Clisé

– ¿Has probado la miel? -le dijo, mientras se acomodaba a su lado de costado para observar con detenimiento los gestos y expresiones que acompañarían sus silencios y respuestas.

– Si, claro -contestó con prontitud, al tiempo que volvía a ponerse el calzón- ¿Por? -Contra preguntó sin mucho interés.

– ¿Cómo la describirías?

– No sé ¿Dulce y pegajosa?

– No, en serio, tómate el tiempo, piénsalo un poco más.

– Bueno, está bien. Es dulce, pegajosa, tiene una manera de chorrear que deja un despelote, es amarilla, o casi como un color semi tostado o rubio, bueno… color miel -se rio por la obviedad, indicando con las manos que igual es correcto- A veces es porosa, otras muy suave, a veces dura, otras más líquida, pero siempre es dulce y pegajosa.

– Dale ¿Si yo te dijera que algo es dulce y pegajoso te imaginarías miel? Digo, me refiero a que solo pensarías en miel o ¿Hay también otras opciones?

– Hay montones de cosas dulces y pegajosas. Bastaría que algo fuera dulce para que casi automáticamente sea pegajoso y si no fuera por los adhesivos fabricados, también sería viceversa. O, por lo menos, si alguien me dice pegajoso no se me ocurre pensar en salado -Respondió un poco exasperada por no saber hacia dónde se estaba dirigiendo Pablo con esas preguntas. También con la sensación algo incómoda de que quisiera pillarla en algo, una torpeza, una mentira. Algún jueguito cazabobos.

– Ahora imagina que nunca has probado la miel y tienes esa descripción que te han dado otras personas, y yo te digo que, para mí, tus besos son como la miel ¿Crees que podrías entenderlo?

– Bueno, si alguien dice “tus besos son como la miel”, cualquiera entiende a qué se refiere. Es un cliché.

– Es un cliché. ¿Sabes de dónde viene el término?

– Claro que sí. De la imprenta. Se le llamaba clisé, así con ‘ese’ y ‘e’ en vez de ‘ce hache’, a los moldes que por su uso constante estaban predefinidos – respondió con cierto aire de naturalidad, con el que disfrazaba su deseo de largar una risita burlona del tipo: ¡Pensaste que me pillarías!

Pablo sonrió contento de comprobar nuevamente cómo su amiga siempre le sorprendía con algún conocimiento raro, alguna reflexión fuera de la caja o alguna idea exquisita para transformar cualquier posible tedio, aunque conocía perfectamente su forma de disimular cuando entraba en modo defensivo. – Sí – le respondió, acariciando uno de los mechones que le caía sobre la frente, despejándola con suavidad – Sí, efectivamente de ahí viene. Y me pregunto si la noción de cliché que usamos nosotros para referirnos a aquellas cosas que por maravillosas no pueden ser dichas, de tanto que otros las han sentido y dicho antes tantas veces, no es acaso un uso que no le hace ninguna justicia al momento. Digo, si yo te dijera que, para mí, tus besos son como la miel, ¿Sería igual, exactamente igual a aquello que sintió cada hombre que le dijo al amor de su vida, “para mí, tus besos son como la miel”?

A esas alturas Johana estaba intrigada, porque la conversación activaba una tecla oculta, un deseo no reconocido de que él quisiera decirle algo como eso, aunque fuera cliché. Se quedó en silencio con las cejas algo fruncidas por un rato y le respondió, esta vez seriamente- no, claro que no lo sería.

– No obstante, igual te parecería un cliché y pensarías que puedes saber más o menos que significa y con eso más o menos bastaría para que dieras vuelta la página de ese momento y lo descarta… – la mano de ella lo detuvo en seco, cubriéndole la boca, y sin darle tiempo a reaccionar se volteó para quedar frente a sus ojos y decirle – espera, vas demasiado rápido ahora. Sí, conceptualmente me parece un cliché, pero todo lo demás que afirmas tiene tantos saltos lógicos que no sabría por dónde comenzar a corregirte. Ahora quien se quedará atrapada en el cliché seré yo, pero no me importa.

Pablo se liberó de la mano en la boca – ¿Por qué?

– Por lo que diré justo ahora.

– ¿Qué?

– Si lo dices tú, no es un cliché.

Los ojos de ambos se iluminaron con inusitada turbación y el silencio se apoderó de sus bocas.

Estallido social en Chile

La olla a presión que se había acumulado por las últimas décadas de administración del modelo neoliberal ha reventado de forma imparable.

El alza en el pasaje del transporte público,  junto a las declaraciones de distintas figuras pertenecientes al gobierno de Sebastián Piñera, que han insultado la inteligencia de la gente que se rompe el lomo trabajando, como que es “un incentivo a levantarse más temprano”, desataron la furia de un país entumecido de miedo y sumisión, como una pequeña gota de agua que rebalsa un vaso de injusticias soportadas largamente.

El modo de enfrentar la movilización (que en un comienzo no era más que una inocentada de estudiantes secundarios de pasarse los torniquetes sin pagar, con cánticos) ha sido aplicación de violencia desmedida por parte de carabineros. Cómo esto no ha funcionado y han provocado el apoyo incondicional de la mayoría de la población, que también ha tomado parte y se ha sumado muy activamente, han declarado el estado de emergencia y han sacado a los militares a las calles. Pero la gente en vez de asustarse y meterse a sus casas se ha indignado y ha participado con más fuerza y convicción.

Ha pasado de todo. Una gran mayoría manifestándose pacíficamente, mucha gente organizando destrozos focalizados en los enclaves de la privatización, el mercado desregulado y la usura: estaciones de metro, supermercados, farmacias, bancos, edificios estatales, compañías de servicios básicos han sido saqueados y quemados. Rápidamente se han sumado regiones a lo que era una manifestación de Santiago, luego se ha convocado a paro nacional para el lunes, sumándose sindicatos de distintas áreas productivas. La noche recién pasada de este sábado 19 de octubre fue intensa y muy preocupante, se declaró toque de queda en varias comunas de la región Metropolitana y de la región de Valparaíso; en ese contexto hay imágenes de militares disparando como locos en distintas comunas de Santiago, Valparaíso, Iquique, Antofagasta, Concepción, Temuco. Hay muertos, pero aún no hay cifras oficiales. Además hay muchos montajes, hay videos que evidencian el modo en que carabineros ha procedido provocando incendios y robando especies. Algunos tenemos el temor de que se esté agudizando intencionalmente para hacer un autogolpe o al menos para justificar el uso desmedido de la violencia estatal con resultado de muerte. Además han salido civiles de extrema derecha a volcarse contra los manifestantes, haciendo uso de sus vehículos privados para arrollar a los manifestantes y a dispararles con armas de fuego, con toda impunidad.

La gente está muy cansada del abuso. La gran mayoría de la población apoya el movimiento y se suma porque no se trata de los treinta pesos de aumento del pasaje, eso no es más que la punta del iceberg, la gota que rebalsó el vaso y todo el mundo lo sabe. Se trata de que los sueldos han caído, ha aumentado el desempleo y el trabajo precarizado. El costo de vida ha aumentado de forma sostenida hasta cifras exorbitantes, absurdas para un país con salarios tercermundistas y en base a la corrupción de políticos, colusión de empresarios y la instalación cada vez más descarada de políticas de privatización de todos los servicios y aspectos básicos de la vida, con un encarecimiento progresivo que nos tiene sin poder cubrir: el agua, la electricidad, el gas, la vivienda, el transporte, la salud o la educación. El transporte ya va en un 20% del salario mínimo. Un arriendo de departamento (el más barato) equivale a un salario mínimo. Fenómenos que se combinan con la aberración que es el sistema de pensiones (AFP) donde, más de la mitad de las personas de la tercera edad se jubila con el equivalente a un tercio de un sueldo mínimo. Hoy en Chile se ve cotidianamente a viejos y viejas que se van a recoger la fruta y verdura que se bota después de las ferias libres, porque con sus pensiones no les alcanza para comer.

Por otra parte, ha sido interesante que a diferencia de otras manifestaciones, en esta oportunidad se han sumado segmentos de la población que antes habrían estado en contra de cualquier movilización, o que se habían mantenido indiferentes. Hay amplios sectores que se consideran a sí mismos de clase media, porque han podido mejorar su posición social durante la bonanza del periodo de crecimiento económico del retorno a la democracia: algunos por ser profesionales y principalmente porque han podido comprar casa, automóvil, plasma y tener vacaciones (ese es el modelo del emprendedor o del trabajador que supera la media salarial) pero este proceso también les ha afectado, porque sus padres reciben bajas jubilaciones, sus hijos están en establecimientos escolares privados caros, la bencina y el uso de carreteras exclusivas concesionadas (tags) se han extendido y encarecido, un periodo corto de cesantía los lleva rápidamente a perderlo todo y, finalmente, lo que pagan por todo llega a ser ridículamente caro. Además, se observaron manifestaciones en sectores donde nunca se habría imaginado, como las comunas de La Dehesa, Las Condes, La Reina y Vitacura, que pertenecen al segmento más acomodado de la sociedad chilena.

Los recuentos presentados por los personeros de gobierno no dan cuenta de la cantidad de asesinados durante esta madrugada e intentan el viejo truco de sostener que se trataría de grupos violentistas minoritarios “que se portan mal” y que habría que controlar para reestablecer la normalidad. Lo que no reconocen, no han sido capaces de diagnosticar y mucho menos asumir, es que se trata de un malestar generalizado, inorgánico, extendido y de alta intensidad que difícilmente podrán parar con la disminución de esos treinta pesos del pasaje o amenazas. Las cacerolas no han parado por un instante de sonar en todo el país durante dos días completos y no pararán hasta que renuncie Piñera, saquen los militares de las calles y se llame a elecciones democráticas para salvar esta tremenda crisis del modelo implantado en dictadura. Con el agravante de que, por primera vez, la furia desatada no tiene representantes, no hay con quien entablar una mesa de diálogo, ni sector político que pueda capitalizar adherencia y representatividad. Esta vez se trata de un diálogo con la gente y en un país tan institucional, burocrático y autoritario como Chile, no hay capacidad política para abordar tal desafío. Habrá que construirla entre todos o morir en una nueva arremetida dictatorial.

Mullida y envuelta
en las ropas que entibian
toda la desnudez
hasta el borde del rabillo
del ojo que mira
a través de las pestañas
entre las junturas de las cortinas
y de la transparencia
de los visillos gastados
y sus grillas polvorientas,
a varios metros un edificio
donde el sol se derrama
tibio sobre sus paredes
como el semen entre mis piernas.
Y el paso del segundero
como el pulso de la vida
fluye apacible
como la tarde
en vísperas de agosto.

Compañero con conciencia de clase, que despotricas contra el feminismo

Hoy no se trata de ti. Sal dos minutos de ti mismo, te lo pido. Se trata de la causa feminista. Causa que afecta a la sociedad toda, pero principalmente y de muy variadas e intensas formas a las mujeres. Causa que siempre se enfrenta a algún conflicto específico con un sujeto «estereotípico» de macho para su expresión. Entre otras dificultades.

Te pregunto ¿Cómo podrías tan fácilmente escapar a aquel estereotipo, que de una u otra forma, te configura y que nosotras denominamos, por sus características que reconocemos típicamente, como un macho de izquierda?

En el ámbito de las luchas sociales, el hombre proletario, «blanco», ilustrado, heterosexual, nacional, es por lejos el privilegiado de los subordinados. Todos los otros subordinados quedamos por debajo de él. La mayoría estamos bajo alguna doble, triple o múltiple subordinación, en los vericuetos de la interseccionalidad y nuestra mirada es más compleja y más implicada. Es una tendencia que tal vez hayas notado ¿O no? ¿Tú ves al mundo LGTBI diciéndonos a las mujeres como hacer el feminismo? ¿Ves a los negros diciéndonos como hacer el feminismo? ¿Ves a los inmigrantes diciéndonos como debemos hacer el feminismo? ¿O a los árabes? ¿O a los Mapuche? Y no estoy preguntando por la gente desmovilizada, que la vida solo le pasa por encima. Estoy diciendo, incluso y especialmente si son académicos e intelectuales, militantes y activistas.

No lo verás, al menos no de la forma generalizada con la que verás a hombres, heterosexuales, blancos, ilustrados, nacionales que por norma general hacen eso. Gozando de sus privilegios, sin dar real cuenta de ellos. Y que por cierto, como la única condición de subordinación que encarnan es la de clase, muchos la ponen como la primera y última, como aquella que explicará todas las otras, que jerárquicamente será la punta de lanza de todas las luchas. Lo cual es muy interesante por dos razones.

Primero, porque si hicieran un leve esfuerzo intelectual que los desplazara unos milímetros de su zona de confort ideológica, verían con cierta claridad que la estructura de dominación podría perfectamente tener como meta relato el colonialismo o el patriarcado, de la misma manera que la clase. Los fenómenos de la racialización de la esclavización moderna, y del ordenamiento de relaciones sociales hegemónicas en base a prototipos raciales. Es decir, la colonización que inaugura la modernidad, la colonialidad que estructura lo “desarrollado, industrializado, elevado, culto, científico, democrático, superior, ario, occidental, hegemónico; respecto de aquello inferior, en vías de desarrollo, salvaje, terrorista, subdesarrollado, exótico, supersticioso, paupérrimo, oriental, negro, indígena, mestizo, árabe, asiático, etc., perfectamente podría ser vista como punta de lanza de todos los procesos de dominación, subordinación, explotación.

Además es evidente que esa explicación sería por lejos mucho más representativa del mundo, que las particularidades del proletariado en sus albores de la Inglaterra decimonónica, y les guste o no, también en su desarrollo posterior, donde había que agudizar las contradicciones para que hubiera revolución, produciendo proletariado (y por lo tanto produciendo capitalismo y burguesía) donde no los había porque predominaban las formas oligárquicas propias del latifundio y otros. Y discúlpenme pero inclusive hasta nuestros días, dónde es cosa de pegar una miradita al mundo y notar que, la mayoría de la población no responde en lo absoluto a una descripción proletaria.

Y en segundo lugar porque la lucha de clases jamás ha tenido dentro de sus objetivos la liberación de la mujer. Punto. Ya está bueno con esa historia de que con la disolución del capitalismo vendrá la disolución de todas las formas de subordinación, porque no es cierto y nosotras lo sabemos. Porque, por una parte, no depende de la disolución del capitalismo, sino de los actores involucrados en el nuevo poder y la toma de decisiones tras un proceso revolucionario, y estamos claros en que eso no forma parte de vuestras prioridades; y porque nunca ha sido parte de los objetivos de la lucha de clases. Y esto es clave porque tampoco debiera serlo, necesariamente. Salvo que entendieran que la división sexual de roles sociales realizada en los inicios del capitalismo aseguró antes que la división entre burgueses dueños de los medios de producción y proletarios desposeídos de estos reducidos a fuerza de trabajo; una división entre hombres con acceso al espacio público, a la administración económica y de bienes materiales, a la obtención de salario por su trabajo y al derecho legal sobre las mujeres y los hijos (la prole), mientras que a las mujeres se las destinó al mundo doméstico, de la crianza y el cuidado, en lo que vino a llamarse labores domésticas, como un “no trabajo”, sin acceso a remuneración, ni administración de bienes, supeditada al hombre para poder hacer la tarea invisible de la historia, a decir, la reproducción de la fuerza de trabajo.

En este sentido, de la misma manera, no han hecho el esfuerzo de pensar el modo en que la división de género, es decir, del ordenamiento de los roles sociales establecidos a partir de la división sexual, puede estar a la base de toda las estructuras de dominación, subordinación y explotación de la historia humana. Puesto que esta división es previa a cualquier establecimiento de ordenamiento religioso, militar, político o económico. Es decir, antes que definir si capitalista o socialista o comunista o anarquista o socialdemócrata; si monarquía o democracia, si guerra o paz, si iglesia católica apostólica y romana o protestante, si conquistar o no,  antes que moros y cristianos, antes que presidencialismo o parlamentarismo, etc. lo primero que se definió: es que esa era una discusión de hombres, en instituciones fundadas por hombres, con reglas definidas por hombres, al interior de la historia “del Hombre”. (Ay que ganas tenía de decir esto)

Luego, inclusive si están de acuerdo con la lucha feminista, más allá de la diferencia entre el feminismo como sujeto histórico político y los feminismos como acumulación de fuerzas de las diversas corrientes y olas que la atraviesan, o incluso más allá de las profundas cercanías ideológicas con gran parte del feminismo que es marcádamente materialista y que no deja de trabajar en una perspectiva de lucha de clase; tal parece que, aquellos de ustedes que llegan a sortear la falsa dicotomía entre “si la revolución no será socialista, no lo será” y “si la revolución no será feminista, no lo será” y que finalmente logran abrazar la lucha feminista, no pueden sino, hacer todo tipo de esfuerzos por protagonizarla. Y entonces, es tal su convicción, que se esmeran en dirigirla, encausarla, condicionarla, establecer sus límites, razones, causas, motivos, efectos, soluciones, y por supuesto, decirnos a todas nosotras como debe ser llevada.

A mí, bajo ningún punto de vista se me ocurriría decirle a la Disidencia sexual cuál es la verdadera disidencia sexual. Tampoco veo como una generalidad a compañeras feministas haciéndolo. Y eso que entre feminismo y LGTBI tenemos una relación profundamente estrecha, con roces, cruces y todo, pero también mutuo apoyo. Y yo entiendo que las luchas de la disidencia sexual tocan a toda la sociedad, que incluso los heterosexuales nos podemos beneficiar de sus luchas. Sin embargo, no pierdo de vista mi condición privilegiada, porque aunque por curiosidad yo haya estado sexualmente con mujeres, no puedo ser tan inconsciente respecto de la enorme diferencia entre ser la trans, la trava, la lesbiana, el gay, el andrógino, asexuado, etc., respecto de solo ser algo curiosa sexualmente hablando. A mí, nadie me va desconocer un nombre social, ni me van a discriminar para un trabajo determinado por esa causa. No tengo por destino estadístico y del abandono social, la mayor probabilidad de dedicarme a la prostitución. Entonces desde el reconocimiento de mis privilegios, me paro y asumo que solo puedo apoyar y no dirigir, que hay otras áreas donde me corresponde intervenir directamente, pero en esa por ningún motivo. Solo apoyar en el margen.

Lo mismo con cualquier lucha en donde soy capaz de reconocer mi posición privilegiada. Mi identidad es de mujer, proletaria, latinoamericana, mestiza hasta cierto grado, pobre, golpeada por la dictadura, poliamorosa. Es situada. Pero también en cierto grado, es blanca, occidentalizada, ilustrada, heterosexual. Y reconocer eso, es reconocer mis aspectos de subordinación al mismo tiempo que reconozco mis privilegios. Por lo mismo, no le voy a decir a un mapuche -con la excusa de mi “mestizaje”- cual es la verdadera lucha que deben librar. Tampoco a un inmigrante, ni a un negro, ni a un/a trans. Observa a tu alrededor y date cuenta de quienes hacen eso. Son principalmente los machos de izquierda. Convencidos de la supremacía de sus posicionamientos, acostumbrados a sus privilegios incuestionados y muy distantes de otras implicancias distintas de la clase. Lamento que te ofenda el término, pero a mí me interesa que lo revises, no solo tú, sino todos los que asumen esa postura que tú exhibes hoy, la de machito de izquierda.

Cuando haces una defensa de tu derecho a opinión y a crítica, solo ejerces tu derecho histórico de superposicionarte ante mí y mis compañeras. Cuando dices cosas como “la verdadera lucha”, “el verdadero feminismo” “el feminismo liberal que vemos ahora” “las contradicciones del feminismo actual…” “¿Por qué en vez de hacer esto, no hacen esto otro?” “¿Por qué no dejan participar en la toma a los hombres?” Lo que no están entendiendo es que no les corresponde definir los objetivos de nuestra lucha, ni las estrategias, ni los por qué, ni los cuándo, ni los cómo. Sencillamente eso no les compete porque ignoran profundamente lo que significa “ser mujer” y como se vive “ser mujer” en esta sociedad, en tanto proceso intersubjetivo y de construcción sociocultural. Si tienen alguna intención de apoyar el feminismo, guarden la debida distancia y el debido silencio. Lo único que ustedes deben transformar en esos términos, son sus actitudes hacia nosotras, nada más. Es decir, ¡A ustedes mismos! Nada más. No les toca. Siempre les tocó a ustedes liderarlo todo. Hoy no. Hoy somos nosotras. Supérenlo. No pasa nada.

Cuando dices «Feminismo Top Style. Eso es. Chirimoya con agua» “día de la madre, ahí guateó el feminismo” “uy, cuidado, no se vayan a enojar las feministas” “¿Por qué ese afán de mostrar las tetas?”, “pendejas que no cachan nada, que nunca han agarrado un libro”, déjame decirte que haces gala de tus privilegios ilustrados y de libre expresión, sobre un sector de la población que nunca ha tenido tal derecho, desconociendo y haciendo la vista gorda a las condiciones inequitativas de orden material, simbólico y estructural de acceso a una educación significativa. Porque mientras, tú ¿Desde cuándo tuviste acceso a buenos libros? ¿Acceso a conversaciones con contenido político? ¿Al derecho a salir a la calle? ¿A expresar una opinión? ¿A militar? ¿A aprender a defenderte argumentalmente y físicamente? ¿A vivir solo? ¿A no tener que darle explicaciones a nadie? ¿A no tener hora de llegada? ¿A resolver tus propios problemas de forma independiente? Mientras nosotras lavábamos ropa a mano, le hacíamos la comida a los hermanos, paríamos, amamantábamos, nos mandaban a callar, o nos ganábamos una golpiza por «no estar de acuerdo» con nuestras parejas, con la venia de la familia de él y muchas veces de la nuestra. En el colegio nos enseñaban a tejer ajuares mientras a ustedes de electricidad y motores; nos mandaban a darle bote a la pelota y jugar al pillarse mientras a ustedes les sacaban el jugo con deporte, nos hablaban de cerrar las piernas y de hacerse respetar, mientras a ustedes les hablaban de ingreso a la universidad, matemáticas y filosofía. Ustedes leyeron a Marx o a Nietzsche mientras nosotras veíamos teleseries con nuetras madres, sacándole piojos a los hijos o ayudándolos con la tarea.

Nosotras, en términos históricos, estamos descubriendo esas cosas. Desde el derecho a argumentar hasta el placer que hay en ello. ¿Nos vas a comparar con «las verdaderas feministas»? ¿Nos dirás como debe ser la verdadera lucha? No harás sino exactamente lo mismo que hacían tus congéneres, de partido y del sindicato, cuando las mujeres trabajadoras y socialistas en los años 70 lucharon por la igualdad salarial contra la Ford en Estados Unidos: Infantilizarnos, menospreciarnos, ignorarnos, ridiculizarnos y sobre todo, ponernos la pata encima.

Pues ya basta. En todos los planos. Tendrán que enterarse de que esto se acabó. Ustedes no nos dirán cómo hacer las cosas, cómo llevar nuestros procesos, a qué le daremos importancia, cómo jerarquizaremos nuestras necesidades, qué estrategias nos harán sentido, o bajo qué consignas y vindicaciones nos vamos a identificar. Estamos hablando de nuestros úteros, nuestras tetas, nuestras subjetividades, nuestras experiencias de violencia sexual, económica, psicológica, física, verbal, escolar, legislativa, judicial, empresarial, familiar, doméstica, callejera, obstétrica, comercial, laboral, sindical, estudiantil; encarnada en nuestro cuerpo, en nuestra subjetividad, en nuestra biografía, en nuestras relaciones, en nuestros cicatrices, en nuestros miedos y hoy, en nuestro desplegar de alas, que se presenta frente a tus ojos.

Alégrate compañero y solo mira, observa como por primera vez abrimos nuestras alas, juntas y contentas. Alégrate de que esta vez no sea una pequeña élite, sino muchas de nosotras, en distintas generaciones, estratos, colores, condiciones. Alégrate de que esta vez se trata de nosotras y no de ti.

De partir partiendo

Me voy a la ciudad cruzada por cuatro ríos
Allá la cuarta historia me espera, como un cofre.
No de aquellos que juntan polvo, sino de los que siempre,
se abren y cierran con lo nuevo y lo antiguo.
Me voy a la cuarta historia que cierra el círculo
del tiempo, ese mío, nuestro, sueño ancestral,
de mariposas amarillas en Macondo.
Ciclos lunares, solares, infinita vida y muerte
contenida en fragmentos resistentes.

Me voy a la ciudad de los cuatro ríos
cruzada por la sensación de una sequía
larga y densa que termina. Me voy de ella.
Me permito dictar el inicio de las grandes cosechas
levantando mi brazo con el dedo índice,
lejos de las miradas de los otros
los de siempre, los que ponen su dedo sobre mí.
Sacaré mi cuerpo marcado, como un blanco de tiro,
Y me lo llevaré lejos, flotando leve.

Me voy firmando cuatro renuncias voluntarias
a la prisión que me jala por los cuatro puntos
cardinales, generacionales, nacionales, irracionales
Me voy, abandonando esta muda de piel
que les dejo para los reclamos y las recriminaciones
de quienes me tuvieron y querían otra cosa de mí.
De los tantos hijos que no he parido, y me lloran.
Me voy liviana y sin deudas, liviana y sin promesas.
Me voy para mí, por primera vez, y canto.

Me voy partiendo de mí y de lo que duele
dejar de abrazar, como naufrago a un madero.
Me voy de quienes llegaron a conocerme
y me han amarrado a este mundo en medio
de grandes tormentas y en pleno desierto
aliviaron mi sed hasta el amanecer.
Me voy de necesitarles, en las cuatro estaciones.
Parto, y para partir, parto,
llevando lo que quepa en el bolso de mano.

Para hacer brotar perlas

Hay que cultivar la delicada capa,
filtro de sol matutino
que envuelve acariciante
cuan hilo de seda, a la amada.

Y no este fusil atravesado
en la garganta que escupe
fuego nocturno en la cima
iracunda de la historia.

Perlas nacaradas, ámbar dulce,
sueño grácil de amapolas,
a la orilla de los causes,
a la espera del rocío.

Y no un delirio de justicia,
devenir muertos vivientes
asomados a la balacera
imaginando mundos distintos.

Para hacer brotar las palabras
como perlas de los arrecifes
hay que desviar la mirada
con la ceguera de los iluminados.

La pensión alimenticia

-Daniela, hola mija ¿Cómo ha estado? ¿Anda de compras?
-Hola, sí… vengo todos los domingos a la feria. ¿Usted cómo está?
-Bien fíjate, gracias a Dios, sin novedad y ¿Cómo está el niño?
-Bien, ahí está, ya se le pasó el resfrío.
-¿Estuvo resfriado? Y ¿Por qué no me dijo?
-No sé poh, yo pensé que el Gonzalo le iba a contar.
-No pues, qué me va a decir, si él anda con sus cosas. Para la otra me dice no más.
-Ya, gracias.
-y ¿Lo está llevando al jardín?
-Sí, faltó una semana por el resfrío, pero va todos los días.
-Y ¿No lo trajo ahora? Pucha, que hay…
-No, porque es muy pesado andar con el niño y el carro, y como no le gusta caminar tanto, lo tengo que traer en coche y no me caben todas las verduras. Si ya lo he hecho así hartas veces.
-Bueno y ¿Con quién queda?
-Con mi mamá poh, si ella lo cuida siempre que no puedo yo. Ella lo estuvo cuidando esa semana y los días que tengo clase en las tardes, lo ve ella también.
-Pero la mamá es la que tiene que estar ahí pues. Oiga mija, y ¿Usted no ha pensado en esperar un poco para los estudios? Que el niño esté más grande, no sé pues.
-Si lo he pensado, pero es que ¿Sabe? Me queda tan poco y yo no quiero que le falte nada al Tomás, entonces quiero afirmarme en un trabajo mejor y salir adelante, por él principalmente.
-No mija, sí yo la entiendo, pero es que es muy chiquitito, además el Gonzalito me dijo que usted andaba saliendo con otro chiquillo, entonces eso no es dedicarle tiempo a su hijo pues y la mamá siempre tiene que estar ahí.
-Oiga, pero eso es asunto mío ¿Por qué le anda contando mis cosas personales el Gonzalo? Ni siquiera estoy pololeando.
-Peor pues mija, si usted ahora es mamá y no puede andar de boca en boca, mire que eso se ve bien feo.
-Y ¿Por qué me dice eso a mí?, hasta donde yo sé el Gonzalo ha estado no sé cuántas cabras desde que terminamos y usted no le ha dicho nada. Ahora tiene polola y ni viene a ver a su hijo porque siempre está ocupado y yo a mi hijo no lo dejo de lado por nadie.
-Pero es que es distinto pues.
-Y ¿Por qué es distinto?
-Porque en una mujer se ve feo, sobre todo ahora que es mamá. Además que incurre en gastos que no corresponden. La pensión que le da Gonzalito es para el niño, eso está bien, pero usted no se la puede estar gastando en cosas que no corresponden.
-Oiga, ¿Sabe qué? Usted no tiene idea de lo que está hablando. Yo veré en lo que gasto la plata, eso es asunto mío. No tiene por qué meterse en eso.
-Por supuesto que sí y cuidado como me habla, porque en primer lugar, yo soy la abuela y tengo derecho. Además, a mi jamás se me habría cruzado por la cabeza salir de noche teniendo un hijo, menos todavía siendo chico. Y por último, yo no lo digo porque sí, es porque me preocupa mi nieto.
-¿En serio? Y si tanto le preocupa, ¿Por qué no lo viene a ver? Si no es porque nos topamos por casualidad ni se entera de que estuvo enfermo y más encima a su hijo no le dice nada por tenerlo botado.
-Bueno, pero esas son cosas distintas, acá el tema es otro. Gonzalo te da pensión, pero no es para ti, y no puedes gastarla en cosas que no corresponden, es para el niño y eso no tiene discusión.
-¿Sabe qué? Yo trabajo, me saco la mugre.
-Está bien pues, si es lo que tienes que hacer. No tendrías que trabajar si no te hubieses separado. Ahora tienes que asumir las consecuencias, no pensaste en la estabilidad del niño.
-Oiga, pero de nuevo con eso, yo no tengo porqué aguantar maltratos de su hijo.
-Pero ¿Alguna vez te levantó la mano?
-Linda la cuestión, ¿O sea, que me tenía que pegar más encima?
-No estoy diciendo eso, pero esas peleas tienen solución cuando una pone de su parte.
-Ya ¿Sabe qué? Esta conversación la vamos a dejar hasta acá no más, porque eso ya fue y yo estoy muy bien con mi hijo y ahora está mucho más tranquilo sin andar viendo peleas y escuchando los gritoneos de su hijo. Y por último, con lo de la plata de la pensión ¿Cuánto cree que me da ese mentiroso?
-Oye, ¡No te voy a aguantar!
-¡Tremenda cuestión! Una porquería me pasa su hijo. Tarde, mal y nunca. Yo pago el techo, la comida, el médico, los remedios, la ropa, los zapatos, los juguetes, lo llevo a pasear. Yo lo llevo al jardín, yo lo cuido cuando se enferma, yo le paso plata a mi mamá por cuidarlo. Así que cuando su hijito me deposita esa cagada de plata, hago lo que se me para la raja. ¡Y no me guevee más señora, que me tiene hasta acá con sus cahuines!
-Daniela, nunca me habías hablado así…
-¿Por qué no se va un ratito a la cresta? Y ¿Sabe qué? Aproveche y llévese a su hijito con usted.

Partida en dos

Digo estar partida en dos,
pero junto los pedazos porfiadamente.
Los pego con cinta adhesiva,
los hago convivir a la fuerza.
Las dos sangres transitando las mismas venas
Ahogándose la una en la otra.

Como los gatos y su huida a los tejados,
las revueltas nocturnas de arañazos y mordiscos,
la saliva, el semen, la acequia basural.
El tazón de leche tibia en la alfombra.
Siempre vuelven a su lugar
que es adentro y afuera.

Como el país que me cobija y me expulsa
y su hacer de explotadores y vencidos.
Allá el hambre amordazada de cuotas
entre paisajes grises y polvorientos.
Allá en la cúspide el lujo amurallado
en paraísos fiscales verdes, como un edén.

Partida en dos abrazo el mundo
y lo devuelvo asqueada y triste.
Salgo a encontrarlos y me escondo
en la noche larga de la espera.
Pregunto por las huellas de los humildes
y desnudo sin pudor a sus ídolos.

Partida en dos acaricio mis manos
que han caminado entre lo mortal
y lo sublime de la carne viva,
para ser olvidadas y olvidar
las guardo en los bolsillos
de las horas apacibles.

Pero junto los pedazos porfiadamente
los hilvano en verso cantado al oído,
que saluda a la muerte desde el amanecer.
Todavía me quedan unas cuantas páginas
para arrojarle al viento, sin más tinta
que las lágrimas de este engendro.

Maraca

– Está rico el té, ¿Lo hiciste tú?
– Sí, le pongo un poquito de jengibre y miel…queda rico.
– Estay rara, ya cuéntamelo todo que te conozco. Anday con toda la weá
– Si weona, estoy hasta la mierda de chata con todo.
– Pero ¿Qué pasó? No me digay que el Luis te cachó.
– Si weon, me cachó. En realidad quedó cachúo con una weá tan tonta y se la solté al tiro, no esperé ni que me preguntara. Es que estoy muy chata, si ya no lo soporto, le tengo mucha rabia, muchas weas guardás.
– Pero ¿En qué te cachó?, puta weona te dije que la hicieray piola, que no te mandaray una cagá ¿Qué te dijo?
– No, si me cachó porque puse el teléfono en silencio y como la muy aweoná, nunca lo hice, sospechó al tiro. Me preguntó que por qué tenía el teléfono en silencio y le dije ¿Querís saber? Porque tengo un mino. Pero no te preocupís, le dije, que no pienso seguir con él. La weá ya fue.
– ¡Me estay weiando! Pero ¿Cómo hiciste esa weá?
– Pero si te dije, tenía la weá atravesá, estoy chata, ¡Estoy chata! ¿Cómo no me vay a entender?
– Si, weona, obvio que te entiendo, conozco todos los cagazos de tu marido, me los sé de memoria, fui la primera weona en decirte que el loco era más falso que Judas y que no te casaray, pero voh no me quisiste hacer caso.
– Si sé oh, no me insistay más con esa historia ¿Pa qué?
– Puta, disculpa, pero es que me da rabia. Siempre ando con la preocupación que en cualquier momento el weón te aforre, te salga con otro pastel, ande con otra mina, cualquier weá. Estoy cansada de decirte que mejor te separí del Luis y ahí vemos como le hacemos.
– Weona no puedo. Tenemos tres cabros chicos, el más chico tiene dos años, weón ¿Cómo querís que lo haga?
– Pero si tu trabajay, no te va mal, de a poco, junta algo, no sé, habla con tu mamá…
– ¡Tay más weona! Mi vieja falta poco pa que le prenda velitas al conchesumadre. Ay que el Luisito es tan buen papá, que Luisito en tan bueno contigo, ay que el Luisito no sé cómo te aguanta el carácter. Supiera la iñora.
– Bueno pero, ¿Qué querís poh? Si tu mamá conoció a tu puro papá y de ahí para de contar y el viejo trapeaba el suelo con ella. Obvio que el Luis es un santo.
– Por eso poh, no puedo contar con ella, me sepulta viva si le hablo de separación. Ya la veo, ¡Piensa en los niños! Weón, como si no pasara pensando en ellos, que si me separo les rompo la familia, que si sigo les cago la imagen de familia. Como sea la cago igual. Y si me separo ¿Cómo nos vamos a mantener? Tu cachay que el Luis tiene dos amigos abogados, ¿Tu creís que me va a dar pensión pa los niños? ¡Ni cagando!, se la saca en tres tiempos y ¿Qué voy a hacer yo? El paga la nana para que los cuide mientras yo trabajo. Gana el doble que yo, y eso que me fue mucho mejor en los estudios que a él. Pero claro, como él no ha tenido que parar de trabajar para criar, ha podido hacer carrera en la empresa, y yo paré 6 años cuando nacieron los gemelos y ahora, dos con el Joaco ¿cachay la weá? Mas encima mi jefe, que es otro conchesumadre, que se jura mino y es más desagradable que la mierda, siempre anda con la weá de hacerse el lindo y me dice que me quiere promover y me pone caritas, y yo… ¡conchesumadre! Que ganas de matarlo con mis propias manos a ese explotador culiao. Trata como las weas a las señoras del aseo, weón, si es insoportable. Lo miro con mi mejor cara de póker y obvio, el culiao no me asciende, porque no le doy la pasá.
– No me habíay contado esa, te la teníay bien guardaita.
– Qué me voy a querer amargar la cagá de día que tengo, después de la pega, ver los niños, dejar cocinao pal otro día, las rabias con el Luis y más encima ¿Voy a querer acordarme de ese cerdo asqueroso? No weí poh.
– Puta los weones pasaos a caca. Ya, pero cuéntame de una vez que weá te dijo el Luis.
– Pffff… ¡Qué no me dijo! Lo encuentro tan cara e raja. Tres weonas le he tenido que aguantar estos diez años. ¡Tres! Y claro, el weón, tan cara e raja que decía que yo era ataosa, cuática, que le hacía show… Voh cachay como estaba de enamorá cuando nos casamos, primera vez que me meto con alguien más. Antes de él había tenido un pololo. Weón ¡Un pololo! ¿Y me tuve que bancar el desfile? Pero yo era la cuática ¿Sabís que wea me dijo?
– ¿Qué poh?
– Maraca.
– Pero si los hombres siempre hacen esa wea…
– Maraca…
– ¿Y qué esparabay?
– Me dijo maraca…
– Igual la wea cara dura.
– ¡Si weón! ¡Cómo chucha tiene el descaro de decirme esa wea a mí! ¡Pero si el weón ni siquiera reconoce el cabro chico que tiene con la otra weona! ¿Y me dice maraca?
– Y ¿Qué le dijiste poh?
– Na… qué le iba a decir, me quedé callá poh. Fui a bañar a los niños, dejarlos acostados, preparar las mochilas… y cuando por fin terminó todo el weveo, me fui al balcón, me fumé un cigarro y me la lloré toa… maricón culiao. Ni siquiera me gusta el Marco, pero puta que me alegra habérmelo comío.

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