viernes, 25 de noviembre de 2005

Prisión para los clientes del Notario por evasión tributaria

Quito (Agencias).- Trascendió esta tarde que la Directora del Servicio de Rentas Internas, Elsa de Mena, ha solicitado a la fiscalía que inicie procesamiento penal por delitos tributarios y solicite la prisión preventiva de los treinta mil afectados por el caso del Notario de Machala. "Hemos cruzado la base de datos del SRI con la lista del Notario y casi ninguna de estas personas ha presentada su declaración de impuesto a la renta... y en todo caso, cuando lo han hecho, no han declarado estos depósitos y peor aún sus rendimientos financieros", dijo un funcionario que no quiso ser identificado.

El SRI estima que la evasión ascendería a unos 200 millones de dólares y tiene esperanzas en recuperar al menos una parte. "Hemos pedido a la Fuerza Aérea que nos entregue de inmediato todos los costales que fueron transportados en los aviones del Estado", dijo el mismo funcionario, pero al parecer hasta ahora solo habrían recibido un cheque post fechado de la cuenta personal del Comandante General de la FAE por tres mil dólares, equivalente al valor de los formularios de declaración de impuestos de los seis mil oficiales de las Fuerzas Armadas que invertían con el Notario Cabrera. "Las Fuerzas Armadas están dispuestas a colaborar", añadió el funcionario, "quieren formalizar sus actividades financieras".

La Dirección de Rehabilitación Social estudia medidas para proceder al encarcelamiento de los treinta mil presuntos evasores de impuestos. "En el caso de los pequeños poblados de Azuay y Loja vamos a pedir que se permita el arresto domiciliario", dijo un funcionario de esa dirección, "y para las ciudades más grandes vamos a alquilar hosterías y hoteles de categoría media y baja". Los detenidos serían alojados de acuerdo al valor de sus depósitos en unos u otros.

Fue imposible obtener declaraciones de la señora de Mena, pero se la vio muy sonriente cuando salía de su despacho este medio día. "Iba sonriente y se frotaba las manos", admitió uno de sus colaboradores.

domingo, 20 de noviembre de 2005

La lección del náufrago Milton Pucha Sánchez

El 19 de agosto pasado, hace apenas 3 meses, noventa y cuatro ecuatorianos murieron en el intento de alcanzar las costas de Guatemala a bordo de un buque atunero. Los pasajeros iban apretujados en el depósito del frigorífico de la nave cuando el barco sucumbió a la ferocidad de una tormenta. Me impresionaron en aquel entonces dos cosas. La primera, que no hubo ni un cuarto de hora de luto nacional, y la segunda, la manera con que uno de los sobrevivientes, el joven azuayo Milton Pucha Sánchez, de veinte años de edad, narró los hechos al periodista de El Universo José Olmos. Según el reportaje, Milton Pucha iba ya por su tercer intento de llegar a los Estados Unidos.

Después de leer la nota me preguntaba yo qué había llevado a este muchacho a intentar tres veces en menos de dos años alcanzar los Estados Unidos por medios tan rudimentarios. Traté de imaginar su razonamiento, me pregunté si en algún momento Milton sopesó, con frialdad y detenimiento, los pros y los contras de su decisión. El reportaje decía que "la pobreza lo había empujado al mar" y que Milton habia tomado la determinación de embarcarse llevado por el deseo de construir una casa para sus padres. Y, en efecto, así parecía. Pero había en el relato de Pucha un detalle aparentemente poco importante que lo contradecía. Milton decía que la primera vez que lo había intentado, dos años atrás, después de haber hecho la travesía marítima con éxito y después de haber atravesado Guatemala por diversos medios a las órdenes de un coyote al que había cancelado la totalidad del importe de su viaje, y cuando había ya llegado a la frontera con México, es decir, cuando había hecho al menos la mitad del recorrido, súbitamente se había arrepentido y había sido presa de un irrefrenable deseo de volver, por lo que se había entregado a la policía del poblado más cercano. Tan cerca había estado de la frontera que los mismos policías guatemaltecos en cuyas manos se entregó le habían dicho que no fuera flojo, que siguiera. Pero Milton persistió en su desestimiento y terminó en un calabozo. Ingenuamente había creído que el consulado ecuatoriano se haría cargo de su pasaje de regreso en avión, como había escuchado que solía suceder con los deportados, pero se topó con que el cupo de deportaciones de este año se había agotado ya y no le quedó más remedio que llamar a su familia en Ecuador para pedir que le mandaran dinero. Es de suponer que este gasto significó un enorme sacrificio para sus padres, cuya pobreza Milton había pretendido remediar con su viaje. ¿Por qué regresaste?, le preguntaba con toda razón Olmos y Milton, poniendo a prueba nuestra credulidad, le respondía "porque extrañaba a mi novia". Naturalmente la respuesta carecía de todo sentido. ¿Quién se regresa a mitad de semejante travesía por una razón tan trivial a sabiendas de que las consecuencias del retorno no harían sino empeorar las cosas para él, para su familia y para la novia a la que supuestamente extrañaba?

Exeptuada la posibilidad de que hubiese mentido, para lo cual estaba en todo su derecho aunque la Constitución diga lo contrario, y en realidad haya sido presa de un momento de cobardía y debilidad enteramente comprensible o que Milton efectivamente tomó la decisión concientemente y por genuino amor a la novia, no queda más remedio que concluir que Milton Pucha obedeció a un arrebato de infantilismo. Arrebato que contradice su propósito original y, según mi manera de verlo, no solo explica su retorno sino toda la planificación de su viaje. La enumeración tan poco convincente de sus deseos evidencia que Milton tomó la decisión de partir de modo irreflexivo, viviendo el vértigo y la tentación del peligro, dejándose llevar por los abrumadores consejos y rumores que lo rodeaban. Este estado de inconciencia no habría sido posible de no ser porque Milton, como miles de otros jóvenes de su generación, además de ser pobre era presa de un aburrimiento infernal en el campo azuayo. Después de todo, lo que se llama "la falta de perspectivas" no es otra cosa que la certeza de que las circunstancias presentes de la vida seguirán inalteradas por los años que nos quedan. De modo que no culpo a Milton Pucha por su desesperación por abandonar lo previsible y tampoco lo culpo por su decisión precipitada. Pero si advierto que tedio e infantilismo resultan ser una combinación letal. El tedio inocula el deseo de aventura pero el infantilismo abrevia el raciocinio, lo vuelve impetuoso, precipitado. Tenemos entonces como resultado un Milton Pucha que no es consecuente con las motivaciones de su viaje, que toma decisiones apresuradas y hasta torpes y que, entre lágrimas, reconoce con falta de convicción que cometió un error y jura que nunca lo volverá a intentar. Doy por sentado que lo hará y si no lo hace hará otras cosas igualmente desquiciadas. Por ejemplo, entregará el dinero de sus ahorros al primer infeliz que le ofrezca multiplicárselos por diez en un abrir y cerrar de ojos - como han hecho los clientes del fallecido Notario de Machala - o irá a profanar la tumba del mismo infeliz una vez que se haya dado cuenta de que lo estafó - como también han hecho los clientes del Notario - o gastará preciosos centavos de su sueldo en llamar a votar por El Mejor Ecuatoriano. Así tenemos que la vida de Milton Pucha correrá la misma delirante suerte del país que lo vio nacer mientras le duren los días.

Una vez le pregunté a un amigo shuar cómo se decía "adiós" en su lengua y me respondió con la palabra "enemtaimrata". "Enemtaimrata" es lo que le decía su padre cuando lo despedía en sus viajes a Quito o cuando se iba de cacería en el bosque. Literalmente, "enemtaimrata" significa "sé sagaz", "permanece siempre alerta". En shuar no se dice "que Dios te bendiga" o "que te vaya bien"... se dice "sé sagaz", "permanece alerta". Entre los shuar los males que a uno le llegan siempre son culpa de uno mismo y por esta razón en su cosmovisión no existe el infierno. El malo solo puede hacerte daño cuando bajas la guardia, en un momento de descuido. Es la misma concepción del budismo: vivir el instante presente. Permanecer siempre despiertos. Es la ley con que se sobrevive en la selva, y por ende es la ley de la civilización. La sagacidad es la astucia y la prudencia, el raciocinio, la edad adulta. Muy lejos de Macas, al otro lado del mar, en una pequeña ciudad de Suiza, mi hermana me llevó un día a conocer la escuela donde estudian sus hijos. Me sorprendió ver el patio abierto junto a la calle, sin ningún cerramiento ni verja. Durante el recreo los niños juegan sin vigilancia. ¿Y qué pasa si la pelota salta a la calle?, le pregunté, ¿no tienen miedo de que los niños la sigan? No, me dijo mi hermana, ¿por qué la van a seguir si saben que por la calle pasan los carros? Lo saben porque dos veces al año viene la policía a instruirlos y entre los ejercicios de la instrucción está el simulacro de la pelota en la calle. Enemtaimrata. Sé sagaz. Permanece siempre alerta.

Mientras tanto Ecuavisa insiste en hacernos elegir al Mejor Ecuatoriano. Entre los diez nominados está uno que, según el programa, tiene el dudoso mérito de nunca haber acumulado fortuna y de haber acuñado esta célebre y profunda frase: "dadme un balcón y seré presidente". Puesto que el programa no propone ninguna reflexión crítica frente a este ejemplo sublime de estulticia, no podemos sino pensar que El Mejor Ecuatoriano es un programa profundamente velasquista. "Dadme un programa de televisión y seré presidente", diría hoy Velasco Ibarra. Y allí está, en tercer o cuarto lugar. No me extrañaría que gane pues para récords, Velasco Ibarra. Dice Ecuavisa que la serie pretende inocular en los ecuatorianos el amor propio y rescatar nuestra identidad. Esas cosas, lo sé muy bien, se dicen en televisión con enorme facilidad y no hace falta mucho maquillaje para que el aspecto de quien lo dice resulte fiable. Es, como todo lo que aparece en televisión, un show. Lo malo de este show en particular - además de ser velasquista o precisamente porque lo es - es que parte de la convicción de que el desastre nacional obedece a una supuesta falta de valores y favorece, en consecuencia, una forma de pensar según la cual nuestra salvación pasa por la sublimación y la emulación de unas cuantas vidas ejemplares. Esta visión moralista cercana a la idolatría en nada va a impedir, en el supuesto de que alguien la esté tomando en serio, que se sigan reproduciendo los comportamientos infantiles y la desolación aventurera que convirtieron a Milton Pucha en testigo absorto de noventa y cuatro muertes evitables. Para no hablar de los clientes defraudados del Notario de Machala.

En lugar de enseñar a emular a los mejores, haría bien la república en enseñar a los niños la divisa shuar: enemtaimrata. Sé astuto. Sé prudente. Permanece siempre alerta.

viernes, 11 de noviembre de 2005

La república pasmada

A veces el blog se pasma. La suerte es que, como soy mi propio editor y el asunto no es más que un pasatiempo, dejar al blog pasmado no es tan grave. No pasa lo mismo con la república puesto que si la república se pasma, la república se jode sin remedio.

Un comentarista del blog pregunta qué tiene de malo la actual constitución ecuatoriana. Yo le diría que el más grave defecto a juzgar por los hechos de estos días es que parece diseñada para pasmar paulatinamente a la república. Primero pasma al parlamento -que lleva tres años sin elegir contralor-, después pasma a la corte suprema -que palmó hace un año como sabemos- y finalmente pasma al presidente, que no puede consultar la voluntad del soberano sin antes contar con el visto bueno del Supremo Tribuno, el señor Vaca. De modo que pasmado el presidente, pasmado el parlamento y pasmada la corte, damos por absoluta y definitivamente pasmado al estado ecuatoriano en su conjunto. Es un deleite escuchar a Ramiro Rivera, con su acento estilo "Hurtado agripado", erigiéndose en prima dona de la prudencia, dando muestras del agudo escozor que le provocan los movimientos sociales y haciendo del pasmo general de la república todo un estilo de concordia. Hurtado, por cierto, es el pasmo hecho hombre.

Ahora bien, hay otra joyitas en la constitución de 1998. En un post anterior ya comenté la sobredosis de adjetivos del artículo 1; hoy me referiré al curiosísimo numeral 20 del artículo 97 referente a "los deberes y responsabilidades de los ciudadanos". De entrada me parece del todo sorprendente la existencia de una disposición sobre los deberes de los ciudadanos. ¿Deberes? Que yo sepa existe una Declaración Universal de los Derechos Humanos y hasta la fecha no conozco, fuera del Catecismo de la Santa Iglesia Católica, una Declaración Universal de los Deberes Humanos. Es ridículo. Se supone, tan de perogrullo es esta suposición que lamento proponerla aquí pero no tengo otro remedio, se supone digo que de la existencia misma de la constitución deriva el deber de acatarla... de donde se concluye que la constitución misma, y por derivación todo el ordenamiento legal, no es otra cosa que una enumeración de deberes y responsabilidades. Pero no, los constitucionalistas febrescorderanos, acostumbrados a la manida sentencia de que "en este país de gente tan irresponsable todos quieren hablar de derechos pero nadie de deberes", como si se tratara de gobernar no una república sino una hacienda de peones indómitos, se dieron el lujo de dedicar sus mejores esfuerzos a la redacción del artículo 97, como se leerá a continuación.

Tomemos a manera de ejemplo el deber establecido en el numeral 6. Dice allí que es deber y responsabilidad de todos los ciudadanos del Ecuador nada menos que "trabajar con eficiencia". Como lo oyen: ¡TRABAJAR CON EFICIENCIA! ¿Eficiencia según quién? ¿Según la Price Water House, según la FLACSO o según Cordes? Este disparate y los demás del artículo 97 están inspirados en la ideología de la anticorrupción que ha hecho presa del stablishment de la República Febrescorderana desde su prehistoria velasquista. Como en esta patria se presume de vago, ladrón y corrupto a todo el mundo mientras no se pruebe lo contrario, el artículo 97 es una lista de postulados morales insoportablemente inútiles. Naturalmente, si eliminamos uno de ellos no pasa nada, como si añadimos cuarenta y ocho. Lo mismo dice "pagar los tributos establecidos en la ley" - tributos que si constan en la ley no hay duda que tendremos que pagar o sino pregúntenselo a Elsa de Mena - que el otro disparate de índole cuasi racista del numeral 20, al que me quiero referir desde un comienzo. Dice el numeral 20: "Ama quilla, ama llulla, ama shua. No se ocioso, no mentir, no robar." Una vez más la eficiencia a lo Price Water House o a lo Cordes, esta vez disfrazada de supuesta moralidad precolombina. Por si esto fuera poco, se trata de la única norma constitucional redactada en quichua, lo que podría interpretarse como que se trata de una norma especialmente dirigida a los ciudadanos quichuahablantes, con todo lo que eso implica en cuanto a discriminación.

Fuera del no robar, séptimo mandamiento de la ley de Dios sobre el que se erige todo el derecho civil y un libro completo del código penal, las otras dos disposiciones morales son del todo cuestionables. ¿No mentir? Una cosa es mentir ante el juez o, como prohibe el catecismo, calumniar, de todo lo cual se ocupa en debida forma el código penal en lo relativo a la protección de la honra y al perjuro. Perjuro y calumnia aparte, ¿puede la constitución de un país que garantiza la privacidad, la libertad de conciencia y el secreto de la correspondencia, decir que es nuestro deber de ciudadanos no mentir? Creo que estos dos deberes de la constitución del 98 son representativos de los prejuicios que tiene el poder respecto de este pueblo y esta sociedad supuestamente ingobernables. Se retrata en esa trilogía de mandamientos morales toda la ideología dominante, toda su ignorancia, todo su complejo de superioridad, toda su falacia moralizante y moralizadora, toda la farsa de su contraloría sin contralor, defensoría sin defensor, corte suprema sin jueces. Redactados en quichua, esos mandamientos le hablan al pueblo, al más pobre, y no, como ingenuamente creyeron los asambleístas de Pachacutik, a los poderosos. El ratero, el mentiroso y el vago es el pueblo. Ese es, según esa moral caduca, el gran culpable de nuestro atraso.

A mi me parece que los deberes de los ciudadanos no son otros que el respeto de la ley, cuando la ley responde a los principios, los valores morales y los intereses de la colectividad. Esa es la única condición que hace del cumplimiento de la ley un deber moralmente exigible. Los deberes del artículo 97 son por lo tanto un despropósito y un acto de demagogia, cuando no de infamia. Pero esto es algo que solo podía quedarnos claro una vez que la república ha quedado definitivamente pasmada. Esto es, en los días que nos han tocado.

Adieu.