Caen soretes de punta en la ciudad de brujas y de asfaltos. Con el Capitán vamos a lo del Fürer y La Mala a disfrutar algún manjar. Todo ese espacio se comienza a llenar de comodidad y risas al tiempo que nuestras copas ven como su obesidad se transforma en anorexía al vomitarnos sus jugos rojizos.
El vino es bueno, excelente, la risa es excelente, bueno, era esperable. El juego de los reencuentros nos postula un par de premisas insalbables, a saber, algún breve repaso por la vida de cada uno y la necesaria mini-nostalgía de las aventuras pasadas.
Entonces, El Capitan, El Fürer, La Mala y yo una simple Baldosafloja. La conversación tiene tramos épicos, La Mala, hoy ladera y consejera del Fürer, tiene eso en los comentario que los transforman en disparadores, la palabra para ella es un arma que sabe usar aunque confiesa que debe resistir la tentación que le surge de apretar el gatillo cual si fuese un AK 47.
El Capitan se ríe y es parte de aquella épica, se ríe y es indisimulable, se ríe con todo el cuerpo, con todo el ser. Esta feliz y eso tampoco lo puede disimular. Hace calor, hay humedad, un par de mitos hechados por tierra y la imprescindible necesidad de un back up para recordar, para recordar toda esa conversación que hubiese sido la reina de la noche a no ser por una milhoja de papas que se salto de un libro de mallman para irrumpir en esa frugal mesa de cena.
La mirada es a veces (o siempre) el mejor argumento, el mejor guión, la mejor explicación, la mirada que es tan sabia nos va adelantando aquello que en ocasiones nos cuesta decir. La mirada de mi amigo El Fürer dice por el algunas cosas maravillosas. Si lo mira al Capitan se notan destellos de alegria y buena fortuna al haber tenido la suerte que un verano en la costa después de dos fernets se hayan hecho amigos para siempre. Si me mira, siento que me admira y respeta, que puede aprender de mi tanto o más que yo de él, que su sensibilidad es apreciada por mi y por supuesto por mis miradas. Ahora bien, cuando la mira a La Mala el asunto es más claro, sus ojos cambian, la mirada se vuelve lenta, cadenciosa, infinita, hasta en algún punto diría que su mirada se vuelve palabra, se vuelve argumento y declaración, se vuelve la síntesis de todas las cosas, cuando la mira a La Mala su mirada es palabra y las palabras que contruye, cuando la mira le dice: Te amo. Y La Mala, sin bajar la guardia un segundo, pero enternecida y a sabiendas que su nombre no le hace justicia, lo mira, y su mirada dice: Yo también.