Friday, July 25, 2014

Y para volver... Emilia

Me gustaría volver a escribir aquí...

Aún...

Tenía dieciséis años, eran los años noventa; MTV dictaba lo que veíamos y escuchábamos y Rock 101, nos mostraba el mundo underground. El chopo era la fuente de los secretos musicales del mundo y RF era a quien seguía con gusto y confianza.

Eran los años noventa, todo nos lo conseguíamos, no había internet, NO había internet; leíamos revistas de guitarras y rock, ahí aprendíamos las cosas, de ahí sacábamos tablaturas para corroborar que lo que habíamos sacado de oído en casa estuviera correcto y se resolvieran dudas de acordes que parecían imposibles.

No sé exactamente qué día, sé que fue en la tarde, a la hora que predía la televisión para ver a Daisy Fuentes o a Arturo o a los otros que ya ni recuerdo, todos conductores de Music Television. No sé qué día ni cómo fue, pero ese día presentaron un video ni sé si nuevo pero por primera vez para mis ojos y mis oídos.

Figuras humanas sin rostro, vestidas elegantemente, muchas veces con maletas, en un desierto o algo así; un clima árido con vientos fuertes que elevaban muchos metros sobre el suelo grandes banderas o capas o pelotas gigantes que corrían por el escenario durante toda la canción.

Campanas, campanas era todo al inicio. La primera, rítmica, en un sólo tono, las demás variando la tonalidad y marcando únicamente tres notas que después se harían acordes. Un par de compases y después el bajo, la guitarra y la voz. ¿Qué era eso? No podía con el impacto de lo misterioso. Hacía años que yo tenía sueños de lugares así, desiertos, arena y construcciones gigantes solitarias generando el universo. Eso era High Hopes, alguien había sacado las imágenes de mi sueño y las había converdio en música y estaba en MTV y yo tenía dieciséis años, sólo dieciséis.

No sé después qué ocurrió pero quise algo más; tomé el dinero de mi colegiatura y compre en caset el pulse, disco de una gira con la que vinieron a México los extraterrestres que se habían robado mi existencia. Escuchar ese disco no sólo me llevó nuevamente a High hopes y su inhumano requinto, me puso en tierra de Shine on you crazy diamond y me terminó abandonado para siempre en el interior de Wish you were here, canción que quiero escuchar el día de mi muerte.

No puedo decir mucho de lo que pasó después, yo no sabía nada, si estaban todos vivos, cuántos discos tenían, cómo se llamaban, de qué país eran. No teniendo internet, lo que hacía (en una época de mucho entusiasmo y poco dinero) que conocer algo sobre un grupo fuera un trabajo que te involucraba con él, la única forma de saber algo era escuchar mucho radio e ir a buscar revistas; una de mis opciones era preguntar a quien sabía, como RF, aunque tampoco sabía mucho; la otra era ir cada vez que podía a Mix Up, que en aquel entonces sí era una tienda de discos, a buscar en el área de rock progresivo, los discos de ese misterioso grupo llamado Pink Floyd.

Fue así y durante varios meses que supe que tenían muchos discos, aunque ni siquiera conocía la progresión de los mismos; me compre varios, casi todos, excepto el meddle, ese lo gané en una apuesta a mi amigo RF; los escuché, los escuché, los escuché y no sé qué pasó pero mi vida se volvió Pink Floyd, pasé los dieciséis y cumplí diecisiete y dieciocho y no sé cuántos más pero cada uno al lado de mis nuevos amigos: Rick Roger, Nick, David y Syd. Me inventé historias, muchas, otras me las contaron, pero yo sólo quería saber más de ellos, escuchar más de ellos.

Decidí dedicarme en forma al bajo y comprar un contrabajo por Hey you de the wall, disco que saqué durante toda una noche el día que compré mi contrabajo y que toqué no sé cuántas veces mientras reproducía el concierto en vivo de Roger Waters en Berlín a sólo dos años de la caída de su muro.

Estuvieron ahí cuando Paulina rompió conmigo, a mis dieciocho años, cuando quería conquistar a una chica, Pigs on the wing y Coming back to life enmarcaron muchas historias, lindas y tristes y el Dark side of the moon, quizá el disco que más veces he tocado y escuchado en mi vida, enmarcó mis largas caminatas mientras tristeaba por no saber qué quería del futuro. Incluso mi paso por el psicoanálisis estuvo decorado por la letra de Echoes y mi amor por la banda británica.

Ciertamente después supe lo de la pelea y las demandas, sobre la locura de Syd y su internamiento, lo de el destino espantoso de Waters y Gilmour como solistas y la separación que, con la muerte de Rick quedaba destinada a no terminar jamás. Supe todo y los acompañé en su historia porque ellos me acompañaban en la mía, en cada paso, en cada momento, en cada tristeza y en cada alegría ellos estaban ahí, inseparables e incansables, misteriosos y hermosos como siempre, amigos, amigos.

Si no fui al concierto de Pink Floyd porque RF dijo que aún estábamos jóvenes para ellos y si fui a todos los de Roger Waters desde la primera vez que pisó México, eso no importa realmente: Importa que ellos me hicieron de otros amigos y que nos unieron para siempre. Mi hermano fue otro hermano cuando hicimos tocadas de puras canciones de Floyd -como le decíamos- el cochis, el green pis y no sé cuántos más, quedaron prendidos de mi corazón y yo del de ellos por todas esas tardes en las que escuchábamos o tocábamos a los maestros del progresivo (un progresivo que no se parece al progresivo). RF cantó conmigo Run like hell, Moi y Abraham tocaron Astronomy dominie al lado de Anuar y mío y nos abrazamos en el música de los cuatro más grandes amigos que teníamos todos entonces. Amé cada día a su lado y amo mi existencia por haber amado de esa manera.

Escribo esto porque ayer, justo cuando pasaba a curiosear un Mix Up (ahora un lugar de películas baratas y no más de música) me topé con algo que no había querido buscar aún: la caja del 20 aniversario del Division bell, disco en el que está grabada High hopes, la primera canción que escuché de Pink Floyd. No pude más que ser llevado por más de veinte años de historia que he resumido en este pedacito de texto. Mis ojos lo dijeron todo. Esa tarde fui por la caja y esta tarde escuché, como por primera vez en la vida, High hopes y volví a llorar como aquellas veces y mi piel volvió a erizarse como entonces y mi corazón quiso salirse de mi cuerpo como antes y supe que ellos jamás se irán y yo tampoco porque estamos juntos y porque mi vida habita su terreno; mi casa es Pink Floyd y mi espíritu sabe que jamás tendré un hogar tan cálido y tan familiar como el que cada una de sus canciones me brinda.

Gracias amigos por haberle dado un camino a mi vida, infinitas gracias porque conocí la grandeza de la existencia en sus instrumentos, gracias por sus notas, por sus acordes y por hacer del mundo un lugar verdaderamente habitable. Gracias por no irse jamás.