todo avance desaparecía al día siguiente. Daba pena verlo, su cuerpo doblado por la frustración, para luego respirar hondo e iniciar de nuevo.

Otro día vinieron nuestras dos hijas con un agente de bienes raíces. El hombre recorrió nuestra casa haciendo fríos cálculos. Donde había recuerdos él solo veía dinero.

Valeria y su hermana Lucía salieron al jardín, las seguía la pequeña Lucy, de tres años. Para nuestra sorpresa, nuestra nieta nos reconoció y su carita se iluminó de felicidad.

¡Abi! ¡Abu! —gritó y caminó hacia nosotros. La primera reacción de Manuel fue abrirle los brazos, pero yo le hice señas de que se alejara. Su cara se ensombreció, pero entendió que no debíamos perturbarla haciéndola pasar por la misma experiencia que había tenido Valeria. Nos partió el corazón la mirada de extrañeza de nuestra nieta.

—Es una pena que papá no la terminara —dijo Valeria señalando la casita del árbol.
—Bueno, ella igual la disfruta —dijo Lucía mirando a su niña que se asomaba sonriente por un hueco que debía ser una pequeña ventana.
—¿Crees que ellos estarían de acuerdo en que vendamos su casa? —preguntó Valeria.

Nosotros gritamos al unísono «¡¡¡No!!!» Un grito que no movió ni una hoja del jardín, tampoco hizo que nuestras hijas voltearan, y Lucy, ahora concentrada jugando en la casita, ni se dio por enterada.

—¿Sabes Manuel? La vida sigue sin nosotros. Esta… ya no es nuestra casa.

En ese momento el odioso agente se asomó señalando la casita inacabada.

—¡Tendremos que tumbar eso! —gritó.

Vi que Manuel estaba a punto de estallar. Lucía lanzó un resoplido de disgusto, tomó a Lucy y entró en la casa seguida de Valeria.

Manuel gritó con todas sus fuerzas, de pura frustración. Un grito que solo pudimos escuchar él y yo, sin ninguna repercusión en el mundo. Lo abracé fuerte hasta que se calmó.

Un ronroneo familiar hizo que volteáramos para todos lados hasta que lo vimos. Ahí, con su apariencia distinguida, estaba Nico: esbelto cuerpo negro, pecho y patitas blancas, como si portara un esmoquin. Un aura azulada lo envolvía. Caminó hacia el fondo del jardín y nos volteó a ver, quería que lo siguiéramos. La tonalidad azul en el terreno, conforme nos acercamos, tomó la forma de una enigmática puerta. Nico se paró frente a ella.

—Creo que debemos abrirla —le dije a Manuel.
—No estoy seguro. Me gustaría ver a las chicas de nuevo. Y a Lucy. ¿Viste qué simpática estaba? ¡Quisiera verla crecer!
—Yo también, pero…

Nico maulló fuerte y claro, como dando su opinión en el asunto. Manuel y yo nos miramos mientras las lágrimas se asomaban en nuestros ojos.

Me acerqué a la puerta y la abrí tímidamente, del otro lado se filtró una luz intensa que nos recordó cómo era la luz «normal» y no ese remedo gris en el que habíamos estado viviendo los últimos días. Volteamos para despedirnos de todo y, desde una ventana del segundo piso, vimos a Lucy que movía su manita diciendo adiós. Agitamos nuestras manos y le tiramos besos.

Nico avanzó primero, como si siempre hubiera sabido el camino. Nosotros le seguimos tomados de la mano.

Autor: Ana Laura Piera.

Mi relato en la revista: Masticadore Sur: AQUÍ

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Aspirantes a monstruos.

Cuento corto.

El estruendo pavoroso de la explosión inundó de temor a los habitantes de Cerropliego. Nadie podía creer que se hubieran atrevido a lanzar misiles sobre la cercana estación nuclear de Penumbra IV. Tras el caos inicial, las autoridades, que tardaron bastante en llegar, aseguraron que, a pesar de la destrucción no se había afectado el reactor y que no había indicios de radiación. La evacuación no era necesaria.

La guerra terminó poco después y la gente se tranquilizó y retomó el ritmo normal de sus vidas. Lo que había sido destruido fue reparado y se tomaron medidas para aumentar la seguridad, o eso se dijo.

Por esos días llegó un hombre que solo de verlo causó escalofríos: llevaba una máscara antinuclear e iba vestido con un traje de plástico anaranjado. Arrastraba con dificultad un maletín médico con ruedas. La gente lo siguió hasta la plaza central, donde abrió el maletín; este tenía múltiples divisiones y cada una contenía frascos, tubos y cajas de diferentes tamaños y colores. Sacó algo muy parecido a un control remoto de color amarillo chillón. Caminó hacia la gente con el aparato en la mano y, conforme se iba acercando a ellos, el artefacto pitó cada vez más fuerte y más agudo. El hombre se detuvo y caminó hacia atrás, los pitidos se espaciaron y atenuaron. El silencio en la plaza era sepulcral. Se quitó la máscara y enfrente de todos, se tragó una pastilla de yoduro de potasio. Gritó con una voz clara y segura, que traía remedios que no se encontraban en ningún otro lado.

—¡Eh, tú! —dijo señalando con su mano enguantada a un hombre que lo miraba con una mezcla de desconfianza y temor—. Mira, tengo un remedio para ese tercer ojo que te va saliendo —y sacó una crema que olía a alcanfor.
—¿Tercer ojo? —preguntó el hombre.
—¡Sí! ¡Justo ahí en medio de la frente! —el hombre se palpó el rostro con manos trémulas hasta que sintió una imperfección.
—¡Ay! ¡Es verdad!
—Dime, ¿has tenido dolores de cabeza recurrentes?
—Pues…sí.
—Es un síntoma inequívoco. Esas cosas son muy feas de ver, lo digo por experiencia. ¡La de cosas que vi después de Chernóbil! Había un pobre tipo que, cuando le conocí, ya le había salido uno. ¡Tenía hasta pestañas y todo! La gente le tenía miedo. Ten, esta crema detendrá su aparición —el hombre tomó la crema al tiempo que extendía unas monedas.

—¡Por acá tenemos a una chica a la que le está saliendo barba! —todos voltearon hacia donde él señalaba. La muchacha, avergonzada, se tocaba el rostro. Su madre clavó una mirada de águila en el rostro de la joven.
—Sí, ahí te está saliendo como una pelusilla —dijo la señora apesadumbrada—. ¡Esos del gobierno dijeron que no había radiación y seguro nos mintieron!
—Al gobierno le importa nada la salud de la gente, pero aquí estoy yo para ayudarlos —dijo, con un tubo de medicamento en la mano que la señora le arrebató ansiosa.
—Debe untárselo en el rostro tres veces al día, su belleza regresará. Se la daré a mitad de precio.
La mujer pagó y ambas se alejaron. La joven se embadurnaba la cara con el remedio y un olor metálico se extendió en la plaza.

Un hombre se llevó un tónico verduzco, pues le estaban creciendo pechos de mujer, a un niño le compraron una crema amarillenta, porque tenía una bolita en el cuello. Tres ancianos no compraron nada porque decían que estaban rejuveneciendo y no tenían problema con ello.
—¿Están seguros? Nunca se sabe con eso, podrían rejuvenecer incluso hasta la edad de la lactancia.

Un señor algo mayor se destapó un brazo, de inmediato se sintió un olor a mar; la piel se veía escamosa, como la de los peces. El vendedor se rascó la cabeza.
—Dime, seguro has sentido un sabor azufrado en la boca, y puede que zumbidos en los oídos, ¿verdad?
—¡Sí, sí, todo eso que usted dice! —dijo el hombre muy afligido.
El vendedor buscó en su maletín y preparó una jeringa con un líquido transparente que parecía agua.
—Esta primera dosis te la regalo, verás que la piel se te pone como piel de bebé, pero necesitarás cuatro dosis más. Ya sabes dónde encontrarme.

Muy pronto en el pueblo, todo el mundo hablaba del vendedor y sus remedios. Unos pocos dudaban y decían que era un charlatán, pero siempre había alguien que reforzaba su fama de bienhechor: «Pero si a mi prima se le estaban ya cayendo el cabello y las uñas y con los tónicos del “doctor” ahora está mucho mejor. Además, casi siempre da descuentos e incluso regala las primeras dosis».

En poco tiempo no hubo nadie que no le hubiera comprado algo. Una madrugada, alguien lo vio salir del pueblo con su maletín, que iba más ligero. El pánico cundió en todos, hubo quien lo fue a buscar, pero nadie sabía de su paradero.

Tras la partida del “doctor”, la desesperación se enseñoreó de los habitantes. Todos miraban apenados cómo sus “medicinas” se iban terminando, idearon métodos para extraer hasta lo último de tónicos, ungüentos y cremas. Los que usaban píldoras, las fueron espaciando para extender la duración del tratamiento. Como todos se sentían peor, nadie iba a trabajar. El hombre con el brazo escamoso, ahora sin inyecciones, aseguraba que el mal se había extendido en su cuerpo y recorría el pueblo lamentándose de su suerte.

Una tarde, llegó un circo. El director se sorprendió mucho al ver una fila de personas normales que querían formar parte del espectáculo. Entre ellos había una chica preciosa, de cutis perfecto, que aseguraba tener barba, un hombre que juraba tener un tercer ojo en la frente, otro que decía que tenía ya no dos, sino tres pechos de mujer, alguien afirmaba ser un hombre-pez y tambén había un trío de viejos que se comportaban como niños de cinco años.

Autor: Ana Laura Piera.

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El último edicto.

Cuento corto fantástico sobre un rey, un mago y una rosa que se negó a morir.

Mi propuesta para el VadeReto de Enero, un relato que incluya a un rey y a un mago. El género deberá ser, preferentemente, fantasía.

El joven rey Edranor miró los decretos de esa mañana. La tinta en la que estaban escritos tenía un fulgor rojizo: «Que ninguna lámpara se apague durante la noche, pues la oscuridad se filtra en las almas débiles, propensas a violar la ley». «Que cada decreto se copie cuarenta veces y se repita otras tantas, para que la ley no se pierda en el viento». Tomó los pergaminos y los sopesó. Como de costumbre, tenían una carga mucho mayor de lo que uno supondría. Dejó escapar un hondo suspiro y los firmó.

El pueblo obedeció, aunque dormir con las luces encendidas era incómodo, pues estaba convencido de que el rey pensaba en su seguridad. Las repeticiones resultaban fastidiosas, pero qué se le iba a hacer. En cuanto a Edranor, se sentía desgraciado, cada palabra no era suya, sino del mago Esmedras, y él se sentía como una triste marioneta.

Siendo un pequeño príncipe, una noche apareció en su habitación un hechicero de rostro severo, ojos como brasas y una voz autoritaria que no admitía réplica: «¡Obedecerás! ¡Sin mí no eres nada! ¡Si no estoy, el mundo se derrumba!». El chico, impresionado, se sometió.

Con el tiempo, Edranor se preguntaba si realmente el mago era tan poderoso como decía. Esmedras, intuyendo las dudas, quiso hacer una demostración de su poder:

—Mira, príncipe insensato, observa esta rosa tan llena de vida y color; observa cómo bajo mi influjo pierde su fuerza —acto seguido, Esmedras tocó la rosa con uno de sus dedos puntiagudos y secos. La flor se marchitó hasta morir.

—¡Esto es solo una muy pequeña muestra de lo que soy capaz! —exclamó de forma dramática y desapareció en el aire.

Al día siguiente, sin embargo, Edranor vio que la rosa había revivido. De ser un lastimoso resto marchito, había recuperado su forma y lozanía. Las dudas se anidaron aún más en su corazón y un día decidió desobedecer a Esmedras. Coincidió que la reina, madre del príncipe, enfermó de muerte. El chiquillo pidió ayuda al mago, pero este se negó aduciendo que la desobediencia había causado la desgracia. Desde entonces, Edranor hacía sin chistar lo que Esmedras le dictaba, aunque día tras día crecía dentro de él el deseo de liberarse de su yugo.


Una noche, el rey Edranor se levantó del lecho empapado en sudor; tenía la piel erizada, como sucedía siempre que Esmedras andaba cerca. Un día antes, a punto de firmar uno de los edictos, sintió que ya era suficiente. En ese momento, el pesado pergamino había pasado a sentirse tan ligero como una pluma de ave.

La figura espigada del hechicero apareció en medio de un pasillo: su desordenada cabellera flotaba y sus ojos ardían como carbones. El rey temblaba, pero su hartazgo se impuso:

—¡Esmedras, ya no quiero ser tu títere! Si tanto quieres el control, gobierna tú. Al fin y al cabo, puedes hacerlo con tus poderes.

—¿Qué dices, insensato? —dijo el hechicero acercándose, mientras su rostro se desfiguraba por la furia.

—Te doy mi corona, ¡libérame! —le extendió con manos trémulas la corona de oro, símbolo de poder.

—No entiendes nada, Edranor. No puedo gobernar a golpes de magia, que puede ser inestable. Tú eres un instrumento útil para el fin de mantener todo en pie. Fíjate bien en lo que haces. ¡Acuérdate de lo que le pasó a tu madre cuando decidiste desobedecerme!

—¡Quizás no fui yo, ni tú! Quizás tu magia no podía salvarla. Tal vez no eres tan poderoso como dices —dijo titubeante, pero luego su voz adquirió firmeza—: Si tu magia no es confiable, ¡que gobierne mi voluntad!

Hizo ademán de volver a ceñirse la corona; esta le quemaba los dedos y se había vuelto tan pesada que estuvo a punto de tirarla. Por su mente pasó el recuerdo de su madre postrada y él llorando en silencio, cargado con una culpabilidad que lo había mantenido sumiso mucho tiempo. «Debo hacerlo, de ahora en adelante seré yo quien lleve las riendas de este reino, para bien o para mal» —con este pensamiento y haciendo un gran esfuerzo, bajó la corona hacia su cabeza. Esmedras se abalanzó para impedirlo lanzando un chillido de espanto, pero no pudo evitar que la joya reposara de nuevo sobre las sienes del rey. El cuerpo del mago se retorció como una sanguijuela mientras profería gritos horripilantes. Luego se desvaneció en medio de un humo denso y nauseabundo mientras regresaba a las bajas esferas del mundo de los magos mediocres. El silencio que siguió no fue de miedo; una honda sensación de bienestar y paz embargó al rey.

Al día siguiente, en su despacho, Edranor miró un edicto pendiente de Esmedras: «La desobediencia, aun la más leve, se castigará con la muerte, pues es la semilla de la rebelión».

Edranor golpeó la mesa con el puño y luego quemó los pergaminos en el fuego de la chimenea. De inmediato se sintió ligero, liberado del todo de la influencia de Esmedras. Nunca más volvió a sentirlo o a escucharlo.


En medio de la plaza, la gente aclamaba a su rey en el décimo aniversario de su coronación. Personas de todas las clases sociales le vitoreaban; atrás habían quedado los años en que sus decisiones parecían sacadas de un libro de hechizos absurdos. Todos recordaban cuando se les ordenó dormir con las luces encendidas, pero el rey había cancelado después esa orden tan extraña y otras más. Nuevas leyes, más sabias, habían emanado de él, ganándose el cariño y el respeto de todos. Con el tiempo se ganó el sobrenombre de «Edranor, el sabio».

Autor: Ana Laura Piera.

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