Verde que te quiero verde, te quiero verde mar
De la antigua ciudad de Cördoba hacia Almodóvar se extiende una cadenita de cerros y lomas, como un largo verso escrito en caligrafía árabe. Sus trazos suben y bajan, sus acentos son nubecitas, cigüeñas en vuelo, casas entre el verdor.
Desde allí, desde las inmediaciones de esos versos de árboles y roca, Almodóvar no parece un cerro, sino una isla surcando un verde mar, especialmente si la mañana tiende un manto de niebla sobre el valle. Ahí está la isla, con sus casitas blancas y sus tejados rojos, ahí se yergue el castillo en toda su fortaleza.
Este mar de olivos es de una belleza sosegada y persistente. Todavía no descubrimos los alrededores, pero sabemos que hay sendas de campo por dónde pasear, que hay cabreras y lecheros a la antigua, que hay huertos donde comprar las verduras frescas.
Soprendentemente en Córdoba, a 150 km de la costa, hay un Club Náutico. ¡Y está en mi pueblo! (risas). Porque pertenece a mi pueblo el Embalse de la Breña. El otro día tuvimos el placer de conocer a los patos que viven ahí y de encontrarnos con un rebaño de ovejas que no tenían empacho en alzarse sobre sus patas traseras para alcanzar las hojas de las encinas.
Almodóvar es como un laberinto, o mejor dicho, como un Juego de la Oca, todo subidas y bajadas, escaleras, rincones, pasadizos. Todo está a la mano: pescadería, panadería, heladería, cafetería, carnicería, frutería, tienda de abarrotes, bazar, papelería.Y debe ser el lugar más bendito de la Tierra porque toda la gente que nos hemos encontrado hasta ahora es AMOROSA. Los niños son nobles y saben jugar, los vecinos son abiertos y acogedores. Será el carácter andaluz o será nuestra buena suerte, en todo caso estamos muy agradecidos.

La Tribu
En el valle hay un castillo, junto al castillo hay un olivar, en el olivar hay una mezquita, en la mezquita hay un poeta, en el poeta hay una luz.
Yo no sabía, que en esta país no se reconoció el derecho de elegir libremente qué religión practicar hasta el 78. ¡Hasta el 78!!!! Amparados en ese nuevo derecho, un grupo de gente que en busca de la utopía había encontrado el islam, se reunió para ejercer su elección de vida de la manera más amplia y comprensiva posible. Para ello han trabajado y siguen trabajando con una entrega admirable por difundir las bondades del islam en España. Esos son nuestros vecinos.
Hasta este preciso momento el islam había sido para mí una cuestión totalmente íntima, de crecimiento y reconexión personal, en la que me encontraba con otros rastreadores de la Luz. Para mí el trabajo consistía únicamente en transformarme a mí misma, en la confianza de que eso ya impactaba de manera positiva en el lugar donde me encontraba y en las personas que me rodeaban. ¡Pero hay otra dimensión!
El último fin de semana de octubre (¡oh puerta de los mundos!) se celebró en mi pueblo un encuentro de mujeres musulmanas. Y ahí descubrí algo que se llama:
La Declaración de Orán
(http://www.webislam.com/articulos/96452-declaracion_de_oran_congreso_internacional_femenino.html)
Una mujer muy joven nos compartió este texto que es el resultado de un encuentro donde mujeres musulmanas de todo el mundo describen la situación actual y abren caminos que podemos andar desde nuestra espiritualidad para ayudar a sanar a toda la comunidad.
Es un documento completo e inteligente, propositivo y comprometedor donde resuenan las bases de un trabajo que me interesa desde hace muchos años: difundir, educar, recordar, cooperar, asociarse, trabajar desde la sociedad civil, trabajar cada una en el sitio donde está y con los demás. Y todo ello partiendo del trabajo personal: equilibrio interior, paz interior, salud interior, para poder procurar el equilibrio, la paz y la sanación de nuestras comunidades. ¡Bingo! Un enfoque integrador. Eso me da muchas esperanzas y me abre nuevos caminos.
De hecho estar en un sitio donde convivimos y compartimos con musulmanes de diferentes culturas y estilos me hace aprender muchísimo. Estar aquí, con esta gente, es una bendición.

El Sacrificio de Abraham
La última fiesta que celebramos en Madrid con nuestra familia sufi fue el Eid del Hajj, en el que se recuerda el sacrificio de Abraham. Quizá soy demasiado bovariana, pero para mí el hecho de venir aquí estuvo marcado por esa imagen: Abraham, el amigo íntimo de Allah, requerido para entregar a su propio hijo.
Así más o menos me sentí al tomar la decisión de llevar a mis hijas al cole nuevo. ¿Por qué tanto? Pues porque para mí significa depositarlas en manos extrañas, en un lugar desconocido, a sabiendas de que lo que se hace ahí con los niños no es bueno (no en este cole en particular, sino en las escuelas donde se trabaja desde los parámetros de la educación tradicional) ni para ellos como individuos en crecimiento ni para la sociedad. Sí, así de peleada estoy con la educación tradicional. Pero claro, son tiempos de integración, así que ¿qué nos va a traer la Vida más que lo opuesto, para que hagamos el trabajo de integrarlo?
Me puse, pues, a buscarle lo bueno al cole. Lo bueno desde luego son los individuos que lo constituyen. Personas de buena voluntad que (hasta donde hemos podido ver) aman su trabajo y se interesan genuinamente por el bienestar de los niños, y familias que aman al cole, muchas de las cuales han estado allí a lo largo de generaciones. También es muy positivo para las niña tener un ritmo diario que no está sólo marcado por mamá o papá, y de coincidir con otros niños de su edad. Es una ventaja asimismo, que se trate de un cole chiquitín de manera que mis hijas tienen amigos de todos los grados, algunos más pequeños que las ven con admiración y otros más mayores que las ven con ternura y las arropan. Desde luego también está el hecho de poder ejercitar su capacidad de adaptación y su habilidad de desenvolverse en el mundo sin su mamá (¡en algún momento hay que hacerlo, qué remedio!). Ni qué decir de la gran oportunidad para esta madre de aprender otras formas y desapegarse de su rígido discurso, abrir su mente y su corazón y darle una oportunidad, de verdad y desde el fondo, a lo nuevo con sus bondades y sus dificultades.
No voy a invertir mucha literatura en describir mi sentir trágico. Nada más voy a decir que en estas tres semanas de ver a las niñas ir y venir, de retorcerme escuchando algunas cosas y tratar de adaptar la vida en casa para contrarrestar los efectos nocivos de la educación tradicional (jeje), entendí finalmente de qué se trata el sacrificio de Abraham.
¿Por qué, pensaba yo, Allah que es todo Amor y Bondad, iba a pedirle algo así a un hombre de fidelidad probada como Abraham? ¿Por qué y de dónde habrá sacado Dios esta peregrina idea? ¿Qué debemos aprender las personas, y especialmente las personas con hijos, de este mandato? Y de pronto al ver mi situación, me di cuenta: uno no puede ser sólo padre o madre toda la vida. No hemos venido al mundo sólo a procrear, también hemos venido a co-crear, a re-crear.¿Cuántos años llevo dedicada casi en exclusiva a la crianza? ¿Y los dones que he recibido, son para el exclusivo disfrute de estas dos niñas?
Así pues, me di cuenta de que mis hijas tienen su propio destino y, ese, no está en mi mano. Una tremenda declaración para una mamá-gallina coruquienta como yo, que daría todo por tener a mis pollitas bajo las alas aunque les pase todos mis corucos. Y que, más bien, ya es hora de invertir más tiempo y energías en las otras tareas que tengo en el mundo.
Es decir, que llegado el momento, cada ser humano debe estar dispuesto a entregar aquello que más ama en favor de su deber más alto en esta vida: su vínculo con su Señor. La suerte es que luego el Señor no te lo quita, sino que te lo cambia por algo más llevadero.
Total, que no renuncio a mi rol de madre. Seguiré procurando a mis hijas una dieta sana, un ritmo sano, un hogar cálido y ordenado donde puedan recargar su corazón y ordenar su espacio interior, cercanía, apapachos, cuentos, galletas, paseos. Pero sí renuncio a intentar elegir todas las experiencias que les toque vivir, renuncio a angustiarme por cada vuelta que dan sus vidas, renuncio a querer controlar todas las situaciones a las que se enfrentar. Elijo entregarlas, y que la Sabiduría trace para ellas el camino que necesitan. Por ahora se levantan diciendo que no quieren ir a la escuela pero vuelven contentas, contando todas las aventuras del día. Y el día que le dije a Halima que no iba al cole porque estaba mala, dijo que nanai ¡que ese día tenía gimnasia! Y tan contenta se largó.
También he renunciado a pedirle peras al olmo. En el cole ya no van a aprender la reverencia, el agradecimiento, la conexión consigo mismas y con lo sagrado como lo hacían en la escuela Waldorf. Ahora la tarea es mía. Y el camino es integrar todo eso en mí, vivir con la mayor plenitud posible la reverencia, el agradecimiento y la conexión, para poder transmitírselo a ellas en cada gesto y en cada palabra, ¡inshaAllah!
Ya veremos lo que se puede ir compartiendo y transformando a nuestro alrededor conforme vaya pasando el tiempo aquí en el Mar de los Olivos.
Tengo una sonrisa en la cara y en el corazón. El sol de noviembre es un regalo.

