Thursday, February 24, 2005

Aventuritas en Madrid presenta: un típico bar español

Para Mago Cuéllar, para Óscar y para las señoritas de la mesa dos

Margarito Cuéllar vino a Madrid. Y ver a los amigos fuera de casa da una alegría muy especial. Así que en la primera oportunidad corrimos a verlo. Quedamos en la Plaza de las Ventas, la segunda plaza de toros más importante de España, un edificio imponente de estilo morisco, y nos propusimos llevarlo a un bar típico español para que disfrutara de un buen vinito y unas deliciosas tapas que, sobra decirlo, son la tradición.

Las tapas son el equivalente de nuestra botana. Y les dice así porque tradicionalemente se trataba de una rodaja de pan, untada de algo, que se ponía sobre los tarros de cerveza o los vasos de vino para que no les entraran las moscas.

En los bares a la antigüita todavía te la dan gratis en la compra de una bebida, cualquiera que esta sea. Y puede tratarse de un pinchito de la famosa tortilla de patata, o de unas aceitunitas, o de unos trocitos de chorizo, o un panecito con anchoas y tomate..Claro que también está el buffete clásico de “raciones”, donde ya se da el salto de un bocado a un platito y generalmente una canastita de pan. La variedad se amplía e incorpora, carne, mariscos, ensaladitas de todo tipo, cosas calientes, cosas frías, cosas fritas.

El extremo ya son los pinchos vascos, que han desarrollado toda una escuela gastronómica. Entrar a una taberna vasca es un horror, porque toda la barra, de principio a fin, está repleta de las más deliciosas combinaciones de cosas suculentas, de todos colores, sabores, temperaturas, texturas.

Pero esta vez nos conformamos con un bar típico cualquiera, así que bajando por la calle de Alcalá (y aquí mi papá canturrea la canción de Agustín Lara que por cierto tiene una estatua en el barrio de Lavapiés “cuando vayas a Madrid, chulooooona” ) encontramos el bar La Alambra. Nos pareció suficientemente típico así que entramos. La decoración era muy andaluza, con mosaicos, azulejos y hasta balconcitos con flores colgando del segundo piso. Solamente desentonaba la música.

Cuando entramos, Eddi Santiago cantaba sugerente mente mi canción favorita: Solo tú. El chico que nos atendió no ladró, al mejor estilo madrileño, sino que saludó con mucha amabilidad y nos sirvió nuestros tragos. Sospechoso, pero no tanto, en un lugar donde ser camarero es uno de los mejores trabajos a los que un extranjero "no comunitario" puede aspirar, no importa qué tan calificado esté. Luego vino el experto en salsa, sudaca a todas luces y cuando se nos ocurrió preguntar si tenían cocina, caímos en la cuenta de que el Bar la Alambra era un bar sudaca, venezolano, nada menos.

Así que acabamos comiendo yuca frita, quesito y patacón pisao. Mmmmmmmmm, ¡sabor de hogar! El colmo fue cuando por la puerta entró un arpa más grande que el hombre que la portaba al hombro. Luego siguieron guitarra y voz y se armó la fiesta llanera, viva la música venezolana.

Así que, de flamenco y palmas, no mucho. Pero visto de otra manera, el bar sí nos ofreció una experiencia típica de la ciudad, abarrotada de inmigrantes de los cinco continentes. Madrid es un poco así, aquí y allá uno se encuentra con nosotros, con quienes hemos salido de nuestros países y nos hemos instalado aquí de manera permanente o transitoria. Mezclados con los nativos nos hemos vuelto parte de la fauna española y es así como junto a las castañas asadas, una ecuatoriana vende elotes frente a la estación de Atocha; junto al bar Iberia en la glorieta de San Bernardo se encuentra un expendio de productos latinoamericanos, a unos poco metros del Barrio de San Juan Bautista se alza la mezquita más grande de España rodeada de tiendas árabes y en el centro de Lavapies se pueden encontrar completísimos supermercados chinos.

Eso es Madrid y eso son en mayor o menor medida las grandes ciudades europeas. Algunos españoles se quejan, pero como dijo no sé quién, nosotros solamente les estamos devolviendo la visita.

¡Salud!

Tuesday, February 15, 2005

La princesa bailarina y el guardián de la música

Salua era una hermosa bailarina de cabellos de oro. Cada día se ponía sobre sus piernas como una pequeña garza y se movía suavemente como si flotara. Todo lo que estuviera a su alrededor se transformaba mientras ella bailaba. Del suelo empezaba a brotar la hierba, nacían flores de las cortinas, crecían pájaros en la lámpara del techo, los sillones echaban ramas y hojas y luego frutos que llenaban con su perfume el salón. De las puertas de los armarios brotaban corrientes agua cristalina que muy pronto se llenaban de peces de colores nadando río abajo. El baile de Salua generaba una brisa ligera que lo mecía todo armónicamente. Lo único que faltaba era la música.

Salua iba de aquí para allá abriendo jardines secretos con su baile guiada por la Dama de la Danza y la verdad es que era bastante feliz. Pero un día sucedió algo inesperado.

La Dama de la Danza había prometido al Rey del Otro Lado del Mar que Salua bailaría para él. Sin embargo antes de salir de casa con el equipaje en mano, sonó el teléfono, y sonó de un modo poco común, así que Salua dejó su maleta en el suelo y corrió a contestar. Del otro lado sólo se escuchaba música. La música más bella que se pueda imaginar. Con el auricular en la mano, Salua vio cómo la música se extendía por el salón, alcanzaba la puerta y seguía avanzando allá afuera. Cogió rápidamente su capa y una cajita de dulces de oriente que guardaba con el mayor celo y salió a perseguir la música que se le escapaba. No hace falta decir que el Rey del Otro Lado del Mar se quedó sin su jardín secreto y que la Dama de la Danza se enojó tanto tanto que explotó haciendo ¡puff! y desapareció para siempre.

Siempre siguiendo, Salua llegó al lugar donde la música se detenía. Describiendo figuras caprichosas, letras de palabras desconocidas, dando saltos y marometas como una acróbata experimentada, la música avanzó por encima de la multitud, se sentó en un gorro verde y puntiagudo que se veía a lo lejos, y sólo entonces calló.

Salua empezó sin darse cuenta a dar pasitos impacientes, preguntándose cómo haría para llegar hasta ahí. En ese momento, un caminito de luz se abrió entre la gente y Salua se coló como una ráfaga de viento hasta la muralla de hombres que protegía al del gorro. Una vez ahí, con un ligerísimo movimiento de manos, brotó una puerta entre túnica y túnica que Salua aprovechó para precipitarse hacia el mismo centro del círculo.

Cuando el Guardián de la Música vio que nuestra bailarina corría a refugiarse en él, extendió su capa como un muro de noche sobre ella y todos los demás se quedaron fuera. En ese momento la música creció y creció. Era en un mismo canto el sonido de todos los amaneceres, el latido de las estrellas, el murmullo de los frutos mientras crecen y el aletear de las flores mientras se abren, las notas de todas las alas de todos los pájaros, la respiración del mar, el suspiro de la nieve, la risa de la tierra, el rugido del agua, el silbido del viento, el grito del fuego, la rotación de los planetas, el movimiento del universo.

¿Qué deseas? preguntó el Guardián con una sonrisa. Darte esto, y Salua le ofreció su pequeño tesoro de oriente. Los dulces eran su debilidad así que los aceptó encantado y la invitó a quedarse.

Salua pasó la tarde más deliciosa de su vida y cuando la noche llegó y tuvo que irse le dio mucha pena despedirse del Guardián, pero sin darse cuenta se fue envuelta en la música en lugar de la capa.

Muchas noches, muchas danzas y muchos jardines mágicos después, Salua tuvo un sueño: en él veía cómo la música trazaba un camino que llevaba una castillo entre palmeras. Ahí la esperaba el Guardián.

Nuevamente se puso en camino. Cuando llegó el Guardián estaba esperándola en la puerta. ¿Tienes algo para mí? le preguntó directamente, y entonces Salua se dio cuenta de que tenía entre las manos un corazón de miel. El Guardián lo recibió muy contento, hurgó a continuación entre su nocturna capa y extrajo de ella una cajita de música, tallada y adornada como una verdadera joya. Ten Salua, le dijo, éste es tu corazón.

Desde entonces, por donde quiera que pase Salua se alza la voz del Guardián y el hechizo de la música del universo. Y no sólo se abren jardines, sino bosques enteros, palacios y ciudades que se quedan danzando para siempre en los corazones de quienes las visitan.

Shams y el océano infinito

Cuando Shams era pequeñita, vio en un sueño el océano infinito, y nunca lo pudo olvidar. Desde aquel momento, desobedeciendo las órdenes de su padre el rey, se montó en un barco y se dispuso encontrar el océano que había visto en sus sueños.

Por supuesto, el barco que eligió no era un barco cualquiera. Éste podía navegar sobre las olas, pero también sobre las nubes, sobre los destellos de luna, sobre las copas de los árboles, sobre las dunas del desierto, entre la lava de los volcanes... Del palo mayor colgó la bandera de la media luna, recitó las palabras mágicas que le habían enseñado sus abuelos y zarpó.

Navegó por mares de todos los colores, preguntando a todas las criaturas si ése era el océano infinito. Todas le decían que sí, pero en cuanto Shams metía la punta de sus pies, o alargaba un dedo para tocarlo, toda el agua se evaporaba dejando al descubierto un desierto salado. Shams continuaba entonces su recorrido con gran decepción.

Cuando todo rastro de agua se terminó buscó los mares de fuego que duermen escondidos debajo de las islas o entre la tierra. Derramaban una luz y emitían un calor que verdaderamente los hacía parecer infinitos, pero en cuanto Shams soplaba sobre ellos, todo se apagaba y quedaban descubiertas sus orillas.

Se dirigió sin perder la esperanza hacia el desierto. Cada grano afirmó que su reino era infinito, pero cuando Shams gritó toda la arena salió volando en tormenta y donde estaba el desierto sólo quedó una especie de estanque vacío.

Shams miró hacia el cielo y descubrió olas de espuma sobre su cabeza. Tal vez ahí podía encontrar los que buscaba, así que Shams giró el timón y se dirigió hacia arriba. En cada cielo preguntó a los vientos si había encontrado por fin el océano infinito, y ellos, que eran experimentados viajeros lo afirmaron en cada ocasión. Pero cuando Shams se dispuso a olerlo, todo lo que había entró por su nariz y solamente quedó un hueco.

Triste y cansada de navegar Shams decidió atracar en el puerto donde descansan los marinos de los cuentos. Ató su barco, cruzó el muelle arrastrando los pies con gran tristeza y se desplomó en el primer taburete de la primera taberna.

Mientras recuperaba el aliento, un hombre se sentó junto a ella y le empezó a hablar. Al principio estaba tan harta de todo que ni siquiera lo miró, hasta que empezó a escuchar en el fondo de sus palabras un eco de olas lejanas. Cuando levantó los ojos y los fijó en el extranjero enturbantado sintió como si se precipitara por una cascada infinita, luego cayó en un mar de burbujas que le hicieron cosquillas infinitas y finalmente sintió que nadaba en un mar infinito.

Al contacto con su cuerpo el agua había adquirido un intenso color de miel, brillaba más que los mares de fuego, era más suave que todas las nubes del cielo y más tibio que duna más tibia del desierto. Shams nadó y nadó y el agua no fue a ninguna parte. Sopló y con su aliento alimentó las luz que brotaba de la superficie. Gritó con todas sus fuerzas y a su alrededor se hicieron ondas que sonaban como una antigua y dulce canción. Respiró hasta llenar sus pulmones y el mar los llenó de perfume.

Cuando volvió a mirar al hombre (no se podría decir si era casi un niño o si más bien parecía un viejo marino, pero en todo caso era muy guapo), Shams se dio cuenta que por fin había encontrado el océano infinito. Tomó su mano, subió a su barco y navegó océano adentro hasta el final del tiempo.

Monday, February 14, 2005

Medicina Natural

Por azares del destino llegó a mis manos un libro de Mawlana Shaykh Nazim sobre medicina natural. Es en pocas palabras como un recetario de abuelita. Transcribo aquí algunos de los remedios para males comunes:

ARTRITIS
Hervir pezuña de cordero con mucho agua hasta que se convierta en gelatina. Tomar algunas cucharadas por las mañanas antes de comer o beber nada más. Repetir durante 40 días.

CAIDA DEL CABELLO
Cuando laves tu pelo usa solo jabón de aceite de oliva o jabón de laurel. Después de lavado, frota el cuero cabelludo con aceite de oliva.

CASPA
Poner aceite de oliva y un poco de vinagre en el pelo y masajear con ello las raíces del pelo. Dejarlo al aire durante una hora antes de lavarlo.

COLITIS ULCEROSA (MORBUS CHRON)
1.- Tuesta, machaca y mezcla de 20 a 25 bellotas y mezclaló con un vaso de miel. Toma una cucharada cada mañana antes de comer o beber nada más.
2.- De 1/2 a 1 hora más tarde: mezcla ortigas picantes (guisadas como espinacas) con trigo, judías blancas y maíz. Añade azúcar o sal, como prefieras.
3.- Toma una gran cucharada de aceite de oliva una hora antes de la comida. No comas ninguna carne ni mantequilla durante 7 días, solo aceite vegetal, el mejor es el aceite de oliva. Es mejor comer solo cosas secas.

DIARRÉA
Tomar un cucharón de café molido muy finamente y mezclarla con zumo de limón. Una vez tragado debe ser seguido por un vaso de agua. Tras esto no beber ni comer durante varias horas.

DOLOR DE CABEZA
Existen muchas causas para los dolores de cabeza. Es importante diagnosticar porqué está doliendo la cabeza. A veces es otra enfermedad del cuerpo la que lo provoca. Si no es ése el caso, entonces es el sistema nervioso que duele en el cuello.
Hacer un masaje de la cabeza y del cuello.
Pon un pedazo de material empapado en vinagre alrededor de la cabeza.
Mezcla henna (alheña), clavo, semillas de mostaza, semilla negra y senna poods todo junto. Moler todo esto y mezclarlo con vinagre. Pon la mezcla en la cabeza y llévala durante 2 días.
Cubre tu cabeza en todo momento.
Hierve 15 judías oscuras de las grandes, bébete el agua y cómete las judías.

DOLOR DE DIENTES
Calienta vinagre con sal y haz gárgaras en el lado que duele.
y/o pon algunos ajos machacados en el agujero.
y/o chupa un clavo (especia) y ponlo en el hueco.

DOLOR DE ESTÓMAGO
Bebe té de menta ( o poléo ). Si tienes hambre, bebe el agua de arroz hervido.
y/o: tuesta semilla negra ( nigella sativa ) y después mézclala con miel. Cómelo.
y/o: toma una gran cucharada de aceite de oliva y bébetela.
y/o: mezcla 4 clavos (especia) en leche caliente y bébela con miel o con azúcar.

DOLOR DE OÍDOS
Tómense 1/4 cucharada de té de semillas negras (nigella sativa) y tuéstelas y muélalas. Añadir aceite de oliva, calentarlo y poner 7 gotas con una jeringuilla en la oreja cada mañana y noche hasta mejorar.

ESTRÍAS
Mezcla 1/3 de glicerina, 1/3 de limón y 1/3 de agua de colonia y da masaje a esas partes. También es un buen preventivo cuando se está embarazada.

GARGANTA IRRITADA / COMIENZO DE RESFRIADO
Toma algo de agua caliente, zumo de limón exprimido y haz gárgaras cada mañana, tarde y noche. Beber también esto varias veces al día añadiendo la piel del limón. Miel y algo de jengibre molido.

GASES
Beber té anisado cada mañana, tarde y noche.

MENSTRUALES
Para todas las enfermedades de los órganos femeninos usa 1/2 cucharada sopera de mantequilla y mezclalá con 1 cucharada de miel. Cómelo en ayunas y espera una hora antes de tomar nada más.

TEMBLORES DE LA EDAD AVANZADA
Derretir algo de ámbar en una cuchara y siempre que haya algo líquido, sea frío o caliente, remueva la bebida con la cucharilla de ámbar.

Continuará...

Saturday, February 12, 2005

Pan árabe y tortillas de harina

En el Cairo aprendí a comer con tortillas, es decir, a usar la torilla como extensión de la propia mano y prescindir de cuchara y tenedor. En casa éramos tantos que los cubiertos apenas alcanzaban, lo que había de sobra era pan. Un pan finito, redondo y suave, casi como una tortilla de harina que los árabes usan con la mayor destreza para llevarse la comida a la boca, sin importar qué tan caldoso sea el guiso.

En México muchas veces vi a gente cercana cortar un trozo de tortilla, hacerlo cucharita, recoger una buena porción de comida y engullirla felizmente, pero nunca me vi con la habilidad suficiente para repetir el gesto. En cambio ahora me salió bastante bien. Tal parece que a mí me ha sido necesario (como en el cuento del rabino de Varsovia) irme de casa para descubrir lo que tengo en casa.

La comida árabe es un pecado. Una mezcla de sabores, de texturas, de temperaturas difícil de resistir. Y lo peor es que las mamás árabes son peor que las mexicanas en ese tema de “un poquito más” “aliméntate” “te hace bien” “lo preparé con mucho cariño” es decir, que con tal de hacerlo a uno tragar todo se vale. En general, la comida se sirve en grandes fuentes que se ponen en medio de la mesa (ya sea una verdadera mesa o una mesa-alfombra en medio del salón) y cada uno va atacando desde su posición. Hasta ahí todo está bien, porque eso permite disimular tanto las faltas como los excesos. El problema viene cuando a uno le dan un plato para tres personas que debe comerse él solo. Y el verdadero problema es que la comida está tan pero tan rica, que en contra de sus propias tripas, de sus propias dimensiones humanas, uno se lo termina tragando todo. y rogando a Dios que no venga la mamá en seguida a decir: ay, que bueno que te gusto, te doy más, con la cuchara repleta en la mano.

Menos mal que como remedio al cusucus de cordero, las patas de vaca, los fideos al vapor de Nwara, el arroz con pasas blancas y almendras, el cordero asado, las tripas rellenas de arroz con especias, la deliciosa shorba de mis amores (la sopa más rica del mundo sólo comparable con el pozole), los litros de sharmula y los kilos de ensalada, está el bendito msier.

El msier es una bebida ácida y picante a base de limón y chile verde con un poco de ajo y de comino, donde se ponen a marinar zanahorias y pepinos frescos. Pica de verdad, pero un buen vaso de msier después de la comida sabe a salvación.

En Egipto como en México la comida se vende por las calles, a todas horas y en todo lugar. No sólo la comida típica egipcia (ful y tamía) y la árabe, sino también aquella que para un tercio de la población mundial, a estas alturas de la globalización, representa “el sabor de hogar”. Cuando nuestros organizamos occidentales ya no podían más de comino, canela, baharat, cruwiya, les dábamos un merecido descanso de sabores exóticos con Kentuchy Freid Chiken, McDonalds, Pizza Hut, Carl’s Junior e incluso Chilis en su versión “sobre el Nilo”. Escandaloso pero cierto.

La verdad, es que también hay otros sabores no globalizados que compartimos sin saberlo, por ejemplo: un guiso con huevos, salsa de tomate y carne seca (¡mi machaca con huevo!!!!), jugo de caña de azúcar y una miel de dátil que yo juraría que en realidad es de piloncillo.

Por las calles se puede encontrar comida de todos los rincones del mundo árabe y de todos los rincones del mundo occidental. La leyenda cuenta que incluso hubo una vez en el Sheraton un buffet mexicano, y que era tan picante que nadie se lo pudo comer. Por las calles la gente vende, compra y bebe té. A la hora del receso las dependientas de las tiendas de ropa, los conductores de taxis o de carretas de caballos, los vigilantes, se apostan junto a su centro de trabajo y beben té tranquilamente. El Cairo es una ciudad desquiciada, pero su gente conserva la calma y puede que incluso conserve la felicidad.

La belleza escondida

Para mí, la felicidad en el Cairo, además de una convivencia deliciosa con una familia absolutamente deliciosa, consistió en descubrir pequeños rincones de paz, incluso cuando se tratara de rincones de paz rodeados de gritos y empujones, por ejemplo: el gran bazar, el Khan Khalili. Un laberinto, aunque no como yo me lo imaginaba. A nivel del suelo es un mercado más. Eso sí, tiene de todo: artesanía, perfumes, especias, joyas, teterías, peleterías, ropa, zapatos, alfombras. Pero levantando un poco la vista uno descubre que el mercado está situado en una zona de antiguas mezquitas y edificios de ensueño. El Cairo es un poco así, la belleza está escondida, silenciada o silenciosa, hace falta mirar más allá de las cosas para encontrarla. Una antigua madraza en desuso, una gran mezquita del otro lado de la calle, una puerta, un arco, una media bóveda totalmente ornamentada.

Mi lugar favorito, sin duda alguna, es el makam de Saida Zainab, la hija mayor del Profeta. Se trata de una mezquita que reposa como una isla en medio del tráfico. Entrar ahí es entrar en otro mundo. Es grande y luminosa y blanca. Al contrario que algunas mezquitas que andan por el mundo, en el lugar de oración de las mujeres no se ha descuidado ni un detalle: la iluminación es suave y perfecta, la alfombra no tiene un pero, todo se siente limpio y espacioso, y lo que divide esta sección del lugar de oración de los hombres es una serie de biombos bajos de madera oscura, tallados como una celosía. Por encima puede verse la totalidad de la mezquita, con sus columnas, sus arcos, sus cúpulas. Dentro la gente duerme, come, medita, reza.

Entre la sección de hombres y la de mujeres está la tumba de Saida Zainab. No sé difinirla sino como una minúscula “capilla” donde se encuentra la tumba resguardada por puertas de plata. En lo alto: la cúpula más maravillosa que yo haya visto en mi vida.

Estar ahí es sencillamente hermoso, se siente una paz, una alegría, una armonía perfectas. Pero la verdadera belleza de este lugar tiene una especie de velo. Porque cuando uno se va de ahí el makam de Saida Zainab empieza a crecer dentro del corazón y a brillar con su verdadera luz, a desprender su verdadero perfume y su verdadera dulzura. Y cada vez que regreso por el camino de la memoria, no encuentro ya la mezquita enraizada en Egipto, sino que entro directamente a la mezquita que tengo en mi corazón y lo único que puedo decir, es que a su belleza sólo le conviene el silencio.

Mucho mucho ruido

De día y de noche el Cairo hierve de ruido. Es una de estas ciudades de las que se dice que nunca duerme y a este especialmente el pulso se le puede tomar por el sonido de los claxons que no se termina.

Los coches van pitando sin razón aparente (no es que en las calles del Cairo falten motivos para pitar, pero por lo menos el 60% de los claxonazos sí se los podrían ahorrar). Yo creo que lo hacen como medida para controlar el estrés, o simplemente para hacer acto de presencia entre la marea urbana. La música sale de todas partes, la estruendosa llamada a la oración no puede dejar a nadie indiferente y siempre hay alguno que pone a todo volumen en el coche o en la tienda o en la casa una cinta o una estación de radio con recitación del Corán.

Por las noches, nuestra familia organizaba su propio ruidero. Las ollas de la cocina, las palmas y la voz eran el instrumento principal. Luego iba rodando el pañuelo de atarse en la cadera y ¡a bailar! Los más animados eran los chicos de 8 a 10 años, pero nadie despreciaba su turno al bat: sobrinos, sobrinas, tíos, tías y hasta la misma Ummi, máxima líder del clan, pasaba entusiasta al centro de la fiesta, con la cabeza cargada de canastas si era necesario. Leyla se mostró desde la primera noche como la profesional del movimiento de caderas e incluso hizo gala de sus saberes mostrándonos la diferencia entre el estilo tradicional libio y el egipcio. Pero el resto no se quedaba atrás. Hay que decir que la mexicana (o sea yo) y la malagueña (o sea Kalthomy) hicimos muy bien nuestro papel armadas del sabor latino y la rumbita flamenca.

Cada uno sorprendió con su estilo y en la locura de la fiesta a unos les dio por brincar en la cama de la única hermana dormida y a otros (Qays con su junior en los brazos) darle a la lámpara de techo.

Con el paso de los días se agregó a la orquesta una verdadera darbuka y un pequeño laúd. ¡Y eso sí fue la apoteosis!

En estas fiestas, por supuesto, no podía faltar el grito tradicional de las mujeres que no sabría transcribir, pero que suena a grito de guajolote y a mí siempre me hace pensar en las mujeres cócono de los montes norteños. Cada vez que hay un gran motivo colectivo de alegría todas las mujeres gritan al unísono.

Una de estas noches tropicales descubrimos en la tele un concierto de Amr Dieb, el hit musical del momento en el mundo árabe. Se trataba de una transmisión desde Dubai y todo el mundo (en la tele pero también en la casa) se sabía las canciones completas y las cantaba con gran emoción. Según parece éste hombre joven, guapetón y con gran feeling, es el ídolo de millones y millones de personas en el mundo árabe. Y nosotros sin saberlo.

Al día siguiente corrimos a la tienda de la esquina a comprar el disco, y de paso nos trajimos música para mover las caderas y música del recuerdo para administrarnos dosis de nostalgia.

Ahora en lugar de poner a Chayanne para barrer la casa, pongo Belly Dance y me muevo como Tongolele. ¡Arriba el norte (de África)!

Tuesday, February 08, 2005

Un nuevo vicio

A lo largo de mi vida he tenido diferentes vicios, todos ñoños, eso sí: desde chuparme el dedo hasta repetir las cosas muchas veces, pasando por ciertas lecturas, ciertas personas...Mi nuevo vicio son las palomitas de maíz. Lo descubrí hace muy poco, cuando me encontré a mí misma rondado las salas de cine no precisamente por le interés de ver una película. No sé si mi nueva adicción tiene que ver con la nostalgia del cine (léase con la canción de Mecano de fondo), con el recuerdo de personajes y de historias dentro y fuera de la pantalla, o con la nostalgia del maíz.

En estas tierras gachupinas el maíz no se consume. Ni en sueños se encuentra un elote fresco en el súper, olvidémonos de maíz pozolero, harina de maíz o cualquiera de sus derivados (¡oh dios! ¡las tortillas, los tamales, los sopes, etcétera, etcétera). Lo más cercano es ese elote amarillo y dulzón, siempre en lata o congelado. Yo me he esforzado, he calentado esos elotes industrializados y los he pusto mayonesa, limón y chilito, pero nunca será lo mismo. Me he puesto morada (o sea, llena a reventar) de fritos de mercadona hechos con harina de maíz y saborizados con barbecue, pero nada.

Afortunadamente he descubierto las palomitas de maíz, hechas en casa al estilo antiguo, es decir, sin horno de microondas, que no tengo, sino puestas en una olla al fuego y, seguramente (no me he visto por detrás) removiendo las caderas en vez de romover la olla con las palomitas como hacía mi mamá.

Total, que desde que tengo este nuevo vicio un día sin palomitas es un día sin alegría. ¡Menos mal que hasta ahora no me ha hecho falta prescindir de ellas!

Salud.

Monday, February 07, 2005

Pinche Galatea o Un capricho ineludible

(...) y tú estás insensible, Galatea.
Metamorfosis XIII, Ovidio


Era tu hado ser ciego,
que tu único ojo quedara
eclipsado por blanca mano.

Y no fue Galatea
luna bastante
acariciando de Acis el cuerpo,
no fue bastante blanco su seno
para oscurecer tu ojo.
Tuvo que ser Odiseo
el candente olivo
que abrasara tu sol de media frente.

Tu balido despierta, Polifemo
y son al unísono tus cabras
gimiendo ya no rojas
crepúsculo de sangre
sino más que nunca oscuras.

Nadie te ha cegado,
resuenan los montes fatigados
nadie escucha
y ha salido huyendo nadie de tu furia
de tu noche enloquecida.

Desplazas la roca
naces llorando de tu cueva
buscas, ciego, a nadie
das tumbos en tu carrera
vence la sombra tu cuerpo erguido
y manos en tierra
palpas,
buscas a nadie con tus dedos.

Los dioses conmovidos,
vuelven metal a los cíclopes durmientes
ponen línea recta a tu trayecto.

Abrazan tus miembros el riel frío
te precipitas
tus piernas encogidas ya son discos
tus brazos accionan sus nuevos mecanismos:
giran.

Tu ojo deslumbrante brilla herido,
del humo la columna no cesa
y la sangre al viento, vuelta rocío
sube al cielo y se dispersa.

“¡Nadie! ¡Nadie!” sobre las vías
“¡Nadie!” la máquina de tu cuerpo
tu ojo deslumbrante brilla herido
la mano de Ulises ciega al cielo
(cielo rojo, pardo, negro).

Asoma tatuado con la liebre
de insensible Galatea el blanco seno.

Misr omu dunia

Tomar un taxi en el Cairo es arriesgar la vida, cada taxista es un asesino a sueldo. En sus avenidas se cruzan lo mismo un mercedes que una carreta de burros o un hombre en bicicleta con una enorme canasta de pan en la cabeza; lo mismo un hombre de origen campesino con túnica y turbante en la cabeza, que un ejecutivo de traje a lo occidental; lo mismo una mujer de falda corta y melena suelta que una cubierta de pies a cabeza (ojos y manos incluidos) de color negro. A partir de aquí: todos los matices posibles.

Por las aceras no se puede andar de tanta gente y para cruzar la calle es necesario extender la mano en señal de alto, encomendarse al ángel de la guarda y lanzarse al vacío, o mejor dicho, al súper lleno infinito interminable de todas horas.

El aire está lleno de smog y de bocinas de coches, excepto a las horas de la oración, cuando todas las bocinas del Cairo, una ciudad de casi 17 millones de habitantes, se ponen a gritar que Allah es el más grande. La gente reza por las calles en rezaderos comunitarios o en su propio puesto de trabajo, junto a su caseta de vigilancia, detrás del mostrador, al lado de su escritorio.

Los antiguos palacios del imperio otomano son ahora sede de los nuevos imperios turísticos: el Sheraton, el Hilton, el Marriot. En el cielo Coca-cola, Sanyo, General Electric, Sony, y otras grandes estrellas multinacionales brillan con una potencia de muchísimos watts de neón. Un poco más abajo, los minaretes de las mezquitas en verde fosforescente delatan su presencia.

El Nilo se pierde entre el mar de coches. Por sus aguas navegan de día lanchas súper veloces de la policía color rojo pasión, barquitas para cruzar de un lado a otro, restaurantes flotantes, y por las noches trajineras-disco con su techo de luces de neón, música punchispunchis con dejos arabescos y gente bailando encima de las mesas.

Ni los franceses ni los ingleses se ocuparon de construir la ciudad colonial que yo me imaginaba pensando en el Cairo (al-Qahira, la que te abate). Eso sí, casi todos los letreros públicos están además de en árabe en inglés o en francés.

Continuará...