Y así, sin aviso, probablemente por causa de otro, así nada más, te fuiste. No estrechamos las manos ni nos abrazamos, no dijimos adiós ni hasta pronto, no hubo te quieros ni gracias por haber sido tú, por haber estado ahí: nada, sólo te fuiste. No puedo decir que nos dejaste, que me dejaste, casi ni nos veíamos, casi -creo- ni nos conocíamos. Pero eras mi abuelo y sé, por alguna extraña o común razón, que me querías y que lo hacías bien, sincero; pero no sé por qué lo creo así, quizá porque dijiste que si un día me casaba pagarías toda mi boda, quizá porque mi titulación de la licenciatura fue un evento también tuyo, tal vez porque cuando nos veíamos últimamente una sonrisa se te escaba de entre esos bigotes que no dejaban de hacerte ver joven, fuerte; o sólo tal vez por que yo te quería, porque yo te quiero, por ello pienso que tú lo hacías ¿importa? Te fuiste y... te extraño, te echo de menos, mucho; pero te fuiste. No importa si te mataron, ya no estás y nada, ni toda la justicia de los hombres va a cambiar esto: No estás más.
Por ello, Juan, quiero hablarte un poquito más, un segundito antes de que acabes de esfumarte por completo: Te respeto. Hace mucho que te temía, te temía mucho, eras un monstruo, un ogro o un demonio, qué sé yo, eras lo que mis padres me mostraban de ti, eras malo y así llegué a despreciarte, a sentir repugnancia hacia ti, quizá hasta a odiarte como odié después a mi padre y a mi madre y a mí mismo por ser nieto tuyo, por apellidarme como tú, por provenir de tu familia; en fin, te detesté y eso es todo. Y luego, un día fui a cenar contigo y no sé cómo pero, esa noche, vi a un hombre, como cualquiera, hombre y hasta comencé a verte más bajito; la última noche que nos vimos te vi de mi mismo tamaño: ironía.
No sé cómo pero después supe que me querías o quizá supe que yo te quería, no importa, así es; y después supe que éramos familia, tú, yo y mi padre, que estábamos cerca, que así estaba pasando y que no me pesaba... ni me destinaba y cómo me alegró desde entonces tu presencia, tus cejas, tus ojos, tu singular voz y tu sonrisa, tu hermosa sonrisa.
La última vez que nos vimos fue en el funeral de mi abuela: tú supiste que estabas viejo y que la eternidad es una poesía que el cuerpo no puede leer; yo supe que ya no eras fuerte pero que tu espíritu no dejaba de ser vigoroso. Tiraste dos veces de mi barba y me bajaste hasta donde te lo permitió tu espalda y ¿sabes? no me dolió ni tantito, por el contrario, me lleno como un abrazo (que por cierto yo te di) y sonreí y no lo olvido porque no fue una despedida, ni un saludo, tanto tú como yo fuimos como siempre, los de siempre, eternos, conocidos y quizá amigos, tu muerte no nos preocupaba, no nos amenazaba aunque ya te hablara al oído, ese día éramos inmortales.
Quizá no signifique nada para ti pero para mi lo fue todo: yo nunca había visto un muerto (uno real, no un descuatizado por un camión o un convulsivo finado en la calle), yo nunca había visto un muerto mío; ese día tú me acompañaste a ver a tu esposa, a mi abuela y me dijsite: "por lo menos ya descansó" y luego te dormiste y no sé en qué pensabas pero parecías haber entendido que la vida termina con un descanso, definitivo. Con miedo yo aprendí que como todo juego, como todo placer, la vida es cansada y me alivia saber que se descansa; todos los mitos del cielo y el infierno hacen de la muerte una prolongación del cansancio; esa noche tú y yo comprendimos que es una mentira, no hay más que descanso (el septimo día es para morir).
A penas mes y medio después te fuiste, subita y extrañamente, sólo te fuiste y te echo de menos, mucho. Cuando supe que te habías ido tomé una decisión extraña pero comprometida: decidí velar por tus cosas. Te cuento. Como era de esperarse mucha gente creía o sabía que tú tenías "mucho dinero", lo lógico era que a tu muerte muchos brincaran como chacales por un trozo de ti. Yo no soporté ver tu cadáver mordisqueado por esos carroñeros y menos cuando el único heredero de tu muerte te lloraba sin poder usar sus manos para defenderte. Yo vi a esos buitres volar en círculos sobre ti; vi a las moscas insistir en pararse sobre tu maltrecho cuerpo -te asesinaron- y, no sé por qué, defendí tus restos como pude (y es que el cuerpo no es todo tu resto, hay mucho más). Yo traté de que no te arrancaran un trozo más, no lo sé, me sentí en la necesidad de que respetaran tu cadáver, de que no tocaran ni el cabello ni los zapatos del que fuera mi abuelo. Y es todo lo que pude hacer, es mi homenaje, mi regalo y mi cariño.
Lo que ha seguido es puro desgaste, no eras tú en el ataúd, ese no descansaba, era un muñeco, ¿sabes? ni siquiera tenía tu voz, ni me jaló de las barbas: tú no eras ese aunque ahí acordamos despedirte, precisamente en el mismo lugar en el que mes y medio antes habíamos despedido a tu mujer. Mi padre, el único heredero de tu muerte, te vistió y a pesar de que él hace todo al aventón y casi siempre con un gusto horrendo, pareció dignificarte como nadie: café, tu color favorito, un traje y una corbata perfectamente combinados aunque no dejaban ver el cabello de tu pecho que siempre sobresalía por tu camisa. Café y el cuerpo que yacía en tu nombre era elegante, sobrio y listo para desaparecer. Te extraño.
Hoy se investiga tu muerte, quisiéramos que volvieras para decirnos qué pasó y para que pusieras a esas aves rapaces en su lugar. Sé que no puede ser así pero así quisiera. Igualmente ya no pasa nada porque tú ya no estás; mi padre te sufre y sé que te ha heredado y quizá yo lo herede a él, pero te hago una promesa abuelo, yo no heredaré a nadie, nuestro nombre va a descansar.
Friday, July 29, 2011
Detesto
¿Y si en verdad estoy a la mitad?
¿Y si soy tan poco anormal como para trascender en el mundo y tan poco normal como para meterme en él?
¿Y si soy tan repugnante que sólo puedo aspirar a lo que he tenido y a nada más?
¿Y si la palabra mediocre es la única que me queda?
¿Y si pensar no es algo que haya hecho sino una aspiración... lejana?
¿Y si de verdad ya me quedé así?
¿Y si nunca hago una verdadera canción ni escribo un poema ni un verdadero texto?
¿Y si sólo he creido y nunca creado?
¿Y si no soy más que un producto más?
¿De verdad puede ser así?
Me asusta...
¿Y si soy tan poco anormal como para trascender en el mundo y tan poco normal como para meterme en él?
¿Y si soy tan repugnante que sólo puedo aspirar a lo que he tenido y a nada más?
¿Y si la palabra mediocre es la única que me queda?
¿Y si pensar no es algo que haya hecho sino una aspiración... lejana?
¿Y si de verdad ya me quedé así?
¿Y si nunca hago una verdadera canción ni escribo un poema ni un verdadero texto?
¿Y si sólo he creido y nunca creado?
¿Y si no soy más que un producto más?
¿De verdad puede ser así?
Me asusta...
Subscribe to:
Comments (Atom)