Viví un corto semestre haciéndome antropólogo y aprendí unas cuantas cosas, primero, que la tierra nunca es materna, ni paterna, es más bien la madre. Y el tiempo es verdaderamente el padre, pero me llevó muchos años comprender qué es la madre y de qué se trata la paternidad, para finalmente entender que la usurpación de la familia conyugal nos ha arrebatado la comprensión y con ella la memoria. Más tiempo me llevó entender que yo no tengo tierra, que me fue negada entre el concreto y la usurpación de mi madre y que no tengo historia, ésta, arrebatada por la debilidad de mi padre y los escasos lazos familiares que me he esforzado por perseguir. No tengo tierra ni legado, mucho menos identidad sonora y quizá por ello no soy tampoco antropólogo ni viajero sino indigente.
Ser indigente es menos grave de lo que parece, a los de antes les decían nómadas y después se les dijo migrantes. Yo soy migrante que migra como todos, esperando encontrar una tierra y forjar un linaje y entonces legar una historia, ser una historia. Ser historia es ser terreno, no ofrecer terreno ni heredar terreno, ser terreno implica ser tierra, tiempo, legado e historia, tener algo que legar más allá de las piedras y las cuentas bancarias. Legar es ser espacio para que los mejores de los hombres habiten y florezcan ahí y engrandezcan terreno y entonces formen una tradición, eso está lejos de un viajero pero comienza por y en él.
Yo era un viajero, lo descubrí entonces, un migrante en busca de tierra y de historia. Entonces no noté que lo había iniciado en poco tiempo, mesas enormes de compañeros que se reunían a comer porque les llamaba por teléfono unas horas antes, profesores que me abrían las puertas de sus centros de trabajo y de sus casas, ofertas para emprender aventuras, profesionales, laborales y académicas, dos aceptaciones doctorales en dos países distintos, una historia amorosa que quería salir de una semilla de andares y nocturneadas y varias otras fraternas y permanentes.
Pero también tenía razones para regresar, así como razones para perdurar e intentar. Curiosamente, cada razón que tuve para mi retorno se esfumó poco a poco, las últimas muy recientemente. Las otras perduran con insistencia y se han afianzado desde entonces, lealtad y confianza diría yo que las caracterizan, a las otras sólo la pobreza. Enriquecedoramente aprendí que las razones para dejar de ser viajero, para volver a los espacios conocidos, jamás son razones válidas, contrariamente son débiles y enfermizas y por ello pesan y se vuelven una carga que arrebata tiempo, aunque el tiempo que pasa para el viajero siempre es un maestro y siempre otorga grandeza. Y hoy, sin embargo, todas aquellas razones se han agotado en su mismidad habitual, en la cobardía del que no habita tiempo y no aprende tiempo.
Así pues, diez años después, he desempolvado el viejo diario de campo, la entrada cuarenta y siete, Rf no está para leerlo, nadie más me importa que lo lea salvo yo mismo en diez años o más. Pero quiero escribirlo porque me he hecho viajante de un viaje del que no quiero volver, el viaje que construye, que edifica y que me hará tierra y luego tiempo. La aventura comienza ahora, ya sin una sola razón para volver, porque antes que volver estoy decidido a ser...