Vuelvo a estar de pie, observando las aguas a las que estoy a punto de saltar. Me apetece, lo necesito, pero aún así queda una poca de resistencia dentro de mí: sé que la inmersión no es del todo agradable, que requiere tener la disposición adecuada, el estado de mente y de cuerpo, para no padecerla. Sé que habrá momentos muy felices y otros que no me gustarán nada de nada, pero que aún así me harán bien. La laguna se llama "Ramadán" y voy a bucear durante 30 días en sus profundas aguas que me llevarán, en realidad, a mis propias profundidades.
Ahora sí puedo contestar, un año más tarde, a esa pregunta que me hicieron los niños que acompaño: "¡¿Y por qué lo haces?!"
¿Quién elegiría por gusto un mes de ayuno? ¿Qué hay a cambio? Pues a cambio hay 30 días de silencio, como cuando estás debajo del agua. Mi cabeza deja de parlotear constantemente y se centra en resolver lo indispensable. Tampoco escucho ya las cosas que suceden a mi alrededor y no me incumben, me ocupo de mis asuntos y eso también trae mucha paz.
Mis emociones aparecen como en un espejo, puedo verlas venir, las reconozco. Con un poco de suerte logro verlas antes de que se apoderen de la situación y puedo decirles: "ahora no, cariño". Hay una distancia con lo que sucede, no estoy inmersa en las circunstancias, estoy inmersa en mí. Y eso me da sensación de libertad.
Me obliga a cuidar mi cuerpo. En circunstancias normales lo llevo a todo vapor, como una máquina. Pero en Ramadán me doy cuenta de que es mi vehículo, y si no lo cuido no puedo seguir el viaje. Así que le doy prioridad a cuidarme, a descansar cuando lo necesito, a comer lo que necesito. Recupero la capacidad de conectarme con mi cuerpo físico y mis energías vitales y escuchar con claridad la respuesta cuando le pregunto: ¿qué necesitas? Y poder darme lo que necesito me llena de amor.
Cada día me propongo ayunar desde antes del amanecer hasta el ocaso, y cada día hay una voz dentro de mí que dice: "No vas a poder." Y otra que le contesta: "Pero lo voy a intentar". Cuando el sol se pone y veo las horas que llevo sin comer ni beber, cuidando de mis hijas, llevando a cabo mis tareas, invariablemente mi sensación es de un gran triunfo: "Sí pude, yo puedo, yo puedo hacer todo lo que proponga". Y eso me llena de fuerza. Y también siento que hay algo más grande que yo que me sostiene cuando me propongo algo que es bueno y verdadero. Eso me llena de confianza.
Mientras ayuno, pienso en la suerte que tengo de saber que al final del día, con toda seguridad voy a poder comer y beber. Y eso me llena de agradecimiento. Paladeo los sabores reales de las cosas, esos que ya casi no notaba, la dulzura de una hoja de lechuga, el despliegue de tonalidades de una alcachofa, y eso me llena de asombro y de placer.
También pienso en los millones de personas que están ayunando al mismo tiempo que yo lo hago, con la misma intención de acercarse a lo divino, de renovarse en cuerpo y alma, de solidarizarse, de reconectarse y me siento en conexión con esas personas y con esa intención y esa voluntad, tan tremendamente humana.
Cuando ayuno, pienso en las personas que no dejan de comer y beber por libre elección, sino porque su situación material se lo impone. Donde hay extensas comunidades de personas ayunando, cuidan unos de otros, la comunidad entera se vuelca a proveer y acompañar a los que no tienen. Yo pongo la intención de compartir algo de lo que tengo con quien lo necesite. Ahora mismo vivo en un entorno privilegiado, pero aún así, siempre hay alguien con hambre y sed, si no de pan y agua, de atención, de cariño, de cuidados, de alegría, de escucha. Al final del mes, como parte de las prácticas de ramadán, damos una parte de nuestras provisión material a alguna persona que esté en situación menos afortunada. Y poder compartir siempre da mucha alegría.
Con el ayuno, la atención vuelve hacia adentro y ahí puedo encontrarme conmigo misma, descubrir cosas que antes nos había podido ver aunque hubieran estado siempre ahí, o ver nacer cosas nuevas, comprender mi sombra, abrazar mi luz, y vincularme con esa Luz que fluye hasta mí constantemente.
Así que, como ven, esta laguna llamada Ramadán esconde muchos tesoros. No es un viaje cómodo, pero vale la pena dejarse llevar por sus aguas, fluir en sus bendiciones, recargarse de paz, libertad, amor, fuerza, confianza, agradecimiento, asombro, placer, fraternidad, alegría, conexión, luz.
Feliz Ramadán para tod@s y que sus bendiciones se extiendan por el mundo, insha'Allah.
En la imagen: Kaan Luum, Quintana Roo, con un guiño especial a los amigos que nos llevaron a descubrirlo.

