Saturday, May 14, 2022

El sueño de Gilgamesh



El poema de Gilgamesh es el primer relato escrito que haya llegado hasta nosotros. Es la historia de un héroe, parte dios, parte hombre, que no tiene igual. Y como no tiene igual, y mide constantemente sus fuerzas con el pobre mundo, lo único que logra es detrozar. Hasta que los dioses se apiadan de la ciudad de Ur y crean a otro ser igualmente poderoso, mitad bestia, mitad hombre: Enkidú. Después de una lucha feroz, Gilgamesh y Enkudi se dan cuenta de que son iguales y se vuelven inseparables.

Llegado el momento, Gilgamesh tendrá que partir en busca del secreto de la inmortalidad para salvar a su amado Enkidú y a sí mismo. Recorre desiertos, se enfrenta a peligros, traspasa mundos y, finalmente, cuando llega a quien puede revelarle el secreto, a condición de resistir al sueño, se queda profundamente dormido. Duerme siete días con sus noches. Más cosas suceden, pero al final, Gilgamesh vuelve a la ciudad de Ur con las manos vacías. La historia no lo relata, pero para mí, Gilgamesh ha aprendido que la vida es un regalo precioso y que, aunque sea poderoso, su poder no es absoluto y ha de aceptar aquello que viene de un poder mayor que el suyo.

Esta historia es contada a los niños alrededor de los 11 años en la Pedagogía Waldorf. Es el momento, después del proceso de individuación que han ido haciendo a lo largo de su infancia, en que los niños NECESITAN encontrarse con iguales para seguir creciendo. Siempre es importante, a partir de los 3 años, que los niños puedan desarrollarse entre iguales, pero llegados a este punto, esa necesidad se vuelve muy palpable, pues están a las puertas de la pubertad.

¿Por qué nos contamos historias? ¿Por qué, desde el principio de los tiempos nos reunimos en torno al fuego y nos contamos cuentos? Es muy sencillo: para entender la Vida. Las historias, grandes y pequeñas, no regalan imágenes que nos ayudan a decodificar la vida, como un plano sirve para entender una ciudad.

Y si estas historias son mapas, en el día a día, cuando sobreviene la noche, se convierten en faros. En "El hombre en busca de sentido", Víctor Frankl habla de cómo la belleza y la calidez vivida, eran una tabla de salvación mientras vivían el horror de los campos de concentración nazis. Les recordaban el sentido de la vida, y les daban esperanza. También las historias que nos contamos, son una vivencia interior que se queda ahí, como un arsenal, o una alacena, para tiempo difíciles.

Me enamoré del Gilgamesh cuando lo conté por primera vez a mis alumnos de quinto grado de Ak Luum. Entonces, lo que me resultaba más claramente importante era esta parte de encontrar iguales para hacer el camino de la vida. Años más tarde, al continuar mi formación en España, escuché una idea que me iluminó por dentro: podemos contar nuestra propia historia como un cuento. Para entenderla, para asimilarla, para transformarla.

En un momento de mucha oscuridad (el invierno a veces es muy duro), me pregunté: de todas las historias que llevo dentro ¿cuál puede salvarme en este momento?, ¿cuál puede sacarme de este túnel? Y, entonces, emergió el sueño de Gilgamesh y comprendí.

Hubo un momento en mi vida en que me abandoné por completo, como si hubiese caído en un sueño profundo. Afortunadamente la Providencia cuidó de mí y caí en nobles brazos. Cuando empecé a despertar, me llené de furia, y luego de tristeza y luego de culpa. ¿Cómo, si había logrado traspasar tantos obstáculos, pasar por el Pantano de la Tristeza sin ahogarme, cruzar los mares, alcanzar mis sueños, había de pronto renunciado a todo? 

Ahí se encendió dentro de mí el sueño de Gilgamesh, sus siete días con siete noches durmiendo, la hogaza de pan que se horneaba cada día y se ponía junto a su cabeza, como cuenta del tiempo. Y comprendí, yo también, que toda fuerza tiene un límite, que no soy, he sido, ni seré todopoderosa, y que aún teniendo una llamita de fuego divino dentro de mí, he de someterme en algún momento, a mi propio cansacio. Y empecé a perdonarme. Porque, si Gilgamesh, dos partes dios y una hombre, Rey de Ur, el legendario, el poderoso, pudo dormir siete noches con sus días, yo también podía.

Y ese hallazgo, está cobrando nuevo sentido cada día. A veces la vida parece una empresa épica. Ponemos ilusión, sudor y sangre en construir la mejor realidad que podemos, para nosotros y para los nuestros. Pero es lícito cansarse, es lícito cambiar el secreto de la vida eterna por la flor de la juventud, y es lícito perderla en un momento de distracción, junto a un pozo, justo antes de llegar a casa. Porque quizá sea ese el precio de volvernos más sabios, más humanos, más agradecidos, más felices, más buenos.

Quién sabe si Gilgamesh volvió a su reino y fue en adelante un rey bondadoso, hizo prosperar sus tierras, cuidó de sus súbditos. Quién sabe si atesoró, a partir de entonces cada momento, y dejó de luchar y enemistarse con los dioses. Quiero pensar que sí.

Ojalá las historias que llevamos por dentro siempre puedan ayudarnos a reconciliarnos con la vida. Sigamos leyendo, sigamos contando. Nunca se sabe cuál de ellas será nuestra siguiente antorcha.

Saturday, January 29, 2022

Un ser escribiente

Para Minerva

 

La palabra era el pan

Llevo una temporada sintiendo nostalgia de mí misma. De la que era cuando hacía un doctorado deslumbrante en una universidad deslumbrante con una biblioteca deslumbrante (por la tarde, las bóvedas del techo se llenaban de los reflejos dorados de unas aguas que nunca entendí dónde se depositaban).

Esa época estaba llena de conversaciones como semillas de crecimiento acelerado. Yo me sentía tierra fértil, igual de nutrida, cálida, potente. Esas conversaciones caían en mi interior e inmediatamente se hinchaban hasta germinar, arraigaban, crecían vertiginosamente hasta alcanzar el aire y de un día para otro ya estaban dando frutos con qué nutrirme, compartir y alimentar nuevos encuentros de donde salían nuevas semillas, and so on...

En esa época sostenía diálogos con mis deslumbrantes maestros y con sus maestros, a quienes encontraba entre las infinitas páginas que albergaba el Depósito de las Aguas, o en alguna de las librerías barcelonesas que me gustaba recorrer, descubriendo a cada paso suculentos manjares.

En aquel tiempo, hace ya veinte años, entraba con pasos quedos en el terreno de la zarza ardiente, y no perdía el habla.  Atrapaba entre los labios sus llamas y manteníamos una conversación de fuego que iluminaba cada día y cada noche de mi vida. Ibn al Arabi, Hildegard von Bingen, Chretien de Troyes, Avicena, Shoravardi, Ramón Llull, Homero, Ovidio, Henri Corbin, Rilke, El Círculo Eranos, Ananda Comaraswamy, eran mis interlocutores en ese tiempo y me sentía tan bien acompañada. Tenía también la deliciosa presencia de otros aprendices como yo. Una compañía con la que, hombro con hombro, íbamos trazando aquel mágico itinerario. Entonces, la palabra era el pan y yo estaba bien alimentada.

Honestamente, no sé si extraño esa actividad intelectual tan fructífera, o si extraño la juventud: el tiempo disponible, las facilidades de encontrarse, tener tan a mano la risa, la música, el baile; la energía, las posibilidades. Y no es que no me llene lo que he ido descubriendo por el camino: el sufismo, la maternidad, la pedagogía, la antroposofía. Todo lo contrario, las fases de mí misma que han ido emergiendo desde entonces son tan sorprendentes y preciosas como aquélla. Les ha faltado, sin embargo, la com-unidad.

La soledad y la escritura

Por algún motivo, mis elecciones me han llevado al retiro. Formando parte de una tariqa sufi, vine a vivir a un lugar en el que no hay hermanos de camino a muchos kilómetros a la redonda. Siendo mamá, elegí criar a mis hijas lejos de mis linajes materno y paterno. Habiendo encontrado en la pedagogía Waldorf un hogar, decidí afincarme en un territorio desierto de waldorfismos. Sabiéndome escritora, me mantuve fuera de todo círculo literario. Barcelona fue mi último jardín. Su luz, sus pájaros, el riego de diálogos que disfruté ahí, permanecen como el sabor más claro de lo que es la plenitud.

A partir de ahí, en los caminos que he seguido, en la familias de las que he llegado a formar parte, nunca he dejado de sentirme como un alebrije. Escribir es una manera poco común de vincularse con la vida. Eso lo permea todo, lo matiza todo, y es una condición que no siempre se puede compartir. Y así como leer me hace sentir acompañada, me rodea de voces, de paisajes, de comprensiones, escribir me recluye en mí misma. Vivir a través de la escritura es al mismo tiempo una cueva, necesariamente solitaria, y una red de galerías subterráneas que me mantiene ligada a relaciones del todo incomprensibles para los demás.

Hablo de la escritura, no exactamente como oficio, sino como modo de vida. Existe la respiración pulmonar, branquial, y la respiración "textual". Yo no soy capaz de entender lo que vivo, si no lo escribo. Lo que siento, lo que me pasa, lo que la vida va trayendo, las decisiones que hay que tomar, nada eso entra en mí y puede ser asimilado si antes no le he escrito. Incluso mis sueños no me dicen nada, hasta que no han pasado por el movimiento de mi mano al rasgo en el papel. Así como soy totalmente miope para las cosas de la vida (las relaciones sociales y afectivas, las cuestiones prácticas domésticas o burocráticas), soy clarividente para la palabra escrita. Ciertamente una condición curiosa.

Esta forma de vivir la escritura me ha llevado a darme cuenta de algunas cosas. Por ejemplo: la diferencia entre la escritura personal y la literaria. La primera vale en cuanto a experiencia humana, sin importar en lo más mínimo su apego a cánones, su nivel de originalidad o la maestría en su expresión. Vale por lo que aporta a quien escribe.

La segunda, desde luego, está regida y su valor se haya en cómo logra elaborar su danza por la frontera entre tradición e innovación, en la maestría en el manejo del lenguaje, o la belleza con la que el orfebre logre elaborar su filigrana de palabras.

He ahí la diferencia entre el escritor como bicho, como homo textualis, y como persona que ejerce un oficio. Entre las dos, hay un tipo de ser escribiente que es, más que un oficial, un oficiante. Sacerdote o sacerdotisa de la palabra, es ella quien le guía en una búsqueda de lo intangible.

Todas ellas se alimentan necesariamente de la lectura. Entablan diálogos con otras voces, transitan por pasadizos formados por susurros o se detienen a escuchar coros.

La Poesía

A veces, mirándome en el tiempo, me pregunto si puedo darme el nombre de “poeta”. Porque hubo un tiempo en el que mis textos aparecían en revistas y antologías, participaba en lecturas y tertulias, publicaba libros, compartía con poetas vivos, aprendía de ellos. Pero hace mucho tiempo que ya no ejerzo ese oficio.

A lo largo del camino he ido descubriendo la poesía en otros lugares, la poesía callada que brota de todos los rincones de la vida. Y entonces algo se pone dentro de mí, en movimiento, y necesito decirme qué era eso, qué es eso de lo que estoy siendo testigo. De mi visión nebulosa, de mi anhelo por ver con claridad, nacen las palabras, como manos que tantean.

¿Dónde está, entonces, la Poesía? En el papel impreso, sí, y secretamente en el lugar de nuestra conciencia donde se guardan las canciones de cuna, los cuentos de hadas, los relatos legendarios. Pero también, y sobre todo, en el intento de descifrar el misterio propio, y el misterio de la Vida.

¿Importa, entonces, que mis textos duerman en un cuaderno? ¿Que no salgan a la luz, en letra impresa, primorosamente maquetados, guarecidos por solemnes portada y contraportada? ¿Que no se codeen con otros textos con los que puedan hacer armonías y consonancias? Si observo cada día, y cada día tanteo la Magia de la vida con mis palabras, y cada día saco un poco de claridad de todo ello ¿puedo llamarme poeta?

Puedo. El tema no es la poesía, sino la soledad. A mí me pesa ser poeta en solitario. Porque, como la experiencia mística, cuando uno ha hecho un viaje y ha vuelto con alguna certeza, necesita con todas las fuerzas del cuerpo y del alma, compartirlo con los demás. ¿Y dónde están esos demás para hablar del viaje y sus descubrimientos, si no tengo gremio y mis compañeros poetas están lejos, enredados cada uno, igual que yo, en otra vida? ¿Cómo conectarme con esa red de encuentros que me permita compartir mis atisbos de poesía con otros?

Tierra baldía

Al principio del invierno me sentía sumamente apagada. Como si todas las cosas bellas que me rodeaban hubieran perdido un poco de brillo. Entré con mi hija mayor a una librería en la que no había estado nunca. Hojeando libros, de todo un poco, volvía a sentir entusiasmo. Realmente había algunas publicaciones maravillosas.

Halima me llamó para enseñarme una edición de la Iliada y la Odisea muy apetecible. Y ahí, entre los clásicos, descubrí un libro que no conocía: Las Heroidas, de Ovidio. Empecé a leer las primeras páginas y me di cuenta de que iba a tener que llevármelo a casa.

Ese solo gesto le dio la vuelta a mi ánimo. Cuando no hay interlocutores a la mano, las palabras que los libros han salvado del olvido son una efectivísima compañía. Volví a sentirme yo. Esa yo que hace mucho tiempo no me sentía. Volví a sentirme pies descalzos, fuego en los labios. Me recordé orfebre y sacerdotisa.

No me siento tierra fértil como en otro tiempo. Se me han colado muchos inviernos dentro. Como en una versión inversa del cuento del pescador que encuentra un pez mágico y no sabe cuándo parar de pedir hasta que todos sus deseos se acaban desvaneciendo, yo no he sabido cuándo parar de dar, y me asusta no saber cómo recuperarme de la sequía que eso ha dejado. Me asusta sentirme baldía. No por falta de semillas, sino por falta de fuerza para transformarlas en un fruto que pueda compartir, que pueda alimentar nuevos encuentros y producir nuevas simientes. Tengo ahora mismo tres “libros” terminando de gestarse. ¿Lograré parirlos?

Leer poesía y escribir me hacen bien al grado de sentirlas como mi mejor medicina. Mi intención es rodearme de textos que me devuelvan el calor solar, que sean como un trozo de pan calentito. Mi intención es regalarme tiempo para escribir y encaminar mis escritos. Mi intención es sentarme junto a la zarza y beber de su fuego. Este tiempo es el momento preciso para alimentar el hogar interior. Es Imbolc. Procuraré nutrirme de poesía, para florecer cuando llegue la primavera.


Imagen tomada de: Moisés y la zarza ardiente – Historia de la Biblia - Historias Bíblicas (bibliavida.com)

Sunday, January 31, 2021

IMBOLC



En la cueva

Invierno, momento cueva.

Ya llega Imbolc, ese momento del año en que la Madre Tierra enciende los fogones de su vientre, y ahí dentro, las semillas empiezan a despertar.

Mi momento Imbolc es: entre querer dormir como Mamá Osa soñando, si acaso, con pastelitos e historias bellas; y arder en mi propia hoguera con el fuego de millones de semillas que se agitan en mi interior.

Me explico: Hay dos fuerzas que se agitan dentro de mí, una terrestre, cóncava, estable, abrazadora. Y otra ígnea, inasible, inquieta, extrema, transmutadora. Normalmente se alternan en el tiempo. En la época en la que tenía bebés y niñas pequeñas, era muy Madre Tierra. Y el fuego ese brillaba solo en algunos momentos como una chispa de insatisfacción, que se apaciguaba con una buena charla trascendente, con una lectura luminosa, o con un desahogo de versos en mi diario. Antes de eso fui más hoguera. Leer, escribir, enseñar, compartir, eran las fuerzas que me mantenían en movimiento y buscando. 

En los últimos años, me he preguntando seriamente en qué debería poner mi energía: mi vocación de mamá, mi vocación de poeta, o mi vocación de maestra que está a medio camino entre las dos. Cada vez que me decido por un camino, la Vida me lleva por otro.

Aquiles vs Ulises

Leo El Infinito en un Junco, de Irene Vallejo. Un ensayo luminoso y apasionante sobre el nacimiento de la escritura y la vida del libro en la antigüedad. Nada más empezar ya me pone delante el conflicto. El texto dice, hablando de la Iliada y la Odisea:

 "Aquiles pertenece a la gran familia de personas deslumbradas por un ideal, valientes, comprometidas, melancólicas, insatisfechas, empecinadas, y propensas a tomarse muy en serio a sí mismas (...)"

Cuando leí esa descripción pensé: Eso soy yo, ¡qué terrible! Más adelante, encontré lo que decía sobre Ulises y su determinación de volver a casa:

"Esa sabiduría nos susurra que la humilde, imperfecta y efímera vida humana merece la pena, a pesar de sus limitaciones y desgracias, aunque la juventud se esfume, la carne se vuelva flácida y acabemos arrastrando los pies."

 Y sentí: esto también soy yo. ¡Y cómo puedo ser dos cosas totalmente opuestas! ¿Cómo podría salir bien librada de un combate entre Aquiles y Ulises dentro de mí?

Mi yo aquileo me pide escribir. Leer poesía, volar a las esferas más altas y descubrir los hilos de oro que tejen todas las cosas, para luego contárselo a los demás, a todos. Entablar conversaciones con aquellos que andan igual que yo, entre las ascuas, con quienes se sumergen en los abismos para beber luz de las vetas de cristal.

Mi yo ulíseo, me pide guardar casa, cultivar las felicidades diminutas, hacerme horno de pan, regazo, coser y cantar. Me pide construir un recinto donde los recién llegados puedan crecer seguros, me pide que mis ojos sean mariposas y se posen delicados en pétalos y terrones, gotas y briznas, para desvelar sus maravillas.

A veces trabajan juntos: Aquiles sube a las esferas y Ulises construye con retazos de estrella una manada de caballitos de madera para un@s niñ@s que, sin ser mis hij@s, se alimentan de todo lo que vive y crece dentro de mí.

No se trata de salvarle la vida a uno y condenar al otro, claro está, sino de intentar que se hagan amigos. Cuando maltrato a uno, su venganza es terrible. Por ejemplo, entre la rutina doméstica y el trabajo, me cuesta mucho darme tiempo para escribir. Mi Aquiles interior se pasea como un león enjaulado dentro de su tienda maldiciendo a todos los dioses.

Logro encontrar el momento para leer, para llevarle comida al prisionero. ¿Y qué sucede? Empiezo a leer un libro de poesía súper premiado, traducido a 35 lenguas, de una poeta de unos 30 años, ¡y rabio! ¡ardo de envidia! ¡no soy capaz de encontrar la belleza ni el mérito en los textos! ¿Por qué yo no?, pienso, ¿por qué yo no tengo premios y un libro traducido a 35 idiomas y comentarios en el Washington Noséqué?

Miro alrededor, y recuerdo que un día decidí ser Madre Tierra para mis hijas, que a través de esa experiencia he podido atisbar las maravillas más grandes de la vida... Pienso en mi trabajo, y descubro la escalerita de cuerda que ha tendido para que yo pueda contemplar la vida desde el balcón del Unvierso. Poco a poco, mi Aquiles interior relaja las presión de las manos y libera el cuello de Ulises que vuelve a respirar.

En otros momentos es mi Ulises quien se indigna de que deje a mi Aquiles campar a sus anchas: me siento frente a la computadora y no me preocupan las pelusas debajo del sofá, ni el menú de la cena, ni el examen de matemáticas de alguna niña para el día siguiente, ni si una o la otra se han ido ya a la ducha. ¿Quién cuida los altares de esta casa?, me dice, ¿quién mantiene el fuego del hogar? ¿quién será capaz de tensar tu arco? Yo miro dentro de mí y recuerdo que soy poeta, que tengo una fuente de palabras incrustada en el pecho, y que también debo honrar ese don de los dioses. Ulises baja la espada, un hilillo de sangre corre por el cuello de Aquiles, ambos envainan.

Mi miedo más grande es fallarle a ambos. "No estar a la altura de mi talento" como un día alguien que me quería bien (porque pensaba que yo tenía talento) me reprochó. Dicho de otra forma: no llegar a darles vida a esas palabras, que sólo yo puedo nacer. No darle a mi familia eso que sólo yo puedo traer, como corazón de esta casa. No estar suficientemente presente con todas mis magias y recursos, para acompañar a los peques que acompaño en mi trabajo. Algo de soberbia hay en todo esto, es verdad, y mucho de obsesión.


Un poco de magia

Sea como fuere, mi meta es procurar que ambos héroes se lleven bien. Así que, aprovechando este tiempo mágico en el que la tierra empieza a madurar sus semillas, yo hago un voto por la concordia, elijo las semillas que quiero madurar:

Encontrar la armonía entre lo que me doy a mí misma y lo que doy a los demás.

Disfrutar en grande las cosas pequeñas.

Mantener una conexión amorosa con  mis diosas domésticas y a mis diosas estelares.

Cuidar amorosamente de mi cuerpo, mi mente y mi corazón.

Nacer palabras muy bellas, en todos los contextos en los que me muevo, que puedan despertar el amor.

Construir vínculos amorosos equilibrados y satisfactorios.

Estar presente en cada instante.

Recibir en abundancia y con agradecimiento todo lo bueno que el universo tiene para mí.


¿Cuáles son las tuyas? ¿Qué cosas quieres cultivar y ver crecer en este nuevo ciclo? ¿Qué flores quieres oler esta primavera, qué frutos te gustaría saborear este verano?

¡Feliz Imbolc para tod@s!




Friday, January 22, 2021

Recetas para acompañar el insomnio

 


Algunas veces, entrar en el País de la Noche es delicioso, es abandonarse en los brazos acogedores del sueño, como en los brazos de un viejo amor. Sin embargo, otras veces es entrar sin remedio en un territorio agreste e inhóspito, infértil y desolador: el reino del insomnio.

Últimamente sé de personas queridas que no pueden dormir. Hay mucho que decir respecto al sueño, sobre cómo equilibra y regenera y cumple tantas funciones vitales. También se puede hacer mucha poesía al respecto, pero lo que quiero compartir aquí son argucias que nos han servido en momentos inhóspitos de nuestras vidas para lidiar con el insomnio.

Hay algunas muy sencillas y prácticas, y otras un poco más del ámbito del trabajo interior.

Las más prácticas (trabajo exterior):

·         Lo primero, evitar estimulantes durante el día, tipo tés con teína o café.

·         Evitar azúcar después de la hora de la comida.

·         Tomar té de tila, melisa, manzanilla, azahar por la tarde.

·         Cenar temprano, al menos dos horas antes de irse a acostar.

·         Poner una gota de aceite esencial de lavanda en la almohada. Yo me lo pongo directamente en los tobillos, muñecas y detrás de las orejas. A mí me funciona muy bien, pero si tienes un olfato demasiado sensible puede hacer el efecto contrario, la idea es encontrar la dosis que te resulta relajante y reconfortante.

·         Hay un aceite que es una maravilla, una mezcla de Do Terra, que se llama SERENITY. Te pones una gotita en la planta de los pies y es muy efectiva. A nivel de aromaterapia es lo más efectivo que conozco.

Las que apelan al trabajo interior:

Yo he descubierto que algo que me funciona muy bien es cambiarme del canal del Pensar, al canal del Sentir. Eso tiene varios modos, pero básicamente es traer al corazón recuerdos, palabras, itinerarios que me anclan en el “sentimiento noble”, como diría mi profe de Shiatsu (el cariño, la alegría, el agradecimiento, la ternura, la nobleza, la paz, la fe, la humildad, la conexión…) Aquí algunos de ellos:

·         El viaje imaginario

Me imagino que me quito mi piel como si fuera un suéter. Y lo mando de viaje. Ya mi atención no está en mi cuerpo tendido en la cama, sino que pongo mi percepción al servicio de ese yo viajero y leve. Algunas veces sobrevuelo paisajes hermosos, otras me paseo por campos dorados, otras más me sumerjo en aguas cristalinas y descubro jardines sumergidos. Durante ese tiempo hago el ejercicio de SENTIR de verdad: los colores, las temperaturas, los olores, las texturas…Casi siempre el viaje termina en un lugar que visito hace mucho tiempo dentro de mí y que me da mucha paz: me recuesto entre las nudosas raíces de un árbol enorme, su copa me da sombra, y frente a él hay un lago muy tranquilo y un cielo muy azul.

·         El viaje interno

A lo mejor has oído hablar de una técnica terapéutica que se llama “visualización creativa”, se trata de poner a funcionar la percepción de nuestro cuerpo por dentro y ayudar a sanar cosas si tenemos algún problema de salud. Yo lo hago un pelín diferente porque he descubierto que me hace bien, así nomás. Me vuelvo pequeñita y entro por una de mis fosas nasales. A cada parte de mí que voy encontrando por el camino la voy saludando, le pregunto cómo está, o directamente percibo cómo está y si siento que necesita algo, por ejemplo, está seca, pues le doy una solución creativa: le doy a beber un vaso de agua, la riego como una plantita, le unto una cremita hidratante. Si no tengo la sensación de que sea necesario hacer nada en concreto sencillamente hablo con ella, le agradezco lo que hace por mí, la acaricio con amor, o la abrazo, o bailo con ella. La idea es dejar un poco que eso fluya, no hacerlo desde la cabeza sino desde la intuición y la imaginación (la imaginación como órgano de percepción, diría Ibn al Arabi).

·         Trabajar con el sentimiento

Esta es un poco parecida a la anterior, pero no hace falta hacerse pequeña. Sencillamente te centras en tu corazón. O como diría Lorca, te SIENTAS en tu corazón. Una forma de hacerlo es sencillamente poner la mano sobre tu pecho y sentir su latido, eso te lleva ahí. Otra es hacer dos o tres respiraciones conscientes. Otra es dirigir tu atención al lugar en el que sabes que está tu corazón. Una vez ahí hay que hace un gesto de apertura, de dejar salir el sentimiento como una gota que se va expandiendo en todas direcciones. Puede ser el cariño, o la ternura, o cualquiera de estos “sentimientos nobles” que te decía más arriba. Debería sentirse ligerito, húmedo, templado, reconfortante. Y aquí el trabajo es sencillamente dejarlo salir, no empujarlo, solamente observar (nuevamente con el corazón, no con la cabeza) cómo va creciendo hasta rebasar tu propio cuerpo y formar una especie de huevito en el que quedas envuelta. A veces estoy TAN metida en mi cabeza que no fluye el sentimiento. Entonces tiro de recuerdos: busco momentos felices, de calma, de mucho amor y ese sentimiento ya se vuelve algo sensorio e identificable y puedo dejarlo salir y correr por mi cuerpo.

Cuando ya tengas ese caminito hecho puedes hacer mucho más, por ejemplo sentir cómo empapa cada uno de tus órganos por dentro. A veces me he sucedido con que al ir empapando me encuentro con la tristeza, me dan ganas de llorar sin razón. Mi profe se Shiatsu dice (sí, es mi gurú), que uno va guardando emociones y el cariño las limpia. Es como entrar en una sala que no has recogido en mucho tiempo y tropezarte con las cosas que se quedaron tiradas por ahí. Sencillamente hay que “empapar” esa emoción también y seguir sin meter la cabeza.

·         Cantar mantras en silencio

En la tradición sufí se dice que el “diker” más poderoso es el diker del corazón, el que se hace en silencio. El diker es la recitación de los nombres o atributos divinos, esos son nuestros mantras. Más que recitar se trata de SENTIR el mantra. El que tú quieras, conozcas, te guste, alguno con que tengas un vínculo real, que al pronunciarlo dentro de ti haga efecto. Puede ser una oración que hayas aprendido de pequeña o un mantra que elijas ahora porque te da paz. Yo empiezo a cantarlos dentro de mí y pongo mi atención en el corazón. Normalmente eso hace que me invada una sensación de bienestar y esa canción me arrulla hasta dormir.

·         Poner a funcionar el agradecimiento

Durante una época de mi vida, que llegara la noche era un horror. No sé si lo que me pasaba era fisiológico o psicológico o ambas, pero ciertamente no me dejaba dormir. Sentía que me iba a morir como un perro, sola en aquéllos desiertos, y que me iban a enterrar ahí entre las arenas, donde (casi) nadie que me quisiera pudiera ir a llevarme flores o llorar sobre mi tumba. ¡Peliculón! Pues encontré que si me aferraba a creer que aquello estaba guiado por la Sabiduría, y que era bueno y necesario para mí, que estaba protegida por una fuerza más grande que yo, y empezaba a dar gracias, el agradecimiento empezaba a crecer dentro de mí y a transformar todo lo demás: el miedo, el estrés, la incertidumbre, la tristeza, la ansiedad, ¡todo! Poco a poco mi cuerpo se relajaba y yo podía quedarme dormida. Ahora, aunque no haya nada en concreto, ninguna idea, ningún síntoma que yo sea consciente que me está impidiendo dormir, sencillamente empiezo a dar gracias por todo lo bueno que hay en mi vida, voy evocando cada cosa y sintiendo la belleza o el bienestar o la alegría que aporta a mi vida, y sale de ahí un agradecimiento tan grande que se come todo lo demás.

Miedo a no dormir

Creo que mucho peor que no dormir, es el miedo o el estrés, o la ansiedad que genera la sola idea de que no vas a poder dormir. “Intentar dormir” es un contrasentido: mientras más lo intentamos menos dormimos. Hay cosas que simplemente suceden y una es el sueño. Así que creo que más bien conviene cambiar la idea de combatir el insomnio por la de acompañar el insomnio. Quizá es como esos niños molestones que, mientras saben que incordian, están ahí pegados, cuando no ven el efecto que quieren, pierden el interés y se retiran.

El remedio ancestral para conjurar al miedo, para invocar lo bueno es, por supuesto cantar. Así que cantemos para atravesar la noche, aunque sea en nuestro interior. Abracémonos con cantos, mezámonos suavemente en un puñado de sonidos que nos acolche la ansiedad y poco a poco la diluya.

En estos tiempos en que el suelo se mueve bajo nuestros pies y las certezas se transforman tan rápido, el sueño es un refugio. Espero que estas herramientas puedan servir a que quienes no tienen un camino feliz por el país de la noche, que encuentren la veredita hacia su cueva protectora, hacia sus dulces sueños.

Friday, March 27, 2020

Ardilla Roja cumple años





La realidad de algunos proyectos educativos “alternativos” | Arte ...

Aquí en nuestro retiro la vida sigue. Hace unos días una de las vecinitas, amiga de Fátima, cumplió años. Nos emocionamos cuando todos los vecinos cantaron el Cumpleaños Feliz después de los aplausos, para ella y para otro vecinito que también cumplía años.

Se me ocurrió escribir este pequeño cuento como regalo. Quizá sirva también de inspiración para aquellos a quienes les toque cumplir años en esta cuarentena y se sientan inquietos por no poder celebrarlo como acostumbran. Desde luego serán cumpleaños para recordar de manera especial, toda la vida.

¡Feliz día a día para tod@s!

Ardilla Roja cumple años 

Habían pasado ya varios días desde que Madre Naturaleza avisara a todos los animalitos, que debían quedarse en casa porque ese año, ella necesitaba descansar otro ratito.


Ardilla Roja, sus hermano Castaña y su hermanita Pequeña Ardilla, pasaban el tiempo jugando, ayudando a papá y mamá con las tareas de casa y aprendiendo cosas nuevas. La verdad era que, aunque tenían ratos de aburrimiento y algunas veces se cansaban de jugar solo entre ellos, habían descubierto que en casa estaban muy bien.

Cada año, unos días después de que llegara la primavera, llegaba también el cumpleaños de Ardilla Roja. Solían celebrarlo con una excursión al río cercano, en la que participaban todos sus amigos. La mamá de Orejitas, llevaba su deliciosa tarta de avellanas. El día que la preparaba el aroma tostado y dulce llegaba desde el roble de enfrente hasta la casa de las ardillas. Mamá Coneja, que vivía con su familia en las raíces del árbol, llevaba horchata de almendras para todos. Tío Tejón tocaba el Cumpleaños Feliz con su acordeón, y las ranas salían de su charca para ponerle sus preciosas voces a la canción.

Pero este año todo era diferente. Ardilla Roja se sentía triste. No se podía imaginar cómo sería su cumpleaños sin la excursión al río y sin sus amigos.

Cuando despertó el día de su cumpleaños, lo primero que hizo fue asomarse por la ventana de su habitación. ¡Hacía un día precioso! El cielo estaba azul, a lo lejos unas nubes blancas y esponjosas viajaban despreocupadas y el sol brillaba alegremente. Aunque no pudiera estar abajo correteando, Ardilla Roja se sintió feliz por ese día precioso. Sintió como si Madre Naturaleza hubiera preparado ese día, nuevecito y precioso sólo para él, y eso lo hizo sentirse muy especial.

Al salir de su habitación una sorpresa lo estaba esperando. Sobre la mesa encontró un rico desayuno: bellotas asadas, miel dorada y leche de nuez. Si hubiera sido un martes como cualquier otro, papá habría salido de casa antes de que él y sus hermanos se hubieran despertado. Habría tenido que vestirse rápido, y desayunar más rápido para irse a la escuela. Y habría tenido que esperar hasta el fin de semana para poder celebrar. ¡Pero hoy parecía que el mundo se había detenido para que pudiera celebrar su cumpleaños con su familia!

Mamá Ardilla, Papá Ardilla, Ardilla Roja, Castaña y Pequeña Ardilla compartieron el desayuno con toda la calma de un domingo. Al terminar papá le dijo: “¿Estás listo para tu día de cumpleaños, Ardilla Roja? Parece que hoy vas a tener muchas sorpresas”.

“¿De verdad?” preguntó Ardilla Roja ilusionado.

 “¿Recuerdas la tarta de avellana que hace la mamá de Orejitas?” preguntó Mamá Ardilla.

“¡Claro, mi tarta de cumpleaños favorita!” respondió Ardilla Roja.

“Pues la mamá de Orejitas me envió una nota con la receta y la explicación para hacer tu tarta favorita. Así que hoy vamos a hacerla tú y yo”.

“¡Yuhu!” gritó Ardilla Roja, la mamá de Orejitas les había regalado el secreto para hacer la tarta de avellanas. A partir de ahora podría prepararla siempre que quisiera y celebrar cualquier ocasión.

Pasaron una buena parte de la mañana preparando la tarta. Cuando estuvo lista toda la casa olía a cumpleaños. El buen olor de la tarta, salió volando por la ventana y entró en todas las casas de los vecinos que se sintieron tan contentos como si fuera su propio cumpleaños.

“¡Ahora la horchata de almendra!” dijo Mamá Ardilla. Castaña y Pequeña Ardilla vinieron también a ayudar y se divirtieron un buen rato pelando y machacando las duras almendras. Cuando el trabajo estuvo hecho los tres hermanitos se fueron a jugar.

A la hora de la comida papá y mamá llamaron a las ardillitas. En el suelo del salón habían puesto el mantel que usaban para ir de picnic. Y estaba la tarta, el agua de horchata, unos bocadillos que Mamá Ardilla preparó.

“¿Un picnic en el salón?” se sorprendió Ardilla Roja. “¡Esto no lo habíamos hecho nunca!”

“Como no podemos ir de excursión al río, haremos nuestro picnic aquí mismo, ¿qué os parece?” preguntó Papá Ardilla.


“¡Genial!” contestaron las ardillitas. Y ese sí que fue un picnic de cumpleaños muy diferente.


Cuando llegó la hora de que el sol se despidiera y la luna saliera a saludar, todos los vecinos se asomaron a las ventanas como hacían estos últimos días. Pero esta noche, después de cantar dulces canciones para arrullar el sueño de Madre Naturaleza, Ardilla Roja empezó a escuchar otra canción. Desde el río cercano sonaba la potente voz de las ranas y unas notas saltarinas llegaban desde la casa de Tío Tejón. ¡Era el Cumpleaños Feliz! ¡Y todos los vecinos lo estaban cantando para felicitarlo desde sus ventanas y balcones!


Desde luego, ese cumpleaños no fue como los otros. Pero fue un cumpleaños tan diferente, que Ardilla Roja lo recordaría siempre, siempre, como un cumpleaños de lo más especial.

Tuesday, March 24, 2020

Otro ratito para Madre Naturaleza



Ayer vi una frase que me encantó en la web de una amiga: "Si no puedes ir hacia afuera, ve hacia adentro". Me pareció un excelente remedio para estos momentos que estamos viviendo. Y me recordó que las palabras pueden tejer caminos que nos lleven justamente hacia adentro, y que también nos pueden abrir puertas y ventanas para salir al mundo, de otro modo.

Este cuento está pensado para niños pequeños de 3 a 6, más o menos. Lo escribí siguiendo las pautas de Susan Perrow para crear cuentos "sanadores", es decir, que nos ayuden a entender e integrar las situaciones difíciles que vivimos. Servirá únicamente para niños que estén viviendo la cuarentena acompañados de sus padres, o de otra figura de apego que represente calidez y confianza.

Desafortunadamente muchos niños no tendrán la suerte de vivir estos días de retiro en esa atmósfera de seguridad y cuidados, ellos necesitarán otro tipo de cuento, así como los niños más grandes para quienes este relato se quede pequeño por su lenguaje. Estoy en ello.

Espero que este cuentecito les ayude a transitar con sus pequeños estos momentos.


Otro ratito para Madre Naturaleza

Todavía quedaban algunas flores blancas y rosadas en los almendros, cuando los hermanitos Ardilla se despertaron en su casita, en el hueco de una enorme encina. En el campo las primeras florecitas blancas y amarillas, parecían flotar sobre la hierba tierna, como hacen las estrellas en el cielo. En el aire había suaves canciones de pajaritos. Pero el cielo seguía cargado de nubes y soplaba un viento frío.


        ¡Buenos días pequeños dormilones! –dijo mamá Ardilla a los tres hermanitos–. ¿Habéis dormido ya bastante?


        ¡Otro ratito! –contestó la más pequeña de las ardillas arrebujada en su mantita. Sus dos hermanitos, sin embargo, se pusieron a saltar enseguida y a dar vueltas por toda la casita.


Mamá Ardilla empezó a preparar el desayuno: calentó rica de leche de bellota y metió al horno un delicioso pan de nuez. A Pequeña Ardilla no le quedó más remedio que levantarse, entre el barullo que armaban sus hermanos y el buen olor de lo que preparaba mamá.


       ¡Ya está listo el desayuno, ardillitas, venid a la mesa! –anunció Mamá Ardilla.


Los tres hermanitos se acercaron a la mesa, felices de probar tan rico desayuno.


      ¿Cuando terminemos el desayuno, podemos salir a corretear por las ramas?

      ¿Y bajar a coger las flores?

   ¿Y subir a la copa del árbol a saludar a los pajaritos? –preguntaron los hermanitos, que habían dormido todo el invierno y estaban deseando salir del hueco del árbol a explorar y jugar con los vecinos.


      Mirad queridas ardillitas, mientras dormíais, Madre Naturaleza nos ha mandado un mensaje a todos los animales. Como sabéis, cada año al final del invierno, Madre Naturaleza despierta con gran alegría y, junto con ella, todos nos ponemos más activos, salimos de nuestras casitas, empezamos de nuevo a trabajar, a jugar y a celebrar juntos. Pero este año, Madre Naturaleza necesita dormir otro ratito.


   ¿Madre Naturaleza necesita dormir otro ratito? –preguntaron las ardillitas abriendo unos ojos enormes.

      –  ¿Cómo yo cuando se despertaron mis hermanitos? –dijo Pequeña Ardilla.


  ¡Exactamente! –contestó Mamá Ardilla –. Este año Madre Naturaleza necesita que la dejemos descansar otro ratito, y por eso, nos vamos a quedar a jugar y a trabajar dentro de casa durante algunos días más, así no la despertaremos con nuestros ires y venires.


    ¿Y no podemos salir a jugar con los vecinos?

    ¿Y a correr por el campo?

     ¿Y a hacer excursiones al río?


    Podremos hacerlo cuando Madre Naturaleza haya descansado el tiempo suficiente para sentirse muy fuerte y contenta.

    ¿Pero qué vamos a hacer todo el día aquí adentro? –preguntaron los hermanitos.

    ¡Pues tenemos muchos días para descubrirlo! –les contestó Mamá Ardilla.


Lo primero que hicieron las ardillitas fue limpiar y arreglar su casita. ¡Cómo disfrutaron barriendo y frotando, lavando y enjuagando! ¡Y qué bonito quedó todo!


Duespués hicieron circuitos por la casa y retos de muchos tipos. Inventaron muchos juegos, y mientras más jugaban más juegos se les ocurrían.


Con las bellotas y las nueces que tenían almacenadas en la despensa, aprendieron a hacer cuentas y a cocinar cosas muy ricas. Mamá Ardilla conocía muchas recetas deliciosas. ¡Y ahora podrían aprender a prepararlas ellos mismos!


Papá Ardilla también estaba en casa. Los ratitos que pasaban en su regazo eran de sus momentos preferidos ¡podían tenerlos todos los días!


A ratos con papá y a ratos con mamá, las ardillitas aprendieron a hacer muchas cosas nuevas y practicaron otras que ya sabían: como amasar pan, construir objetos bellos para decorar su casita, tallar madera, coser…Y a ratos ellos solitos disfrutaron también jugando, imaginando, construyendo mundos nuevos dentro de su habitación, cantando canciones, bailando…


Cuando echaron de menos a los amigos y la familia, Mamá Ardilla les dio una buena idea: encontrarse con ellos dentro del corazón:


     Cuando quieres mucho a alguien, un poquito de ese ser querido se queda a vivir dentro de ti: su sonrisa, su voz, sus gestos, sus abrazos. Así que siempre puedes recorrer el camino hasta tu corazón y sentir que estás con ese alguien a quien tanto quieres.


A las ardillitas les gustó mucho la idea. Y cada noche, antes de irse a dormir, pensaban con amor en todas las personas de su corazón, y era como estar un ratito con ellos.


Por la tarde, cuando el sol se acostaba y la luna salía a saludar, se asomaban todos a la ventana. Las luciérnagas iluminaban todos los huecos de los árboles, los nidos y las ramas. Así los animalitos podían ver a sus vecinos, y contarse lo que habían hecho durante el día. Luego todos juntos cantaban dulces canciones para alegrar el sueño de Madre Naturaleza.


No sabían realmente cuánto tiempo iba a durar ese “otro ratito” que Madre Naturaleza necesitaría. Pero lo que sí sabían era que en casa estarían juntos, disfrutando y aprendiendo, y cuando por fin Madre Naturaleza despertara y pudieran salir de casa, disfrutarían el exterior y los reencuentros más que de lo que nunca lo habían hecho.

Sunday, March 15, 2020

Consejos para el encierro


Resultado de imagen de ilustracion waldorf grimm

Ahora que tenemos que estar retirados en casa durante algunos días, podemos estar sintiendo angustia, ansiedad, rabia, tristeza, estrés. Pero no podemos negar que esta situación excepcional nos ofrece una oportunidad de oro para cambiar de ritmo, parar un poco, descansar, hacer cosas que la vida que llevamos no nos permite hacer, estar en familia (si vivimos con ella), mirar hacia adentro, estar con nosotros mismos…¡Claro que eso es justamente lo que puede parecernos más angustiante! Pero asumámoslo como un reto de superhéroes. Somos más fuertes de lo que creemos y seguro que, si nos damos la oportunidad, podemos descubrir cosas maravillosas.


Tanto si vivimos con niños como si no, hay algunas ideas que pueden servirnos en general: 


ü  Crea un ritmo relajado para transitar el día, no una rutina mecánica, que esa ya la tenemos todos los días, sino una frecuencia en la que podamos fluir a lo largo de la semana y que nos dé un poco de estructura. Eso hará que no se vuelva eterno y que cada momento cobre sentido.


ü  Date un momento de silencio: oración, meditación, respiración, lo que más te guste. Y llenarnos del mejor sentimiento que encuentres por ahí dentro: paz, agradecimiento, amor, alegría. SI te cuesta encontrarlos, recuerda algún momento feliz de tu vida y sencillamente deja que ese sentimiento te llene y se expanda.


ü  Un tiempo para tu cuerpo, un poco de mimo y un poco de movimiento: estiramientos, yoga,  una rutina de ejercicios, un poco de baile, una mascarilla limpiadora, un automasaje…


ü  Un ratito a nuestra mente: Teletrabajo, si lo tienes, o si no leer, resolver acertijos, hacer crucigramas.

ü  Un espacio para la creatividad y el sentimiento: dibuja, pinta, escribe, toca un instrumento, si lo tienes; asómate al balcón a cantar. Las cosas con música se llevan mejor.


ü  Aprovecha para hacer limpieza y ordenar el hogar ¡momento Mery Kondo!


ü  Date un gusto al día, pero evita comer compulsivamente.


ü  Manténte informadx y en contacto con los tuyos. Hoy en día eso es muy fácil gracias a internet y las redes sociales, ¡pero no huyas! Aprovecha para desintoxicarte un poco también de pantallas. Tus ojos y tu mente te lo agradecerán. Elige lo que ves, lo que lees y lo que compartes.



¿Y si vivimos con niños?

¡Pues más de lo mismo! Pero adaptado a su momento vital. Ellos necesitan moverse más que nosotros y, sobretodo, necesitan NUESTRO equilibro, para poder estar bien. Así que lo primero es:

Procura estar tranaquilx, flexibilízate y procura disfrutar. Recuerda que es una situación de excepción y que pronto pasará.


¿Cómo hacemos un ritmo llevadero para los niños en casa?
Alternando momentos de expansión y movimiento, con momentos de más concentración y calma: creamos un ritmo “respiratorio” de expansión-concentración. Por loco que parezca, así además reforzamos su sistema respiratorio que se basa justamente en esa alternacia. Así que un ratito de movimiento y juego, puede seguirse de otro ratito de pintar, armar puzles, leer o contar cuentos según su edad.


Dar en la imaginación lo que no podemos dar en la realidad
Como no podemos salir al parque, quizá alguna parte de la casa puede convertirse en parque durante un rato. ¿No tenemos sábanas, sillas, almohadas, mesitas? ¡Pues son fantásticas para hacer casitas y construcciones! Dales un espacio para crearlas y estate atentx para coordinar la recogida ANTES de que estén demasiado cansados. Una regla de oro que aprendí de Sandra Chandía: si el juego se vuelve demasiado expansivo (la casa entera como campo de batalla, por ejemplo) tenemos un problema. Por lo tanto: se puede usar la cantidad de juguetes (considerando que un juguete es todo aquello con lo que se juega) que el adulto pueda recoger con alegría. Porque, dependiendo de la edad de los niños, el adulto tendrá que hacerse cargo (coordinar, al menos) que luego todo vuelva a su sitio.


Mantener los patrones de sueño
Un niño cansado es un niño con poca resistencia a la frustración, sensible y malhumorado. Si habitualmente tiene una rutina que no le permite dormir todas las horas que necesita (entre 10 y 12 horas al día hasta los 7 años aprox.) esta es una magnífica oportunidad para dejarle dormir todas las horas que necesita. Observa y organiza el día en función de sus horas de sueño, ya que las duerma todas juntas por la noche, o que necesite una siesta a mitad del día.


Involúcralos en las tareas de casa
A los niños (sobre todo a los más pequeños) suele gustarles mucho participar en las tareas de casa. Dales un trapo y una tarea y estarán un buen rato ocupados y encantados.


Hagan cosas juntos
Manualidades, cocinar, hacer ejercicio, bailar, jugar juegos de mesa.


Evita lo más que puedas la sobreexposición a pantallas
¡Aunque es muy tentandor! Cuando un niño se sienta frente a una pantalla se sobre estimula su cerebro (y sus emociones) pero su cuerpo va reprimiendo la necesidad natural de movimiento, por lo tanto una vez que se desengancha, está muy cansado y desgastado mentalmente, pero su cuerpo va a intentar recuperar todo el rato que lleva inmóvil: muy mala combinación, cuerpo acelerado y mente exhausta.


Ya han circulado por las redes muchas ideas y recursos con ideas para pasar largas horas en casa con niños. Recomiendo especialmente a dos educadoras a quienes admiro muchísimo: Tamara Chubarovsky, que estará publicando cosas en su cuenta de Facebook. Y Sandra Chandía, a quien encontrarán en Instragram.


Y por último, para los niños que ya están en edad de primaria, podemos aprovechar para revisar algunos contenidos que están viendo en clase desde una perspectiva lúdica o artística, esto les permitirá relacionarse desde un lugar muy diferente con los contenidos y DISFRUTARLOS, ENCONTRAR SU BELLEZA y su VINCULARSE CON ELLOS.

Pueden encontrar buenísimas ideas para hacerlo en la página de Facebook y el blog de Alén de Ningures, que son especialistas en llevarnos a descubrir la magia de las matemáticas:



También tiene muy buenas ideas este blog: https://www.demicasaalmundo.com/blog/



¡Ánimo! Vamos a hacer de este tiempo de retiro, un tiempo de encuentro con nosotros mismos y con lo mejor que tenemos. En los momentos más oscuros podemos recibir los más luminosos regalos.

Ilustración de Jennifer Sherman