Una cuarentena polémicaComo les decía, yo me había propuesto pasar cuarenta días sin salir de casa según recomienda la tradición sufi. Claro que para que esos cuarenta días sean realmente de beneficio es necesario que se cumplan una serie de condiciones. Sin ellas, lo más probable es que la madre y su bebé (como me pasó a mí la vez anterior) enloquezcan o terminen con una depresión de caballo.
Las condiciones son: en primer lugar, ayuda; en segundo lugar, ayuda; y en tercer lugar, sí, adivinaron, más ayuda. Para que la mamá pueda centrar toooooodas sus energías en sí misma y en su bebé. Debe haber alguien que cuide de ella de pe a pa, que se encargue de la casa, de la compra, de la limpieza y de los otros hijitos si los hay. Pero eso es imposible en los tiempos que corren, dirán ustedes. Sí, es difícil, pero no debería serlo. Si viviéramos en verdaderas comunidades donde las personas se conocen, se aprecian y colaboran unas con otras, o si estuviéramos simplemente cerca (geográfica y emocionalmente) de nuestras familias extensas como sucedía antes y como sigue sucediendo en algunos lugares, es más que factible, es un regalo para toda la comunidad.
En mi caso empecé con el pie izquierdo porque el bajón físico trajo bajón anímico, pero una buena charla con mi amiga Medina (que ha tenido cinco niñas al más riguroso estilo sufi) me sirvió para centrarme y volví a abrazar mi expectativa de cuarentena como un momento que la vida me regalaba para Mí. Y dejé de preocuparme por los demás. ¿Y mi Halima? Pues le tocaba desvincularse de su mamá y vincularse con su papá y con otras personas amorosas dispuestas a cuidarla. ¿Y mi santo marido? A cuidar mujer y niña, hacer compra, gestionar casa, etc.
Gracias a Dios tuve desde el primer momento tooooda la ayuda que necesité. Nada más parir, Wafa trajo un caldo de gallina: el básico marroquí para reponerse del parto y empezar a criar. Durante la noche, Saída hizo guardia junto a mi cama y se levantó cada vez que despertaba la bebé (y eso son muchas veces) para cambiarla ella misma, para ayudarme a ponerla al pecho, para llevarme hasta el baño (me mareaba al levantarme así que necesitaba madrina hasta para eso). Los primeritos días estuvo también Samia que se hizo cargo de Hali, de Fátima y de mí (Samia es muy poderosa).
Y cuando Samia se fue vino Santa Gungui. Santa Gungui es mi madrastra asesina, lo que ella no sabía es que venía a ponerse en las garras de la hijastra malvada y la nieta malvadina ¡pobrecita, la que le esperaba! La abuela venía preparada en plan Mery Poppins con miles y millones de actividades como para entretener a doscientas Halimas durante muchas cuarentenas. Pero no contábamos con la tormenta emocional de las princesas destronadas. Y resultó que Halima no quiso jugar a ningún juego de los traídos por su abuela, ni ir al parque, ni a la biblio, y se dejó preparar en las mañanas para ir al cole y atender cuando volvía nomás porque no le quedaba de otra. Como se imaginarán, la niña quería que todo se lo hiciera su mamá, y no sólo eso, sino que se dedicó a descargar su frustración y tristeza con(tra) su santa abuela. ¡Oh dolor, oh ilusiones rotas! no sólo de la abuela, sino de todos los que esperábamos tener una Halima ocupada y feliz y nos encontramos con la manzanita envenenada.
Debo decir, que tres semanas después cuando la Gungui se fue, Halima lloró amargamente y sólo quería que viniera su abuela a hacerle el desayuno. Pero mientras que Halima no se dejó cuidar por su abuela, yo aproveché. Mi Cecy me preparó cuanto se me antojó: mis doscientras infusiones, mis manzanitas al horno, mi comida continua de 24 horas. Se encargó de que mi mesita estuviera todo el día y la noche llena de cositas ricas que comer y limpia de platos y vasos sucios. Cuidaba a Tátima para que yo me pudiera duchar, hacía la compra, cocinaba, lavaba platos, ponía lavadoras, recogía. Por si fuera poco la tuvimos a dieta de juanguiches de queso, porque todo lo que a mí se me antojaba eran cosas del mar, y como ella es buceadora, es incapaz de comerse a sus amigos marinos. ¡Pobre! Creo que para ella habrá sido como una estancia en el castillo de Maléfica, pero para nosotros fue una auténtica bendición.
Mi querida madrastra me cuidó como una verdadera Hada Madrina, y gracias a ella estuve acompañada y cuidada durante tres valiosísimas semanas: la primera se me fue en recuperar las fuerzas, por lo menos para no marearme cuando me levantaba y recuperarme de los puntos (¡ouch!). La siguientes dos semanas el tema central fueron las grietas.
Para quien nunca haya tenido gritas, puedo decirles que es como el mito de aquél dios encadenado a una montaña, al que un águila venía a comerle las entrañas. Sólo que esto en vez de una vez al día es “a demanda” o sea cada hora y media aprox. ¿El remedio? Hacer topless todo el día y toda la noche, y untarse aceite, miel, lanolina o cualquier cosa que regenere la piel en chinga y no le haga daño al bebé. Duraron tres semanas, motivo de gran alegría, porque la vez pasada tuve grietas tres meses enteros. Eso es tener ganas de amamantar.
Antes de que sonaran las doce campanadas del viaje de la abuela, Kalthumy vino a rescatar a la pequeña princesa de las garras de la soledad ¡menos mal! Un fin de semana muy breve, pero una buena transición a la vida sin ayuda las 24 horas.
Como yo estaba muy a gusto en mi casa y no tenía intención de salir, llamamos a Asmae. Una hermanita postiza que ya en otra ocasión había venido a acompañar a Hali. Heroicamente, empecé a levantarme por las mañanas para darle a Halima el desayuno y prepararle para el cole. También me saltaba la siesta del medio día (que Fátima dormía como tres horas seguidas) para recibir a Hali y darle de comer. Entonces llegaba Asmita. Y Hali felizmente se iba con ella al parque, a la biblioteca, a la piscina de bolas, al súper, a la farmacia y a donde hiciera falta. Yo podía ocupar mi tarde en atender a la bebé y descansar.
Fueron días muy felices de tranquilidad, silencio, descanso, paz. Momentos muy largos de contemplar a mi bebé, de olerla, abrazarla, hacerle mimitos, dormir con ella y de estar conmigo misma, alejada del mundanal ruido. No se me antojaba nada el jaleo de la calle, ni tener la cabeza ocupada en cuentas o en compras o en vanalidades callejeras. No se me antojaban charlas forzadas con vecinos ni dependientas. Estaba tan “abierta”, con el corazón tan expuesto y los sentimientos tan a flor de piel, que me vinieron muy bien esos días en el titiriglobo. No hice nada especial, pero fue una auténtica luna de miel con mi bebita. Nos hizo mucho bien a las dos (y creo que a los cuatro, en realidad) darnos ese tiempo.
Ahora estoy feliz de volver a ver mi amigas, de llevar y traer a Hali al cole, de hacer cosas juntas por la tarde con Fatimina colgada de su saquito o montada en su súper carriola.
En conclusión
La primera vez que hablé con mi hermana después del parto le dije: recuérdame que no tenga otro hijo, y si lo tengo, recuérdame que me compre una cesárea. Pensaba con envidia en los hospitales-hotel de Monterrey en los cocteles de anestésicos y otros fármacos felices, en esa ilusión de pasar por un parto como si no hubieras pasado por él, sin dolor, sin cansancio, sin descubrimientos tremendos... No sé si tendré más hijos, pero si llego a tenerlos no sabría parir de otra manera. Ni querría hacerlo.
Con mi primer parto pensaba que la matrona estaba ahí para decirle a embarazada cómo parir. Con mi segundo parto me di cuenta de que ella, y las demás personas que acompañan al parto y el posparto, están ahí para cuidarte mientras lo descubres por ti misma: cómo pares, cómo recibes a tus hijos, en quién te conviertes cuando llegan.
Estoy muuuuy feliz de haberme atrevido a la aventura de parir en casa, muy muy agradecida por toda la ayuda que he tenido, y muy muy muy satisfecha con los resultados que en amor y crecimiento nos ha dejado la experiencia no solo a mí, creo, sino a todos los involucrados. AlhamduliLah wa shukrliLah (bendito sea Dios y gracias a Dios).
¡Y muchas gracias a mis súper lectoras! Por tomarse el tiempo de leerme, por compartir la experiencia conmigo y dejarme esos comentarios tan chidos que hacen que se me ponga la carne de gallina ¡las quiero amigas (y jefazo)!