Aún recuerdo los crujidos de aquel reloj desesperado que contaba las horas que faltaban para volver a verle, para poder pedirle permiso para aterrizar, para pedirle altura y velocidad a partes iguales. Aquel día le prometí que si se quedaba conmigo volvería a reírse de veras, que no todo estaba perdido y, con un beso, se reajustaron los relojes y comenzó la nueva cuenta atrás.
Desde que aquella luz se encendiese entre calles de Madrid, he formado parte de esta historia. Desde entonces sé que cada día puede ser un gran día, me acuesto cada noche durmiendo en z y me despierto en la ciudad del viento donde cada calle lleva su nombre.
Me agarraste por dentro, fuerte y, por suerte, no me volviste a soltar. Solías decirme susurrando, "hey, nadie podrá con nosotros" y en aquel momento te convertiste en mi cable a tierra que impide que me deje caer. Gracias por inventar mareas conmigo, por tripular barcos a mi lado y por encender cada día con besos el mar de mis labios.
Ayer te vi soplar una vela mientras la orquesta tocaba Moon River. Nunca me había sentido tan protagonista de una canción de Quique, aunque la situación no fuese la misma de aquella canción -por suerte. Y tu sonrisa nunca había sido tan clara. Lo prometido es deuda: volviste a reír de veras.
Y ahora todo lo demás no importa...
Simplemente, te quiero.