Tuesday, January 26, 2010

cortesía



rf (R. B.)

Diario de campo 9 - Me encantan

Los días en que no le veo fin a un plato de comida. Lástima que haya tan pocos de esos días.

Diario de campo 8 - Desde los confines del universo

Un viento tan frío como nunca había sentido, parece provenir de los mismísmos confines del universo. Me sangra la nariz y la boca y sólo estuve diez minutos allá afuera. Nunca pensé que algo así pudiera sentirse. Y acá hay gente corriendo.

Diario de campo 7 - Wake up

¿Miedo? No sabía que lo tenía... hasta que dejé de tenerlo. SC me cae mal, lo detesto y me parece más bien un ícono de un grupo social el cual me desagrada muchísimo, pero ni él ni nadie deben estar en el peligro que estamos todos los mexicanos. Cierto, un loco mató así al beatle mayor y así han sido asesinados otros personajes famosos, pero aquí no es así, al americanista no lo agredió un loco del que era imposible saber lo que haría; no es la señora esa que mató a la cantate de Tex Mex por hacerle un bien y librarla de la vida que vivía; a Cabañas lo agredió una nación, un país que puede permitir las confabulaciones, que puede permitir la impunidad; al delantero no lo mató una sino varias personas: quien o quienes lo acompañaban en los autos en los que se fugaron, quienes los recibieron en el bar en el que ya los conocían, quienes abrieron las puertas para que salieran caminando como si nada pasara; también quien tomó la foto y todos aquellos que poco a poco han o hemos permitido que un hombre crea que está libre de justica, que la justicia se la da el poder.

¿Miedo? Yo no sabía que lo tenía hasta que pensé que tengo que regresar y entonces recordé que en mi país yo voy por el coche en la mañanas porque no quiero que A corra ningún peligro, porque lo corre; cuando recordé que hay colonias que prefiero nunca tener que visitar o ropa que prefiero no usar o propiedades que es mejor no tener o autos que es mejor no manejar o zonas en las que no se debe vivir. Supe que tenía miedo cuando vi a los niños caminando a las seis de la tarde, sólos, despidiéndose de sus amigos a varias cuadras de la escuela, diciéndose adiós sabiendo que lo más probable es que mañna se vuelvan a ver. Y no hay padres asustados por el riesgo que corran sus hijos en las peligrosas calles de la ciudad; acá no existe ese miedo porque acá es otro planeta.

Me enteré que tenía miedo cuando entré a una tienda discos viejos que no tenía nungún dispositivo de seguridad, en la que yo podía tomar cualquier artículo y guardarlo en mi bolsa y después pasar a pagarlo, en la que los trabajadores eran sólo dos jóvenes franceses que acomodaban y cobraban en las cajas, no había agentes de seguridad ni perros. ¿Y cómo sentir miedo si cuando cierran el metro una decena de policías patrullan cada zona con perros para proteger a la gente?

Miedo de regresar, de tener miedo otra vez, de volver a vivir con miedo porque es la única menera de proteger la vida propia. Miedo para sobrevivir. ¡Yo no soy un venado! Ni soy una estúpida cebra ni ningún otro animal de presa, yo soy un hombre, quizá muy humano y estoy cansado de tener miedo y estoy cansado de que los mexicanos no estén cansados de tener miedo y estoy harto de vivir así y no quiero vivir así nunca más, no porque viva o muera Cabañas sino porque si su atentado sigue siendo motivo del morbo indiferente en el que hemos aprendido a vivir los mexicanos yo no quiero ya vivir en ese país, no quiero y no lo voy a hacer.

Saturday, January 23, 2010

Diario de campo 5 ¿Qué es un fantasma?

Yo no creía en fantasmas hasta ayer. Estuve en el hospital psiquiátrico de Sainte-Anne, lugar que no sólo está lleno de tradición psiquiátrica sino de un montón de historia. De hecho, todo París está lleno de historia y no sólo por sus monumentos que es lo que los turistas solemos visitar, sino por sus calles, sus edificios y sus instituciones, quizá más que nada por sus instituciones. En México nos emocionan los cincincuenta o los cien años de algo; acá las cosas tienen centenares de años y no sólo siguen en pie sino que huelen a pasado, a historia y -cosa rara- huelen a dolor.

No sé, Europa ha pasado por las peroes atrocidades bélicas del mundo entero, -aunque claro, en medio oriente no se quedan atrás con sus guerras- en el viejo continente las cosas han sido secas, siempre muy secas porque no es una religión lo que hay detrás, es el hombre mismo y su necesidad extraña de nadificación que empapa todo lo que hace.

Ayer estuve en Sainte-Anne y el edificio es el mismo que funcionó durante la inquisición, el mismo que vivió no una sino dos guerras mundiales, el mismo que pisaron los locos de Pinel y los de Lacan, el mismo del que habla Foucault en la historia de la locura, el mismo que aparece en tantos y tantos libros de tantas cosas, quizá todos de historia. Sainte-Anne, un lugar aterrador y no sólo porque su magnitud es más impresionante que la de la torre o el arco, sino porque dentro de ese lugar pesan centenares de años de sucesos, de historias pero principalmente de olvidos inacabados.

Uno no puede menos que sentirse aplastado por la monstruosidad del lugar y no sólo porque uno sabe que ahí dentro está la locura francesa, sino porque ahí dentro y ahí fuera estuvieron muchas otras formas humanas mucho más grandes y feroces que la locura de hoy. Sus muros aún huelen a ocupación alemana, aún apestan a muerte, saben a miedo y a ciencia, a la titubeante carrera de la ciencia que colmó de excesos el siglo XIX; pero principalmente saben a Francia, la Francia que no está hecha para los turistas sino para los habitantes, para los ancianos que viven en cada parisino que arrastra la imposible llegada del olvido, la salud de una herida que tal vez nunca termine de estar encarnada en las entrañas mismas de una nación que lo ha visto todo y no puede dejarlo.

Dentro: silencio. No había personas, como si todos se hubieran puesto de acuerdo para dejarme ahí, con la experiencia, con una decena de libros detrás de cada muro que observé, que toqué, que escuché. No había una sola persona pero todo estaba lleno de almas, de histéricas, de locos, de soldados, de médicos, principalmente de médicos. Y tuve miedo, mucho miedo. Estaba ahí, en silencio, solo y entonces supe lo que es un fantasma: Centenas de años que murmuran, que hablan de una historia que no deja de escribirse en un infinito para el que el presente es sordo y ciego; una historia que reclama su derecho de existencia en una dimensión que rebasa la nuestra -o la de los franceses- y que la abarrota, la empuja hacia su propia finitud, hacia una muerte que no por lenta no llegará. La historia es un fantasma, un murmullo que insiste en el infinito, donde se ha escrito para siempre y desde donde obliga a la escritura de un presente que insiste en no escribirse. La eternidad seca conseguida tras la muerte, el destino de todo y de todos. Un fantasma que aterra porque se resbala de los muros, de los techos, de las puertas, de las calles, los arboles y el pasto mismo y se adhiere al cuerpo como aire que lo palpa todo y roba el presente y no deja sino un pasado incomprensible e invisible; un fantasma que se roba todo lo que toca y vacía de sentido la vida, el hoy... eso es la historia, la muerte que prolonga en el inalcanzable infinito la monstruosidad del hombre. Y eso es Sainte-Anne, el olvido en su verdad absoluta de doble imposibilidad.

Y es quizá por eso que los turistas y los inmigrantes estamos condenados a no conocer París jamás, porque somos ruidosos y ensuciamos; porque no tenemos nada para comprender que París no es una capital turística sino un fantasma que llora todo el tiempo en sus calles, edificios, plazas e instituciones, pero que principalmente grita en cada parisino, en cada francés y ayer, aterradoramente, me gritó.

Aquí vivo

Thursday, January 21, 2010

Diario de campo 4 - février 1984.

Je n'ai pas pu commencer comme à l'habitude mon cours a début de janvier. J'ai été malade, réellement malade...

Wednesday, January 20, 2010

Diario de campo 3 o AsociAción libre

Estaba en la casa familiar, tal y como ésta era antes de que mis padres decidieran el divorcio, excepto porque mi cama estaba del otro lado. Yo tenía la guitarra electroacústica de A. y trataba de hacerla sonar con las manitas de un muñeco -como G.I. Joe- que empuñaba en mi mano derecha. De pronto al voltear vi a mi hermano acostado y le dije con mucha tristeza "si vivieras aquí sería hora de que hiciéramos grandes canciones, las mejores. Pero ya es tarde, tienes que irte". Creo que en ese momento el acostado era yo y sentí mucha tristeza y ganas de llorar; entonces me levanté y vi a mi padre, agachado, buscaba o acomodaba algo en un mueble y salí corriendo. Todo estaba en su lugar, todo era como antaño y entonces dejé la guitarra, no sé porque no la podía cargar el resto del camino y la dejé. Entré a la recámara de mis padres y ahí estaba mamá, ante su tocador, me veía y me decía "no llores, ya vas a ir a dejar tus lágrimas a otro lado". Me abrazó aunque yo no a ella y entonces me vi con el abrigo y el gorro puestos y mis lágrimas no aguantaron más y con los ojos apretados y llenos de un llanto que ya nunca salió, deperté... en París.

Diario de campo 2 o "El gato ya tomó agua"

Cuando recogimos a la fuchi (la cariñosísima gatita negra que aún vive en la casa familiar) estaba en una banca de un parque, parecía abandonada y no se movía, se dejó tocar y cargar; los primeros días estaba metida en un huequito de mi recámara y no se movía para nada, pensamos que moriría. Ya no recuerdo cuántos, pero pasó días sin comer ni beber absolutamente nada, hasta que en un momento tomó agua y al poco tiempo comió y después de varios días comenzó a subir a la cama, a ronronear y a hacer suya la casa y a la manada de gatos que había entonces en casa.

Hoy es la única gata que queda de decenas de gatos que pasaron por ahí; hoy es un animal confíado, tierno y cariñoso y yo a veces la extraño mucho. Pero el punto es que cada gato tiene su tiempo de adaptación y cada animal decide cuándo hace suyo un hogar y si se queda ahí o se va. La fuchi se quedó y hace ya cerca de diez años que lo hizo; uno no se da cuenta de cómo pasa el tiempo pero hoy ella tiene un hogar donde ya ni siquiera hay personas, creo que esa es una lección, rara, pero lección...

Friday, January 15, 2010

Diario de campo 1 o de un viajero al que no le gusta viajar

Doce horas de avión es una ridiculez en tiempo de OVNIs y teletransportación, pero ya estoy acá, un poco tarde y pobre, muy pobre para la vida en una ciudad tan cara. No sé si estoy contento o no, lo que sé es que extraño tantas cosas de mi vida en México y no precisamente el chile o las tortillas sino lo verdaderamente mío, la vida que he construido en estos últimos años. Estoy tan extraño en esta vida que sigo durmiendo y despertando con el horario mexicano, cosa que no debe ser porque el día parisino me está durando como tres horas. Anoche me dormí pensado en mi cama y la ventana y las almohadas pero principalmente en la osa a quien extraño más que a nada, al final eso me reconfortó bastante y concilié el sueño a las siete de la mañana francesa, lo que me llevó a despertarme a las tres, cuando ya todo está cerrado por la hora de la comida. En fin que al final hice mi primera comida después de cerca de 36 horas de haber probado bocado por última vez y la vida me dió el revés más cagado de todos: mi mal francés no me permitió escuchar el atún en el menú barato que compraba y la sorpresa fue que mi sandwich incluía las dos cosas que más odio en la vida, mayonesa y huevo cocido, pero en fin, soy un indio en otra tierra y como tal me lo tragué sin chistar, sentado en una banca de la calle pero con la única compensación que me ha dado la vida en estos días, mi comida incluía una gran cocacola de lata y lo demás ya no importó, al primer trago me regresó el alma al cuerpo y las ganas de vivir, después corrí a un super y compré 10 cocacolas más que seguro me durarán toda la semana, después veré qué hacer.

Pues bien, no me gusta viajar, me siento mal y no me acostumbro, pero creo que es hora de obligarme a romper con mi destino nopal y dar los kilos para tratar de salir del hoyo en el que vivimos todos los tercermundistas que conozco. Extraño mucho mi casa pero sé que más bien quiero lamer la cadena que me tiene amarrado, así que de hombres me quedo como estoy y a tratar de vencer el terror que le tengo a las distancias y al desapego. Amo mi vida pero ella también está donde estoy yo, espero hacerme a la idea de esto.