Fue para la navidad cuando la Colomba, una de las sobrinas de Armando, nos preguntó mientras cenábamos cuándo íbamos a tener un bebé.
Sentí como todos los ojos se fijaban en mí, como cambiaban los sonidos de los cuchillos cortando la carne, las mil preguntas en silencio. Armando lanzó alguna broma mientras una de sus hermanas se sobaba el vientre hinchado a más no poder con su hijo nonato y su otra hermana le molía las papas a su hija. Todos los hermanos y hermanas de Armando están casados y con hijos, como corresponde en su círculo social, y eso fue lo que Armando me dijo cuando llegamos al apartamento.Que ya deberíamos ir pensando en formar familia.
Le argumenté que iba a empezar mi tercer año de universidad, que llevábamos poco menos de un año casados... él por su parte me recordó que no me estoy volviendo más joven precisamente, que a pesar de llevar poco casados nos conocemos hace más de diez años, y que siempre puedo seguir estudiando o congelar si quiero, que no entiende por qué siquiera tengo que estudiar o quiero trabajar... ay Armando, si supieras...
Entré a estudiar psicología porque... simplemente no daba más. Necesitaba algo en que ocupar la mente. Pensé que estudiando psicología podría llegar a entenderme, a conocerme, y la verdad es que me gusta, me distrae. Trabajar no lo necesito, me basta y me sobra con todo el dinero que he ahorrado todos estos años de prostitución y los "regalos" que mis amantes, por que no he dejado de acostarme con quien me plazca a "pesar" de estar casada, me hacen.
Pero Armando no entiende nada de esto. No entiende esta necesidad de mantener mi mente ocupada en algo ni la necesidad de "trabajar" como una tapadera.
Y tampoco sabe Armando de mis embarazos anteriores, de que quizás simplemente no sirvo para ser madre. Si estuviera en mi destino ser madre, probablemente, luego de cuatro embarazos, ya lo sería. Pero no. Cuatro embarazos y cuatro abortos. Quien sabe las consecuencias físicas que estos abortos han tenido en mí.
Armando me pidió en diciembre que se lo "dejáramos al destino", que dejara de tomar pastillas y viéramos qué pasaba. Le dije que sí en medio de una jaqueca horrorosa pero la verdad es que no he dejado de cuidarme. No sé si quiero ser madre. No sé si quiero intentarlo siquiera. Amo a Armando, en serio que lo amo, aunque probablemente nadie entendería este tipo de amor, el amor que me permite estar casada con él y acostarme con otros. Lo amo tanto que no puedo permitirme la autodestrucción como hice en el pasado. Necesito estas vías de escape, necesito estos deslices, pero eso no quiere decir que no lo ame.
Y un hijo... realmente no entra mis planes. ¿Qué clase de madre sería yo? ¿Una idéntica a la mía? No soy capaz de sentir algo por un niño, por un bebé, aunque sea de Armando y mío. Simplemente no puedo, me provoca rechazo pensar en otro embarazo. Los sobrinos de Armando, ruidosos, molestosos, me provocan aversión.
Toda esta conversación, la pregunta de cada mes de Armando si "algo" ha pasado, mi negativa... me ha llevado a pensar en mi cuarto embarazo, a recordarlo con lujo de detalles, o de horrores.
Yo estaba en primer año de la universidad cuando conocí a Daniel. Daniel era diseñador gráfico, apuesto, pelo desordenado hasta los hombros. Lo conocí mientras esperaba la micro, pasó en su auto y paró para preguntarme una dirección, le dije dónde quedaba, me sonrió y me preguntó por qué no lo acompañaba.
Me subí al auto sin pensar en peligros, llegamos donde tenía que ir, se bajó a entregar un paquete mientras me dejaba en el auto y cuando volvió, me invitó a comer. No sabría cómo describir a Daniel. Acelerado, alegre... no sé, pero tenía un algo especial, una personalidad fascinante que me atrajo desde el primer momento. Me decía que me encontraba bonita y me parecía tan raro todo... ahora, recordándolo, entiendo muchas cosas que en ese tiempo no supe entender.
Al día siguiente, cuando salí de clases, me estaba esperando afuera de la universidad. Era viernes y me invitó a irme con él a la playa. En ese tiempo arrendaba una pieza en una casa, cerca de la universidad. Mi mamá había muerto y mi papá me pasaba, demanda mediante, lo justo para mantenerme. Daniel tenía 31 años y casa en Santo Domingo. Nos fuimos escuchando música. Ese día lo recuerdo nublado.
Cuando llegamos, me presentó a su familia. Su mamá, sus hermanas, su hija de 9 años. Me sorprendió esa niña preciosa de pelo hasta la cintura que me miró enfurecida. Daniel me había presentado como su polola y yo realmente no atiné a nada. Daniel me descolocaba con su actitud, su verborrea, sus gestos locos.
Esa noche llegó el hermano de Daniel de visita. Empresario bastante conocido, un poco gordo, que me recibió como si me hubiese conocido de toda la vida. En realidad toda su familia era extraña. Su mamá era amorosa, me contaba que "Danielito" nunca había llevado a ninguna polola a la casa, excepto a la mamá de su hija, claro, y que estaban muy contentos de tenerme de visita. Si me hubiese preguntado cuánto llevábamos o cómo nos conocimos, no habría sabido qué decirle.
Daniel y su hermano empezaron a beber. Yo tomaba bebida. Quizás estaba en guardia ante esa familia tan rara que me tenía hipnotizada. Probablemente era la falta de ver como funcionaba una familia real lo que me tenía así.
Algo que me pareció un poco raro fue que Daniel y su hermano iban a cada rato al baño. Vamos al baño hermano, decía uno, y partían los dos. Cuando volvían estaban más alegres, más conversadores, para ir de nuevo al baño en pocos minutos. En un momento en que partieron los dos al baño los seguí y espié por el agujero de la cerradura. Encima del mueble sobre el WC ponían cocaína y la aspiraban. Volví al living sigilosa, preguntándome en que mierda me había metido.
El hermano de Daniel se despidió y quedaron de hacer un asado al día siguiente. Nos fuimos a acostar y aunque hasta entonces no habíamos pasado de un par de besos en el trayecto a Santo Domingo, suponía que íbamos a tener sexo, pero Daniel me dió un beso en la frente, apagó la luz y se durmió.
Al día siguiente salimos a caminar con Daniel y su hija. Daniel me llevaba de la mano mientras me contaba de su niñez en esa playa y la niña lo miraba celosa. Daniel la abrazaba entonces y le decía que no fuera tontita.
Comimos con su mamá, que vivía permanente en esa casa. Me preguntaron qué hacía yo, qué estudiaba, sobre mi familia. Les dije que había quedado huérfana el año pasado y no me hicieron más preguntas.
Por la noche llegaron muchos de sus amigos. No sé dónde estaba la mamá, no la recuerdo ahí, pero recuerdo las carnes en el asador, el disco de mariscos, la cerveza, vino, vodka por montones y las escapadas de Daniel y de todos sus amigos al baño. La fiesta duró toda la noche y el domingo Daniel estaba tan mal que tuvimos que volver a Santiago el lunes. Me dejó fuera de mi universidad y se fué.
Me llamó un par de veces esas dos semanas que pasaron antes de volver a verlo. Cuando nos vimos nuevamente, me preguntó si quería ir a un motel. Directo y claro. Le dije que sí y fuimos a uno de las afueras de Santiago. Ahora que sabía que jalaba, observaba más signos de su adicción, la forma en que se llevaba constantemente la mano a la nariz, cómo estaba siempre sorbiendo como si estuviese resfriado, sus ojos un poco saltones, cómo se llevaba las manos al pelo con cierto temblor. Y me provocaba una especie de miedo y atracción a la vez.
En el motel empezamos a besarnos. Yo estaba encima de él pero no avanzábamos, hasta que me sacó de encima y me dijo "sabes qué, no se me para". Ante mi cara, empezó a explicarme que no era yo, que yo le gustaba, y mucho, pero que lo esperara un poco. Y se paró al baño. Lo seguí y lo observé esnifar una raya de cocaína y le pregunté desde la puerta si me dejaba probar. Me preguntó si había probado antes y le dije que no. Dudó, pero al final me indicó cómo hacerlo.
Me dolió la nariz, pero no había pasado mucho rato antes de sentirme feliz, eufórica. Nos seguimos besando y tuvimos un sexo deplorable, realmente no se le paraba. Intenté con el sexo oral, frotándome sobre él... Daniel me decía que era por culpa de condón y probamos a hacerlo sin condón, pero nada. Así que nos vestimos y nos fuimos.
En vez de llevarme a mi casa, Daniel se metió por unas calles detrás de Gran Avenida. Paramos frente a una casa que se veía bastante pobre (la familia de Daniel, sin ser ricos, eran de muy buena situación) y Daniel se bajó. Pensé que se bajaba a comprar más cocaína. Cuando volvió partimos rápido. Me dijo que había ido a dejarle dinero a la mamá de su hijo. Tenía un hijo de tres años del que su familia no tenía idea.
Los recuerdos desde ahí se vuelven más difusos. Empecé a consumir cocaína con él. Me llevaba a fiestas de las que poco recuerdo. Tengo apagones en los que en un momento estaba en un lugar y en otro momento en otro lugar, sin saber cómo había llegado de A a B. Recuerdo que al día siguiente me sentía cómo si me hubiese atropellado un tren, pero eso no quitaba que apenas Daniel me llamara, dejara todo botado por ir con él.
Tengo imagénes cortadas de una fiesta en su apartamento en Providencia, habían unas diez personas, esnifábamos en la mesa del comedor y bebíamos vodka naranka. Daniel empezó a besarme y me preguntó si estaba caliente. Le dije que sí. Llamó a uno de sus amigos y le dijo que me lo hiciera, ahí, delante de todos, sobre la mesa. No atinamos a nada, su amigo era atractivo, Daniel se alteró, nos exigió empezar a besarnos y una cosa llevó a la otra. Lo siguiente que recuerdo es mirar a una pareja desnuda en el sillón mientras su amigo me penetraba y Daniel me pasaba la lengua por los brazos desnudos, por el pecho, o me hacía sentarme sobre el borde de la mesa para lamer el polvo de cocaína que se me había pegado en la espalda.
Así fueron muchas fiestas de las que realmente recuerdo poco, drogas, alcohol, sexo con cualquiera mientras Daniel me observaba, hasta que se me cayó el mundo encima cuando descubrí que estaba, de nuevo, embarazada.
Me junté con Daniel para contarle. Daniel se llevó las manos a la cabeza y me dijo que le estaba mintiendo. Cuando le dije que no, se enojó, se puso violento, y me pegó una cachetada, me dió un combo en el brazo, otra cachetada, me llamó tonta, me dijo que lo había hecho a propósito y que ni siquiera sabía si el hijo era de él. Me hizo bajarme del auto a empujones y me dejó tirada, en una calle desconocida, sin dinero, sin tener idea cómo volver a mi casa.
Estaba oscuro. Empecé a caminar, llorando. Alguien me preguntó qué me había pasado y le dije que me habían asaltado. Se juntaron un par de personas, me dieron algo de dinero, me acompañaron hasta la micro contándole al chofer que me habían asaltado. El chofer no me cobró, me hizo sentarme en el primer asiento y me decía que todo iba a estar bien mientras yo más lloraba, sintiéndome lo peor del mundo, tan estúpida, tan todo.
La micro me dejó en plaza Italia y ahí tomé un taxi hasta mi casa, que pagué con el dinero que me habían dado. Daniel me llamó al día siguiente, me dijo que se había ido en volada, y que fuera el hijo de él o no, él se iba a hacer responsable si lo que quería era tenerlo o pagar un aborto. Le pedí el dinero para un aborto y me lo hice de inmediato. Lo último que recuerdo de ese embarazo son las uñas largas de la matrona brusca que practicaba abortos clandestinos en una clínica de providencia y que aparte del dolor físico no sentí absolutamente nada por ese bebé.
Después de eso empecé a tomar pastillas y usar diafragma al mismo tiempo. Realmente tuve mucha suerte de nunca pegarme nada las veces que me metí con alguien sin condón, creo que ni siquiera pensaba en la posibilidad de contagiarme de algo.
Daniel murió pocos meses después, me enteré por los diarios, de una sobredosis. Siempre me pregunté qué habría pasado con ese hijo del que nadie sabía.
Y ahora que Armando quiere que tengamos un hijo, que me dice que voy a cumplir 32 años y que ya estamos en edad, pienso en Daniel, en Ryu, en Marcos, en Jaime, en todos esos bebés no nacidos y creo firmemente que no estoy lista para ser madre, que simplemente no está en mi destino ser madre.
El problema es que para Armando el formar una familia lo es todo y ahora me ha pedido, ya que en estos meses no ha pasado nada, que visitemos a un especialista en infertilidad.