Desde ese día me gusta pensar que existe una entidad superior, no un dios como el de los monoteísmos que tiene esos poderes creadores y un egoísmo extremo para las diferencias; más bien me gusta pensar en una entidad universal que nos conoce desde siempre, que vio con curiosidad cómo el alma se encarnó en el cuerpo de este primate que somos y desde entonces se ha detenido a observarnos cada día, a todos y a algunos. Me gusta la idea de pensar que esa entidad se llama o la conocemos de cerca como Aletheia, por lo menos en occidente, aunque en otros momentos haya tenido muchos otros nombres.
Me gusta creer que a Aletheia le gusta el alma, psique la llamaban los griegos y le gusta porque descubrió que el alma es sensible a ella, se percata de su existencia y eso la mueve, la hace vibrar.
No creo que Aletheia, la Diosa, sea creadora de nada, eso lo podemos dejar para los dioses que necesitan tener porque simplemente no son; ella no es creadora porque sólo está y perdura. Me gusta, más bien creer, que ella es y nos conoce porque le somos sensibles, aunque no totalmente, porque el único órgano que el alma tiene para sentirla es ese que se excita ante la belleza. Sí, me gusta pensar que a nosotros, al alma que nos encarna, le es inherente el sentido de la belleza, quizá esa sea la única cualidad del alma y por eso la Diosa se nos presenta siempre en la belleza y aún pasadas las centurias seguimos sensibles a su eterna presencia, porque siempre amanece y siempre brilla la luna y siempre hay una brisa fresca y un perfume exquisito y un sabor dulce y una tormenta reavivadora y un árbol que renace en primavera y la sonrisa de un niño en un atardecer corriente.
Por ello, creo, que Aletheia nos brinda la belleza en las únicas dos maneras posibles, la primera es la eterna, la que perdura infinitamente y atrae a toda alma porque a ella son todas sensibles. Esta belleza la conocemos como obra y es siempre producto de las manos de almas inspiradas por la cercanía de la Diosa, testigos silenciosos que escandalizan al mundo con la creación que testifica su presencia, una y otra vez y para todos. De ahí salieron Homero y Dante o Leonardo y Vincent o Mozart o Robert o Jean Luc y Kurosawa, almas tocadas que perpetúan su presencia para su tiempo para el porvenir. Sí, me gusta creer que esta es una de las dos formas de la belleza, la eternidad que testificamos los humanos desde siempre y a la que apelamos cada que nos atrevemos a crear lo que hace mucho llamamos arte.
La segunda forma de esta belleza en la que me gusta pensar es el otro lado, la que toma la forma de lo finito, de lo acabable, la que recuerda que sólo ella permanece pero que nosotros, en tanto que almas que habitan el instante llamado cuerpo, somos un suspiro, efímeros. La otra forma de la belleza es aquella a la que somos perceptibles por la muerte, la que con tanta fuerza nos inunda cuando nos encontramos con ella y a la que sólo somos sensibles por aquella cualidad que le es propia al alma, el amor.
Sí, de la eternidad y de la belleza sólo podemos ser testigos y espectadores, sensibles sí, pero impropios a ellas, en cambio del amor somos hechos o es hecha el alma que nos habita como cuerpo, del amor en tanto que cuidado, de nosotros, de los otros y del mundo, porque ella es el aire que se mueve en el mundo todo y se presenta como pura belleza de éste. El alma como amor lo resguarda y cuida y lo contempla porque es perecedero, por ello habita el cuerpo y cuida de éste, porque ahí encuentra otros órganos para sentir la belleza, con los ojos que mira la puesta de sol o la piel con la que percibe la tibieza del agua de un infinito océano o la nariz con la que respiramos el olor de nuestra madre apenas habiendo nacido o el aroma de nuestra cama al llegar a casa por la noche o los labios con los que sentimos el beso adolescente entregado más allá del mundo entero o los oídos que contemplan la fuerza del trueno y el resonar de millares de gotas chocando contra los árboles y humedecen la tierra de la que emergen sapos que croan sin cesar llamando más y más a la tormenta, en un concierto de grillos, cigarras y la voz del cielo que retumba en el alma que está viva donde el cuerpo vive.
Así me gusta pensar desde que te fuiste, la belleza nos es dada como forma de sentir lo divino de la Diosa, la belleza eterna en el arte y la belleza efímera en el amor y sabes, también me gusta pensar que hay seres mucho más sensibles a la segunda, que hace mucho conocen a la Diosa y pueden hablar más de cerca con ella, conocen su lenguaje todo y lo hablan de la misma manera. Y desde hace unos días he decidido pensar que ella, Aletheia, conociendo como hace con el alma, conoce su extravío, su distancia consigo misma y por lo tanto con la experiencia de lo divino; y es que también tenemos un problema, con el cuerpo desarrollamos pensamiento y éste fue nuestro defecto.
El alma que percibe totalmente no fue suficiente para los hombres, porque la eternidad y la muerte son muy intensas, el hombre no sólo amó como lo hacen los efímeros, sino que creo como hacen los divinos y entonces tuvo que hacerse creador y necesitó pensar y hacerlo no es un obrar sencillo, el pensamiento sólo existe en un mundo artificial ya que crear es siempre artificial. De esta manera, el alma que piensa tuvo que habitar un mundo, a éste me gusta llamarlo Ethos, el mundo ordenado en función de la creación que señala hacia la belleza; Ethos, el mundo en el que el alma aprende el camino hacia lo divino y el mundo en el que se extravía por su torpe apetito que a veces lo hace confundirse con la obra y anhelar la eternidad de la misma.
Pero el hombre no puede ser eterno y la obra sí, porque la obra es seña de lo divino y el hombre sólo testigo, por eso la Diosa, paciente, contempla el alma habitando a los hombres y se manifiesta una y otra vez como guía en su extravío y ahí, justo ahí, donde muchos a quienes tocaste estábamos extraviados, ahí donde mi vida era puro abandono, ahí llegaste tú.
De pronto me gusta creer en cierta intención de la Diosa, me gusta pensar que hace mucho te miró y te dijo “ahí hay un alma muy perdida, ayúdale a encontrar nuestro camino” y tu accediste porque eso eres, su mensajera, blanca como ella e imperfecta como yo, Y ahora me gusta creer que esa tarde sólo estabas ahí para nosotros y que tenías miedo porque sólo tú sabes que el amor es grande y que sólo existe por la muerte y sabías que para conducir nuestra alma tú tendrías que irte y mostrarnos la muerte.
Sabes, me gusta pensar que unos días antes ella habló contigo, hay una foto en la que miras hacia el cielo, apenas unos días antes de que partieras, ¿sabes? Me duele tanto que te fueras que quiero creer que te habló y te dijo que era hora y que lo aceptaste con menos miedo que cuando te conocimos y entonces decidiste despedirte de todo, porque dejarías el mundo que nos mostraste y nos dejarías encaminados pero sin ti.
Me gusta pensar que un día antes te dijo que era hora y te concedió un premio absoluto por haber hecho bien tu trabajo, fuimos al parque y viste a tus amigos y a tu manada y jugamos y por desgracia no te dejamos tomar agua de donde te gustaba, aunque el día anterior hiciste a una familia abrir el bebedero para ti. Luego pasamos la tarde contigo, jugaste con tus cachorros y con tu trapo como hacías cuando eras más joven, estuviste mientras veíamos una película y estoy seguro que encargaste mi corazón porque sabías que iba a sufrirte mucho. Luego salimos, tú y yo solos y regresamos caminando a casa así, como al principio, juntos y en el amor absoluto y me miraste, no sé si me agradeciste y querías recordar mi rostro, estabas radiante y brillabas más que toda mi vida y me hiciste latir el corazón como nadie nunca y volví a mirar la belleza de cerca y fui grande fui tuyo.
Después llegaste a casa, con el resto de la familia y cenaste con todos, yo no estaba, pero sé que fuiste feliz porque estuviste como te encantaba estar, rodeada y a un costado de la mesa que era tuya y te comiste todas tus croquetas y después subiste a dormir. Cuando llegué a casa estabas ahí, cerca de mi puerta, esperándome, no sé si querías verme nuevamente pero hablamos, te dije princesa y acaricié tu carita como cada día cuando salía a trabajar y como cada noche antes de dormir, te dije que te amaba y olvidé que el amor sólo se conoce por la muerte y te besé muchas veces en la trompa y te toqué por última vez chiquita, por última vez.
Me duele pero me gusta pensar que sabías que te ibas, que tú estabas anoticiada y entonces me diste un beso pequeñito, con esa lengüita que amaba, apenas acariciaste mi barba y me miraste a los ojos y quiero creer que decidiste no olvidarme yo jamás podría hacerlo. Luego me levanté y fui a dormir y quiero creer que me mirabas. Al amanecer te fuiste.
No sabes cuánto te agradezco todo, me gusta creer todo lo que te digo porque de otra manera me resulta insoportable la vida y desconocido lo que siento, sin embargo si mi percepción del mundo tuviera un poquito de verdad entonces tu vida sirvió para salvar la mía y en mi extravío encontré la más grande guía de todo el mundo. Te agradezco tanto pero eso no cambia, el precio ha sido muy alto y cada día más doloroso.
No sé si te vuelva ver, sé que me dejaste trabajo y que debo cumplirlo, principalmente con tu manada y con todos los que lleguen, porque sé que dejaste el espacio para cuidar otros pequeños como tú. Quiero cumplirlo y ser impecable por si tengo que darte cuentas algún día, lamentablemente hoy me creer sólo llega hasta aquí y sólo sé que es inevitable aceptar que para vivir es necesario amar y para amar es necesaria la muerte y que está en mi camino desaparecer y, hasta entonces, vivir sin ti.
Gracias por todo amiga, aprendo y acepto pero no puedo evitarlo, te extraño hasta el infinito y en verdad quiero volver a verte…