A veces, como al joven de la perla, se me olvida quién soy, pero cuando me releo me acuerdo:
SocorroExplotó
como una estrella vieja
o un vaso que cae
el cuarto húmedo y tibio
los muebles durmiendo en sus sábanas.
En el atrio sombrío todo volaba
remolinos de mariposas
madera, tierra,
los bancos enanos donde comían,
el refri.
Entre el huracán los vestidos,
las sábanas de nata,
los libros
cerca del cielo fotografías
las flores del patio
cajitas llenas
pedazos de escalera.
Pequeños tornados
trepando por una cuerda
invisible hasta el cielo.
Ella, la niña,
miraba con cara gris
la fiesta de huracanes
de palabras que se iban
voces extintas
guitarras
piel, cabellos.
Tras la puerta de vidrio
y la explanada
un grupo negro miraba.
¿Por qué lloran?
¿Alguien ha muerto?
Los muros de la iglesia resplandecían de flores
era una de esas tardes amarillas.
Ella, la madre,
era la estatua de un ángel
recogiendo a los heridos en la guerra,
tenía una bandera en la mano,
a sus pies las maletas.
Ella, la niña vestida de negro,
sabía que el final de la tarde
era la orilla del mundo.
En la caja gris no estaba
sino su carne enferma,
su piel no tenía la sonrisa del sueño
por sus ojos
portones de acero
había salido la última luz
y había cerrado con llave.
Los cabellos de fuego
congelados
marchitos
no tenían más el ondular de las flores.
El hada se quitó el vestido
y lo puso a secar
en la tarde helada de octubre.
De fuegoSólo yo puedo decir:
“Tengo un pájaro de fuego que me habita
se revuelve en mi fondo
ilumina mis llagas
se levanta de pronto
y sus plumas
despuntan en todos mis poros
gritan de fuego en todos mi poros
Tengo un ángel que me ronda
pesadamente
un ángel tan bello
y tan triste
como la muerte de una madre
me asomo en él a mi propio abismo
en el fondo hay un pájaro de fuego
y unos ojos que me miran
desde el principio del mundo”
Cautiva¿Quién, si gritara yo, me escucharía entre los coros angélicos? R. M. Rilke
Me mirabas silencioso
desde la sombra.
A punto de dormir
entraste fijamente.
Tu figura se alargó por mis paredes.
Inmóvil sobre la cama
tu respiración.
A mis espaldas,
las manos atadas por tu mirada,
el corazón, el cuerpo,
había que atender,
dejarlo todo.
Asaltabas las puertas,
agujero negro.
La misma hora,
las mismas cosas convocaban
tu llegada,
tu temida, invisible
llegada sin nombre,
sin rostro,
sin manos que golpearan o acariciaran,
que escribieran en las paredes.
Y era mirarnos,
las horas enteras de la noche,
sentirte ahí
en la esquina del cuarto,
todos muertos sobre sus camas
y yo viva
sin preguntar,
o pedir tu voz
si la tenías,
o pedirte cerca,
ángel furioso,
sin saber si tu furia era conmigo
o contra mí.
Vencida al fin
bajo tu mirada
dormía.
A veces creía encontrarte,
acechando en el rincón
oscuro de la luz.
Nunca me atreví a pedir tus manos,
¡con cuánto amor
me hubieran destrozado!
Nunca me atreví a pedir tu nombre
¡hubiera resonado luminoso hasta matarme!
Y ahora
¡qué terrible don
sentir tus manos,
venidas para arrastrarme
manos de la sospecha helada!
¿Crees que sobrevivo a la visión?
¿Crees que el vértigo no mata?
¿Cómo viviré sin la asfixia,
sin respirar entre tus alas hasta ahogarme?
¿Cómo miraré la luz
si la noche de tus alas me ha cegado?
¿Por qué susurraste
tu nombre acantilado?
¿no sabías que ahora
seguiré cayendo,
mi sangre tiñendo las paredes,
anegando los bordes?
¿no sabías que caeré,
contra las peñas
mi corazón aquí,
mi piel allá,
el alma en cada golpe
de piedra
sin acabar de morir?
¿no sabías que entregaría todo a la caída?
¿qué te hizo mostrarme, ángel mío, tus ojos?
¿me querías cautiva, cayendo siempre?
¿Por qué tenías que ser
el ángel más terrible?
¿Por qué encontrarte oscuro
entre las sombras de mi noche?
TravesíaEl cielo se deshace sobre mi techo,
moja mi paso por las calles
y quisiera
deshacerme en jirones como el cielo.
Camino y desde la acera
escucho el canto de las sirenas.
Nadan en charcos de aceite
y sus cuerpos se roban todos los colores,
sus largas cabelleras
sobre el pavimento flotan
y el viento las extiende por la superficie acuosa.
Una de ellas se peina
y la otra
nada hacia el poniente
diciendo adiós con la mano.
Sigo mi ruta y un par
de anónimos pretendientes
montados en su carro
suenan la bocina y saludan,
con largas sonrisas como escudo.
Una ambulancia
levanta en su carrera hojas caídas
y recuerdo en su grito mi propio llanto.
Circe cruza la calle:
su falda tan corta,
sus malditas caderas
hacen suspirar a los marinos
y les arrancan miradas
bastante puercas.
No quiero saber de las Circes
que cruzan tus calles.
La esperanza de un hijo
que cruce el mar para encontrarte
la ha echado por la borda
el tubo de Predictor
y finalmente mi propio cuerpo
que llega tarde a la cita
y llueve.
Ítaca¿Volver?
¿Al esmog, los camiones,
las calles inundadas?
¿Volver con esta adicta a las apariencias,
envuelta en su traje glamoroso
de mundo primero?
¿Volver a la sordera de los hornos,
al mito del trabajo y el progreso,
a las chimeneas que se alzan
como miembros orgullosos?
¿Volver aquí donde los puros
se dan baños de cerveza,
donde la vida limpia vidrios
a cambio de miradas de dos pesos?
¿Volver donde te siembran
cicatrices de concreto en los pulmones
para que corran autos?
¿No sabes, Odiseo,
que en el mar
la vida es más sabrosa?
Si yo, como tú, fuera navegante
y flotara mi palacio entre las olas,
volver no estaría en mi diccionario.
A menos, por supuesto,
que una reina como yo,
estuviera esperándome en casa.
SirenasYa ni siquiera cantan,
ahora bailan
y se desnudan
alrededor de cualquier mástil.
Penélope costureraPara sacar al niño adelante
tuvo que pasar
su juventud cosiendo.
Textiles de Ítaca S.A.A muchas las abandona el marido,
pero ésta
hizo de su consuelo un emporio.
Agamenón¿Qué culpa tengo yo
de que la puta de mi cuñada
esté cogiendo con otro?
VíctimaEl apuesto Paris me sedujo,
pero les juro
que yo no quería.
Pelea de barrioCon la cadena que cuelga del pantalón
Teseo le dio muerte.
Ahora no puede volver al Laberinto,
lo busca la policía.
Polifemo(...) y tú estás insensible, Galatea.Metamorfosis XIII, Ovidio
Era tu hado ser ciego,
que tu único ojo quedara
eclipsado por blanca mano.
Y no fue Galatea
luna bastante
acariciando de Acis el cuerpo,
no fue bastante blanco su seno
para oscurecer tu ojo.
Tuvo que ser Odiseo
el candente olivo
que abrasara tu sol de media frente.
Tu balido despierta, Polifemo
y son al unísono tus cabras
gimiendo ya no rojas
crepúsculo de sangre
sino más que nunca oscuras.
Nadie te ha cegado,
resuenan los montes fatigados
nadie escucha
y ha salido huyendo nadie de tu furia
de tu noche enloquecida.
Desplazas la roca
naces llorando de tu cueva
buscas, ciego, a nadie
das tumbos en tu carrera
vence la sombra tu cuerpo erguido
y manos en tierra
palpas,
buscas a nadie con tus dedos.
Los dioses conmovidos,
vuelven metal a los cíclopes durmientes
ponen línea recta a tu trayecto.
Abrazan tus miembros el riel frío
te precipitas
tus piernas encogidas ya son discos
tus brazos accionan sus nuevos mecanismos:
giran.
Tu ojo deslumbrante brilla herido,
del humo la columna no cesa
y la sangre al viento, vuelta rocío
sube al cielo y se dispersa.
“¡Nadie! ¡Nadie!” sobre las vías
“¡Nadie!” la máquina de tu cuerpo
tu ojo deslumbrante brilla herido
la mano de Ulises ciega al cielo
(cielo rojo, pardo, negro).
Asoma tatuado con la liebre
de insensible Galatea el blanco seno.