Cambio el cuaderno de notas y la libreta con dibujitos por la página electrónica. Experiencia, experimento, experimiento. La libreta de mis sueños la seguiré guardando en mi cajón, pero aquí trazaré (trataré) la crónica de mis ensueños.
Tuesday, January 17, 2012
Cyrene
El mármol sigue vivo abrigado entre la hierba después de tantos años,
allá abajo el mar se baña en luz dorada,
subiendo la colina, en cuevas cinceladas duermen los esclavos.
Yo, sierva de Apolo, recojo el agua delos baños.
¡Oh, Cyrene, te he extrañado tanto!
Desnuda entre tus columnas soy yo de nuevo.
Aquí el agua sigue manando,
el abrazo verde de las hojas es el mismo,
la piedra sigue siendo suave y fuerte.
Descubro que en mi caso nada es nuevo
solamente recuerdos muy antiguos
de vez en cuando resplandecen
y los pesca en la corriente
mi mano de sacedotiza.
Urnas de mármol, columnas, mosaicos
y esta luz que reverbera entre palmeras y pinos.
¡Oh, Cyrene, te he extrañado tanto!
Sunday, January 15, 2012
Crónicas benghazianas 3
Para ir a una boda libia
Mi cuñada Mana me invitó a una boda. Bueno, a uno de los días de fiesta de una boda que duraba 7 días. En Libia hay bodas de un día, de tres días o de siete días. Unos días son para hombres, otros para mujeres, otros para la familia del novio, otros para la familia de la novia, y cada día se van siguiendo rituales distintos. Eso sí, todos muy alegres y coloridos.
En 10 años que llevo en España he ido a dos bodas, y una era la mía. En una semana en Libia ya me habían invitado a dos bodas y dos fiestas de compromiso. Cómo se nota el peso que tiene la familia en la construcción del tejido social.
Leyla, la menor de las hermanas, vino a casa con un traje muy elegante de falda corta y chaqueta, un par de botas de tacón altas que gracias a Dios me quedaron y todo el equipo de maquillaje. Me peinó con secadora, me puse el disfraz de boda, me maquilló abundantemente y cuando me vi en el espejo me encotré MAYOR. Santo Dios, si parezco una señora de cuarenta…bueno es que en realidad ya me queda poco para ser una señora de cuarenta, pensé para consolarme.
La verdad es que aquí (quizá en todas partes pero no me había dado nunca por pensarlo) la moda está claramente determinada por el edad y estado civil. Si eres una quinceañera puedes llevar leggins con vestido a la rodilla (que es mi atuendo preferido para este invierno). Pero si eres una señora joven, casada y con hijos no. En cambio puedes llevar taconazos y pantalones medianamente ceñidos, SIEMPRE Y CUANDO lleves un jersey, chaqueta o abrigo que te tape bien el traserín. En cambio si eres una señora más madurita con hijos mayores (yo me ahogo porque ahí se casan tan jóvenes que con mi edad ya tienen hijos quinceañeros ¡hola Chayo!). Entonces lo conveniente son faldas largas o pantalones de vestir con la rayita bien marcada y chaqueta o jersey larguito. Y siempre siempre el pañuelito bien puesto tapando cabeza y pescuezo.
En esas reflexiones andaba yo cuando llegó Mana a buscarme. Iba guapísima, toda pintadita y enfundada en una abeya negra como de chifón con piedritas resplandecientes, a juego con el trapito de la cabeza. Yo me eché un trapito semejante (negro con hojitas bordadas en plata) y su marido nos llevó al lugar de la reunión.
Era un sitio muuuuuy elegante. Nada más entrar y cerrar la puerta detrás nuestro nos recibieron unas damiselas muy guapetonas y sin pañuelo, recorrimos el amplio recibidor y nos metimos a un vestidor bien iluminado y forrado con espejos. Oh sorpresa, pañuelos fuera, abeyas fuera, retoque de maquillaje ¿y qué parecía debajo? Sendos escotazos, colores chillantes, minifaldas de vértigo, vestidos de coctel a la occidental sin ahorro de curvas, contornos y resplandores.
Entramos por fin a un enorme salón adornado de boda, saludamos a las parientes y nos sentamos en una mesita de nuestra elección. Todas las mujeres se nos quedaron mirando, ¿qué es lo que tengo que se me nota tanto que soy extranjera en Libia?
Un ratito después llegó la novia precedida de un murmullo: ¡la trae su hermano! Todas a taparse. Las señoras y señoritas se taparon como pudieron con sus chales mientras la novia recorría con su enorme vestido blanco el pasillo del salón hasta un pequeño escenario con sofá dorado, flores y tules donde la colocaron y empezaron a hacer el reportaje fotográfico.
Cuando el hombre huo partido empezó una música muy muy muy fuerte que cantaban dos negronas en tenis y vaqueros. ¡GHITA! Uno de los ritmos tradicionales de benghazi. Los músicos estaban fuera, del otro lado del salón, porque entre tanto desmelene no puede haber hombre alguno, claro está. Y ellas iban improvisando con frases de buenos deseos para los novios y consignas de la guerra. Las invitadas se subían al mismo escenario a bailar y ¿adivinana para qué sirven los chales y abeyas??? ¡pues para atárselos a la cadera y que marquen bien bien los movimientos!
Yo por más que lo intento no logro mover tan rápido la carrera y dar pasitos cortos al mismo tiempo como hacen ella. Todas cantando, bailando, gritando. Menos la novia que se quedó solita, sentadita en su sofá.
Luego cesó la música, pusieron una mesa para las cantantes y todas comimos menos la novia. Curioso. Mientras duró la fiesta ella no se movió. Fotos no pude tomar, la guapura de esas mujeres es exclusivamente para el ámbito familiar-femenino. Sólo pude retratarme con estas niñas en traje típico que son de la familia del novio ¡qué monas!
Dos horitas después las mujeres de la familia del novio venían a traer la henna y el oro para la novia, bailando en círculos, con velas encendidas y entre ululares de alegría. A las novias se les regala un ajuar con vestido tradicional que lleva sendas pulseras de manos y pies Y PECTORALES DE ORO. Leyó usted bien, pectorales de oro. Después de la boda el vestido se usa en ceremonias de la familia más cercana. Un día mi suegra me disfrazó. Es todo un ritual en sí mismo el atado y ajustado del vestido que no es más que una tela laaaarga y un refajo. El oro, me dijo, se fue en las bodas de Alí y Qeis, ya no queda nada.
El compromiso de Fares
Una de las reuniones que más disfruté fue el día de “pagar la leche” en casa de Nwara. La semana anterior habían ido a pedir la mano de una chica para su hijo Fares.
Todos los hombres de la familia del novio se pusieron sus mejores galas, dejaron a sus mujeres e hijas en casa del novio y se fueron (sin el novio) a casa de la prometida a darle una feria, o en castellano, a llevar una importante suma de dinero para fiesta, ajuar, etc. Lo que en Monterrey se llaman “las donas”, que aquí es cosa de hombres.
En casa de Nwara se montó tremenda fiesta. Arwa su hija mayor se posesionó de la darbuka y hubo baile, cenita, niños jugando por todas partes. Por supuesto todas sin pañuelos y algunas hasta con minifaldas y vestiditos entallados.
Me resultó muy curioso el contraste entre lo público y lo privado. En público las mujeres parecen muy formales, muy tapaditas, muy bien portadas. Da tentación de pensar que son muy serias, discretas, mesuradas. Incluso está el tópico ese de la mujer musulmana sometida. No sé si sean todas así, o sólo las de nuestra familia, pero he conocido pocas mujeres con una libertad, una intensidad y una alegría tan potentes. En lo privado cantan fuerte, improvisan versos, bailan juntas, platican a gritos, disfrutan como locas, se ríen a carcajadas, se abrazan con ganas. Yo en cambio parezco abierta, alegre, despreocupada y luego no me atrevo a levantar la voz, o darle un abrazo bien apretado a alguien, o decir un piropo cuando me sale de dentro.
Un telefonazo avisó que volvían los hombres. Se abrió el portal de la entrada y todas las mujeres recompuestas salieron a recibir a los chicos entre gritería y canciones. ¡PRECIOSO, EMOCIONANTE! Los coches pitando y las señoras entonando oraciones por la felicidad de los novios y el buen destino del matrimonio y cosas por el estilo. Nwara, por supuesto, con los ojos llenos de lágrimas.
Luego los señores pasaron al salón de los hombres y las mujeres nos quedamos en la parte de casa que habíamos tomado. En Libia hasta la casa más pequeña tiene por lo menos dos salones: uno muy formal para las visitas y otro más cómodo para la familia. Normalmente cuando vienen hombres de visita no pasan del salón formal. Ahí se les recibe y atiende y no se les ocurre mirar dentro de casa cuando salen. A veces también hay otro salón más para las mujeres y, cuando se hacen celebraciones con muchos invitados que no pertenecen a la misma familia, hombres y mujeres se separan para la comodidad de todos. Ellas se quitan sus pañuelitos, exhiben su desparpajo, hablan de sus cosas, cantan, bailan. Y ellos…supongo que también.
Tampoco hay mucha diferencia con las “carnes asadas” a la regia. Tengo la sensación de al final es reconfortante, re-empoderante eso de tener espacio exclusivo para mujeres. A mí por lo menos me carga las pilas y lo disfruto un montón. Aunque también agradecí un par de visitas no tan formales en las que nos sentamos todos juntos en el salón familiar y tuvimos conversaciones entrañables con gente cercana a nuestro corazón.
Invitados
La hospitalidad a la libia es una maravilla. Recibir es todo un ritual y, como en México, la comida y la bebida es el centro de la convivencia. Sólo que aquí todo se hace con mucha formalidad.
Por ejemplo, aquí no se bebe alcohol pero en todas las casas hay copas preciosas de cristal cortado ¿para qué? Para servir jugos y refrescos a los invitados, aunque el invitado sea tu hermano o tu sobrina con sus hijos. En la despensa siempre hay “galletitas de visitas”, ya sea el tradicional qac (unas galletitas de trigo, sequitas en versión dulce con anís o en versión salada con sésamo), magrud, dulces estilo sirio con pistachos, miel y frutos secos, cualquier otra especialidad típica, o bien galletitas muy monas que presentan en platitos individuales para cada sujeto.
Todo se trae en una bandeja con su mantelito bordado. Si la visita se queda un rato más, toca servir nescafé con pasteles y si todavía dura otro poquito hay que servir algo salado: pizzitas individuales, shawarmas (como nuestros taquitos mexicanos pero muy bien enrollados y con su papel alumino) u otros aperitivos por el estilo ¡con un maravilloso té negro bien azucarado! Luego para despedirte te ofrecen chocolates y caramelos. ¡Qué agasajo!
El salón de invitados parece un palacio y el invitado es el rey. Me gustó mucho la forma de recibir y seguro que voy a adoptar algunas formas para mi propia casa. Por lo pronto ya me traje unos vasitos de té.
Las fotos: Disfraz de fiesta libio sin oros, en la boda, en el salón de Yamila (el salón más bonito del universo) y Ummy con Fares el prometido y Arwa, la mayor de Nwara. En próximas crónicas: gastronomía y otras bellezas naturales.
Saturday, January 14, 2012
Crónicas benghazianas 2
¡Oh, la familia!
Y, como tenía que ser, la familia siempre quiere meter su cuchara. Que Fati es demasiado grande para seguir tomando teta, que ya va siendo hora de que tengamos otro bebé, que Mahmud necesita un niño. -¡Si ya tienen por aquí un montón de niños guapísimos!- contesto disimulando mal mi cabreo, -¿para qué quieren más? Si Mahmud necesita un niño ya puede conseguirse otra esposa. ¡No no, Najmah, Najmah! Dicen mis cuñadas a coro. Son adorables.
Vivir rodeados de familia y bajo la consigna de que los niños son de TODOS (todos los vigilan, todos los miman, todos los regañan), tiene que hacer mucho más fácil y feliz criar unos cuantos bebés. Luego me enteré de que cada una de mis cuñadas Y CONCUÑAS han venido a instalarse en casa de Amal cuando han parido, y todas las demás mujeres han estado por aquí ayudándolas y atendiéndolas como reinas. ¡La lotería!
Definitivamente, eso de tener hijos se vive aquí de una manera muy distinta. Y sospecho que no es sólo una cuestión cultural sino de puro karma: a mis cuñadas y concuñas sus madres no les dijeron que pusieran su departamento de solteras y tuvieran plantas en vez de hijos, no se casaron con el único hombre libio al que no le gustan los bebés, y no tienen toda la nebulosa intelectual que yo acumulo en relación con la maternidad Y paternidad.
Unos días más tarde llegarán Alí y Naima de Breiga con las niñas ¡finalmente las primas! Lo primero que le dice Ummi a mi concuña la ginecóloga, nada más sentarnos a la mesa, es que me dé la charla sobre lo importante que es dejar la lactancia ya en este minuto. Pero ella es muy bien educada y sólo pone cara de circunstancia y me dice: Ummi quiere que dejes la teta ya. Su prudencia no evitará que un poco más tarde me señale que Fátima está demasiado delgadita para su edad y me sugiera que le de más de comer ¡los doctores nunca dejan su oficio!
Estas son las cosas que padecen mis amigas del club de crianza radical en España, pero ¿son las mismas cosas, el mismo amor apasionado, las mismas risas locas, la misma sensación de pertenencia y seguridad lo que disfrutan a cambio?
La ciudad y la posguerra
Una constante en los días que han seguido a nuestra llegada son las disculpas: antes esto estaba limpio, pero desde la guerra…, antes esto funcionaba, pero desde la guerra…, antes había mucha gente trabajando aquí, pero ahora… Yo lo que noto a pesar de todo ello (¿o en todo ello?) es una armonía subyacente, una belleza que no sabría explicar. Es quizá la belleza de la sencillez, de la realidad desnuda. Y una buena vibra en toda la gente, se deja sentir una especie de hermandad, de fuerza poderosa, como una chispa que danza entre los benghazianos. Tienen un amor impresionante por su tierra, y se nota.
Más que lo que ha dejado la posguerra, me sorprende el estado de abandono de la ciudad entera, los proyectos que se cancelaron a penas comenzar y que cierran zonas enteras de lago o de playa o de área verde, la falta de mantenimiento. Parece como si Benghazi hubiera sufrido un maltrato sistemático durante los últimos años, como si detrás de cada acción gubernamental hubiera la mala intención de eliminar la belleza y sembrar el descontento entre los habitantes. En todo caso eso es lo que dice la gente.
A pesar del ensañamiento, hay sitios que han conservado toda su magia a través de los años: un faro MARAVILLOSO (creo que es mi lugar favorito hasta ahora) que acumula el maqam (mausoleo) de un santo por un lado, un cementerio antiguo por otro lado y un yacimiento arqueológico por abajo. Hay también un edificio antiguo reconvertido en museo, una catedral con unos jardines muy bellos, las orillas del lago, un parque familiar ¡sobre un cenote! Y, como en todas partes, ciertos rincones mágicos y entrañables. ¡El mar! ¡El mar omnipresente!
Como residuo de la guerra queda la falta de liquidez, la gente hace colas de horas y muchas veces regresan a casa sin haber podido sacar su dinero. Familias de las ciudades vecinas que sí sufrieron todo el fragor de la guerra instaladas en viviendas provisionales. Carros de combate abandonados a las orillas de algunas carreteras, más toda la parafernalia revolucionaria formal e informal (desde anuncios panorámicos con fotos preciosas hasta graffitis ingeniosos y caricaturas callejeras).
Se cuecen aparte los retratos de los mártires colgados por toda la ciudad. En sus casas, en las puertas de sus edificios, en los coches de sus familiares y amigos. Pancartas gigantes o posters con la foto del caído en uniforme, o traje de calle y en algunos casos también la foto post-mortem, desgraciadamente. No me gusta eso de andar viendo muertitos. No sé si es arreglo funerario pero en todos los casos los muertitos sonríen. Su nombre, su edad, su profesión. Casi todos son unos críos. En nuestra calle hay dos manta gigantes. Se me estruja el corazón. Pero aquí viven con eso, y han sobrevivido a años y años de mártires sin foto, de viudas y huérfanos sin reconocimiento.
La tierra, la tribu
Yo no lo tenía muy claro, pero resulta que tenemos un cacho de tierra compartido con el resto de la familia. ¡Un cacho de tierra, nuestro, con sus higueras, olivos y granados, con su pequeña ruina, su depósito de agua, su horno de pan!
Antes de que mi suegro nos dejara, la familia venía aquí todos los fines de semana a hacer picnics y pasar el día. Ahora lleva muchos meses abandonado. Sentí bonito que mis hijas tengan un trozo de tierra suyo suyito, sentí bonito saber que de este lado del Mediterráneo tenemos algo “nuestro”.
A la vuelta del paseo nos esperaba otra comida familiar, el viernes es día de descanso para todo el mundo y Hajja Selima lleva dos días cocinando para darle gusto a su m’hijito. Estaban todos y todas menos los de Nwara que ya es una matriarca en sí misma. Tres platos: sopa, tripas rellenas y arroz con salsa. Dos salones: uno para los chicos, otro para las chicas. Luego té para todos juntos, si total estamos en familia. Claro que todas llevábamos el pañuelito reglamentario ante la presencia del marido de Mana. Mis cuñadas van siempre sin hijab, mis concuñas no se lo quitan y según esta lógica yo sentí que lo mejor era dejármelo puesto también.
Hace un par de días, sin embargo, me pillaron por sorpresa. Estábamos en el preciso salón de Amal con Nwara y sus hijos. Yo me había lavado la cabeza y no me había puesto más que una banda gorda que medio me tapaba los pelos. De todas manera sólo estaban mis sobrinos, algunos muy mayores y muy casados que no sé si entran en la categoría de “hombres” o siguen siendo “familia”. Total que de pronto un pequeño revuelo anuncia a Tiyani, el marido de Nwara.
Qué contentas se ponen mis cuñadas, dije yo, será que lo quieren mucho o que es una institución familiar. De pronto veo a Mana que, con una bufanda mal envuelta cubriéndole toda la cabeza y el cuello, me presentaba a un Tiyani un poco incómodo o sorprendido. Luego Amal con su pañuelo de rezar y Leyla con su trapito fashion de calle. Cuando salí con Fátima en brazos me di cuenta de que llevaba el pelo prácticamente al aire, y que era la única.
Nwara tiene tres hijas como tres soles. PRECIOSAS. Y unos cuantos nietos. Y un par de hijos casaderos. Además tengo una pandilla de sobrinos adolescentes y me encanta ver cómo juegan con los pequeñines, cómo los protegen, los atienden, les gastan bromas. Halima y Fátima todavía se sacan de onda con el griterío de las reuniones. Yo me siento como en sábado comiendo con los Lobatón. Me gusta, lo disfruto. Me siento en casa.
Crónicas benghazianas parte 1
El viaje
Son las 4 de la mañana y ya estamos en pie, dándonos prisa para estar listos. Más dormidas que despiertas vestimos a nuestras niñas que preguntan si ya es de día y si hoy vamos a Benghazi. El Hotel del Aeropuerto de Estambul es DEMASIADO caro para haber dormido tres horas en una habitación sin ventanas, con la calefacción incómodamente alta y sábanas sintéticas. Esto, aunado a las 4 horas de resequedad de vuelo Madrid-Estambul, han hecho estragos en la piel de Fatuma ya de por sí reseca, sensible y dermatosa.
Maletas arriba, maletas abajo y a las 5 nos disponemos a tomar un desayuno delicioso en el aeropuerto: madalenas, pastelitos típicos, café…Fatuma se sigue rascando sin parar y para colmo de estrés cutáneo se lleva una dosis de avellanas en una mordida de pastelito ¡horror! Su piel suele reaccionar muuuuy mal a los frutos secos.
Pero soy una madre estresada con conocimiento de causa y llevo de todo a mano. Después de una dosis de homeopatía para la niña y varias dosis de lavanda y flores de bach para la mamá, todo parece haber vuelto a la calma. El aeropuerto de Estambul es para nosotros como la antesala del paraíso, nuestra escala preferida de camino a ver a Mawlana Sheik Nazim al norte de Chipre.
Resulta muy raro estar tan cerca de nuestro “segundo hogar” y no llegar hasta ahí. De todas maneras el viaje a Libia se siente como volver a casa. Da igual que ni las niñas ni yo hayamos estado nunca ahí. Será la familiaridad del asunto.
No amanece todavía cuando abordamos un avión lleno de libios. Tanto tiempo escasos ¡y ahora tenemos de sobra! Las niñas se quedan fritas nada más ocupar nuestros asientos (¡Allahu Akbar!). Yo me siento aplastada por la emoción y por el cansancio. Tres horas de sueño son muy poquitas para esta madre dormilona. Viene un desayuno digno de la Turkish Airlines que no puedo ni probar. Mi habibi intercala cabeceadas con sentidos comentarios. Realmente este viaje es todo un evento para nuestra pequeña familia y nuestras familias extensas de uno y otro lado de los mares. A mí me gustaría dormir, pero con dos niñas apoyadas en mi regazo no logro encontrar la posición.
Cuando la costa de Libia aparece por la ventanilla del avión me entran ganas de llorar. ¿Por qué siento como si volviera a un lugar entrañable y querido si no he pisado nunca esta tierra? ¿Puro contagio conyugal? ¿Cariño familiar, solidaridad revolucionaria? Siento como si, al margen del encuentro con la familia, Benghazi tuviera algo bueno, algo hermoso para mí.
La llegada
Siendo Benghazi la segunda ciudad más importante de Libia, el pequeño aeropuerto que nos recibe a pie de pista resulta ridículo. Un edificio pequeñito y descascarado al que nos conduce el autobús. Hay otros cuatro aviones grandes sobre la pista, además de maletas, carritos, militares, trabajadores aeroportuarios. Da la sensación de ser un aeropuerto “de andar por casa”. Esta sensación aumenta cuando, formados para pasar el control de pasaportes vemos de pronto a Wiwi, el hijo mayor de mi cuñada Nwara. Pero ¿cómo entró Wiwi hasta aquí? ¡Y luego Nwara en persona, y Amal y Qeis con sus niños!
Halima corre la distancia de toda la cola para abrazar a su tía, y luego nosotros también porque no podemos resistirnos. Los dejaron subir rapidito para darnos la bienvenida. Lo que sería impensable en un aeropuerto serio aquí parece ser lo normal. Más benghazianos van subiendo a darle un abrazo a sus seres queridos y luego vuelven a bajar a esperarlos. Este surrealismo me resulta familiar.
Después de hacer toda la cola de los “libios” nos damos cuenta que tenemos que ir al escritorio de los extranjeros a sellar nuestros pasaportes mexicanos. “Mi esposa quiere saber si son los primeros pasaportes mexicanos después de la guerra”, dice mi propio libio al señor de la mesa. Efectivamente: las primeras. ¡Estoy segura de que a mi padre le encantará este dato!
Ni siquiera sé si en la recogida de equipajes hay bandas giratorias o no. Cuando me di cuenta el resto de la tropa (¡sí, había más esperándonos abajo!) ya tenía nuestras maletas y nos estábamos distribuyendo en los coches para ir a casa.
El-Sabri
La caravana de coches avanza entre el paisaje árido y polvoso de los alrededores del aeropuerto. Desde aquí no se ve el mar, la ciudad llega hasta el mismo aeropuerto. Podría ser cualquier calle de Escobedo, Nuevo León. Comercios bajos, aceras mal terminadas con su cacho de tierra que sirve de estacionamiento, mezcla de coches antiguos y nuevos, matorrales, arbolitos esporádicos, montoncitos de escombros o basura en terrenos baldíos. Mucha actividad, ¡mucha vida! Desordenada, espontánea, preciosas vida.
Las bardas más grandes están decoradas con mensajes revolucionarios en rojo, negro y verde. Sabe un poco a Cuba, a gente orgullosa y valiente, a resistencia. Pasamos enfrente del primer cuartel que se unió a los manifestantes cuando empezó la revuelta. Todo un sitio de culto.
Es 19 de diciembre, hace nueve meses justos, estábamos pidiendo a Dios desesperadamente que las Naciones Unidas votaran por proteger a los civiles en Libia. Las bombas sonaban ya cerca de casa de Nwara en los alrededores del aeropuerto, las tropas del régimen libio entraban en Benghazi. Gracias a Dios la guerra terminó. Los coches de combate se exhiben en los camellones. Y por lo visto muchos revolucionarios se siguen paseando por ahí, con su troca de combate y su arma larga, con cara de haber extraviado la batalla que les tocaba librar. Algunos siguen colaborando con sus brigadas correspondientes, mientras la policía y el ejército se vuelven a organizar. Otros van por libre.
Por fin el mar. En frente del Wahda Bank se agolpa un buen grupo de gente. No hay dinero. Es un país rico pero sin liquidez por el momento, es una situación difícil para todo el mundo. ¡Mira, mi colegio!!!!!! Cuando éramos pequeños saltamos una vez desde el segundo piso. Ahí está el-wasaya, la placita donde jugábamos futbol día y noche. Y esta es nuestra casa.
Las maletas suben casi solas mientras nos bajamos del coche. Ummi nos recibe con su sonrisa preciosa y sus ojitos llenos de lágrimas. ¡Por fin estamos en casa!
Thursday, January 12, 2012
¡Un viaje muuuuuuuuy feliz!
Tres semanas en Libia nos duraron bien poco. Disfrutamos muchísimo de la familia, del paisaje, de la comida, de la cultura. Las niñas se divirtieron como enanas con sus primos y hasta aprendieron palabrejas en árabe. Ya iré pasando la crónica poco a poco, tengo muuuuuucho que escribir. Por lo pronto para abrir boca estas fotitos y un abrazo de año nuevo.
Subscribe to:
Comments (Atom)


