
Sé que tú no recordabas ese pequeño evento en la tsubame roja cargada de instrumentos aquella tarde afuera de rockstock. Yo, en cambio, lo atesoro en esos recuerdos de juventud que no estoy seguro si no me dejan o soy yo quien los retiene. Sabes, de cerca eras más guapa y abajo del escenario eras tan chiquita: me encantaste.
Arriba del auto, con aquel vestido rojo, muy corto y ese abriguito que dijiste era para taparte del frío y no enfermar. Cuidabas tu voz. Yo mientras fantaseaba, imaginaba tantas cosas que se esfumaron cuando aquel hombre -que no tengo idea quién era- te desapareció en un segundo. No importa, dejaste esa imagen ahí para siempre.
No sé, no creo que hayas sido grande ni que tu existencia fuera trascendental -casi la vida de ningún mexicano lo es- pero eras joven y hacías con cariño lo que te gustaba, te dedicabas, eras tú.
Ya te fuiste, muy temprano de la fiesta para mi gusto, pero te fuiste, así es el cáncer, sólo viene y se lleva lo que puede. Ni modo. No sé si te extrañaré o si tu nombre quedará ahí en mi mente y te recordaré cada día, no lo creo; pero esa tarde nublada a fuera de ese lugar, tu rostro, tu piel y tu voz, el sueño de un jovencito loco de ilusión a punto de hacer realidad una fantasía casi inconcebible, esa tarde a la que le quitaste lo fría, estará siempre ahí para mi y tú con ella.
Fue bello haberte conocido y es divertido saber que tú no me conociste...