Vic en el Paseo del Prado
Salimos de casa un poco después de despuntar el alba, porque aquí en España el alba despunta muy tarde, y nos lanzamos a Madrid a un día muy lleno de reencuentros. El primero de ellos con mi gran amigo Vic, después de cuatro años. Llegamos a Neptuno justo a tiempo y entramos en el Starbucks cargados con las sillas de coches de las niñas, la mochila de sus cosas, nuestros legajos de trámites y mucha emoción.
Ver a Vic después de tanto tiempo fue como me lo había imaginado: como si hubiéramos estado ayer mismo tomando café o paseando por Monterrey. La misma alegría, la misma frescura, el mismo cariño. Me contó muchas historias de lugares y personas muy queridas. Fue muy curioso tratar de imaginar ese lejanísimo territorio natal, esos rostros conocidos ejerciendo roles desconocidos.
Qué gusto poder acompañarlo fugazmente por sus recientes viajes y aventuras, celebrar sus logros, y sentir entre sus palabras un poquito del calor de mi tierra, los viejos amigos, los viejos lugares. Qué ilusión simplemente imaginar la posibilidad de recorrer aquellos espacios nuevamente y compartir con aquellas personas lo que he aprendido estos 10 años.
¡Gracias Vic!
Un café con Xavi Alonso
Si ustedno sabe quién es Xavi Alonso yo se lo diré: uno de los jugadores de fútbol más guapos de Europa, campeón del mundo, campeón de Europa y no sé cuantas cosas más.
Mientras subíamos por la Carrera de los Jeronimos hacia el consulado de México, mi amado tormento comentó: Jo, yo me quería tomar una foto con Xavi Alonso, pero Halima no me quiso acompañar.
¿Con Xavi Alonso???? Ya me parecía a mí que había visto a alguien conocido en aquel café, pero pensé que era alguien de nuestro remoto pasado y no de nuestro presente televisivo. ¡Me lo podías haber dicho a mí! Yo sí que me hubiera tomado una foto con él, pero claro, a lo mejor él no hubiera querido tomarse la foto conmigo.
Y me quedé pensando qué divertido hubiera sido poner esa foto en mi muro del feis. Ja.
Por su parte, Halima y Fátima se fueron con nuestros amigos Fouzia y Gibril a desayunar croissants, donuts, leche con chocolate; a disfrazarse, buscar tesoros, comer pizza y finalmente ya todos juntos, disfrutar de un parque y golosinas. Fue como un día de Navidad, como un cumpleaños. Se la pasaron tan bien que querían quedarse a dormir en casa de los tíos. Esas pequeñas cosas que tanto les gustan pudieron disfrutarlas a lo grande. Sí es bonito Madrid. Y es una delicia poder estar cerca de estos amigos.
Salsa de granadas con nuez
Ya todos juntos tomamos un bus para encontrarnos con más amigos entrañables en un lugar muy especial: un pequeño rincón iraní en pleno centro.
El cariño auténtico tiene un sabor especial. Esta vez sabía a arroz basmati y salsa de granadas con nuez ¡mi plato favorito! Y también a cuscús marroquí. A historias de siete meses, a risas, a abrazos, a cambios profundos o, mejor dicho, a procesos de transformación.
Fue curioso constatar como muchos, por o decir todos nosotros, estamos en transición aunque de maneras diversas, fue hermoso sentirnos parte de una familia de andariegos y ver que aún estando en diferentes espacios físicos, seguimos siendo compañeros de camino.
Salí de Persépolis, ese sitio mágico, con la inmensa alegría de volver a abrazar a amigos tan queridos, con infinito agradecimiento por estar rodeados de tantísimo cariño y también con la incógnita de por qué nos quieren tanto y cómo podríamos corresponder en modo alguno a todo lo que nos dan.
La bisabuela Bertha en el dentista
Después de cinco meses de intoxicación mercurial, llegué por fin al consultorio de María a retirarme el empaste que tantos problemas, pero también tantos aprendizajes me trajera.
Resulta que María es de estos profesionales de la salud que te descubren los fondos emocionales de tus síntomas físicos. Y en mis muelita que, yo ya sabía, se guardan las herencias familiares, ella encontró la historia de una mujer que se había visto forzada a adoptar una situación que detestaba, ¿un matrimonio forzado, un cambio de residencia? Una mujer que se quedó desprotegida. Esa sola fase me dolió en el alma, ¡una mujer de mi casa que se quedó desprotegida, sola, vulnerable, forzada a hacer algo que no quería!
Me puse a buscar entre mi línea materna, y no encontré nada así. Entonces empecé a escuchar el cacareo de las gallinas, los gritos de los jornaleros, las botas en el suelo de barro del comedor, relinchos de caballos y aquella otra frase de mi bisabuela Bertha: ¿por qué me trajiste a enterrarme en esta hacienda?
A principios del siglo pasado, mi bisabuela tuvo que seguir a su marido a Dos Cerritos, a administrar la hacienda de su familia. No sé lo que representaría para una mujer como ella dejar la cosmopolita Ciudad de México y a su familia, para trasladarse con marido e hijos a un rancho en medio de la nada, pero he leído el cuaderno que llevaba la bisabuela y esa frase no se me olvida. Ni que tuvieron que hacer frente a las correrías de insurgentes y federales en plena revolución, a epidemias. Recuerdo su cansancio atendiendo a toda la familia y sirvientes que cayeron enfermos, su preocupación por su bebeé de cinco meses que permanecía en la última habitación de la casa con una niñera para evitarle en contagio, y que de todas maneras se murió.
Ahí, tumbada en el sillón súper moderno de mi súper dentista holística, empezó a inundarme la tristeza, la suya y la mía. Y empezó a fluir la información. Los versos de Hacienda, aquel poema que escribí con 16 años y que ganó un premio nacional, en el que una mujer vaga por los pasillos de una hacienda y se revuelve contra su destino. Sólo después, cuando vi con un poco de conciencia las memorias de mi abuelo Julián comprendí que aquellas imágenes las llevaba en la sangre.
También recordé mis días en Benghazi, donde la abuela Bertha y los sonidos del rancho me rondaban cada vez que me ponía a hacer "limpieza" en el sector de antepasados. Y recordé, por supuesto, mi propio enfrentamiento con mis miedos, mi propia sensación de vulnerabilidad, de soledad, de desprotección que Benghazi me permitió trabajar.
Así, con todo ello, di por concluida una de las etapas más oscuras de mi vida, con un empaste blanquito y una endodoncia. Que conste, lo oscuro no fue Benghazi, sino aquellas sombras de mi alma que ahí encontraron sitio para salir y transformarse, alhamduliLah.
