
Miro el faro como se apaga y se enciende, y se apaga y se vuelve a encender.
Parecido a un corazón.
Pq tampoco es eterno.
En el balconcillo de la habitación del hotel encontré una mesilla con un par de sillas. De esas de plástico blanco. Material muy exitoso en el ambiente turístico de costa playera.
Sentada frente al mar empieza la noche. Noche oscura de luna nueva.
Claro que con tanta farola encendida, pocas estrellas brillan.
La persona que me acompaña en este viaje está dentro tumbada, leyendo o durmiendo.
A mi izquierda, a lo lejos, están proyectando una película, “cinema a la fresca” lo llamamos aquí.
A mis pies pasean las parejas, las familias, los solitarios. Todos van paseo marítimo arriba, paseo marítimo abajo, charlando o comiendo helado. No se ve ningún grupo de jóvenes tomando botellón. Estarán en algún otro lugar más alejado, o en la playa.
A mi derecha se ve y se escucha lo mismo que a la izquierda, salvo el cine. Que, por cierto, muy habilidosos, han aprovechado un andamio de unas obras del Ministerio para colocar la pantalla gigante.
Y en frente y arriba el mar y el cielo. Grande, muy grande.
El faro sigue con su ritmo, ajeno a todo. O quizá sabe más de lo que nos pensamos. Él lo ve todo desde ahí y hace tiempo que vigila los 360 grados que abarca.
El perfil del Delta da forma a la silueta de una sombra un poco más oscura que el agua del mar. Parece que juegue a ser una pata de calamar.
Esta noche Venus brilla con un color especial que bien podrían ser pequeños destellos de todos los colores fundiéndose en blanco.
El faro sigue ahí, no se mueve. Me proporciona seguridad; no se irá.
El puerto del pueblo está distribuido en dos partes; el puerto pesquero con sus barcas de madera, las redes por el suelo y la lonja de venta de pescado que abrirá con las primeras luces de la madrugada.
En la otra parte, bastante más amplia, están elegantemente colocados los yates y demás embarcaciones de recreo y vela. Casi todas duermen.
El faro se enciende, se queda ahí un instante algo más largo que una respiración, y se apaga durante más tiempo. Finalmente, cuando parece que ya no vaya a dar más luz, se enciende de nuevo.
Me gusta sentir el calorcito corporal que desprendo tras una sesión de playa.
Esta mañana me ha sorprendido la temperatura del agua de aquí. Mucho más elevada que la de las playas a las que suelo ir, situadas a unos
Este verano he estado también en el interior, en tierras de secano. Además he subido a las altas montañas. Podría decir que he estado por todo el país; mi tierra; mi mar; mi casa.
Cercana al faro se ven unas luces rojas, menos intensas que las blancas.
Me pregunto a donde me llevará el destino ahora. ¿Dónde quiera yo? Yo no sé donde ir.
Creo saber qué es lo que quiero, pero no sé como ir hacia allí.
Así que mientras lo averiguo, cosa poco probable, disfruto de cada instante como se lo merece, como auténtico e irrepetible que es.

Si, es cierto. Me sorprende incluso estar tan bien mientras frente al cruce de caminos donde me encuentro decido hacia donde tirar.
Precaución y cautela. Vivir el presente. Mejor ir lenta.
Hipnotizada por el faro.
Se enciende y se apaga. El ritmo de la vida.
















3. SE MOVÍA HACIA LAS OFICINAS DE LAS AFUERAS SIGUIENDO UN TRAZO SINGULARMENTE RECTO, GUIADO SÓLO POR GIROS CONCISOS E INELUDIBLES. PARA QUE, ADEMÁS, SUS PASOS FUERAN IGUALES, APUNTABA EL SUELO CON LA NARIZ, POR LO QUE LA CALLE SE REDUCÍA A UN CONTÍNUO DE CEMENTO, ALCANTARILLAS, Y PINTURA BLANCA QUE LE RECORDABA LA EXISTENCIA DE LOS COCHES.
























