Sunday, May 05, 2019

En la orillita (a punto de Ramadán)

Image result for kann luum


Vuelvo a estar de pie, observando las aguas a las que estoy a punto de saltar. Me apetece, lo necesito, pero aún así queda una poca de resistencia dentro de mí: sé que la inmersión no es del todo agradable, que requiere tener la disposición adecuada, el estado de mente y de cuerpo, para no padecerla. Sé que habrá momentos muy felices y otros que no me gustarán nada de nada, pero que aún así me harán bien. La laguna se llama "Ramadán" y voy a bucear durante 30 días en sus profundas aguas que me llevarán, en realidad, a mis propias profundidades.

Ahora sí puedo contestar, un año más tarde, a esa pregunta que me hicieron los niños que acompaño: "¡¿Y por qué lo haces?!"

¿Quién elegiría por gusto un mes de ayuno? ¿Qué hay a cambio? Pues a cambio hay 30 días de silencio, como cuando estás debajo del agua. Mi cabeza deja de parlotear constantemente y se centra en resolver lo indispensable. Tampoco escucho ya las cosas que suceden a mi alrededor y no me incumben, me ocupo de mis asuntos y eso también trae mucha paz.

Mis emociones aparecen como en un espejo, puedo verlas venir, las reconozco. Con un poco de suerte logro verlas antes de que se apoderen de la situación y puedo decirles: "ahora no, cariño". Hay una distancia con lo que sucede, no estoy inmersa en las circunstancias, estoy inmersa en mí. Y eso me da sensación de libertad.

Me obliga a cuidar mi cuerpo. En circunstancias normales lo llevo a todo vapor, como una máquina. Pero en Ramadán me doy cuenta de que es mi vehículo, y si no lo cuido no puedo seguir el viaje. Así que le doy prioridad a cuidarme, a descansar cuando lo necesito, a comer lo que necesito. Recupero la capacidad de conectarme con mi cuerpo físico y mis energías vitales y escuchar con claridad la respuesta cuando le pregunto: ¿qué necesitas? Y poder darme lo que necesito me llena de amor.

Cada día me propongo ayunar desde antes del amanecer hasta el ocaso,  y cada día hay una voz dentro de mí que dice: "No vas a poder." Y otra que le contesta: "Pero lo voy a intentar". Cuando el sol se pone y veo las horas que llevo sin comer ni beber, cuidando de mis hijas, llevando a cabo mis tareas, invariablemente mi sensación es de un gran triunfo: "Sí pude, yo puedo, yo puedo hacer todo lo que proponga". Y eso me llena de fuerza. Y también siento que hay algo más grande que yo que me sostiene cuando me propongo algo que es bueno y verdadero. Eso me llena de confianza.

Mientras ayuno, pienso en la suerte que tengo de saber que al final del día, con toda seguridad voy a poder comer y beber. Y eso me llena de agradecimiento. Paladeo los sabores reales de las cosas, esos que ya casi no notaba, la dulzura de una hoja de lechuga, el despliegue de tonalidades de una alcachofa, y eso me llena de asombro y de placer.

También pienso en los millones de personas que están ayunando al mismo tiempo que yo lo hago, con la misma intención de acercarse a lo divino, de renovarse en cuerpo y alma, de solidarizarse, de reconectarse y me siento en conexión con esas personas y con esa intención y esa voluntad, tan tremendamente humana.

Cuando ayuno, pienso en las personas que no dejan de comer y beber por libre elección, sino porque su situación material se lo impone. Donde hay extensas comunidades de personas ayunando, cuidan unos de otros, la comunidad entera se vuelca a proveer y acompañar a los que no tienen. Yo pongo la intención de compartir algo de lo que tengo con quien lo necesite. Ahora mismo vivo en un entorno privilegiado, pero aún así, siempre hay alguien con hambre y sed, si no de pan y agua, de atención, de cariño, de cuidados, de alegría, de escucha. Al final del mes, como parte de las prácticas de ramadán, damos una parte de nuestras provisión material a alguna persona que esté en situación menos afortunada. Y poder compartir siempre da mucha alegría.

Con el ayuno, la atención vuelve hacia adentro y ahí puedo encontrarme conmigo misma, descubrir cosas que antes nos había podido ver aunque hubieran estado siempre ahí, o ver nacer cosas nuevas, comprender mi sombra, abrazar mi luz, y vincularme con esa Luz que fluye hasta mí constantemente.

Así que, como ven, esta laguna llamada Ramadán esconde muchos tesoros. No es un viaje cómodo, pero vale la pena dejarse llevar por sus aguas, fluir en sus bendiciones, recargarse de paz, libertad, amor, fuerza, confianza, agradecimiento, asombro, placer, fraternidad, alegría, conexión, luz.

Feliz Ramadán para tod@s y que sus bendiciones se extiendan por el mundo, insha'Allah.


En la imagen: Kaan Luum, Quintana Roo, con un guiño especial a los amigos que nos llevaron a descubrirlo.

Friday, January 18, 2019

Hasta siempre






Llorar y llorar


Siento anunciarles que el día de hoy vengo aquí a llorar. Quien no quiera lágrimas puede saltarse al capítulo siguiente. Llevo tragándome el llanto desde el 5 de enero. Uno de mis tíos queridos se desvaneció y la vida se le empezó a evaporar del cuerpo para sorpresa y consternación de cuantos lo queremos.

Era un jovenazo setentañero, en pleno, máximo y gozoso compartir de sus saberes y habilidades. No sé si recuerdo más su sentido del humor a prueba de bombas, o su hermosa, extensa y delicadísima sabiduría. Supongo que son, en realidad, dos caras de la misma moneda. Y la suerte que es que las dejó bien sembradas y sus frutos todavía los podemos degustar a la vera de sus cuatro hermosos hijos e hija. Afortunadamente también está ahí la tía Maryse maravillosa, su compañera de vida, para contarnos las anécdotas y regalarnos generosamente los "cómos" y los "porqués" de la vida que han compartido.

Aprendo mucho de mis tías y tíos, aunque los vea poquito. Me recuerdan algo que había dormido en mí, o me dan una visión que me ayuda a comprenderme o a comprender el mundo. Es como si hubieran ido dejando a lo largo de su vida piedrecitas preciosas para ayudarme a encontrar mi propio camino, con solo ver su trayectoria y sentir su cariño se me aclara el panorama. No hace falta que hablen mucho, sólo verlos, ver sus vidas, es revelador e inspirador al mismo tiempo. Tengo una familia extraordinaria (para bien, no crean) y quien llega a conocerlos puede dar fe de ello. Por eso me duele tanto que una de estas criaturas extraordinarias se vaya para el otro barrio.  Y, concretamente en el caso del tío Javier, me da mucha rabia y dolor no haber disfrutado de su presencia y del calorcito de su familia, cuando pude hacerlo. Lo he tenido aquí "traslomita", del otro lado de los Pirineos durante 16 años y sólo una vez fui a verlo.

No fui capaz de llamar ni enviar mensajes a mi tía y a mis primos una vez que se dio por oficial que mi tío nos había dejado. Sentí que me deshacía de la tristeza ¿Y cómo estarán ellos, pensé? ¿Qué voy a decirles que los pueda consolar? Mis lagrimillas de sobrina lejana serán como una afrenta ante el tamaño de su pérdida. Desde luego perder a un padre debe ser dolorosísimo, yo sólo sé lo que es perder a una madre (hace muchos años) y todavía tengo las cicatrices. Así que sentí que lo mejor que podía hacer era ir a decirles lo mucho que los quiero y darles un abrazo silencioso en reconocimiento de su dolor y de su amor, y me fui a París.

La bella durmiente o La muerte y la vida

Yo iba a encontrarme con la muerte ¿y con qué me encontré? ¡Con la vida! Ahí estaba esperándome en una parada de bus a la salida del RER que me llevó desde el aeropuerto hasta las cercanías del cementerio. "Bonjour monsieur", "bonjour madame" se sentían como caramelos en mi boca. Llovía, había gente de todos colores y con todo tipo de vestimentas. Un amable caballero me indicó cómo llegar a la puerta del cementerio y me contó su vida en unos pasos, como un cuento de hadas. El lugar era hermoso, lleno de árboles y de paz. El ataúd de mi tío parecía el capullo de una mariposa y me recordó ese "cuento sanador" de Susan Perrow: la oruga ya no está, parece que duerme, pero en realidad está preparándose para desplegar sus alas y habitar un nuevo espacio que nosotros, bichitos, sólo podemos soñar.

Fue delicioso poder abrazar a los representantes de la familia que lograron venir de México y a los parisinos tantos años después, con el mismo cariño. Fue como el beso de la Bella Durmiente. Ahí, mientras le decíamos adiós y gracias al cuerpo físico del tío Javier, despertó una parte de mí que llevaba cien años durmiendo: una niña que tenía un club con sus primos, que hacía travesuras, que se dejaba llevar por la vida, despreocupada, que aprovechaba cada pequeña ocasión para disfrutar. Mi hermana tuvo a bien recordarme que no llorara más ni más fuerte que los familiares directos. Así que el llanto me lo volví a tragar, el de despedir al tío y el de encontrar a la bella durmiente al pie de los cipreses.

Hacía frío, pero yo sentía calor, el calor del cariño y la presencias de estas personas tan queridas. Yo fui a abrazar, a rodear, pero me vi rodeada y abrazada y me di cuenta del tiempo que llevo sin ese círculo amoroso físico, que sostiene y que hace que los momentos descoloridos de la vida sean sólo eso, momentos descoloridos destinados a pasar y dejarnos algo bueno.

Después del entierro, la familia y los amigos cercanos nos dirigimos a casa de los tíos a compartir un ratito juntos. Pero aquello era un fiestón. Comida, bebida, charla, alegría. Me sentí muy feliz de ver cuánta familia de corazón estaba ahí arropando a mi tía y a mis primos, con un amor tan comprometido y tan genuino. Fue precioso. Las mesas estaban llenas de pasteles hechos por la concurrencia, en el jardín había "coronitas" de sobra y en los altavoces sonaban rancheras de las buenas.

El día terminó con un paseo de chicas a comprar quesitos para la vuelta de las mexicanas, y con sendas tandas de molletes para la "torna" del funeral. "¡Ay que alegría!", casi se podía decir. parecía mentira que no estuviera por ahí el tío, o sí estuviera, pero ya de una manera tan etérea, que clavaba un cuchillito en el corazón.

Los días de convivir con la familia allí fueron un gran regalo, pero también un tremendo shock: si vengo de una familia de caminantes ligeros, de artistas y disfrutadores ¿qué  %$"=<>#  estoy haciendo con mi vida? ¿por qué tanto sufrir por tonterías, a qué tanto sentido del deber y tan poco sentido del vivir?

En mi vida he hecho elecciones difíciles: vivir lejos de mi tierra y de mi gente, cruzar las fronteras de mi tradición espiritual, dejar la senda que me había trazado y que se suponía iba a darme la armadura para enfrentarme a la vida...esa clase de cosas. Y  ahi descubrí que no importa lo que haya elegido, sino cómo he elegido vivirlo. Porque hasta las separaciones más desgarradoras, los cambios de ruta más abruptos y los desconciertos más grandes, pueden vivirse como una sinfonía.

Así que esas lágrimas se juntan a mi llanto: ¿para qué tanto agarrarme al dolor si la vida es un suspiro? ¿quién me va a pedir allá arriba la cartilla del deber cumplido? Anubis pesará mi corazón y este ha de ser más ligero que una pluma, está clarito desde el tiempo de los egipcios. Ay qué amarga me siento y qué desconcierto. Esto de ser melancólica es un horror.

No se me malentienda, no digo que me la haya pasado sufriendo, mucho he disfrutado y mucho amor he tenido, pero me gustaría haber vivido con un poco mas de gracia y ligereza, sin darle tanto peso a la responsabilidad y dejándome llevar más por el disfrute y la alegría. A partir de ahora puedo hacerlo diferente, eso es lo que cuenta.

"De la muerte nace la vida" me dijo una sabia amiga estos días. Y efectivamente siento que la muerte del tío Javier y ese reencuentro hermoso que ha traído, ha hecho nacer para mí una nueva visión de cómo quiero que sea mi vida. No recuerdo con exactitud esa frase que alguien le dijo a la tía Maryse y que resultaba tan esperanzadora, era como que la presencia espiritual del tío Javier todavía podía ser motor de muchas cosas buenas y bonitas en la vida. Yo me voy a apropiar de esa frase y voy a darle gracias a la Vida por el camino del tío Javier, por las familia hermosa que sembró y cultivó, y las tomaré como inspiración para conducir mis pasos con más aire, y más alegría.

Cada uno debe seguir su camino. Es un disgusto cuando alguien querido se nos adelanta, pero como dicen en mi tierra: "ventaja que nos lleva". Y se quedan siempre con nosotros, como Amor Vivo.
Gracias tío Javier.
Gracias Maryse, Sebastián, Alexis, Manu y Nonor, y sus hermosas familias.
Gracias Pérez, a todos y todas, cuánto los quiero.