El 19 de agosto pasado, hace apenas 3 meses, noventa y cuatro ecuatorianos murieron en el intento de alcanzar las costas de Guatemala a bordo de un buque atunero. Los pasajeros iban apretujados en el depósito del frigorífico de la nave cuando el barco sucumbió a la ferocidad de una tormenta. Me impresionaron en aquel entonces dos cosas. La primera, que no hubo ni un cuarto de hora de luto nacional, y la segunda, la manera con que uno de los sobrevivientes, el joven azuayo Milton Pucha Sánchez, de veinte años de edad, narró los hechos al periodista de El Universo José Olmos. Según el
reportaje, Milton Pucha iba ya por su tercer intento de llegar a los Estados Unidos.
Después de leer la nota me preguntaba yo qué había llevado a este muchacho a intentar tres veces en menos de dos años alcanzar los Estados Unidos por medios tan rudimentarios. Traté de imaginar su razonamiento, me pregunté si en algún momento Milton sopesó, con frialdad y detenimiento, los pros y los contras de su decisión. El reportaje decía que "la pobreza lo había empujado al mar" y que Milton habia tomado la determinación de embarcarse llevado por el deseo de construir una casa para sus padres. Y, en efecto, así parecía. Pero había en el relato de Pucha un detalle aparentemente poco importante que lo contradecía. Milton decía que la primera vez que lo había intentado, dos años atrás, después de haber hecho la travesía marítima con éxito y después de haber atravesado Guatemala por diversos medios a las órdenes de un coyote al que había cancelado la totalidad del importe de su viaje, y cuando había ya llegado a la frontera con México, es decir, cuando había hecho al menos la mitad del recorrido, súbitamente se había arrepentido y había sido presa de un irrefrenable deseo de volver, por lo que se había entregado a la policía del poblado más cercano. Tan cerca había estado de la frontera que los mismos policías guatemaltecos en cuyas manos se entregó le habían dicho que no fuera flojo, que siguiera. Pero Milton persistió en su desestimiento y terminó en un calabozo. Ingenuamente había creído que el consulado ecuatoriano se haría cargo de su pasaje de regreso en avión, como había escuchado que solía suceder con los deportados, pero se topó con que el cupo de deportaciones de este año se había agotado ya y no le quedó más remedio que llamar a su familia en Ecuador para pedir que le mandaran dinero. Es de suponer que este gasto significó un enorme sacrificio para sus padres, cuya pobreza Milton había pretendido remediar con su viaje. ¿Por qué regresaste?, le preguntaba con toda razón Olmos y Milton, poniendo a prueba nuestra credulidad, le respondía "porque extrañaba a mi novia". Naturalmente la respuesta carecía de todo sentido. ¿Quién se regresa a mitad de semejante travesía por una razón tan trivial a sabiendas de que las consecuencias del retorno no harían sino empeorar las cosas para él, para su familia y para la novia a la que supuestamente extrañaba?
Exeptuada la posibilidad de que hubiese mentido, para lo cual estaba en todo su derecho aunque la Constitución diga lo contrario, y en realidad haya sido presa de un momento de cobardía y debilidad enteramente comprensible o que Milton efectivamente tomó la decisión concientemente y por genuino amor a la novia, no queda más remedio que concluir que Milton Pucha obedeció a un arrebato de infantilismo. Arrebato que contradice su propósito original y, según mi manera de verlo, no solo explica su retorno sino toda la planificación de su viaje. La enumeración tan poco convincente de sus deseos evidencia que Milton tomó la decisión de partir de modo irreflexivo, viviendo el vértigo y la tentación del peligro, dejándose llevar por los abrumadores consejos y rumores que lo rodeaban. Este estado de inconciencia no habría sido posible de no ser porque Milton, como miles de otros jóvenes de su generación, además de ser pobre era presa de un aburrimiento infernal en el campo azuayo. Después de todo, lo que se llama "la falta de perspectivas" no es otra cosa que la certeza de que las circunstancias presentes de la vida seguirán inalteradas por los años que nos quedan. De modo que no culpo a Milton Pucha por su desesperación por abandonar lo previsible y tampoco lo culpo por su decisión precipitada. Pero si advierto que tedio e infantilismo resultan ser una combinación letal. El tedio inocula el deseo de aventura pero el infantilismo abrevia el raciocinio, lo vuelve impetuoso, precipitado. Tenemos entonces como resultado un Milton Pucha que no es consecuente con las motivaciones de su viaje, que toma decisiones apresuradas y hasta torpes y que, entre lágrimas, reconoce con falta de convicción que cometió un error y jura que nunca lo volverá a intentar. Doy por sentado que lo hará y si no lo hace hará otras cosas igualmente desquiciadas. Por ejemplo, entregará el dinero de sus ahorros al primer infeliz que le ofrezca multiplicárselos por diez en un abrir y cerrar de ojos - como han hecho los clientes del fallecido Notario de Machala - o irá a profanar la tumba del mismo infeliz una vez que se haya dado cuenta de que lo estafó - como también han hecho los clientes del Notario - o gastará preciosos centavos de su sueldo en llamar a votar por El Mejor Ecuatoriano. Así tenemos que la vida de Milton Pucha correrá la misma delirante suerte del país que lo vio nacer mientras le duren los días.
Una vez le pregunté a un amigo shuar cómo se decía "adiós" en su lengua y me respondió con la palabra "enemtaimrata". "Enemtaimrata" es lo que le decía su padre cuando lo despedía en sus viajes a Quito o cuando se iba de cacería en el bosque. Literalmente, "enemtaimrata" significa "sé sagaz", "permanece siempre alerta". En shuar no se dice "que Dios te bendiga" o "que te vaya bien"... se dice "sé sagaz", "permanece alerta". Entre los shuar los males que a uno le llegan siempre son culpa de uno mismo y por esta razón en su cosmovisión no existe el infierno. El malo solo puede hacerte daño cuando bajas la guardia, en un momento de descuido. Es la misma concepción del budismo: vivir el instante presente. Permanecer siempre despiertos. Es la ley con que se sobrevive en la selva, y por ende es la ley de la civilización. La sagacidad es la astucia y la prudencia, el raciocinio, la edad adulta. Muy lejos de Macas, al otro lado del mar, en una pequeña ciudad de Suiza, mi hermana me llevó un día a conocer la escuela donde estudian sus hijos. Me sorprendió ver el patio abierto junto a la calle, sin ningún cerramiento ni verja. Durante el recreo los niños juegan sin vigilancia. ¿Y qué pasa si la pelota salta a la calle?, le pregunté, ¿no tienen miedo de que los niños la sigan? No, me dijo mi hermana, ¿por qué la van a seguir si saben que por la calle pasan los carros? Lo saben porque dos veces al año viene la policía a instruirlos y entre los ejercicios de la instrucción está el simulacro de la pelota en la calle. Enemtaimrata. Sé sagaz. Permanece siempre alerta.
Mientras tanto Ecuavisa insiste en hacernos elegir al Mejor Ecuatoriano. Entre los diez nominados está uno que, según el programa, tiene el dudoso mérito de nunca haber acumulado fortuna y de haber acuñado esta célebre y profunda frase: "dadme un balcón y seré presidente". Puesto que el programa no propone ninguna reflexión crítica frente a este ejemplo sublime de estulticia, no podemos sino pensar que El Mejor Ecuatoriano es un programa profundamente velasquista. "Dadme un programa de televisión y seré presidente", diría hoy Velasco Ibarra. Y allí está, en tercer o cuarto lugar. No me extrañaría que gane pues para récords, Velasco Ibarra. Dice Ecuavisa que la serie pretende inocular en los ecuatorianos el amor propio y rescatar nuestra identidad. Esas cosas, lo sé muy bien, se dicen en televisión con enorme facilidad y no hace falta mucho maquillaje para que el aspecto de quien lo dice resulte fiable. Es, como todo lo que aparece en televisión, un show. Lo malo de este show en particular - además de ser velasquista o precisamente porque lo es - es que parte de la convicción de que el desastre nacional obedece a una supuesta falta de valores y favorece, en consecuencia, una forma de pensar según la cual nuestra salvación pasa por la sublimación y la emulación de unas cuantas vidas ejemplares. Esta visión moralista cercana a la idolatría en nada va a impedir, en el supuesto de que alguien la esté tomando en serio, que se sigan reproduciendo los comportamientos infantiles y la desolación aventurera que convirtieron a Milton Pucha en testigo absorto de noventa y cuatro muertes evitables. Para no hablar de los clientes defraudados del Notario de Machala.
En lugar de enseñar a emular a los mejores, haría bien la república en enseñar a los niños la divisa shuar: enemtaimrata. Sé astuto. Sé prudente. Permanece siempre alerta.