El poema de Gilgamesh es el primer relato escrito que haya llegado hasta nosotros. Es la historia de un héroe, parte dios, parte hombre, que no tiene igual. Y como no tiene igual, y mide constantemente sus fuerzas con el pobre mundo, lo único que logra es detrozar. Hasta que los dioses se apiadan de la ciudad de Ur y crean a otro ser igualmente poderoso, mitad bestia, mitad hombre: Enkidú. Después de una lucha feroz, Gilgamesh y Enkudi se dan cuenta de que son iguales y se vuelven inseparables.
Llegado el momento, Gilgamesh tendrá que partir en busca del secreto de la inmortalidad para salvar a su amado Enkidú y a sí mismo. Recorre desiertos, se enfrenta a peligros, traspasa mundos y, finalmente, cuando llega a quien puede revelarle el secreto, a condición de resistir al sueño, se queda profundamente dormido. Duerme siete días con sus noches. Más cosas suceden, pero al final, Gilgamesh vuelve a la ciudad de Ur con las manos vacías. La historia no lo relata, pero para mí, Gilgamesh ha aprendido que la vida es un regalo precioso y que, aunque sea poderoso, su poder no es absoluto y ha de aceptar aquello que viene de un poder mayor que el suyo.
Esta historia es contada a los niños alrededor de los 11 años en la Pedagogía Waldorf. Es el momento, después del proceso de individuación que han ido haciendo a lo largo de su infancia, en que los niños NECESITAN encontrarse con iguales para seguir creciendo. Siempre es importante, a partir de los 3 años, que los niños puedan desarrollarse entre iguales, pero llegados a este punto, esa necesidad se vuelve muy palpable, pues están a las puertas de la pubertad.
¿Por qué nos contamos historias? ¿Por qué, desde el principio de los tiempos nos reunimos en torno al fuego y nos contamos cuentos? Es muy sencillo: para entender la Vida. Las historias, grandes y pequeñas, no regalan imágenes que nos ayudan a decodificar la vida, como un plano sirve para entender una ciudad.
Y si estas historias son mapas, en el día a día, cuando sobreviene la noche, se convierten en faros. En "El hombre en busca de sentido", Víctor Frankl habla de cómo la belleza y la calidez vivida, eran una tabla de salvación mientras vivían el horror de los campos de concentración nazis. Les recordaban el sentido de la vida, y les daban esperanza. También las historias que nos contamos, son una vivencia interior que se queda ahí, como un arsenal, o una alacena, para tiempo difíciles.
Me enamoré del Gilgamesh cuando lo conté por primera vez a mis alumnos de quinto grado de Ak Luum. Entonces, lo que me resultaba más claramente importante era esta parte de encontrar iguales para hacer el camino de la vida. Años más tarde, al continuar mi formación en España, escuché una idea que me iluminó por dentro: podemos contar nuestra propia historia como un cuento. Para entenderla, para asimilarla, para transformarla.
En un momento de mucha oscuridad (el invierno a veces es muy duro), me pregunté: de todas las historias que llevo dentro ¿cuál puede salvarme en este momento?, ¿cuál puede sacarme de este túnel? Y, entonces, emergió el sueño de Gilgamesh y comprendí.
Hubo un momento en mi vida en que me abandoné por completo, como si hubiese caído en un sueño profundo. Afortunadamente la Providencia cuidó de mí y caí en nobles brazos. Cuando empecé a despertar, me llené de furia, y luego de tristeza y luego de culpa. ¿Cómo, si había logrado traspasar tantos obstáculos, pasar por el Pantano de la Tristeza sin ahogarme, cruzar los mares, alcanzar mis sueños, había de pronto renunciado a todo?
Ahí se encendió dentro de mí el sueño de Gilgamesh, sus siete días con siete noches durmiendo, la hogaza de pan que se horneaba cada día y se ponía junto a su cabeza, como cuenta del tiempo. Y comprendí, yo también, que toda fuerza tiene un límite, que no soy, he sido, ni seré todopoderosa, y que aún teniendo una llamita de fuego divino dentro de mí, he de someterme en algún momento, a mi propio cansacio. Y empecé a perdonarme. Porque, si Gilgamesh, dos partes dios y una hombre, Rey de Ur, el legendario, el poderoso, pudo dormir siete noches con sus días, yo también podía.
Y ese hallazgo, está cobrando nuevo sentido cada día. A veces la vida parece una empresa épica. Ponemos ilusión, sudor y sangre en construir la mejor realidad que podemos, para nosotros y para los nuestros. Pero es lícito cansarse, es lícito cambiar el secreto de la vida eterna por la flor de la juventud, y es lícito perderla en un momento de distracción, junto a un pozo, justo antes de llegar a casa. Porque quizá sea ese el precio de volvernos más sabios, más humanos, más agradecidos, más felices, más buenos.
Quién sabe si Gilgamesh volvió a su reino y fue en adelante un rey bondadoso, hizo prosperar sus tierras, cuidó de sus súbditos. Quién sabe si atesoró, a partir de entonces cada momento, y dejó de luchar y enemistarse con los dioses. Quiero pensar que sí.
Ojalá las historias que llevamos por dentro siempre puedan ayudarnos a reconciliarnos con la vida. Sigamos leyendo, sigamos contando. Nunca se sabe cuál de ellas será nuestra siguiente antorcha.

