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jueves

El primer beso. Relato (El Blogguercedario)

Esta semana, en el blogguercedario, el tema sobre el que correspondía escribir era "El primer beso" (que no sé a quien se le ocurrió proponerlo, por cierto). Os copio parte del post que publiqué:

El tema semanal no me inspira, lo reconozco. Si paso revista a mis primeros besos resulta una crónica bastante mediocre. O nostálgica, por todos aquellos primeros besos que no llegaron a ser.

Mis primeros catorce años, más o menos, los pasé pensando que la gente era realmente asquerosa. Besarse, bocas, babas… y con lo escrupuloso que era yo. Los miraba extrañado; a mis primos, por la calle, en el cine. De verdad que no había quien los entendiera. Y encima parecía que les gustaba. Así iba el mundo…

Pero algo tendrá el agua cuando la bendicen y supongo que fue la consabida revolución hormonal lo que me hizo comenzar a plantearme que, a lo mejor, aquello no era tan negativo después de todo. Iba a tener que probarlo para ver de qué iba. Y me pasé los siguientes cuatro años intentando, con ahínco, encontrar una voluntaria que, conmigo como conejillo de indias, me ayudara a profundizar en la investigación. Al parecer el auge del voluntariado no había llegado aún y no la hallé. A seguir esperando.

Fue a la avanzada y vergonzante edad de dieciocho años, en aquel entonces aún menor de edad, cuando los hados me fueron propicios, a su manera, y por fin pude experimentar las sensaciones tanto tiempo buscadas. Quiso el azar, Cupido, o alguno de esos hados cabronazos escondidos por ahí, que conociera a una compañera de estudios de nombre Elvira. Simpática, guapa, experimentada y tres años mayor que yo, se dispuso a introducirme en los deliciosos mundos del erotismo. Al fin había llegado el día. Y sí, estamos hablando de un beso, de un simple beso. El resto, lo que en algunos casos y en algunas parejas, puede ir a continuación, para mi entraba de lleno en el mundo de la ciencia ficción.

Pero se me va el hilo. Decía que, al fin, había llegado el día. Advertí a la tal Elvira que mi experiencia no era algo digno de tener en cuenta (vamos, el cine y la TV), por si tenía a bien impartirme unas breves explicaciones teóricas antes de llegar a la práctica. Evidentemente no estaba por la labor (desde aquel día, comprendí que la teoría del examen es mejor llevarla aprendida antes de que este tenga lugar… y me da mejores resultados). Como al parecer mis ganas de salir de la ignorancia no estaban acordes con mi, digamos, valor, la chica no tuvo más remedio que echarse “p’adelante” y tomar la iniciativa. ¿Sabéis lo que significa no tener ni idea? ¿Sabéis lo que significa ser un patoso? Pues entonces os podéis hacer una perfecta idea de mi actuación. Y no lo entiendo, caray. Se trataba de un beso, no de demostrar la teoría de la relatividad, pero cuanto más interesado estás en una cosa, en que salga bien, más posibilidades tienes de cagarla. Y la cagué. Demasiada vehemencia por parte de ella, una total falta de cooperación y coordinación por mi parte, arrojaron un balance penoso para mí.

Ella salió del lance, afortunadamente, indemne (lo cual creo que me evitó bastante pitorreo posterior) pero yo acabé con un mordisco en la lengua, un entrechocar realmente desagradable de dientes y el labio inferior partido y sangrando por dos sitios. Os juro que yo no sé si es que fui un desastre redomado, o es que ella era la mujer pantera, pero aquello estuvo más cerca de una batalla que de una relación romántica. Había salido yo mejor parado y con menos señales, de algunas peleas. Y por si no lo habéis adivinado, toda la prometedora relación con Elvira acabó justo en el momento de separar nuestras bocas. Además, la orquesta que debía tocar, como en las películas, la banda sonora y elevar el volumen de la música en ese momento, no acudió a la cita y era… no sé, como si faltara algo. También puede tener que ver en la traumática experiencia el hecho de que en esa época no me había operado aún del tabique nasal, no podía respirar por la nariz y casi me ahogo. En fin…

Por supuesto os podéis imaginar que la segunda vez, con voluntaria distinta y tiempo después, comenzara con cierta prevención. Y no, no llevé el botiquín, ni le pedí el certificado de vacunación contra la rabia, malpensados. Con la práctica fui aprendiendo, para salir del paso nada más, y conseguí que dejara de ser una experiencia traumática; pero, con esos principios, realmente tampoco llegó a ser mi deporte favorito. Aunque esa chica alguna huella me dejó, aparte del labio partido: Las dos siguientes también se llamaron Elvira. ¿Extraño, no?