30-12-2012

Punta Arenas

Cuando Marcos se desocupó en la iglesia, nos fuimos a su departamento frente al Bellas Artes. Todavía me dolía la muñeca del apretón de Pablo.

Empecé a besarlo con desesperación, necesitaba sacarme el estrés encima, lo lancé a la cama y lo seguí besando con furia. Todo era su culpa. Por él estaba así, él, que me había hecho como él había querido, que se había aprovechado de mí. Le mordí el labio hasta que se lo rompí, se quejó y lo solté, le sangraba. Le saqué la camisa a tirones y dos botones cayeron al suelo. Le bajé la ropa y me desvestí rápido y me monté sobre él. Intentó abrazarme y le cogí las manos por las muñecas y se las puse sobre la cabeza, inmovilizándolo. Quiso hablar y lo hice callar.

Sentía acercarse el orgasmo. Marcos me miraba sin entender, pero lo disfrutaba. Me sentía poderosa, en control, le enterré las uñas en las muñecas y Marcos no se quejó. Seguí moviéndome cada vez con más furia, y el placer se me enroscaba en la piel. Marcos me dijo que no podía aguantarse más y me dejé ir, me hacía daño moverme con tanta fuerza y a la vez me gustaba. Sentía que lo estaba violando y me gustó esa sensación de poder, sentirlo ahí bajo mí, inmóvil, mi instrumento de placer, mi juguete de satisfacción. El cosquilleo del orgasmo me recorría el cuerpo en oleadas eléctricas. Me dejé caer sobre él con un gemido. Habría querido morirme ahí mismo, de placer, y no tener que pensar en nada más. Si todo hubiese sido tan fácil...

Prendí un cigarro. Por entre las cortinas se veía el techo del museo. Me paré desnuda a mirar la calle. Y si me lanzara... sería una muerte segura desde el séptimo piso. Podía visualizar mi cuerpo desnudo, destrozado en el pavimento.

- Alguien te va a ver...

Recordé que Marcos estaba ahí y por qué lo había citado. Me acosté a su lado y prendí otro cigarro.

- Te iba a llamar... necesito contarte algo - me dijo - pero dime tú primero cuál es el problema...

Le conté todo. O casi todo. Le conté de Armando y el bebé que quiere tener, de Pablo y de cómo se había puesto violento, de que no sabía que hacer porque se me estaba escapando de las manos.

- Pablo... - sentí un deje de celos en su voz
- Necesito que me ayudes Marcos, no que me juzgues, tú menos que nadie para decirme algo...
- No, no... sólo estoy pensando en qué puedes hacer... o sea, el tipo está claramente inestable...
- No me digas... no me había dado cuenta...
- Y tiene demasiada información sobre ti... y creo que no dudará en hablar con Armando.
- ¡Por la cresta Marcos! ¿Crees que no sé todo esto?
- No te enojes... Marguerite... es que no sé cómo ayudarte...

Fui al baño, me duché. Maldito calor que me tiene atontada. Le pregunté a Marcos si tenía vino, marihuana, cualquier cosa que me calmara. Sólo tenía cerveza. Me senté en la cama y me puse a llorar. Marcos me abrazó por la espalda.

- Shhhht... no llores...
- Marcos... quiero que hables con Pablo
- ¿Que yo hable con Pablo? ¿Y que le diga qué?
- No sé. Dile que yo hablé contigo, que me confesé y te conté todo... que... no destruya un matrimonio, que un error lo comete cualquiera, que dios lo perdona, ¡no sé! ¡Cualquiera de las burradas que le dices a la gente! Es tu trabajo, o no...
- Si voy a hablar con Pablo tiene que ser a más tardar dentro de la próxima semana... Marguerite... eso es lo que quería decirte. Me voy.
- ¿Te vas? ¿De vacaciones?
- No. Me han destinado a... Punta Arenas.
- ¿Y eso por qué?
- Por que... hay una alumna... amenazándome con contar que tuvimos algo...
- ¿Qué edad tiene esta alumna?
- Diecisiete...

Sentí que me daban una patada en el estómago.

- ¿Y te la agarraste hace cuánto?
- Dos años...
- Serás estúpido...
- No creo que diga nada, no creo que pase de la amenaza... pero para calmar un poco las cosas, pedí que me destinaran a Punta Arenas por una temporada.
- No sé... que decirte Marcos...
- Es sólo por un tiempo, hasta que se calmen las cosas... y por supuesto que voy a hablar con Pablo, de eso no te preocupes, a ti no te va a pasar nada.

Fue un flaco consuelo. Volví a sentirme sola, tan sola. Volvimos a hacer el amor, esta vez yo debajo, como una muñeca de trapo, muerta. Marcos no se dió cuenta. Por encima de su hombro miraba el fierro de las cortinas y me imaginaba de nuevo a mi misma desnuda y destrozada sobre el pavimento, envuelta en las cortinas de encaje que había llevado conmigo al saltar desde el séptimo piso, el fierro tirado al lado mío..

Los jadeos de Marcos me remontaron a casi 17 años atrás, en el retiro espiritual, cuando pensaba que entre él y yo podría haber algo serio, que dejaría el sacerdocio porque me amaba. Pensé que esa niña de hace dos años debió haber pensado lo mismo. Pensé que probablemente no la había embarazado como a mí. Ella había tenido la valentía de encararlo, enfrentarlo, yo me había limitado a ser su juguete, a hacer lo que el ordenara. Recordé la camilla donde Marcos me obligó a abortar y saqué cuentas. Esa niña casi podría haber sido ese bebé que perdí. Me sentí enferma, empujé a Marcos fuera de mí, y vomité.

29-12-2012

No te vas a librar de mí tan fácilmente

Ayer me junté con Thomas. Fuimos a mi departamento y antes de que se entusiasmara, le pregunté que qué pensaba de la onda que había entre Merete y Armando. Me miró sin entender. Él no creía que se gustaran siquiera, me dijo que eran paranoias mías por lo de nosotros. Me carga cuando te has acostado dos veces con alguien y empiezan con "lo nuestro".

He estado extremadamente nerviosa estos días. Pablo siguió mandándome mensajes, necesitaba hablar conmigo. No le respondí. Menos mal que salí de clases, no tengo cabeza para nada. Después de que se fue Thomas, después de tener sexo rápido, más placentero para él que para mí porque tenía la cabeza en otro lado, me duché. Tenía el pelo lleno de shampoo y un poco de espuma en los ojos cuando sonó el teléfono. Pensé que era Thomas que se le había quedado algo y contesté sin mirar. Era Pablo y estaba afuera de mi departamento. Quería subir. Le dije que esperara y le corté.

Me enjuagué, me vestí rápido y bajé. Lo encontré un poco pálido, un poco ojeroso, sus ojos que tanto me habían gustado ahora tenían otro brillo, metálico, peligroso, la boca con un gesto duro, los labios apretados, los brazos cruzados.

- ¿Cuánto llevas aquí?
- Media hora o algo así.

Me pregunté si había visto salir a Thomas. ¿Lo recordaría de la fiesta?

- Qué quieres.
- Quiero que hablemos.
- No tenemos nada de qué hablar...
- Marguerite, ¿podemos subir?
- No.
- ¿Porque hay alguien arriba?
- No seas estúpido. También vengo aquí para estudiar y estar tranquila, no solamente a agarrarme tipos.
- Entonces... subamos.
- Para qué. ¿Quieres pegarme de nuevo?

Se puso más pálido. Se acercó dos pasos. Lo miré con odio.

- No te acerques a mí.
- Vamos a hablar. Aquí, en tu departamento, en tu casa, no sé, pero si yo fuera tú no esperaría hasta ir a mi consulta con tu marido para que hablemos.
- ¿Y quien te dijo que vamos a ir?
- Tu marido. Lo llamé hoy para recordarle la cita y preguntarle cómo seguías después del... asalto.

Todavía tengo una pequeña costra en el labio, Pablo la miraba atentamente.

- Voy a buscar mi cartera, espérame aquí.

Subí con el corazón palpitándome a mil. Qué mierda quería Pablo ahora, por qué no me dejaba tranquila.

Caminamos un par de cuadras hasta una calle más concurrida y entramos en un restaurant. Adentro estaba fresco. Nos sentamos en la mesa más alejada. Yo pedí un helado, Pablo pidió un trago. Le temblaban las manos cuando agarró el vaso. Me fijé que tenía los nudillos un poco pelados y enrojecidos, como si hubiese estado pegándole a algo. Me mordí la costra del labio.

- Marguerite... primero que todo... quiero pedirte disculpas. No debí haberte levantado la mano... - le seguían temblando los dedos.
-Por qué me sigues llamando Pablo, qué es lo que quieres...
- A ti. Te quiero a ti. Yo sé que se me pasó la mano, pero es que cuando pensé que... podías haberte acostado con otro... y lo nuestro... - otra vez "lo nuestro" - simplemente me puse ciego, reaccioné muy mal, no sabes cuánto lo lamento.
- Lo que sea que crees que había entre nosotros Pablo, se acabó.
- Pero Marguerite... déjame terminar de hablar antes de decidir algo así...
- ¡Pablo, es que no hay de qué hablar!

Intenté ponerme de pie y Pablo me agarró de la muñeca y me obligó a sentarme. Me dolía. Le pedí que me soltara y no lo hizo hasta que le dije que me iba a dejar un moretón. Tenía la marca de sus dedos en la piel.

- Marguerite... yo sé que estás confundida, Armando y lo nuestro... pero yo... te amo, estoy seguro de eso.

Solté un suspiro de fastidio.

- No me amas Pablo...
- Si te amo. Quiero que me des una oportunidad, que nos des una oportunidad, yo sé que puedo hacerte feliz, sé que puedo darte lo que sea que te falta que no tienes con Armando...
- No entiendes nada Pablo.
- Si te entiendo, más que nadie. Puedo verte como nadie te ve, sé que no eres feliz con tu marido, por eso estás confundida, por eso me buscaste.

Me reí.

- Pablo, esto... toda esta historia te la estás imaginando... en serio que las cosas no son así y me imagino que la muerte de tu esposa te ha hecho vulnerable y...
- Ella no tiene nada que ver en esto...
- Pablo, las cosas no son así. Yo no estoy confundida, no quiero seguir viéndote...
- ¿Es porque te pegué? Te juro, te juro que nunca va a volver a pasar...
- Pablo, esto se acabó...

Pablo le dió un puñetazo a la mesa, una mesa de esas redondas con una pata de soporte al medio, y la dió vuelta. La gente se dió vuelta a mirarnos. Me puse de pie con calma.

- No me busques más Pablo.
- No te vas a librar de mí tan fácilmente - me dijo Pablo con los dientes apretados mientras me miraba con furia.

Salí casi corriendo y tomé un taxi. Pensé que Pablo podría haberme seguido al departamento y tenía miedo de que me hiciera algo. Estaba demasiado inestable. Me pregunto si se estará metiendo algo, no es normal el temblor, que de repente reaccione con tanta violencia. A fin de cuentas, como médico tiene acceso a lo que sea.

Fui a la iglesia de Marcos. Me senté en una banca por mucho rato a pensar. Marcos apareció al rato y se sentó a mi lado.

- No sabia que estabas tan... religiosa. Llevo un buen rato observándote.
- Marcos... tengo un problema.

No te vas a librar de mí tan fácilmente resonaba una y otra vez en mi cabeza.

27-12-2012

Deseo de navidad

Por un lado me alegré de no tener que pasar la navidad con la familia de Armando, evitar las preguntas, las miradas, los y cuándo un nuevo nietecito para la típica familia opus dei ultra derecha. Por otro lado, fue demasiado extraño cenar con Merete y Thomas.

Claramente Armando y Merete se gustan. Hicieron un montón de chistes, aclarando que eran "internos" del trabajo, se reían, se miraban con esa chispa en los ojos que tantas veces he visto en otros, de las que tantas veces he sido la protagonista. Deduje que no se habían acostado, todavía. No había la mirada cómplice, los sonrojos, las bajadas de vista al recordar la piel desnuda del otro en tus labios, todos aquellos gestos imperceptibles para el resto que hacía Thomas cada vez que me miraba. No se habían acostado, todavía, pero sólo faltaba la chispita que prendiera la mecha y estaría hecho. Me sentía enferma de pensar en Armando haciéndole el amor a la sueca. Me la imaginaba frígida, dominante, mi pobre Armando sin saber cómo moverse, porque fui yo quien le enseñó a hacer el amor, fui yo quien lo moldeó a su manera, la sueca no iba a entenderlo, no iba saber acoplarse a él, arquearse y abrazarse a él.

Comí nada. Bebí, bebí y bebí. Sentía el pie de Thomas tocar el mío por debajo de la mesa, miraba como en una película muda las risotadas exageradas de Merete, sus cachetes colorados, sus ojos azules encendidos de vino y lujuria, sus tetas de valkiria que vibraban con su alegría borracha y caliente. La analizaba. A ratos me daban ganas de matarla. Me pregunté si lo que estaba sintiendo lo había sentido alguna vez alguno de mis amantes: el padre Marcos las veces que fue a comer con nosotros, a darnos consejos de pareja antes de casarnos; Albert en alguna cena de negocios, tantos otros que no fueron más que un polvo y de los que apenas recuerdo sus nombres... Me pregunté con rabia si alguien había sentido alguna vez que las vísceras se le daban vuelta en el estómago por mí. Me acordé de Marcelo, de Pablo, preguntándome si realmente amaba a Armando y me dije que si eso no era amor, entonces nada lo era.

El postre lo tomamos en el living, una taza de café para los suecos y Armando, vino para mí. Seguía sintiéndome mal. Mi cuerpo rechazaba con cada poro la presencia de Merete. Me zumbaban los oídos. Subí al baño, me lavé la cara, respiré varias veces. Decidí recostarme un rato. Escuchaba risas esporádicas desde el primer piso y me imaginaba a Armando y Thomas en un trío con Merete, en mi casa, en mi sofá. Creo que tenía fiebre. A ratos la imagen era yo, las piernas entrelazadas alrededor de Armando, Thomas besándome la espalda, pero yo no era yo, tenía el pelo más corto y del tono rubio platino de Merete, ella y yo éramos la misma, yo era ella besando a Armando, mis piernas eran sus piernas entrelazadas en sus caderas, podía sentir su excitación, ver las gotas diminutas de sudor que le bajaban por la espalda y que Thomas le quitaba con los labios...

Armando me tocó la frente y abrí los ojos. Me miraba preocupado. Le dije que bajaba en seguida, que no me sentía muy bien.

Thomas y Merete nos entregaron sus regalos, les entregué los nuestros, cosas típicas, una botella cara de vino, tonterías varias que le encargué a la nana que comprara. Vieron que me sentía mal y se despidieron al poco rato, deseándome que me mejorara pronto, deduciendo que había sido el estrés pos-asalto o algún resfrío de verano.

Volví a lavarme la cara. Temblaba. Nunca me había pasado algo así. Con Armando habíamos decidido hacer esta navidad algo distinta, en vez de hacernos regalos, ya que lo tenemos todo y no queríamos acumular más tonterías, habíamos decidido regalarnos un deseo, escribir en una hoja de papel qué era lo que deseábamos, nada material, y eso darle al otro, cumplirle su deseo.

Yo había escrito que quería que dejáramos lo del tratamiento de fertilidad. Puse en mi carta que lo había consultado con el padre Marcos y que sentía que, por al menos otro año, debíamos dejarlo en las manos de Dios. Llevábamos tan poco tiempo casados, tantos años que perdimos, necesitábamos reencontrarnos como pareja primero, escribí, para convertirnos en los mejores padres que, Dios mediante, algún día seríamos.

Armando lo leyó callado. Ví en sus ojos... dolor, decepción, no lo sé. Me dijo que lo pensaría, que quería que al menos fuéramos a la última cita con el médico y recibir los resultados de los exámenes para ver si había alguna anormalidad y si todo estaba bien, que lo dejaríamos, por un año, pero que quería pensarlo, porque no quería ponerse en el caso de que algo saliera como anormal.

Abrí mi carta. Armando ponía:

Mi amada Marguerite...

No sabes lo feliz que me has hecho cada día desde que volvimos a estar juntos. Jamás podría soñar con una mejor mujer a quien tener a mi lado.

Sin embargo... siento que últimamente hemos perdido un poco la chispa en nuestra relación, tú ocupada con tus estudios, yo con mi trabajo... por eso mi deseo de navidad es cumplir una fantasía que supongo tiene cualquier hombre, y por favor no interpretes esto como que no te quiero como antes, porque te amo como a nadie. Mi fantasía es que hagamos un trío con otra mujer.

Piénsalo.

Te amo

Sentí como si un balde de agua fría me cayese por la columna. Lo sabía. Quería acostarse con Merete. Pero ¿un trío? Volví a sentirme enferma. Me los imaginé en la cama, yo una vil observadora, como quien mira películas pornográficas. Me tembló la voz cuando le pregunté si tenía a alguien en mente y sentí que el corazón se me paralizaba cuando me dijo que no, porque su mentira me dolió más que una cuchillada. Pude ver el rubor, el mismo que cuando cenábamos y se hacía el payaso con Merete con bromas que sólo ellos entendían. Le dije que lo iba a pensar.

Al día siguiente íbamos a ir a la casa de sus padres, pero me sentía tan mal, probablemente había bebido demasiado, que nos quedamos acostados todo el día, comimos en la cama las sobras de la cena, vimos películas, hicimos el amor mientras me imaginaba a Armando imaginándose el trio con la sueca.

Ayer me junté con Marcelo y fumamos marihuana. Normalmente me relaja pero debo estar con los nervios destrozados entre lo de Merete y Pablo, a quien tengo que ver en una semana, porque sigo sintiéndome pésimo.

24-12-2012

Feliz navidad

El viernes Pablo fue a mi departamento después del trabajo. Había pensado en pasar la noche con él, calmarlo, convencerlo. Armando no llegaba hasta el sábado.

Fui a su consulta y me costó convencerlo. Le dije que sólo hablaríamos, que necesitaba el consejo de un amigo, que estaba confundida. Eso pareció ser su punto débil. Cuando llegó lo estaba esperando con vino y algo para picotear.

Le dije que había pensado mucho en él y en la última vez que habíamos hablado. Que estaba confundida con lo que había pasado entre nosotros y que estaba confundida con lo que sentía por Armando, que en el verano iba a empezar una terapia para reencontrarme conmigo misma, descubrir qué era lo que yo quería, porque no podía continuar así.

Todo esto por supuesto mentira. Necesitaba saber en dónde tenía a Pablo. ¿Sería capaz de quedarse callado? ¿Iba realmente a derivarme a otro especialista? ¿Qué iba a decirle a Armando?

Pablo, como siempre, me hizo muchísimas preguntas. Que si estaba segura de amar a Armando, que por qué lo engañaba, que por qué me había acostado con él si amaba a mi marido, si estaba felizmente casada. A todas le contestaba con movimientos de cabeza, con no sés, con gestos de hombros. Pablo empezó a impacientarse y se paseaba por el living agarrándose la cabeza con las manos, gesticulando y hablando a media boca, diciendo esto nunca debió haber pasado.

Me puse a llorar. Primero unas lágrimas, Pablo no se dió cuenta, así que solté un sollozo y me llevé las manos a la cara. Por suerte se me hace muy fácil llorar. Pablo no tardó en sentarse a mi lado y abrazarme, me hacía cariño en la cabeza y me decía que me calmara, que todo iba a salir bien. Me abracé a él y seguí sollozando. Si podía hacer que se compadeciera, contarle un cuento de... no sé, que no me podía separar ahora... no sabia qué iba a decirle, pero definitivamente no la verdad sobre mí.

- Marguerite... - me dijo Pablo mientras me tomaba el mentón entre sus dedos y con la otra mano me secaba las lágrimas - Marguerite, no llores más... todo va a estar bien.
- ¡Nada va a estar bien nunca más Pablo! ¿Es que no entiendes nada?

Hice el show de que me ahogaba entre tanto llanto y Pablo fue a buscarme un vaso de agua. Tomé sorbos entre hipos. Pablo me hacía cariño en el pelo. Lo miré a los ojos. Sé que me veo linda cuando lloro, la nariz y los ojos enrojecidos, los labios hinchados, en cualquier persona no es una imagen atractiva pero sé que en mi parece una indefensión absoluta. Más de una vez he apelado al llanto para despertar ese instinto primitivo de protección en los hombres y esta vez no falló.

- Marguerite... te... ya no llores... todo va a estar bien...
- Pablo...
- Shhhh Marguerite... dile la verdad a Armando, o no se la digas, tómate un tiempo, pero sola... yo... yo voy a esperarte...

Lo miré sin entender.

- Yo... no puedo dejar de pensar en ti Marguerite, desde que te conocí, desde ese primer beso... tan incorrecto y a la vez... a la vez era lo que necesitaba para volver a la vida... desde la muerte de mi mujer que me siento muerto y... - las palabras salían a borbotones de su boca - estoy... yo... creo que te amo, Marguerite... estoy enamorado de ti.

Me besó mientras yo pensaba mierda, mierda, mierda... Y ahora qué hacía. Seguramente Pablo se estaba imaginando un futuro feliz de vivieron juntos para siempre entre nosotros. Él me rescataría de mi confusión, me daría lo que ante sus ojos Armando no era capaz de darme. Estaba enamorado. Ahora necesitaba no solamente tiempo para darle largas a Armando, pero para ver qué haría con Pablo.

Seguimos besándonos y nos fuimos al dormitorio. Pablo se sentó en el borde la cama, yo estaba de pie, él me besaba los senos, el vientre y me recorría la espalda con los dedos. Abrió el cajón del velador para sacar un condón y se detuvo. Sentí que algo estaba mal.

- Faltan condones - me dijo Pablo.
- ¿Hmm?

Pablo se puso de pie y empezó a levantar la voz, mientras yo lo miraba estupefacta.

- ¡Faltan condones Marguerite! ¡A quien más trajiste aquí! ¿Con quien más te acostaste?

No vi venir la cachetada que me dió, pero por la fuerza, ahora pienso que debió haber sido un combo. No sé cómo me dió el golpe, sólo sentí que el labio se me rajó como un gajo de naranja, la sangre empezó a salir tibia en un débil chorro y la mejilla y el ojo empezaron a dolerme de inmediato.

Pablo estaba parado frente a mí, los pantalones desabrochados, sin camisa. Yo estaba en calzones, sin sostén. Hice el cálculo rápidamente. Dos condones con Marcelo, cuatro con Thomas, faltaban dos cajas de tres condones. Caminé al baño y agradecí mentalmente haberme surtido de condones después de Marcelo, pero los había guardado en el baño. Tomé dos paquetes y se los lancé a la cara a Pablo. Sentía el labio gigante.

- Ahí están los condones que te faltan, estúpido. Quise hacerte espacio en el velador y por eso los guardé en el baño.

Me ardía la cara. Ahora tenía ganas de llorar de verdad y sentía que la mejilla se me inflamaba por segundos. Pablo se acercó a mí e intentó abrazarme.

- ¡No me toques! ¡Sal de aquí, no quiero verte nunca más!

Pablo se vistió rápido y callado, con la cabeza gacha. Al llegar a la puerta me pidió disculpas y me pareció ver que se le caía una lágrima.

Me senté a fumar y pensar. Me dolía el contacto del cigarro con los labios, me dolía el humo en el ojo que según había comprobado en el espejo, se me estaba amoratando. Todavía no entendía cómo me había pegado. Agarré mi cartera y empecé a darle tirones furiosos a las asas, hasta que se descosió por los bordes. Lo lamenté, era mi cartera preferida. Llamé a Armando y lo escuché... raro. ¿Estaba acostado? ¿A esa hora? Me acordé que estaba en trabajo de terreno con la sueca. ¿Me estaba cagando?

Le conté a Armando que habían intentado asaltarme, quitarme la cartera. Que me había resistido, la cartera había quedado inservible con el tirón que le dieron y que más encima me habían pegado. Armando volvió esa misma tarde a Santiago.

Pablo llamó mil veces y me mandó más de cien mensajes de texto, pasando desde el perdón a las excusas, reaccioné así porque te quiero... intentando que lo llamara por lo del plan de infertilidad, amenazándome con contarle a Armando todo, pidiéndome disculpas de nuevo. Me preocupa Pablo, es altamente inestable y realmente ya no sé de qué es capaz. Pasando las fiestas y la preocupación del asalto, había pensado decirle a Armando que quiero cambiarme de médico, que me incomoda Susana o no sé en realidad con qué excusa salir. No puedo confiar en Pablo. El problema es que Armando me dijo hace un rato que Pablo lo llamó, que le dijo que ha intentado comunicarse conmigo infructuosamente, y Armando le contó que me he sentido indispuesta después del asalto. Pablo le dijo que tengo que ir a su consulta el 3 de enero para una histeroalgografía, me dijo Armando. Deduzco que es una histerosalpingografía, un examen para, en resumen, observar si las trompas de falopio tienen algún tipo de obstrucción. Pablo me mandó el siguiente mensaje hace unos minutos:

Acabo de hablar con tu esposo. Que terrible que te hayan asaltado. Seguimos con el plan que habíamos trazado para descubrir la causa de tu presunta infertilidad y nos vemos el 03/01/13. Que pasen una linda navidad en familia.

Lo he leído diez, cien veces, y no sé qué deducir, qué pretende Pablo, cuál es su mensaje entre líneas. Y cómo si no tuviera nada de qué preocuparme, hoy tenemos a Merete y Thomas de invitados a comer. Algo me huelo de Armando, quiero ver a la sueca de cerca, a solas. Sólo espero que Thomas sea capaz de disimular. Mientras me maquillo el ojo todavía magullado no dejo de pensar en la navidad pasada, cuando la estúpida sobrina de Armando preguntó cuándo íbamos a tener un bebé y lo echo todo a perder.

20-12-2012

Thomas

Ayer me junté con Thomas por la mañana. Armando se fue temprano, tomé desayuno y lo pasé a buscar a su departamento. Me sonrió, qué sonrisa más linda que tiene ese hombre, y me invitó a pasar. Me ofreció una taza de un café fuertísimo que él se bebió como si hubiese sido leche. El plan era llevarlo al cerro San Cristóbal, típico turista, así que salimos. No contaba con que el día estuviera horrible, chispeó todo el camino hasta la cima. Ya veía que se nos había arruinado el día, habían anunciado lluvia para el resto de la tarde. Pensé en ir a dejarlo a su departamento, pero me daba lata quedarme si me lo pedía. Tampoco quería llevarlo a mi casa. Le dije que tenía que ir a darle agua a las plantas de una amiga que andaba de vacaciones y le pregunté si me quería acompañar, ya que de todas maneras no tardaría en llover. Aceptó.

En el camino compramos una tabla de quesos, galletas, sushi, cerveza y vino. Nos instalamos en el living, puse música, velas. Thomas me preguntó si era verdad lo de mi amiga y sus plantas y cuando le pregunté por qué, me dijo que no veía plantas en ninguna parte, y que yo parecía en mi casa.

Me reí. Qué tonta. Le dije que era mi departamento de soltera, que apenas a un año de casada, aún no me acostumbraba a la vida de pareja, que a veces necesitaba estar a solas, estudiar. Por supuesto Armando no sabía nada de esto. Nos casamos con bienes separados, algo que parece en Suecia no tienen, porque tuve que explicarle de qué se trataba, y le dije que era una inversión a futuro, nunca está demás tener una propiedad, sobre todo si la tienes pagada del todo.

Comimos, vimos una película, hablamos, nos reímos un montón. Thomas me comentaba las cosas que le parecían extrañas de Chile, que se pudiera comprar alcohol casi en cualquier esquina y a cualquier hora, lo amorosa que era la gente, lo raro que era vivir una época navideña en pleno verano. Afuera la lluvia le pegaba fuerte a las ventanas y en Providencia había un taco horrible. Armando y Merete no llegan hasta el sábado, así que le pregunté si quería que lo fuese a dejar, con taco y todo, o prefería que nos quedáramos ahí. Me dijo que no le importaba quedarse. Le advertí que tenía una sola cama y vi el destello en sus ojos, la sonrisa mal disimulada. Le aclaré que yo podría dormir en el sillón. Me tomó del cuello, enredando sus dedos largos en mi pelo, y me besó.

Bajé a comprar algo más para comer y beber ya que nos quedaríamos ahí esa noche. Hablé con Armando, le dije que me acostaría temprano, para evitar que me llamara, que me dolía la cabeza. Cuando volví, Thomas había preparado pasta que encontró en la cocina y servido más vino. Comimos. Lo llamó Merete. No entendí qué le decía, el sueco sonaba a alemán, me pareció, gutural y cantado a la vez.

Me fijé bien en Thomas, sus dientes perfectos, las arruguitas alrededor de sus ojos, el lunar en su mejilla izquierda, los pelos rubio oscuro de sus brazos, la frente amplia. Lavé los platos y volvimos a sentarnos en el sofá. Y nos besamos. Por horas. Ya no sentía mis labios cuando nos fuimos a la cama.

Thomas me dió una mirada extraña cuando le dije que en el velador habian condones, pero no me dijo nada. No puedo decir que Thomas es un amante excepcional, simplemente promedio, pero obviamente estaba el excitamiento de probar con alguien nuevo, ese puntapié inicial de adrenalina al estar con alguien por primera vez, descubrir a que huele, a que sabe. Qué le gusta y qué no le gusta, cómo se sienten sus manos desconocidas recorriéndote el cuerpo, amasándote la piel.

Tuvimos sexo hasta que Thomas confesó que no podía más, estaba exhausto. Yo nunca lo estoy, nunca consigo llenar ese vacío, luego del éxtasis del orgasmo, en que siento que podría morirme ahí mismo de placer, siempre vuelvo a sentir vacío, a querer más.

Thomas se levantó al baño, quería ducharse, y yo me quedé acostada en la cama, fumándome un cigarro. De repente escuché que cerraba la llave y me preguntaba si me había llegado la regla, que el condón tenía algo de sangre. Me senté. Entre mis piernas corría un hilillo de sangre. No podía ser, faltaba una semana para que me llegara y yo suelo ser muy puntual.

Fue un poco extraño dormir con Thomas. No conseguía acomodarme ni conciliar el sueño. Su abrazo no era el abrazo de Armando y hacía tanto tiempo que no dormía con otro hombre... el sexo es una cosa, pasar la noche es otra.

Por la mañana lo fui a dejar, fui a mi casa a desayunar, dormir algo, ducharme y cambiarme de ropa. Me arreglé a propósito y me fui a ver a Pablo. Había pensado en comentarle lo del sangrado, pero por la mañana no tenía nada. Quizás lo habíamos hecho con demasiado entusiasmo con Thomas, alguna vez me pasó, cuando más joven. Pablo me vió después del almuerzo y le pedí que habláramos, antes de que tomara cualquier decisión. Lo que pasó después, no me lo habría imaginado nunca.

La cita con Marcelo

El lunes me junté con Marcelo. Yo había llegado una hora antes, me había tomado varias tazas de café y por alguna razón, probablemente la cafeína, me latía el corazón a mil. Marcelo me saludó con un beso tibio en la comisura de mis labios. Le pregunté si le importaba que fuéramos a mi departamento en vez de estar en la calle. Por supuesto que no le importaba.

Me fumé un cigarro tras otro. Me sentía ansiosa. Marcelo me hizo muchas preguntas.

- Pensé que... ibas a cambiar, cuando estuvieras con Armando. Pensé que eso era lo que querías.
- Armando es lo que quería.
- Pero sigues en lo mismo, acostándote con hueones por plata...
- No, ya no lo hago por plata, me sobra la plata. Mi papá me dejó todo cuando se murió. Da asco la cantidad de dinero que acumuló ese desgraciado, todo para morirse pidiéndome perdón...
- ¿Entonces por qué lo haces?
- Porque... me gusta.
- Te gusta.
- Me gusta
- ¿Y Armando?
- Armando qué.
- Sabe... ¿lo que haces?
- Por supuesto que no.
- ¿Y por qué no se lo cuentas?
- ¿Y por qué debería hacerlo?
- No sé. ¿Por qué no? Es lo que eres, debería aceptarte así.
- Claro, como lo aceptaste tú...
- Es distinto...
- ¿Cómo distinto?
- No sé, ahora estás casada... ¿no se supone que no deben haber secretos en la pareja?
- ¿Me estás hablando en serio?
- Si. No. Supongo. No sé... me imagino que si te quisiera de verdad, sería capaz de aceptarte tal y como eres. ¿O tienes miedo de cómo va a reaccionar, de que tu relación con él no sobreviva?
- Mira... ¿Has oído la frase el todo es más que la suma de sus partes?
- Tiene que ver con la psicología de Gestalt, ¿o no?
- Exacto. Lo mismo se aplica a mí. Mi todo, yo, es lo que está con Armando. La que necesita aventuras por aquí y por allá, es una parte de mí, una pequeña parte, que no tiene por qué afectar en como Armando ve mi todo.
- No te entiendo...
- Como dices... Armando no sería capaz de soportar mi verdad, pero eso no es lo importante, porque yo soy más que esa parte que necesita sexo por fuera de la relación de pareja...
- Sigo sin entender...
- Jaja, no te preocupes.
- Me estás queriendo lavar el cerebro con tu psicología.
- No. Claro que no. A ti no tengo por qué querer convencerte de nada.
- ¿Eres feliz Marguerite?
- ¿Qué es la felicidad Marcelo?
- No lo sé...
- Tengo momentos felices, como cualquier persona, nadie vive en un estado permanente de felicidad.
- ¿Sabes lo que me haría feliz a mí?
- Qué.
- Darte un beso.
- ¿Y por qué no lo haces?

Me dió un beso tibio, seco y amargo. Reconocí el sabor de la marihuana. Le quité la polera mientras seguíamos besándonos, nos fuimos a la cama. Nada en Marcelo había cambiado, los mismos movimientos, los mismos sonidos, la misma cara. Me senté en la cama y me cubrí con la sábana mientras prendía otro cigarro.

- ¿Sabes por qué entré a estudiar psicología?
- ¿Porque te sobra el tiempo y la plata?
- Jaja, gracioso.
- No, dale, por qué - mientras prendía un cigarro él.
- Siempre... he sido así. Antes de conocer a Armando, tuve... no sé cuántos encuentros, parejas, llámalo como quieras. Y al conocer a Armando, fue cuando me dije que iba a cambiar, por él iba a cambiar. Iba a hacer borrón y cuenta nueva, como si mi vida anterior no hubiese existido...
- Y no pudiste.
- Al principio sí, pero después, con lo del lío en que se metió su familia...
- Me acuerdo, me acuerdo...
- Y bueno, era tan fácil tener plata haciendo lo que ya me gustaba desde antes...
- Oyéndote hablar así, hasta a mí me gustaría ser mina...
- Serías muy fea, toda peluda...
- Jajaja
- Jajaja. Bueno, el tema es que... pensé que dándole a Armando, esa vez, cierta estabilidad económica, él se iba a comprometer conmigo, me iba a dar la estabilidad que yo creía necesitaba.
- Y no pasó nada.
- No. Y me sentí podrida por todo. Y aún así... esta forma de ser... estos impulsos... por qué, si quiero a Armando, siento la necesidad de estar con otra gente... no sé si me entiendes...
- Lo intento...
- Bueno. Cuando entré a estudiar, tenía en mente descubrir por qué soy como soy. ¿Es por el descuido en que viví siempre? ¿Por haber crecido sin mi papá y casi sin mi mamá? ¿Es por una niñez tempranamente sexualizada? ¿Por los, que ahora veo como, abusos a los que me sometió mi primo muchos años mayor?... tenía muchas preguntas y esperaba, de alguna manera, mejorarme de cómo soy, cuando descubriera por qué soy así...
- ¿Y te resultó?
- Estoy contigo en la cama. ¿Tú que crees?
- Buen punto.
- Al final, Marcelo, no importa el por qué soy así, lo que importa es que así soy, y punto, no puedo cambiar.
- No quieres cambiar.
- No veo por qué debería cambiar...
- Tú misma dijiste que te sentías podrida por lo que hacías...
- Pero me sentía así porque me juzgaba a mi misma, con los ojos de los demás, porque veía como algo malo lo que hago, lo que siento, cómo me comporto. Ahora he aceptado que así soy, y que no voy a cambiar, cambiar significaría reprimirme y deprimirme, no puedo juzgarme, simplemente aceptarme e intentar que esta parte de mí, esta parte de mi yo, no interfiera con mi yo absoluto...
- Uff... y el amor, Marguerite, ¿dónde entra el amor aquí? ¿Amas a Armando?
- El amor... no sé. Quizás no soy capaz de amar como las demás personas. A Armando lo amo, no te imaginas cuánto... pero supongo que es difícil de entender que lo ame por mi forma de... comportarme.
- Bien difícil po.
- Bueno. No te pido a ti ni a nadie que me entienda... simplemente acepta que así soy.
- ¿Y no quieres ver si Armando te aceptaría así?
- Sabes que no lo haría. Tampoco lo hiciste tú.

Marcelo volvió a besarme, volvimos a hacerlo, a tener sexo pero esta vez de manera más pausada. Marcelo me miraba a los ojos, quería que lo besara, me hacía cariño en la cara. ¿Intentaba comprenderme? Caímos exhaustos en la cama, Marcelo me abrazó por la espalda y me hacía cariño con sus dedos ásperos en el cuello.

- ¿Has pensado en... hacer alguna terapia?
- ¿Ahora el psicólogo eres tú?
- No... simplemente... estoy pensando en cómo ayudarte.
- Ese es el problema Marcelo. No todo el mundo necesita ayuda, no todo el mundo puede o quiere cambiar. Piensa en mí como alguien que no tiene cura, con o sin terapia, mi yo interno siempre va a aflorar. No creas que no me ha costado años aceptarme que simplemente así es cómo soy. Yo ya no pienso en lo que es correcto o incorrecto, me limito a sentir, a vivir el presente, no a pensar en el pasado, en lo que hice, ni a preocuparme del futuro, qué es lo que haría si Armando se enterara... Todo a su momento, ahora estoy aquí, contigo, por qué no puedes aceptar que así es cómo es, disfrutar estas horas que tenemos juntos, quien sabe si mañana nos volveremos a ver...
- Qué difícil lo que me pides Marguerite...
- No. Es más fácil de lo que crees. Simplemente déjate llevar, no pienses en nada más que en ahora. Mira, en psicología, entre todas las corrientes que existen, la mayoría se enfoca en que el paciente se mejore. La cuestión es... ¿Qué entendemos por mejoría?, ¿que yo, en este caso, el paciente, se mejore y actúe como la sociedad dice que es correcto actuar? ¿o que yo, paciente, me sienta bien conmigo misma, sin culpas, sin reproches, sin autocastigarme?...
- Hmm...
- Dentro de la psicología, hay corrientes que se enfocan en el pasado. Por qué soy cómo soy, qué me formó y me convirtió en lo que soy hoy día. Analizan qué problemas en mi infancia son los que me han convertido en psicópata, neurótica o, en mi caso, ninfómana. Intentan buscar los por qués, creen que encontrando el motivo del síntoma, o sea, que el paciente descubra por qué hace lo que hace, tomará conciencia y todo funcionará normalmente, o como la mayoría de las personas entiende por normalidad.
- Te sigo...
- Lo bueno de esto, del psicoanálisis, es que es lo que te permite conocer con mayor certeza tus procesos interiores, te da un autoconocimiento increíble. Lo malo es que no siempre funciona darte cuenta de por qué eres cómo eres para cambiar, como es en mi caso.
- Suena lógico...
- Otra corriente es la psicoterapia centrada en el futuro. Aquí se piensa que el paciente, para conseguir sus objetivos o satisfacer sus deseos, actúa de una manera diferente a como cualquier persona lo haría. Entonces el objetivo no es descubrir por qué hace lo que hace, es conseguir que llegue donde se propone, pero de una manera más sana, que no lo perturbe.
- ¿Y eso no lo quieres probar?
- Eso es conductismo. Ir a un terapeuta que me cuente que lo que hago está mal, y que me diga cómo debo actuar ya que, aparentemente, yo estoy tan enferma que no soy capaz de discenir por cuenta propia. Aquí el objetivo es cambiarme totalmente, borrar quien soy realmente, y hacer una nueva yo, distinta y mejorada socialmente.
- O sea, lo que intentaste hacer cuando primero conociste a Armando.
- Exacto.
- Te entiendo... creo.
- Mira, hay un chiste... típico en la escuela de psicología, que dice así: hay un paciente que no puede controlar su esfinter y se caga todo el tiempo. Va a un psicoanalista a solucionar su problema y luego de una larga terapia, descubré por qué se caga.  Va a un conductista, quien le enseña a ponerse pañales, en previsión a futuro porque irremediablemente se va a cagar.
- Jejeje...
- Finalmente, va a una terapia en la que se centra en el presente. Se sigue cagando, pero ya no le da importancia.
- Y ahí estás tú.
- Ahí estoy yo.

Dejamos el tema. Marcelo se quedó pensando, supongo, y me preguntó si nos volveríamos a ver.

- Quien sabe - le dije. Digamos que... si es el destino que nos veamos, nos veremos. Si no, siempre tendremos este momento juntos.

Después de que se fue Marcelo cambié y lavé la ropa de cama, ordené un poco el departamento y volví a mi casa. Armando me avisó que tendría que irse a un trabajo en terreno en región por un par de días, con Merete. Estaba pensando en llamar a Marcelo cuando Armando me preguntó si no estaba ocupada, si podría sacar a pasear a Thomas, para que el pobre no se aburriera.

16-12-2012

La fiesta

Me duele horrorosamente la cabeza. Ayer vino tanta gente, conocidos míos, compañeros de trabajo de Armando, Pablo...

Y Carolina me dió una de las peores sorpresas. Apareció con Marcelo. Tuve que mirarlo dos veces para reconocerlo, por dios qué cambiado que está. Del profesor pobretón artista ahora está mino mino. El pelo en un corte que le quedaba perfecto, menos delgado que la última vez que lo vi, de cuerpo me imagino que va al gimnasio porque la camisa negra se le pegaba a unos músculos bien marcados que antes definitivamente no tenía. La barba bien recortada, una mirada profunda, una sonrisa de la que no tenía memoria, blanca, perfecta, masticando un chicle eterno e invisible. Me saludó con un beso bien apretado en la mejilla y fue a servirse una cerveza.

- ¿Estás loca? ¿Por qué viniste con Marcelo?
- Ah, es que se me había olvidado contarte que me aceptaron para el magíster. Ayer fui a la facultad y me encontré con Marcelo, me preguntó por ti, le dije que por qué no venía hoy conmigo y te preguntaba él en persona...

Decir que me dieron ganas de matarla es poco. Es mi amiga desde hace muchos años, pero a veces simplemente no piensa.

Estaba a punto de decirle a Carolina que viera una forma de que Marcelo se fuera cuando vi aparecer a Pablo.

- ¿Y ese mino quien es?
- Es mi médico
- ¿tu qué?
- Mi ginecólogo
- Noooo, hueona, no te creeeeo, ¡pero tremendo mino! ¡A ver si me animo a hacerme una revisión yo!
- Claro, si lo que estás buscando en una inseminación artificial...
- ¿Qué?
- Que es mi ginecólogo en fertilidad... Armando quiere saber por qué no nos hemos embarazado, qué gusto de hablarlo en plural como si fuera él a cargar con un crío.
- Oye pero... ¿y por qué lo invitaste?

Tuve que tomar aire antes de contestarle.

- No lo invité... se dió una situación y...
- Noooo. ¿No me digai que te lo estai agarrando?
- ¿Te traigo un micrófono para que te escuche todo el mundo?
- Marguerite, ¡erí demasiado turbia! ¡me encanta!

Marcelo había vuelto con una botella de cerveza y se paró a mi lado. Olía bien. Carolina nos dejó solos con un guiño, la muy tonta.

- Así que... casada y convertida en toda una señora.
- Te ves bien Marcelo.
- Tú también Marguerite.
- Y... ¿qué hay de nuevo? ¿Cómo está tu hijo?
- Bien, bien... - y empezó a contarme maravillas de su hijo, que no escuché ni la mitad.
- ¿Qué estás haciendo aquí Marcelo? ¿Por qué viniste? - lo interrumpí.
- Quería verte... conocer al famoso Armando del que tanto me hablabas hace tres años...
- ¿Estás saliendo con alguien?

Marcelo se puso colorado.

- Sí... es una colega... se llama Verónica. Nada serio todavía.
- Felicitaciones.
- Y tú... ¿estás?...
- ¿Me quieres preguntar si sigo en lo mismo?
- Sigues igual de directa.
- Qué quieres que te responda Marcelo. Que no, ¿que ahora soy una fiel ama de casa amante de su esposo?
- Simplemente quiero saber si estás bien.
- Estoy bien.
- El tono de tu voz dice lo contrario.
- ¿Y desde cuando me conoces tan bien?

Me ponía nerviosa ver a Pablo hablando con Armando en el patio. Se reían mientras intentaban llenar los vasos con cerveza. Armando apoyó la mano en el hombro de Pablo mientras Pablo bebía y me miraba. Armando fue a abrir la puerta cuando tocaron el timbre y Pablo continuó mirándome desde el patio.

- No pierdes tu toque mágico con los hombres Marguerite - me dijo Marcelo, que había seguido mi mirada.
- ¿Te gustaría que nos viéramos? ¿En privado?

Noté el pequeño saltito, la sonrisa de Marcelo, el destello en sus ojos. Intenté fijarme en su chicle invisible.

- ¿Estás proponiéndome...?
- Que nos veamos en otra ocasión, que hablemos, pero no aquí.

Otra sonrisa, esta vez más amplia.

- Claro, me encantaría... vernos de nuevo.
- Ok. Juntémonos en el café de Pio Nono al que solíamos ir, el lunes, ¿a eso de las cinco puedes?
- Si, claro que puedo.
- Nos vemos ahí entonces. Ahora... puedes quedarte, conversar con la perna de Carolina... no sé, lo que quieras, pero discúlpame que te deje solo, me pone nerviosa estar conversando contigo aquí...
- No te preocupes, es entendible. Creo que prefiero que nos veamos... el lunes.

Marcelo se despidió para mi alivio y se fue. Se me acercó Pablo.

- Me cae bien Armando...
- ¿Te cae bien?
- Sí... no deberías... hacer lo que le estás haciendo.
- ¿Ahora eres su ángel guardián?
- Marguerite he estado pensando... en que no puedo seguir ayudándote.
- ¿Te parece que este es el momento y el lugar?
- No podemos seguir con lo que estamos haciendo. Pasado el año nuevo los derivaré a otro especialista. No sé con qué motivos, tengo que pensarlo, pero te aviso para que lo sepas desde ya. Creo que no deberías contarle nada de lo que me contaste a mí, es muy difícil mantener una actitud neutral cuando...
- Pablo, en serio, este no es el momento.
- Y lo último... ya no quiero que nos sigamos viendo... como hasta ahora. Nunca debió pasar...
- ¿Estás terminando conmigo?
- Supongo...
- Supones...
- Si, estoy terminando con... lo que sea que hayamos tenido.
- Pablo, este no es el lugar...
- Ya no podemos vernos de nuevo Marguerite. Apenas salga por esa puerta, ya no nos veremos más...

Suspiré y me bebi lo que me quedaba en la copa. Primero Marcelo, ahora Pablo.

- Podría decirte que como quieras Pablo, que me da igual, pero no me da igual. Pero este no es el lugar para hablar ni de lo primero ni de lo segundo, si no quieres que nos veamos en mi departamento puedo ir, como paciente, a tu consulta y ahí...

En eso apareció Susana, agarrándome de la cintura como si fuésemos las mejores amigas del mundo, y para variar oyendo el final de la conversación.

- ¿Qué? ¿Qué pasa con la consulta?
- Nada... estábamos hablando de si tengo que ir de nuevo antes o después de navidad...
- Uy... ¡yo diría que después de año nuevo! Estamos tapados en pega, ¿cierto doctor?
- Cierto... - dijo Pablo.

Susana olía a perfume barato y estaba maquillada con tanta exageración que se le notaban los vellos de la cara cubiertos en base. Nunca me había fijado en que tiene un poco de cara de caballo. Los dejé solos.

Armando me presentó a Merete, su nueva compañera de trabajo, una sueca que lleva apenas unos meses en Chile y de la que me había hablado varias veces. Muy bonita la mujer, rubia, de melena hasta los hombros, ojos celestes, cara cuadrada. Me daba la impresión de que le coqueteaba a Armando de una manera tosca, nada femenina. Había oído que los escandinavos, sobre todo con alcohol en el cuerpo, eran bastante desinhibidos, pero sus formas me superaban. De repente se le cayó "algo" de las manos y cuando se agachó a recogerlo, quedó con la cabeza a la altura de la entrepierna de Armando e hizo una broma, que hizo a Armando ponerse rojo hasta las orejas. Si así era delante mío, ¿le coqueteaba en el trabajo también? No tenía tiempo para pensar en eso, Pablo todavía andaba dando vueltas con Susana colgada de su brazo. Quería hablar con él antes de que se fuera.

Merete me presentó a su pareja, entendí que no estaban casados. Thomas, un sueco de ojos castaños y nariz recta, que técnicamente le da diez patadas a Armando en atractivo, me sonrió y me dió la mano. Con ese hombre, no entendí por qué Merete le estaba coqueteando a Armando, o quizás no le estaba coqueteando y eran simples diferencias culturales.

Thomas hablaba un español horroroso, así que seguimos hablando en inglés. Thomas tenía una frente amplia, ojos preciosos, cara muy varonil, demasiado mino, iba vestido de camisa pero sin corbata y me miraba sin parar, sonriendo a cada rato. Otra gente se nos acercaba y luego se iban, pero Thomas seguía hablándome. No estaba segura de si me estaba coqueteando, pero eso me parecía. Se nos acercó Pablo y se unió a la conversación sobre el calor, la comida, los chilenos. En un momento en que Thomas fue a buscar algo para beber, Pablo me habló bastante enojado.

- No pierdes el tiempo tú Marguerite... coqueteando con el sueco...
- ¿Estás bromeando?
- ¿Lo estoy? Crees que no se notan las miradas, las sonrisitas... me sorprende que nadie más se de cuenta.

El resto de la noche fue así, con Thomas buscándome a cada rato para conversar, Pablo y sus indirectas, Armando y la sueca... no es de extrañar que sienta que la jaqueca me revienta la cabeza.

Mañana veré a Marcelo, aún no sé para qué o por qué lo cité, pero ya está hecho. Thomas me dió su número de teléfono y me pidió que le mostrara Santiago, ahora que salgo de clases y él no tiene nada que hacer, mientras Merete y Armando están ocupados con un proyecto. Y Pablo... con Pablo no sé qué voy a hacer.

15-12-2012

Amigdalitis

El miércoles Pablo llegó a la hora esperada. Le abrí la puerta con el décimo cigarro que me fumaba en los labios.

- Te hace mal el cigarro. ¿Sabes que fumar reduce la fertilidad?
- Mejor para mí entonces.
- Te lo digo en serio, no deberías fumar.
- ¿Vienes en plan médico?

Boté el cigarro y me lavé los dientes. Me senté junto a él en el living, con una copa de vino. Me pone nerviosa Pablo, tiene una forma de mirarme enigmática, una sonrisa apenas perceptible, no logro dilucidar qué es lo que está pensando, por qué me ayuda como lo está haciendo, si para él es un polvo más o se está involucrando sentimentalmente, o quizás es sólo curiosidad.

- Gracias de nuevo... por... lo que estás haciendo.
- Por lo que estoy haciendo... Sabes Marguerite, he dormido pésimo pensando en esto. Ayudarte en lo que pretendes, y no sólo eso, involucrarme contigo... todo está tan mal, tan podrido desde el lado desde donde se le mire... no sé por qué lo estoy haciendo. Venía pensando en eso camino acá. Comprometo mi carrera por esto, y lo sabes.
- Por mí esto no se sabrá nunca Pablo - su carrera... eso era, ese era su punto débil.
- Y es que ese es el punto. Hasta cuando piensas seguir, qué va a pasar cuando los exámenes no arrojen respuestas, cuando no puedas seguir mintiendo. ¿Has pensado en qué hacer si tu marido decide buscar una segunda opinión?
- Pablo, la verdad es que no he pensado nada, como te dije, sólo quiero ganar tiempo...
- ¿Y lo de nosotros?
- ¿Lo de nosotros?
- ¿Me estás usando para que te ayude?
- No... sí... o sea, no de la manera en que te imaginas Pablo. Me gustas, mucho, y ya te dije, yo no creo en la fidelidad y lo que sea que pase entre nosotros en la cama, no tiene nada que ver con que me ayudes como médico ni nada que ver con lo que pase con mi marido.
- Suenas tan fría...
- Así es como suena la sinceridad. A ti no tengo por qué mentirte.
- No sé Marguerite... no voy a negarte que desde que... empezamos esto, pienso en ti día y noche, y me vuelvo a cuestionar lo que estoy haciendo, involucrándome con una paciente, más encima casada, más encima ayudándote con una farsa que compromete mi carrera...
- Ves... empiezas a mezclar las cosas de nuevo. Por qué no... en tu oficina, como dijiste hoy temprano, mantenemos la farsa médico-paciente y cuando estemos aquí nos olvidamos de que eres mi médico, nos olvidamos de Armando, y somos solo tú y yo.
- Qué fácil suena.
- No tenemos para qué hacerlo más difícil.

Empecé a besarlo y sentí que sus defensas bajaban, como se soltaba, como se relajaba a mis caricias, pero a la vez me sentía peor yo, físicamente. Me llevó casi en brazos a la cama. Me sentía como una muñeca de trapo.

Empezó a desvestirme y me dejé hacer. Puse mis brazos alrededor de su cuello y me hundí en su olor. Hacía calor, Pablo sabía a sal, y la habitación daba vueltas.

- No tienes condones - me dijo de repente.

Miré. El cajón del velador estaba vacío. Me había olvidado de comprar preservativos. Le hice a Pablo un gesto de disculpa. En realidad me sentía tan mal que todo me daba igual.

- Si no te importa... - me dijo Pablo - podemos hacerlo así... sé que no tienes nada, yo te aseguro que no tengo nada...
- Cómo quieras...

Volví a abrazarme de su cuello y cerré los ojos. Sé que no tienes nada, se repetía en mi cabeza. Claro, es mi médico, tiene todos mis exámenes de sangre. Pensé en con cuantos me he metido sin cuidarme. Algún ángel muy poderoso, o demonio, debe ser mi guardián para no haberme contagiado nunca nada. Lo dejé hacer. Me dejé llevar por sus movimientos rítmicos, el olor de las gotas de sudor que le mojaban la piel, el aire pesado.

Pablo se recostó a mi lado y me abrazó.

- Marguerite... ¡estás caliente!
- ¿Y tú no?
- Me refiero a que estás afiebrada. ¿Te sientes mal?

Pablo me tocaba la frente y me miraba con preocupación. Me miró los ojos y me pidió que abriera la boca para mirarme la garganta. Me sentí tan ridícula siendo examinada desnuda, en mi cama, pero me sentía demasiado mal para discutirle.

- Tienes las amígdalas del porte de una nuez - dictó Pablo - y purulentas. Y fiebre de al menos 39 grados. Vas a necesitar antibióticos o no estarás bien para el sábado.

El sábado... Pablo iba a estar en mi casa, la gente, todo lo que había que arreglar, los exámenes de final de semestre... yo no había comido nada el miércoles, sólo bebido y fumado. De repente me vinieron arcadas y tuve que correr al baño. Vomité un vino espeso y de olor ácido.

- Son las amígdalas que te provocan arcadas. Tienes que llegar a acostarte Marguerite.

Pablo bajó a comprar penicilina mientras me daba una ducha fría. Volvió además con paracetamol y condones, que puso en el velador. Me inyectó él mismo, aunque le dije que podía hacerlo yo, pareciera que se le olvida que soy enfermera. Me tomé dos paracetamol y al cabo de una hora empecé a sentirme un poco mejor y pude venirme a mi casa. Desde el míercoles sólo me he levantado para ir a dar los exámenes y volver a acostarme. Por suerte, para ordenar todo lo que me faltaba de la fiesta, pude contar con Carolina, mi siempre fiel amiga que está cesante gracias a su inútil título de arte.

En unas horas van a empezar a llegar los invitados. Vuelvo a sentirme enferma de pensar en tener a Pablo en mi propia casa.

12-12-2012

Primeros exámenes de infertilidad

Hoy volvimos Armando y yo a una cita con Pablo. La primera cita juntos. Pasado un mes desde nuestra primera cita, ya era hora de ver qué tratamiento o estudios continuaríamos.

Fue tan extraño... Y eso que en situaciones anteriores he estado con Armando y algún amante juntos, sobre todo con Albert, que ha colaborado en algunos trabajos con Armando, pero a Albert sabía donde lo tenía, con Pablo no sé.

Todavía estaba nerviosa sin saber si Pablo me ayudaría realmente, si iba a ser capaz de fingir que entre nosotros no ha pasado nada, que no sabe de mis planes, pero Pablo se supo comportar, aunque intenté no detalarnos yo, intenté no mirarlo demasiado mientras estuvimos Armando y yo con él.

Pablo nos explicó que lo primero que haría serían exámenes de sangre, medir niveles hormonales y cosas simples. También le pidió a Armando una muestra de semen para hacer un espermiograma. Le entregó a Armando un frasco y le pidió que fuera a una habitación al final del pasillo.

Nos quedamos solos con Pablo. Pablo tomaba notas y anotaba exámenes.

- Pablo... yo...
- ¿Sí?
- Gracias... por ayudarme.

Me miró y no pude evitar pensar en lo atractivo que es Pablo. Su pelo un poco nerd peinado hacia el lado, vestido con su bata blanca encima del terno, su corbata horrible que pienso reemplazar por una docena de mi gusto, su sonrisa con un toque sarcástico, sus ojos de acero...

- Por supuesto, Marguerite. Es mi obligación como médico ayudar a todos mis pacientes...
- Sabes de qué estoy hablando.
- ¿Lo sé?
- Pablo...
- Marguerite... si quieres mi ayuda en esta farsa, lo mejor será que mientras estemos aquí, sigamos con la farsa lo más posible, hacer como que realmente estoy intentando descubrir la causa por la que no te has embarazado y tú fingir que realmente esperas mi ayuda. Ya bastante difícil es no pensar en ti y recordar que hace apenas dos días te tenía desnuda entre mis brazos, no lo hagas más complicado de lo que ya es.
- Tienes razón...
- Bueno. Ya anoté todo lo que se me ocurre debería revisar en tus exámenes de sangre, ahora a tomarte la muestra...
- Pablo, ¿cuando termines en la consulta, podemos vernos en mi departamento?
- Supongo... que sí.
- Está bien, quedamos en eso entonces.

En eso se abrió la puerta y entró Pablo junto con Susana.

- ¿Quedamos en qué? - preguntó Armando, que alcanzó a escuchar la última parte de la conversación.
- En que... Pablo va a venir este sábado a la fiesta que vamos a hacer, mi amor. Lo acabo de invitar.
- Ah, perfecto. Tú también estás invitada por supuesto, Susana.

Fue lo único que se me ocurrió. Cuando Susana me tomó las muestras de sangre no paraba de hablar, de lo atractivo que es Pablo, me contó que era viudo, y me daba las gracias por invitarla a la fiesta, a ver si de una vez se le daba la oportunidad de algo con su jefe. De repente empecé a sentirme enferma con la idea de tener a Pablo en mi casa.

Pablo debe estar por llegar. A mí me quedan un par de exámenes para terminar el semestre. Creo que mi vida nunca ha sido más complicada que en estos momentos.

10-12-2012

Durmiendo con el enemigo

- Explícame de nuevo - me dice Pablo, recostado desnudo a mi lado en la cama - por qué es que estamos aquí.

Nunca he tenido problemas en ser "sincera" con los hombres con quienes me acuesto. Es sólo Armando quien no sabe, a quien siempre he protegido.

Suspiro cansada. Pablo me hace demasiadas preguntas. Demasiadas. Y me preocupa la forma que tiene de mirarme. Hace poco más de tres semanas, cuando después de comer nos vinimos a mi departamento, departamento que por cierto Armando no sabe que tengo, él cree que lo vendí, pasó lo que yo esperaba, empezamos con besos y terminamos en la cama. Y empezaron las preguntas. Por supuesto que no le conté todo, me faltarían vidas para contarle un tercio de la mía.

Pablo me pregunta si estoy segura de amar a Armando. Le digo que no lo sé, y es la verdad a medias, porque también yo me lo he estado preguntando. No sé qué es lo que quiero junto a Armando. Armando quiere una familia, quiere hijos, quiere repetir lo que ha aprendido, reproducirse y volverse un clon de su padre. Yo sólo lo quiero a él. Cuando pienso en la posibilidad de perderlo, de que me deje, se me hace un nudo en el estómago que me provoca náuseas. Hay noches en que no puedo dormir, en que me pregunto a gritos qué es lo que estoy haciendo, qué es lo que me estoy haciendo a mí, a nosotros, pero por otro lado no puedo cambiar quien soy, cómo me hicieron, en lo que me he convertido. Y me pregunto qué pasaría si Armando se enterara de la verdad, de mi verdad, de todo lo que lo he engañado. No me perdonaría jamás.

Pablo me acaricia la mejilla y yo pienso en Armando, en la primera vez que nos besamos. Me gustaría recordar cómo fue. Quisiera tener la imagen mental de ese momento, recordar si nos acercamos como en las películas, o si me acerqué yo, y conociéndome seguramente así fue, y el primer roce con sus labios. Quisiera recordar cómo le brillaban los ojos, pero lo único que recuerdo es el profundo vértigo, la sensación de estar cayendo, lo mismo que siento todavía por él. Vértigo. No sé si el amor puede llamarse vértigo.

- ¿No crees que la respuesta a si lo amas está aquí? - me insiste Pablo.

Me aburre su actitud de caballero armado, idéntica a todos los demás, que quieren ser mis salvadores, mis redentores, el último hombre en mi vida y en mi cama, mostrarme el camino correcto, cambiarme, volverme una mujer sumisa, ama de casa, obediente, alegre. Quieren mostrarme que pueden ofrecerme algo mejor que lo que tengo.

- Pablo... que tú y yo estemos en esta cama no tiene nada que ver con mis sentimientos por Armando.
- O sea que no estás utilizando el sexo conmigo como arma para que te ayude.
- ¿Tú no crees que si nos hubiésemos conocido, por ejemplo, en un bar, no habríamos acabado en la cama? Estoy aquí porque me gustas, porque te gusto, somos adultos, podemos decidir lo que queremos hacer o no...
- Pero tú eres una adulta comprometida.
- Comprometida... por papeles, por juicios sociales. Acostándome contigo no comprometo lo que siento por Armando, son dos cosas independientes.
- A veces hablas como si fueras un hombre...
- Y quizás lo soy, no lo sé. Simplemente los sentimientos no tienen nada que ver con esto, con nosotros. A veces he pensado que hago una disociación, yo la que ama a Armando y yo, o las mil yo, que quieren satisfacer otras necesidades, y que necesariamente no coexisten en un mismo plano. Cuando estoy con Armando soy otra yo, no estoy comiéndome el coco por lo que hice, porque lo he engañado. Supongo que sería un sujeto perfecto para un estudio clínico, pero claro, jamás me dejaría analizar y tampoco puedo analizarme yo misma.

- Explícame de nuevo por qué es que no quieres embarazarte.

Lo callo a besos. Sé por qué me interroga. Pablo quiere encontrar grietas en mis respuestas, fallos en mis argumentos. Quiere tener el control sobre mí, pero no sabe que ya lo tiene, porque he cometido un error que nunca me había permitido.

Todos los hombres con quienes he engañado a Armando han tenido algo que perder en caso de que su relación conmigo eventualmente llegara a saberse. Trabajo, familia, dinero, posición social, a todos los he tenido atados con algo, un chantaje silencioso en el que a nadie le conviene que se sepa nada. Con Pablo es distinto, él no tiene nada que perder conmigo, al contrario, soy yo la que pierde todo si esto se llegara a saber. Debí darme cuenta en esa primera cita, cuando me contó de su esposa fallecida. Debí notarlo en sus besos hambrientos, en la desesperación de sus movimientos al hacerme el amor por primera vez, en las lágrimas que dejó caer en mi hombro cuando me dijo "esto no es correcto".

Nos vestimos y nos sentamos a conversar con una copa de vino. Y empezaron las preguntas. Pablo quería saber todo, absolutamente todo. Le conté que no creía en la fidelidad y él me preguntó si Armando me engañaba. Le dije que no sabía, pero que no creía que lo hiciera. Me contó de su esposa gringa fallecida a los treinta años de cáncer cervical, de lo solo que se sentía desde que había vuelto a Chile, de lo incorrecto que era involucrarse con una paciente. Yo lo miraba hablar en silencio. Bebía mi vino a sorbos, él bebía a tragos y se servía más. Lo dejé emborracharse lo suficiente para que pensara que era él quien me seducía a mí y nos fuimos a la cama de nuevo.

- No quiero embarazarme Pablo - le respondí volviendo al presente - precisamente porque no estoy segura de lo que quiero. Amo a Armando, sí, de una manera que no te imaginas y de una manera que sé que no comprendes, pero un hijo en estos momentos o en un futuro cercano no encaja en mis planes. Armando quiere una familia y si yo se la niego, no estoy segura de que quiera seguir a mi lado. Hasta entonces, hasta decidir que es lo que yo quiero, es que necesito tiempo.
- Tiempo...
- Tiempo. Tiempo para pensar.

Pablo se recuesta sobre su espalda y se lleva las manos a la cara.

- Y quieres que yo te ayude con exámenes falsos a ganar tiempo.
- No tienen por qué ser falsos Pablo. Tienes que separar esto, nosotros, y tú como médico. Hacer de cuenta que de mi vida no sabes nada, no sabes que tomo pastillas, que no quiero embarazarme... puedes hacerme todos los exámenes que le haces a tus pacientes sin pensar en lo que sabes...
- ¿Y tú crees que eso me resultará muy fácil? ¿Cómo crees que podré mirar a tu marido a la cara la próxima vez que venga a mi consulta?
- Puedes... no sé, derivarlo a un colega, decirle que tu te especializas en... ¿reproducción femenina y no masculina?

Pablo suelta una carcajada y sé que es mi momento. Me apego a él y lo beso.

- Tiempo. Sólo necesito un poco de tiempo. La cuestión es si vas a ayudarme o si tengo que buscar otro médico.

Pablo me toma de las caderas con violencia y me sienta sobre él. Se sienta y me besa y me susurra que claro que me va a ayudar, pero que no sabe cuánto tiempo podrá fingir sin que se le note lo que está pasando.

Me levanto en silencio, me doy una ducha rápida y dejo a Pablo durmiendo, semi cubierto con una sábana. Tengo una cena con mi suegra y no puedo llegar tarde. Pablo, la excusa y el cómplice perfecto, pero a la vez, no puedo dejar de sentir que en realidad estoy durmiendo con el enemigo.

16-11-2012

Pablo

Después de mi cumpleaños Armando retomó el tema de un embarazo. Sabía que no podía seguir dándole largas al tema y había contactado a Susana, una de mis ex compañeras que trabaja con un especialista en infertilidad. La primera cita fue para tomarnos los datos, explicarnos los procedimientos y responder preguntas que tuviésemos. Esa primera cita fue con mi Susana. También le había pedido que me hiciera el favor de hacerme una cita a solas con el médico, antes de tener que ir con Armando.

Pablo es ginécologo especialista en infertilidad. Estudió en Estados Unidos y volvió hace un año o así a Chile, a trabajar en este centro médico. Lo primero que me sorprendió cuando entré a su oficina fue los pocos años que tiene, no pasa de los 35. Lo otro es su atractivo. Ojos grises azulados, con un reflejo metálico, enmarcados de pestañas oscuras y espesas, labios perfectos, mandíbula cuadrada, manos grandes, pelo castaño, sonrisa encantadora. Lo primero que se me vino a la cabeza cuando lo vi fue que no tendría problemas en aceptarlo como donante de semen. Susana me dió una mirada traviesa antes de salir de la oficina, después de dejarle mi documentación a Pablo, y más tarde me daría un codazo con confianza al comentarme lo atractivo que era y "mi suerte" de que me examinara él.

Nos saludamos con un apretón de manos, su mano fuerte y firme, la mía temblando sin saber por qué, sin saber si era por las mentiras que tenía pensado contarle o por su sola presencia. Pablo sintió mi leve temblor y me sonrió, mientras me invitaba a sentarme, me pidió que no estuviese nerviosa.

- Así que... Marguerite... comprobemos primero que todos estos datos están correctos...
- Primero doctor...
- Pablo, llámame Pablo, si no te importa que nos tratemos de tú - otra sonrisa
- No, claro que no, Pablo... hay... ciertas cosas que no mencioné a la enfermera... fuimos compañeras de universidad y la verdad es que... no me sentí cómoda.
- Entiendo. Pediré que te cambien de enfermera entonces...
- No, no es eso... son cosas que... la verdad es que no quisiera que figuraran en ningún informe o documento.

Pablo entrecruzó sus dedos y se inclinó sobre su escritorio, hacia mí. Pude notar el latido de su yugular y oler su perfume y me lo imaginé por la mañana, recién duchado y afeitado, poniendo unas gotas de aquel exquisito olor en su cuello. Qué me estaba pasando... quizás las hormonas ya revueltas me estaban jugando una mala pasada.

Me aclaré la garganta.

- Verá... verás, Pablo. Quisiera hacerte una pregunta. ¿Puede un aborto tener incidencia en mi imposibilidad de quedarme embarazada?
- Un aborto... - noté que el tono de su voz había descendido - bueno, eso depende muchísimo de cómo fue hecho...
- Mi marido no lo sabe, no puede saberlo...
- ¿Qué edad tenías?

Por un momento me quedé callada, pensando. ¿Cuál aborto contarle? ¿Cómo camuflar la verdad? Pablo me tomó la mano por sobre su escritorio. En su anular derecho un anillo de platino, una argolla simple con algunas inscripciones, fue lo que se llevó mi vista.

- Marguerite... tranquila. Estamos en confianza, nada de lo que digas aquí, de lo que me digas a mí, saldrá de estas paredes sin tu consentimiento.

Tragué saliva. Me inventé una historia en segundos.

- Yo tenía 18 años... fue... un error, una fiesta de la universidad, unos tragos de más, un condón roto... apenas noté que no me llegaba la regla acudí a alguien que sabía los practicaba...
- Bueno... si fue de tan poco tiempo no creo que hayan quedado consecuencias - pensé en los cuatro abortos, pensé en instrumentos raspándome por dentro, pensé en las consecuencias - a menos que haya sido mal hecho. ¿Recuerdas si sangraste, si tuviste dolores?
- No, nada, fue como si me hubiese llegado la regla - mentí
- Bueno, para que te quedes tranquila, puedo hacerte un examen físico primero, una ecografía transvaginal, y si no hay nada, no tiene por qué considerarse siquiera esto, puedes olvidarte de que tuviste un aborto.

Accedí y llamó a una enfermera, que estaría presente durante el examen, para asistirlo. Me advirtió que sería un poco incómodo mientras por la cabeza se me pasaban mil cosas. ¿Y si descubría que le había mentido? En eso volteó el monitor hacia mí y me mostró lo que se veía, todo bien y en su lugar, ningún tipo de anormalidad ni cicatrices. Físicamente todo parecía estar bien. Me vestí y volvimos a su escritorio.

- Bueno... físicamente no parecen haber problemas, pero obviamente no podemos saberlo hasta hacer exámenes más exhaustivos, aunque eso será más adelante, lo primero es hacer un espermiograma, exámenes a tu marido... es mucho menos invasivo examinar a un hombre que a una mujer y nunca está de más descartar si él tiene algún tipo de problema. Pero a primera vista, de tu parte no debería haber problemas en quedarte embarazada. Aquí dice que llevan un año intentándolo...
- Un año... eso es lo que mi marido cree...

Pablo levantó la vista. No podía mentirle a sus ojos de acero.

- La verdad es que... es un poco complicado y no sé siquiera por dónde empezar... creo que más que un médico lo que necesito es un amigo que sepa aconsejarme. Necesito hablar con alguien, pero no aquí...

No sé qué cara habré puesto, pero Pablo miró su reloj de pulsera y me invitó a almorzar. Salimos por separado y nos juntamos donde habíamos quedado. Pedí una ensalada. No tenía estómago para comer.

- ¿Eres casado Pablo? - le pregunté mirando la argolla que llevaba.
- No - me dijo tocando el anillo y dándole vueltas. - Soy... viudo. Mi esposa falleció en Estados Unidos. Llevo la argolla en la mano derecha porque... la verdad es que no sé por qué - terminó con una sonrisa tímida.
- Lo siento, no debí preguntarte.
- No te preocupes, está bien... pero, por favor, cuéntame, por qué estamos aquí.

Consideré contarle la verdad, toda la verdad, nada más que la verdad absoluta. Volvió a tocarme una mano, en un gesto tranquilizador, y decidí que no podía.

- Verás, Pablo... yo... la verdad es que no he sido del todo sincera contigo, con mi marido, con nadie... estoy tomando pastillas anticonceptivas, por eso es que no me embarazo...
- No quieres embarazarte
- No. Y no puedo decírselo a Armando.
- Tienes que hacerlo... no tiene sentido gastar la cantidad de dinero que van a gastar y someterte a la cantidad de exámenes, algunos muy invasivos, que van a someterse por algo que quizás es innecesario...
- Pablo - decidí jugarme la carta de víctima - traigo una historia a cuestas que no te imaginas... pero en resumidas cuentas... crecí con una madre que no me quería, mi padre me abandonó a temprana edad y creyó que heredándome todo su dinero al morirse podría perdonarlo. El dinero no es problema, si tengo que someterme a mil experimentos por tener a Armando contento. Pero no sé ser madre, no siento el llamado de ser madre, no visualizo mi vida con hijos...
- Marguerite... créeme que te entiendo, pero la sinceridad es primordial en una pareja y si no le cuentas a Armando esto...
- Esto, Pablo, no se lo he contado ni siquiera a ti, como médico. Estamos almorzando no como médico-paciente, te lo estoy contando como amigo.
- Entonces como amigo te aconsejo que le digas la verdad a tu esposo. ¿Qué va a pasar cuando, después de todos los exámenes, descubramos que no tienen nada?
- No lo sé, pero al menos habré ganado tiempo, tiempo para pensar bien qué es lo que quiero, para decidir.
- ¿Y lo del aborto?
- Tuve... un aborto... pero no creo que me haya dejado con consecuencias, simplemente quería salir de dudas, esto tampoco puede saberlo Armando.
- Entiendo. No estoy de acuerdo contigo en que le ocultes la verdad a tu marido, pero lo entiendo. No te preocupes, haré como que no sé nada de esto Marguerite.

Cambiamos el tema y pude comer. Nos reímos. Me habló de sus viajes, de los proyectos en los que había trabajado, de su mujer fallecida. Noté que la atmósfera entre nosotros iba cambiando, como tantas veces lo he notado antes con otros hombres, como bajan sus defensas cuando me ven desvalida, en necesidad de ayuda, en necesidad de ellos. Sentí como se me dilataban las pupilas, como las aletas de mi nariz se abrían en busca de más oxígeno, la adrenalina bombeándome en el pecho, lista para la caza. La misma situación, tantas veces repetida, distintos protagonistas, siempre así de rápido, sabiendo que le había gustado desde el primer momento en que me vió, sabiendo que él había intuido que me gustaba pero pensando en que algo así nunca podría ser, el médico-paciente, el profesor y la alumna, el sacerdote y su pupila, el padrastro y la hijastra, el sabor dulce de lo prohibido. El almuerzo se alargó. Pablo llamó a la consulta confirmando que no tenía más pacientes por la tarde y pedimos más vino. Pablo volvió a tocar el tema de la infertilidad. Volví a repetirle que simplemente no estaba segura de ser madre, todavía, pero sabía lo importante que era para Armando. Que solamente quería tiempo.

- Eres una mujer fascinante, Marguerite... tienes algo... no sé qué... estaría hablando contigo por horas y horas...
- ¿Lo dices como médico o como amigo?
- Como amigo, claro - me dijo entre carcajadas - realmente... hablo en serio, no sé qué me pasa, debe ser el vino, no suelo beber en días de semana. Me alegro que hayas venido a mi consulta, me alegro de que hayas sentido que puedes confiar en mí, aunque todavía no tengo muy claro qué es lo que quieres...
- Lo que quiero - le dije mientras lo miraba fijamente, mi cara a veinte centímetros de su cara - es tiempo. Tengo que tomar decisiones pero no quiero perder a mi marido y por eso - le dije mientras ponía mis manos sobre las de él - estoy dispuesta a cualquier cosa para conseguirlo.

Cuando entrelazó sus dedos con los míos, sin decir palabra pero hundiendo sus ojos en los míos, supe que la presa era mía.

01-08-2012

El cuarto embarazo

Fue para la navidad cuando la Colomba, una de las sobrinas de Armando, nos preguntó mientras cenábamos cuándo íbamos a tener un bebé.

Sentí como todos los ojos se fijaban en mí, como cambiaban los sonidos de los cuchillos cortando la carne, las mil preguntas en silencio. Armando lanzó alguna broma mientras una de sus hermanas se sobaba el vientre hinchado a más no poder con su hijo nonato y su otra hermana le molía las papas a su hija. Todos los hermanos y hermanas de Armando están casados y con hijos, como corresponde en su círculo social, y eso fue lo que Armando me dijo cuando llegamos al apartamento.Que ya deberíamos ir pensando en formar familia.

Le argumenté que iba a empezar mi tercer año de universidad, que llevábamos poco menos de un año casados... él por su parte me recordó que no me estoy volviendo más joven precisamente, que a pesar de llevar poco casados nos conocemos hace más de diez años, y que siempre puedo seguir estudiando o congelar si quiero, que no entiende por qué siquiera tengo que estudiar o quiero trabajar... ay Armando, si supieras...

Entré a estudiar psicología porque... simplemente no daba más. Necesitaba algo en que ocupar la mente. Pensé que estudiando psicología podría llegar a entenderme, a conocerme, y la verdad es que me gusta, me distrae. Trabajar no lo necesito, me basta y me sobra con todo el dinero que he ahorrado todos estos años de prostitución y los "regalos" que mis amantes, por que no he dejado de acostarme con quien me plazca a "pesar" de estar casada, me hacen.

Pero Armando no entiende nada de esto. No entiende esta necesidad de mantener mi mente ocupada en algo ni la necesidad de "trabajar" como una tapadera.

Y tampoco sabe Armando de mis embarazos anteriores, de que quizás simplemente no sirvo para ser madre. Si estuviera en mi destino ser madre, probablemente, luego de cuatro embarazos, ya lo sería. Pero no. Cuatro embarazos y cuatro abortos. Quien sabe las consecuencias físicas que estos abortos han tenido en mí.

Armando me pidió en diciembre que se lo "dejáramos al destino", que dejara de tomar pastillas y viéramos qué pasaba. Le dije que sí en medio de una jaqueca horrorosa pero la verdad es que no he dejado de cuidarme. No sé si quiero ser madre. No sé si quiero intentarlo siquiera. Amo a Armando, en serio que lo amo, aunque probablemente nadie entendería este tipo de amor, el amor que me permite estar casada con él y acostarme con otros. Lo amo tanto que no puedo permitirme la autodestrucción como hice en el pasado. Necesito estas vías de escape, necesito estos deslices, pero eso no quiere decir que no lo ame.

Y un hijo... realmente no entra mis planes. ¿Qué clase de madre sería yo? ¿Una idéntica a la mía? No soy capaz de sentir algo por un niño, por un bebé, aunque sea de Armando y mío. Simplemente no puedo, me provoca rechazo pensar en otro embarazo. Los sobrinos de Armando, ruidosos, molestosos, me provocan aversión.

Toda esta conversación, la pregunta de cada mes de Armando si "algo" ha pasado, mi negativa... me ha llevado a pensar en mi cuarto embarazo, a recordarlo con lujo de detalles, o de horrores.

Yo estaba en primer año de la universidad cuando conocí a Daniel. Daniel era diseñador gráfico, apuesto, pelo desordenado hasta los hombros. Lo conocí mientras esperaba la micro, pasó en su auto y paró para preguntarme una dirección, le dije dónde quedaba, me sonrió y me preguntó por qué no lo acompañaba.

Me subí al auto sin pensar en peligros, llegamos donde tenía que ir, se bajó a entregar un paquete mientras me dejaba en el auto y cuando volvió, me invitó a comer. No sabría cómo describir a Daniel. Acelerado, alegre... no sé, pero tenía un algo especial, una personalidad fascinante que me atrajo desde el primer momento. Me decía que me encontraba bonita y me parecía tan raro todo... ahora, recordándolo, entiendo muchas cosas que en ese tiempo no supe entender.

Al día siguiente, cuando salí de clases, me estaba esperando afuera de la universidad. Era viernes y me invitó a irme con él a la playa. En ese tiempo arrendaba una pieza en una casa, cerca de la universidad. Mi mamá había muerto y mi papá me pasaba, demanda mediante, lo justo para mantenerme. Daniel tenía 31 años y casa en Santo Domingo. Nos fuimos escuchando música. Ese día lo recuerdo nublado.

Cuando llegamos, me presentó a su familia. Su mamá, sus hermanas, su hija de 9 años. Me sorprendió esa niña preciosa de pelo hasta la cintura que me miró enfurecida. Daniel me había presentado como su polola y yo realmente no atiné a nada. Daniel me descolocaba con su actitud, su verborrea, sus gestos locos.

Esa noche llegó el hermano de Daniel de visita. Empresario bastante conocido, un poco gordo, que me recibió como si me hubiese conocido de toda la vida. En realidad toda su familia era extraña. Su mamá era amorosa, me contaba que "Danielito" nunca había llevado a ninguna polola a la casa, excepto a la mamá de su hija, claro, y que estaban muy contentos de tenerme de visita. Si me hubiese preguntado cuánto llevábamos o cómo nos conocimos, no habría sabido qué decirle.

Daniel y su hermano empezaron a beber. Yo tomaba bebida. Quizás estaba en guardia ante esa familia tan rara que me tenía hipnotizada. Probablemente era la falta de ver como funcionaba una familia real lo que me tenía así.

Algo que me pareció un poco raro fue que Daniel y su hermano iban a cada rato al baño. Vamos al baño hermano, decía uno, y partían los dos. Cuando volvían estaban más alegres, más conversadores, para ir de nuevo al baño en pocos minutos. En un momento en que partieron los dos al baño los seguí y espié por el agujero de la cerradura. Encima del mueble sobre el WC ponían cocaína y la aspiraban. Volví al living sigilosa, preguntándome en que mierda me había metido.

El hermano de Daniel se despidió y quedaron de hacer un asado al día siguiente. Nos fuimos a acostar y aunque hasta entonces no habíamos pasado de un par de besos en el trayecto a Santo Domingo, suponía que íbamos a tener sexo, pero Daniel me dió un beso en la frente, apagó la luz y se durmió.

Al día siguiente salimos a caminar con Daniel y su hija. Daniel me llevaba de la mano mientras me contaba de su niñez en esa playa y la niña lo miraba celosa. Daniel la abrazaba entonces y le decía que no fuera tontita.

Comimos con su mamá, que vivía permanente en esa casa. Me preguntaron qué hacía yo, qué estudiaba, sobre mi familia. Les dije que había quedado huérfana el año pasado y no me hicieron más preguntas.

Por la noche llegaron muchos de sus amigos. No sé dónde estaba la mamá, no la recuerdo ahí, pero recuerdo las carnes en el asador, el disco de mariscos, la cerveza, vino, vodka por montones y las escapadas de Daniel y de todos sus amigos al baño. La fiesta duró toda la noche y el domingo Daniel estaba tan mal que tuvimos que volver a Santiago el lunes. Me dejó fuera de mi universidad y se fué.

Me llamó un par de veces esas dos semanas que pasaron antes de volver a verlo. Cuando nos vimos nuevamente, me preguntó si quería ir a un motel. Directo y claro. Le dije que sí y fuimos a uno de las afueras de Santiago. Ahora que sabía que jalaba, observaba más signos de su adicción, la forma en que se llevaba constantemente la mano a la nariz, cómo estaba siempre sorbiendo como si estuviese resfriado, sus ojos un poco saltones, cómo se llevaba las manos al pelo con cierto temblor. Y me provocaba una especie de miedo y atracción a la vez.

En el motel empezamos a besarnos. Yo estaba encima de él pero no avanzábamos, hasta que me sacó de encima y me dijo "sabes qué, no se me para". Ante mi cara, empezó a explicarme que no era yo, que yo le gustaba, y mucho, pero que lo esperara un poco. Y se paró al baño. Lo seguí y lo observé esnifar una raya de cocaína y le pregunté desde la puerta si me dejaba probar. Me preguntó si había probado antes y le dije que no. Dudó, pero al final me indicó cómo hacerlo.

Me dolió la nariz, pero no había pasado mucho rato antes de sentirme feliz, eufórica. Nos seguimos besando y tuvimos un sexo deplorable, realmente no se le paraba. Intenté con el sexo oral, frotándome sobre él... Daniel me decía que era por culpa de condón y probamos a hacerlo sin condón, pero nada. Así que nos vestimos y nos fuimos.

En vez de llevarme a mi casa, Daniel se metió por unas calles detrás de Gran Avenida. Paramos frente a una casa que se veía bastante pobre (la familia de Daniel, sin ser ricos, eran de muy buena situación) y Daniel se bajó. Pensé que se bajaba a comprar más cocaína. Cuando volvió partimos rápido. Me dijo que había ido a dejarle dinero a la mamá de su hijo. Tenía un hijo de tres años del que su familia no tenía idea.

Los recuerdos desde ahí se vuelven más difusos. Empecé a consumir cocaína con él. Me llevaba a fiestas de las que poco recuerdo. Tengo apagones en los que en un momento estaba en un lugar y en otro momento en otro lugar, sin saber cómo había llegado de A a B. Recuerdo que al día siguiente me sentía cómo si me hubiese atropellado un tren, pero eso no quitaba que apenas Daniel me llamara, dejara todo botado por ir con él.

Tengo imagénes cortadas de una fiesta en su apartamento en Providencia, habían unas diez personas, esnifábamos en la mesa del comedor y bebíamos vodka naranka. Daniel empezó a besarme y me preguntó si estaba caliente. Le dije que sí. Llamó a uno de sus amigos y le dijo que me lo hiciera, ahí, delante de todos, sobre la mesa. No atinamos a nada, su amigo era atractivo, Daniel se alteró, nos exigió empezar a besarnos y una cosa llevó a la otra. Lo siguiente que recuerdo es mirar a una pareja desnuda en el sillón mientras su amigo me penetraba y Daniel me pasaba la lengua por los brazos desnudos, por el pecho, o me hacía sentarme sobre el borde de la mesa para lamer el polvo de cocaína que se me había pegado en la espalda.

Así fueron muchas fiestas de las que realmente recuerdo poco, drogas, alcohol, sexo con cualquiera mientras Daniel me observaba, hasta que se me cayó el mundo encima cuando descubrí que estaba, de nuevo, embarazada.

Me junté con Daniel para contarle. Daniel se llevó las manos a la cabeza y me dijo que le estaba mintiendo. Cuando le dije que no, se enojó, se puso violento, y me pegó una cachetada, me dió un combo en el brazo, otra cachetada, me llamó tonta, me dijo que lo había hecho a propósito y que ni siquiera sabía si el hijo era de él. Me hizo bajarme del auto a empujones y me dejó tirada, en una calle desconocida, sin dinero, sin tener idea cómo volver a mi casa.

Estaba oscuro. Empecé a caminar, llorando. Alguien me preguntó qué me había pasado y le dije que me habían asaltado. Se juntaron un par de personas, me dieron algo de dinero, me acompañaron hasta la micro contándole al chofer que me habían asaltado. El chofer no me cobró, me hizo sentarme en el primer asiento y me decía que todo iba a estar bien mientras yo más lloraba, sintiéndome lo peor del mundo, tan estúpida, tan todo.

La micro me dejó en plaza Italia y ahí tomé un taxi hasta mi casa, que pagué con el dinero que me habían dado. Daniel me llamó al día siguiente, me dijo que se había ido en volada, y que fuera el hijo de él o no, él se iba a hacer responsable si lo que quería era tenerlo o pagar un aborto. Le pedí el dinero para un aborto y me lo hice de inmediato. Lo último que recuerdo de ese embarazo son las uñas largas de la matrona brusca que practicaba abortos clandestinos en una clínica de providencia y que aparte del dolor físico no sentí absolutamente nada por ese bebé.

Después de eso empecé a tomar pastillas y usar diafragma al mismo tiempo. Realmente tuve mucha suerte de nunca pegarme nada las veces que me metí con alguien sin condón, creo que ni siquiera pensaba en la posibilidad de contagiarme de algo.

Daniel murió pocos meses después, me enteré por los diarios, de una sobredosis. Siempre me pregunté qué habría pasado con ese hijo del que nadie sabía.

Y ahora que Armando quiere que tengamos un hijo, que me dice que voy a cumplir 32 años y que ya estamos en edad, pienso en Daniel, en Ryu, en Marcos, en Jaime, en todos esos bebés no nacidos y creo firmemente que no estoy lista para ser madre, que simplemente no está en mi destino ser madre.

El problema es que para Armando el formar una familia lo es todo y ahora me ha pedido, ya que en estos meses no ha pasado nada, que visitemos a un especialista en infertilidad.