Aquí en nuestro retiro la vida sigue. Hace unos días una de las vecinitas, amiga de Fátima, cumplió años. Nos emocionamos cuando todos los vecinos cantaron el Cumpleaños Feliz después de los aplausos, para ella y para otro vecinito que también cumplía años.
Se me ocurrió escribir este pequeño cuento como regalo. Quizá sirva también de inspiración para aquellos a quienes les toque cumplir años en esta cuarentena y se sientan inquietos por no poder celebrarlo como acostumbran. Desde luego serán cumpleaños para recordar de manera especial, toda la vida.
¡Feliz día a día para tod@s!
Ardilla Roja cumple años
Habían pasado ya varios días
desde que Madre Naturaleza avisara a todos los animalitos, que debían quedarse
en casa porque ese año, ella necesitaba descansar otro ratito.
Ardilla Roja, sus hermano Castaña
y su hermanita Pequeña Ardilla, pasaban el tiempo jugando, ayudando a papá y
mamá con las tareas de casa y aprendiendo cosas nuevas. La verdad era que,
aunque tenían ratos de aburrimiento y algunas veces se cansaban de jugar solo
entre ellos, habían descubierto que en casa estaban muy bien.
Cada año, unos días después de
que llegara la primavera, llegaba también el cumpleaños de Ardilla Roja. Solían
celebrarlo con una excursión al río cercano, en la que participaban todos sus
amigos. La mamá de Orejitas, llevaba su deliciosa tarta de avellanas. El día
que la preparaba el aroma tostado y dulce llegaba desde el roble de enfrente
hasta la casa de las ardillas. Mamá Coneja, que vivía con su familia en las
raíces del árbol, llevaba horchata de almendras para todos. Tío Tejón tocaba el
Cumpleaños Feliz con su acordeón, y las ranas salían de su charca para ponerle
sus preciosas voces a la canción.
Pero este año todo era diferente.
Ardilla Roja se sentía triste. No se podía imaginar cómo sería su cumpleaños
sin la excursión al río y sin sus amigos.
Cuando despertó el día de su
cumpleaños, lo primero que hizo fue asomarse por la ventana de su habitación.
¡Hacía un día precioso! El cielo estaba azul, a lo lejos unas nubes blancas y
esponjosas viajaban despreocupadas y el sol brillaba alegremente. Aunque no
pudiera estar abajo correteando, Ardilla Roja se sintió feliz por ese día precioso.
Sintió como si Madre Naturaleza hubiera preparado ese día, nuevecito y precioso
sólo para él, y eso lo hizo sentirse muy especial.
Al salir de su habitación una
sorpresa lo estaba esperando. Sobre la mesa encontró un rico desayuno: bellotas
asadas, miel dorada y leche de nuez. Si hubiera sido un martes como cualquier
otro, papá habría salido de casa antes de que él y sus hermanos se hubieran
despertado. Habría tenido que vestirse rápido, y desayunar más rápido para irse
a la escuela. Y habría tenido que esperar hasta el fin de semana para poder celebrar.
¡Pero hoy parecía que el mundo se había detenido para que pudiera celebrar su
cumpleaños con su familia!
Mamá Ardilla, Papá Ardilla,
Ardilla Roja, Castaña y Pequeña Ardilla compartieron el desayuno con toda la
calma de un domingo. Al terminar papá le dijo: “¿Estás listo para tu día de
cumpleaños, Ardilla Roja? Parece que hoy vas a tener muchas sorpresas”.
“¿De verdad?” preguntó Ardilla Roja
ilusionado.
“¿Recuerdas la tarta de avellana que hace la
mamá de Orejitas?” preguntó Mamá Ardilla.
“¡Claro, mi tarta de cumpleaños
favorita!” respondió Ardilla Roja.
“Pues la mamá de Orejitas me
envió una nota con la receta y la explicación para hacer tu tarta favorita. Así
que hoy vamos a hacerla tú y yo”.
“¡Yuhu!” gritó Ardilla Roja, la
mamá de Orejitas les había regalado el secreto para hacer la tarta de
avellanas. A partir de ahora podría prepararla siempre que quisiera y celebrar
cualquier ocasión.
Pasaron una buena parte de la
mañana preparando la tarta. Cuando estuvo lista toda la casa olía a cumpleaños.
El buen olor de la tarta, salió volando por la ventana y entró en todas las
casas de los vecinos que se sintieron tan contentos como si fuera su propio cumpleaños.
“¡Ahora la horchata de almendra!”
dijo Mamá Ardilla. Castaña y Pequeña Ardilla vinieron también a ayudar y se
divirtieron un buen rato pelando y machacando las duras almendras. Cuando el
trabajo estuvo hecho los tres hermanitos se fueron a jugar.
A la hora de la comida papá y
mamá llamaron a las ardillitas. En el suelo del salón habían puesto el mantel
que usaban para ir de picnic. Y estaba la tarta, el agua de horchata, unos
bocadillos que Mamá Ardilla preparó.
“¿Un picnic en el salón?” se
sorprendió Ardilla Roja. “¡Esto no lo habíamos hecho nunca!”
“Como no podemos ir de excursión
al río, haremos nuestro picnic aquí mismo, ¿qué os parece?” preguntó Papá
Ardilla.
“¡Genial!” contestaron las
ardillitas. Y ese sí que fue un picnic de cumpleaños muy diferente.
Cuando llegó la hora de que el
sol se despidiera y la luna saliera a saludar, todos los vecinos se asomaron a
las ventanas como hacían estos últimos días. Pero esta noche, después de cantar
dulces canciones para arrullar el sueño de Madre Naturaleza, Ardilla Roja
empezó a escuchar otra canción. Desde el río cercano sonaba la potente voz de
las ranas y unas notas saltarinas llegaban desde la casa de Tío Tejón. ¡Era el
Cumpleaños Feliz! ¡Y todos los vecinos lo estaban cantando para felicitarlo
desde sus ventanas y balcones!
Desde luego, ese cumpleaños no
fue como los otros. Pero fue un cumpleaños tan diferente, que Ardilla Roja lo
recordaría siempre, siempre, como un cumpleaños de lo más especial.

