Al final le pedí a Armando que nos viéramos en su, nuestra, casa. Me pareció lo más seguro. Decidí no decirle nada nadie, ver si Pablo me decía algo, ver si se le salía lo del seguimiento. Identifiqué el auto que me siguió desde mi apartamento, alguno de los secuaces de Ricardo. Se estacionó a unos metros de mí. Supuse que de ahí habian sacado las fotos la vez pasada.
Armando me abrazó apenas abrió la puerta. Lo alejé de mí y entré rápido y cerré la puerta. Probablemente habrían fotografías de ese abrazo.
Alejé a Armando no sólo por las fotos, pero por mi olor. Me había bañado muchas veces pero mis manos, mi cuello, mi cuerpo completo olía a sexo. No sé si es un olor que todos pueden sentir, pero al menos yo lo siento muy intenso, así como también soy capaz de oler cuando otros han tenido sexo o cuando quieren sexo, especialmente conmigo. Y cuando te pasas los días acostada con alguien, haciendo el amor una y otra vez, pareciera que los olores se mezclaran y se te impregnaran en la piel, el olor del sudor, de las secreciones, de la saliva, de los besos en lugares recónditos. Era ese aroma el que había estado oliendo mientras conducía, en mis manos, en mis dedos, en mis brazos, y sabía que estaba en el resto de mi cuerpo, el olor de Pablo. ¿No lo sentía Armando? muchas veces me he preguntado si no será un olor animal el del sexo, como el que se usa para marcar el territorio. Yo olía toda a Pablo y Armando no parecía darse cuenta, pero ¿Cuando acaso se había dado cuenta de nada?
Pasé al living y empecé a hablar yo, rápido, atolondrada, nerviosa. Le dije a Armando que el fin de semana vendría a buscar el resto de mis cosas, mi ropa, mis libros, que lo demás se lo quedara todo, los muebles, la casa, todo. Armando se me acercó con pasos largos, me tomó la cabeza con delicadeza con una mano y me puso la otra mano en la espalda, acercándome a él. Que rico se sentía su olor, tan distinto al de Pablo y de su sexo, que rico se sentía tener sus manos grandes afirmándome y por un momento, cuando quiso acercarse a besarme, pensé en volver con él, dejarme llevar, pero entonces volví a acordarme de la sueca. Lo alejé antes de que sus labios tocaran los mios.
- Sigues enojada conmigo.
- No, enojada no Armando, dolida sí, pero no enojada.
- Qué quieres que haga...
- Que entiendas que esto no tiene solución, que me des mis cosas y hagamos este proceso lo menos doloroso posible.
- No voy a dejarte ir.
Lo miré fijamente. No sabía si me hablaba de que no me dejaría ir ahora, en ese momento, o no me dejaría ir tan fácilmente con un divorcio. Pobre Armando. No entendía que todo lo que yo estaba haciendo era, como siempre, por su bien. Perfectamente podría haberle dado la infinita lista de amantes, de los que tuve antes, durante y después de él, no bastaba más que eso para que su amor por mi se disolviera como azúcar en el agua.
- Se te olvida que estoy saliendo con Pablo.
- No me interesa lo que estés haciendo Marguerite. No soy quien para pedirte que no lo veas, para juzgarte, después de lo que te hice yo, pero no quiero dejarte ir, no puedo hacerlo. He estado pensando... tenías razón todo el tiempo. Todo esto pasó por mi culpa, si yo no te hubiese obligado a tener un hijo, no habríamos ido jamás donde Pablo...
- Y si no te hubieses acostado con esa sueca puta...
- Lo sé.
Armando se había sentado y apoyaba sus codos en sus piernas. Era la imagen perfecta de la desorientación. Me daba cuenta de que no sabía qué más hacer, siempre había sido yo quien había tomado las decisiones por los dos, aunque él creyera que fuesen por su propia iniciativa. Lo amo, me dije, pero mi orgullo es más fuerte. No puedo perdonarlo. Esto si que no puedo perdonárselo.
Nos quedamos un rato en silencio, sin saber qué más decir. Le pregunté si le parecía bien que metiera algunas de mis cosas en cajas, que me las llevaría el fin de semana. Me dijo que sí. Le pregunté si me acompañaba él y le comenté que no quería encontrarme con nada inesperado. Armando me dijo esta también es tu casa Marguerite, nadie más que tú ha estado aquí.
Claro que no. Con la sueca se había acostado en otros lugares. Nadie más que tú ha estado aquí. Un solo pecado, pequeño pecado comparado con todos los míos, ¿podría yo jamás decirle "nadie más que tú ha estado aquí"? y sin embargo la rabia, esa rabia que de tanta casi me provocaba náuseas, me seguía impidiendo ver su arrepentimiento. Marcelo tenía razón, tenía ganas de hacerle daño antes de dejarlo ir para siempre.
Entré al dormitorio. Las persianas estaban bajadas y entraba poca luz. Cuando Armando quiso subirlas le dije que no. Pensé en Ricardo, sus secuaces y su equipo de última generación espiándome por cada resquicio posible. Armando me pasó una maleta que todavía tenía las etiquetas de embarque de cuando me fui a Rio. Abrí mis cajones, mi ropa seguía ahí doblaba. Empecé a meter todo en la maleta. Armando se me acercó por detrás y me abrazó.
- Vuelve conmigo Marguerite - sentí su voz en mi cuello, tibia.
- No... - le dije en un susurro. Cerré los ojos.
- Por qué no...
- Porque... - me di la vuelta dentro de su abrazo - nunca te la has jugado por mí Armando, por eso.
Me miró sin entender.
- Como que no me la he jugado por ti...
- La primera vez que terminamos, ¿te acuerdas?
- Claro, tú me dejaste.
- ¡Te dejé porque no te la jugabas!
- Pero de qué estás hablando... ¡Estábamos juntos! ¡Fuiste tú la que me dejó a mí!
- Estábamos juntos... ¿Lo estábamos? Tú estabas concentrado en tus estudios, tu familia, siempre dándome largas sobre nuestra relación, nunca me hablaste en serio de si te ibas a casar conmigo...
- Pero Marguerite. Tú-me-de-jas-te - me dijo como si yo hubiese sido una retardada a la que había que hacer entender con sílabas - qué querías que hiciera, ¿que te rogara?
- ¿Te das cuenta que no entiendes nada? Si me querías de verdad, tendrías que haber hecho todo por hacerme volver contigo, y tú no hiciste nada...
- Pero mi amor... ahora...
- Ahora nada. Volví a darte una oportunidad y volviste a desaprovecharla. Ahora solamente me quieres porque estoy con Pablo, igual que solamente me querías cuando estaba con Derek.
Armando me abrazó más fuerte, pegando su cuerpo al mío.
- Tienes razón. He sido un estúpido, un maricón, llámame lo que quieras. Y quizás sí, soy tan tarado que solamente actúo cuando siento que te estoy perdiendo Marguerite, pero no voy a volver a perderte. No de nuevo.¿Crees que no me he pasado las noches en vela imaginándote con Pablo, besándolo, haciéndole el amor? ¿Crees que no me llega a doler la guata de saber que cada minuto que no estás conmigo estás probablemente con él?... pero sé que la cagué y como te dije ya ni siquiera quiero que me perdones, solamente quiero que vuelvas conmigo, esta vez las cosas serán como tú quieres que sean.
Y me besó. Sus manos seguían afirmándome con firmeza. Me costó retomar el ritmo de los besos de Armando cuando me había besado solamente con Pablo los últimos días, pero luego de unos segundos, ahí estaba, mi Armando, el Armando a quien yo le había enseñado a besar, sus besos deliciosos. Me dejé llevar con los ojos cerrados, pensando de nuevo en si realmente no era capaz de sentir el olor de Pablo en mi cuerpo. Me llevó a la cama y me siguió besando sin decir nada. Lo dejé que me desnudara con rabia e intenté no pensar en nada más. Me hizo el amor con furia y yo le enterré las uñas en la espalda una y otra vez. Seguía dolida con él por haber arruinado todo.
Cuando acabamos, saqué un cigarro de mi cartera y me lo fumé acostada a su lado.
- Volviste a fumar...
Cuán tonto puedes ser Armando. Nunca lo he dejado. Ninguno de mis vicios lo he dejado, simplemente es que no te das cuenta de nada.
- Armando... esta fue nuestra última vez - le dije mientras apagaba el cigarro. - Estoy con Pablo ahora, lo de nosotros ya no tiene remedio.
- ¿Me quieres todavia?
- Por supuesto.
- Entonces no se ha acabado nada Marguerite. Entiendo que tu orgullo esté herido, pero mientras me sigas amando, mientras me quieras un diez por ciento de lo que yo te amo a ti, voy a seguir intentándolo.
Me vestí y salí rápido y sin despedirme cuando Armando se metió a la ducha. Cuando hice partir mi auto nadie me siguió, por más que miré por el retrovisor, no vi ningún auto que me indicara que Ricardo o sus empleados iban detrás mío. Me fui directo a mi apartamento, quería ducharme y cambiarme ropa antes de ver a Pablo. Mi cuerpo olía al sexo de Armando ahora. Casi me desmayo cuando vi que Pablo me estaba esperando en la conserjería de mi edificio, leyendo el diario. Me saludó con una sonrisa.
- ¿Dónde estabas?
- Terminando un trabajo... - la mentira salió automática, no pensé en si probablemente lo sabría ya, pero no pareció notar que le estaba mintiendo, ni el olor de Armando, aunque a mí me parecía que me explotaba el aroma de su perfume en la nariz con cada inhalación. Tendría que decirle la verdad antes de que Ricardo se lo contara.
- Subamos y te preparo algo de cenar.
Mierda. Mierda. Mierda, los micrófonos, pensé. Por eso había venido.
Subimos y le dije a Pablo que me iba a dar una ducha. Me preguntó si no quería que me duchara con él entre carcajadas. Tenía dos opciones. Ducharme con él y que se diera cuenta de que me había acostado con Armando, no habíamos usado condón y necesitaba revisar si me había dejado alguna marca en el cuerpo. Mi otra opción era igual de poco tentadora, ducharme sola y dejarlo a sus anchas para que instalara un micrófono e incluso una cámara donde quisiera. Me dije que esto último era lo menos peligroso, siempre podía revisar y quitarlo, y me duché lo más rápido que pude mientras él preparaba algo de comer.
Pablo empezó a hacerme preguntas de cómo me había ido en la universidad. Nos habíamos visto por la mañana, habíamos desayunado juntos. Sentía que me miraba extraño, distinto. ¿Sabía que había ido a ver a Armando? O quizás era capaz de sentir su olor, por mucho que me hubiese lavado.
- Estaba pensando Marguerite... en si te gustaría que nos fuéramos a Europa para las vacaciones de invierno.
Dejé de comer para mirarlo. Le dije que tenía apenas dos semanas de vacaciones.
- Pero perfectamente podrías pedir permiso y tomarte dos más. He estado pensando... qué te parecería que nos fuéramos de aquí. Podrías postular a un intercambio, empezar en, no sé, Madrid, Londres, donde quieras, en septiembre. Podríamos empezar de nuevo lejos de aquí.
- ¿Y tú? ¿Qué piensas hacer tú?
- Yo puedo encontrar trabajo donde quiera, o hacer un postítulo, no lo sé. No le he pensado completamente, quería hablarlo contigo primero.
Terminamos de comer y no volvimos a tocar el tema, pero mientras veíamos una película era en lo único en que pensaba. Pablo, sentado al lado mío, de repente olió mi cuello y dijo un "hmm" bastante extraño.
- ¿Qué?
- Nada... tienes... un olor distinto...
- Debe ser el gel de ducha nuevo - dije con un agujero gigante en el estómago.
- Seguramente - me dijo mientras me daba un beso y volvía a la película.
- Pablo...
- Hmm
- Hoy vi a Armando.
Me pareció ver que apretaba la mandíbula y un pestañeo extra.
- Fui a buscar algunas cosas a la casa.
- Y...
- Y nada, simplemente eso. Conversamos y quedé de ir a buscar el resto el fin de semana. Pensé que deberías saberlo.
- No necesitas contarme todo lo que hagas - porque de todas maneras ya lo sé, me pareció escuchar dentro de mi cabeza - Marguerite, yo confio en ti.
Volvió a la película como si nada. Realmente estaba confundida, me confundía su actitud. Yo sabía que él sabía, ¿no era por eso que me había dicho lo de que olía distinto?
En eso sonó mi teléfono, era mi cuñado. Rodrigo nunca me llama y me pareció muy extraño, así que contesté.
- Armando tuvo un accidente.
- ¿Qué?
- No es nada serio, no te alteres. Chocó en el auto, tiene algunas contusiones pero nada de gravedad. Lo dejan algunos días en observación. ¿Puedes venir?
- Sí, si, claro, dime dónde está.
Anoté la dirección y le conté a Pablo lo que había pasado. Me alteré muchísimo, me recordó a aquel otro accidente que tuvo Armando, aquel en el que quedó en coma, aquel que me hizo empezar a escribir. Pablo me preguntó si quería que me acompañara y le dije que no creía que fuera lo mejor. Me preguntó entonces si quería que me esperara en mi apartamento. Claro, pensé, para instalar tus micrófonos a tu gusto. Le dije que no sabía a qué hora volvería. Pablo insistió en acompañarme, me recordó que era médico, le dije que no, no ahora, y le dije que me iría a su apartamento cuando me desocupara. Nos despedimos con un beso. Te quiero, ten cuidado, me dijo Pablo, y me pareció sincero.
Del apartamento a la clínica no vi a nadie seguirme. Me pasé mil rollos. Cuando llegué a la clínica tenía la certeza absoluta de que había sido Pablo quien había mandado a alguno de los matones de Ricardo a hacerle algo a Armando. Pero lo que Rodrigo me dijo me confirmó que no: Armando había salido en el auto con unos tragos encima y había chocado. Los daños no habían sido muchos.
Cuando entré a verlo estaba dormido, un magullón en la mejilla, se veía ojeroso. Me dió pena imaginármelo bebiendo después que me fui, solo y desorientado. Todo era mi culpa. Todo era mi puta culpa. Rodrigo me preguntó si yo tenía llaves de la casa y si podíamos ir a buscar algunas cosas. Le dí un beso en la frente a Armando antes de salir con Rodrigo.
En el camino no hablamos. Mientras conducía se me cayó alguna lágrima. Si Armando se hubiese matado no me lo habría perdonado nunca. En la casa recogimos algunas cosas, dos mudas de ropa, zapatillas, artículos de higiene. En el dormitorio mi maleta seguía tal cual donde la había dejado.
- ¿Estuviste aquí?
- Si, temprano, vine a recoger algunas cosas.
- ¿Discutieron?
- No.
- Por qué estaba tomando mi hermano entonces...
- Creo que eso es algo que tendrás que preguntárselo a él.
Rodrigo me afirmó de una muñeca.
- Quiero que me respondas ahora. Qué estúpido jueguito estás jugando con mi hermano...
- Suéltame Rodrigo. Estoy cansada, me asusté muchísimo con el accidente, no estoy jugando a nada. Los problemas entre tu hermano y yo los resolvemos nosotros, no vengas a hacerte el hermano mayor super héroe ahora.
Rodrigo me soltó con una sonrisa extraña en los labios, casi una mueca.
- Sabes Marguerite... siempre me he preguntado qué es lo que escondes, o mejor dicho, no entiendo por qué volviste. No logro entenderte. Dejaste a Armando hace tantos años y solamente mi familia sabe lo que nos costó hacerlo volver a la vida...
- A mí no me parece que les costara tanto. No pasó mucho tiempo antes de que aparecieran los rumores de su relación con... ¿Cómo es que se llamaba la amiga de tu hermana?
- Ella nunca significó lo que tú para él, para nosotros...
No pude evitar una carcajada ruidosa. Yo nunca había significado nada para ninguno de ellos.
- Te parecerá ridículo lo que te digo pero es la verdad. Yo te eché muchísimo de menos cuando te fuiste. Y ahora cuando volviste... te juro que no entiendo el por qué.
- Amo a Armando, por eso volví.
- Y si lo amas, por qué no estás con él.
- Es más complicado de explicar de lo que piensas.
- ¿Es porque te engañó? ¿Acaso no lo has engañado tú también?
Fue como haberme dado una patada en el estómago. Rodrigo sabía, pero qué, qué era lo que sabía. Cualquier palabra podía ser un paso en falso.
- De qué hablas - mi voz sonó como una estalactita, fría y filosa.
- ¿Tú crees que yo no sé como es que Germán consiguió el trabajo que tiene? ¿O como el marido de Francisca consiguió un ascenso que no se merecía justo en el momento que más lo necesitaba? ¿O que no sé que fue la relación que tuviste con (y me dijo para mi horror el verdadero nombre de Albert) la que sacó a mi papá de los líos en que se metió? ¿Tú crees que yo no sé - me dijo mientras se acercaba a mí intimidante - que te fuiste por lo que hiciste para sacarnos del hoyo?
Me puse a llorar irremediablemente, no pude evitarlo. Era tanto el peso, tanto el peso que se me cayó de los hombros, el accidente de Armando, el nuevo accidente, el bebé, todos los bebés abortados, todo, que no pude evitar ponerme a llorar descontroladamente. Rodrigo me abrazó.
- No seas tonta, nadie más que yo lo sabe.
- Cómo... - le dije entre hipos
- No soy estúpido Marguerite. Cuando te fuiste... la primera vez que te fuiste... sabía que no estabas bien. Le dije a Armando que te buscara pero el muy estúpido y orgulloso no quiso hacerlo. Empecé a hacer averiguaciones, a sumar uno más uno, hasta que entendí todo.
- No podía...
- Shhhttt, no digas nada sobre eso. Lo sé y punto. No te juzgo. Si no hubiese sido por eso, quien sabe dónde estaríamos ahora. Pero si tienes miedo de que eso se sepa ahora... si es por eso que no vuelves con Armando... yo nunca voy a decir nada, puedes estar tranquila.
- No Rodrigo, no es por eso...
- ¿Es por lo que pasó con Merete?
- Algo así...
- Te aseguro que no quiero sacarte en cara nada, pero... ¿no crees que deberías perdonarlo? A final de cuentas, tú también tienes tejado de vidrio como para estar lanzando la primera piedra.
Me senté en la cama y me puse a llorar de nuevo. Rodrigo se sentó a mi lado y volvió a abrazarme.
- Por qué... dices que me buscaste... por qué...
- Porque yo en ese tiempo estaba enamorado de ti Marguerite. Sabía que eras de mi hermano, pero no podía dejar de pensar en ti, y cuando te fuiste... sentí que te perdía yo también.
Fue tanta la sorpresa de su confesión que dejé de llorar. Sólo quedaron hipos ocasionales, que sonaban ridículos. Rodrigo me hizo cariño en la mejilla y antes de darme cuenta, me estaba besando. Lo siguiente que recuerdo y casi lo único en que he pensado estos días son sus dedos largos, firmes, recorriéndome los pezones con destreza y su boca, mordiéndome los labios. Lo hicimos en la cama de Armando con la calma del que sabe que no será interrumpido. Hablamos y hablamos por muchas horas. Y volvimos a hacerlo. Mi cuerpo todavía huele a Rodrigo.