Saturday, March 12, 2011

no sé si por siempre...



Sé que tú no recordabas ese pequeño evento en la tsubame roja cargada de instrumentos aquella tarde afuera de rockstock. Yo, en cambio, lo atesoro en esos recuerdos de juventud que no estoy seguro si no me dejan o soy yo quien los retiene. Sabes, de cerca eras más guapa y abajo del escenario eras tan chiquita: me encantaste.

Arriba del auto, con aquel vestido rojo, muy corto y ese abriguito que dijiste era para taparte del frío y no enfermar. Cuidabas tu voz. Yo mientras fantaseaba, imaginaba tantas cosas que se esfumaron cuando aquel hombre -que no tengo idea quién era- te desapareció en un segundo. No importa, dejaste esa imagen ahí para siempre.

No sé, no creo que hayas sido grande ni que tu existencia fuera trascendental -casi la vida de ningún mexicano lo es- pero eras joven y hacías con cariño lo que te gustaba, te dedicabas, eras tú.

Ya te fuiste, muy temprano de la fiesta para mi gusto, pero te fuiste, así es el cáncer, sólo viene y se lleva lo que puede. Ni modo. No sé si te extrañaré o si tu nombre quedará ahí en mi mente y te recordaré cada día, no lo creo; pero esa tarde nublada a fuera de ese lugar, tu rostro, tu piel y tu voz, el sueño de un jovencito loco de ilusión a punto de hacer realidad una fantasía casi inconcebible, esa tarde a la que le quitaste lo fría, estará siempre ahí para mi y tú con ella.

Fue bello haberte conocido y es divertido saber que tú no me conociste...

Thursday, March 03, 2011

I was born with the wrong sign
In the wrong house
With the wrong ascendancy
I took the wrong road
That led to the wrong tendencies
I was in the wrong place at the wrong time
For the wrong reason and the wrong rhyme
On the wrong day of the wrong week
I used the wrong method with the wrong technique

Wrong

There's something wrong with me chemically
Something wrong with me inherently
The wrong mix in the wrong genes
I reached the wrong ends by the wrong means
It was the wrong plan
In the wrong hands
The wrong theory for the wrong man
The wrong eyes on the wrong prize
The wrong questions with the wrong replies

Wrong

I was marching to the wrong drum
With the wrong scum
Pissing out the wrong energy
Using all the wrong lines
And the wrong signs
With the wrong intensity
I was on the wrong page of the wrong book
With the wrong rendition of the wrong look
With the wrong moon, every wrong night
With the wrong tune playing till it sounded right yeah

Wrong

I was born with the wrong sign
In the wrong house
With the wrong ascendancy
I took the wrong road
That led to the wrong tendencies
I was in the wrong place at the wrong time
For the wrong reason and the wrong rhyme
On the wrong day of the wrong week
I used the wrong method with the wrong technique
Walk across the garden
In the footsteps of my shadow
See the lights out
No one's home
In amongst the statues
Stare at nothing in
The garden moves
Can you help me?

Close my eyes
And hold so tightly
Scared of what the morning brings
Waiting for tomorrow
Never comes
Deep inside
The empty feeling
All the night time leaves me
Three imaginary boys

Slipping through the door
Hear my heart beats in the hallway
Echoes
Round and round
Inside my head
Drifting up the stairs
I see the steps behind me
Disappearing
Can you help me?

Close my eyes
And hold so tightly
Scared of what the morning brings
Waiting for tomorrow
Never comes
Deep inside
The empty feeling
All the night time leaves me
Three imaginary boys sing in my
Sleep sweet child
The moon will change your mind

See the cracked reflection
Standing still
Before the bedroom mirror
Over my shoulder
But no one's there
Whispers in the silence
Pressing close behind me
Pressing close behind
Can you help me?
Can you help me?
Can you help me?

Friday, February 11, 2011

Egipto

...que todo el mundo se contagie.

Friday, November 19, 2010

Odiando lo que soy

Porque hoy descubro que soy un ensayista y nada más que eso: un ensayista. Y ¿qué es un ensayista? Algo que no alcanza a ser un teórico ni un escritor. Un ensayista es alguien que no tiene el rigor de un teórico; el bagaje de éste a penas es esbozado en el otro que conoce mucho pero no aprehende nada. Un ensayista opina y eso es lo que yo hago: opino. Un ensayista opina de forma bonita, adorna ideas con la elegancia de la lengua, finge metáforas, engalana las palabras para hacer de una frase escueta, de una opinión simple, la figura de una experiencia de vida; habla -por ejemplo- de una novela como si ésta contuviera una experiencia universal asequible sólo con el puro contacto místico con ella, como si sólo con saber de su existencia el universo mismo se compactara en una verdad inconsciente sublime que toca a todos por igual. El ensayista se vende como un apreciador del arte y el pensamiento, tan filósofo como el filósofo y tan escritor como el escritor; quizá tan poeta como el poeta. El ensayista escribe bello, hermoso, excitante, pero no como un novelista (uno de verdad quiero decir), éste escribe sublime, lo atraviesa todo, incluso la imaginación. El ensayista no es más que una mujer histérica, gritona, haciendo un escándalo de todo lo que tiene que ver con ella. Por eso el ensayista habla de todo y propone, propone formas de vivirlo todo; no de leerlo o comprenderlo, ni siquiera de interpretarlo, propone vivirlo todo: a Joyce a Nietzsche a Freud a Marx a Borges a Einstein a Newton al presidente a los paises a las personas a todo. Pero el ensayista no escribe su propia novela -jamás; tampoco escribe una teoría ni desarrolla postulados, él más bien lo comenta todo y lo comprende todo. Quiero decir, lo vive todo. Para el ensayista la vida es una experiencia relatable, tan experiencia y tan relatable que se escribe y que se describe siempre de manera tan excelsa que a veces dice más que la experiencia misma. El ensayista no es Goethe ni Pascal, no es Dante o Cervantes ni Heidegger, no es Aristóteles o Parménides ni Foucault, es más bien Deleuze, Guattari es Louis Althouser o cualquier universitario, quizá yo. No escribe Ulises, escribe un prólogo a Ulises o, mejor aún, un comentario a Ulises que aparece en una revista de psicoanálisis que leen los editores y sus amigos. Él, el ensayista, no escribirá jamás una teoría del discurso, una ontología o una ética, más bien escribirá textos en cuyos títulos aparezcan los nombres de Kant, Hegel o Saussure acompañados de palabras como comentario o crítica o retorno a. Otro autor será el eje de su pensamiento que peca de exceso de originalidad en la experiencia. Para el ensayista un texto cambia vidas, no produce textos o, peor aún, refleja hombres, historias, sociedades o universalidades. El ensayista no produce arte, lo vive, lo comprende, lo aprecia, pero jamás lo produce. El ensayista alaba o critica, no crea y si propone, propone con respecto a otros, dice: "lean a éste o a aquél, Yo ya los he leído, son mejores, más grandes". El ensayista no aplasta una novela con una nueva novela, no hace de la escritura un estilo, hace de ella un estilo de vida, de su vida. El ensayista no lee, vive y sabemos que no lee porque cuando escribre comenta, mejor que nadie aunque no mejor que los teóricos a quienes sigue o que los novelistas a quienes no puede emular. El ensayista comenta, es un comentador de todo, un escritor de escritores, quizá un parásito que necesita de la suposición universal de la grandeza de los Unos, de ahí se cuelga y desde ahí se embellece. La pequeña diferencia es que el teórico lucha por responder una duda y el novelista escribe para sí por esa falta en la novela que no deja de causrle escozor. El ensayista escribe y opina para otros, hace más fácil la comprensión de todo texto y no se une a la complicación de los mismos; él explica porque comprende y siempre encuentra manos que le abracen (los ciegos y deficientes) y que le aplaudan (los tontos y los aduladores): los pobres.

Me asusta más un ensayista que un mal novelista o un mal cuentista o un tesista mediocre de una universidad cualquiera. Me asusta porque éste es un timador que se encumbra en la belleza de unas cuantas palabras y se acomoda cerca de los grandes, como sirviente y no como amigo y me asusta porque creo que soy un ensayista, que he sido un ensayista y que me he vuelto muy bueno haciéndolo.

Poesía

Ahí.
¡Ahí!

Ay...
Ay,
ay.

¡Ahí!
¿Hay?
Hay.

Ay,
ay,
ay...

Ahí hay,
ay,
ay,
ay...

¡Ahí!
¡Ahí!
Ahí...

Hay...
Hay.

Ay,
ay...

Wednesday, November 10, 2010

Todavía hoy me despierto, volteo hacia todos lados en mi habitación y alcanzo a mirar mis bajos polvorientos a pesar de que me esfuerzo por hacerlos sonar casi a diario; los miro pasar los años junto conmigo, junto con mi cabello que cínicamente expone un par de canitas; los miro al tiempo que observo el envejecimiento de mis manos que cada día me recuerdan más a las de esa imagen de mi padre que conservo de mi lejana infancia; los miro junto con mi piel, mis dientes, mis párpados mi bigote y mi barba que no dejan de gritar "oye, han pasado dieciseis años" y cuando al despertar miro mis instrumentos llenos de polvo aunque trato de hacerlos tirarlo diariamente, no dejo de mirar a esos tres jovencitos soñadores que no tenían límites en el gusto por hacer canciones, que no conocían el temor al experimentar movimientos nuevos en sus propios instrumentos, que hacer espectáculo con dos o tres cosas que encontraban en casa les era suficiente para realizar una producción magistral igual para una cafetería en la colonia roma que para un escenario en la zona rosa. Cuando miro esos polvorientos bajos que no logro mantener limpios, aún recuerdo el ímpetu, las ganas y la sincronía con la que esos tres muchachitos irreverentes querían proponer a un inmaduro país una forma de hacer y escuchar rocanrol y aún me dan ganas, como perro viejo, de salir a la calle y correr con energía y sin rumbo, correr, correr, tomar ese fender jazz bass negro y gritar sin ninguna reserva "¡ay que rica patylú!".

Sunday, November 07, 2010

Friday, October 22, 2010

Poesía

Él era especial. Tan especial como no podía imaginarse. Él era especial para ella, quizá por eso es que ella no lo trataba como a los otros. Ella, con otros, reía, gritaba, bebía, se acostaba, disfrutaba del sexo, gemía, enloquecía. Con él no había siquiera intentado besarse. Él era especial. A él no le aceptaba que la tomara de la mano cuando a cualquier conocido de una noche le entregaba con facilidad cada milímetro de su piel, de ella. Él la amaba. La deseaba. Él quería ser especial. Él era especial. A él le llamaba cuando, ebria, despertaba al lado de cualquiera, cuando no encontraba manera de regresar a una casa a la que podía volver tranquila si era él quien la acompañaba. A él le hablaba cuando tenía exámenes y tareas, a otros cuando la tarde era libre, cuando sus padres no estaban en casa. A él lo felicitaba en navidad, con algunos otros vacacionaba en navidad. Él no sólo la amaba, él la deseaba y ella le dejaba ver sus piernas a penas recubiertas por un vestido corto que ocultaba lo que él desesperadamente ansiaba mirar, tocar, poseer. Él podía mirar los escotes de las blusas con las que ella lucía en las fiestas a las que llegaban juntos y en las que ella siempre encontraba otras compañías. Él muchas veces regresaba sólo a casa porque ella había encontrado otro transporte o quizá una cama en la cual esperar el amanecer. Él intentaba estar con mujeres pero no eran especiales, pero ella era especial, ella era todo. Él era especial y quizá por eso ella le permitía carecerla, llorarla, sufrirla. Era tan especial que ella le permitió amarla y le prohibió poseerla. Él era tan especial que ella no le temía. Ella lo poseía. Él fue tan especial que esa noche ella se subió a su auto como siempre y no notó la desviación que él tomaba en un camino cotidiano. Era tan especial que ella esa noche le permitía, una vez más, observarla a la distancia, como siempre, hermosa, sublime, inaccesible. Y era tan especial que ella no preguntó sino hasta que la distancia y la soledad se habían impuesto irremediablemente, hasta que no había regreso. Y él era tan especial que pudo golpearla en un lugar en el que nadie podía saberlo, donde nadie podría detenerlo. Fue tan especial que estaba solo con ella, en una distancia tan abismal con respecto al mundo, al universo, a todo lo conocido. Llegó a ser tan especial que durante seis o siete horas la poseyó más de lo que nadie la había poseído jamás. Fue tan especial que ella le suplicó, le permitió, le temió, le gritó como nunca había hecho con nadie. Y él, siendo especial, siendo la persona más especial para ella, fue el último rostro que ella miró, el último contacto humano que tuvo, la última piel que palpó; sus besos fueron los últimos, sus abrazos también, el calor de su cuerpo, ardiente fue lo último de lo que ella tuvo conciencia, hasta que la perdió. Su nombre fue la última palabra pronunciada por ella antes de que los golpes le hicieran vomitar su sangre. Cuando perdió el sentido por última vez su rostro inflamado de amor y pasión fue lo último que ella miró, enmarcado por una noche despejada, llena de estrellas, con una luna brillante, escuchando el sonido de los grillos a penas opacados por los estertores a los que se veía entregada sin remedio. A veces el decía "perdóname", "te amo"; a veces la insultaba y golpeaba con el odio que acompañó irremediablemente a su amor durante la adolescencia y la jueventud. Ella escupía sangre y un par de dientes, a veces decía "déjame", a veces era un "por favor" lo que se perdía entre los ruidos de la noche boscosa, pero su nombre, el último que ella pronunció, fue la palabra que más sinceramente salió de su boca ese día. Él era especial para ella. Ella confiaba en él y, a su manera, lo amaba. Fue tan especial que ella supo, después de tener varios huesos rotos, que moriría en sus manos, que él sería su verdugo, el más íntimo que una mujer pudiera tener. Ella dejó de tener miedo cuando notó que ya no había marcha atrás. Él fue tan especial que ella dijo su nombre, tosió, escupió su propia sangre, miró su rostro, las estrellas, la luna y su cuerpo desnudo, lánguido, amoratado por los golpes y enrojecido por su propia sangre. Miró las vestiduras del viejo convertible que había sido tan seguro, tan lleno de confianza. Pronunció su nombre, quizá como una última súplica, quizá como prueba de que había comprendido que él la amaba hasta la muerte; quizá, tal vez, sólo como una palabra vacía, llena de nada, de ningún sentido, la última palabra a la mano, la última a la que tendría acceso hasta el final, una palabra que sólo ponía nombre a un acto de amor puro, del que siempre supo y al que siempre fue ciega. Después se desvaneció. Él, especial como era, inflamado de amor y deseo la golpeó más, en el rostro, en la cabeza, en el vientre. Imposible saber en qué momento ella dejó de respirar, cuál fue el golpe que la mató y si ella aún sintió ese último momento. Él fue tan especial que aún después de muerta él la tocó, le pidió perdón, la besó, la abrazó, la penetró una vez más y la golpeó una vez más. Esa especial noche él se sentó en el cofre del que por última vez fuera su auto. Si gritó o lloró no puede ser sabido. Luego condujo con el toldo abierto, la luz de la inmóvil noche alumbraba la sangre que teñía las pálidas vestidura, la luna se posaba sobre el mediovestido cadáver que yacía silencioso, tranquilo, hermoso, en el asiento trasero. No pasó mucho tiempo después de reentrar a la ciudad para que un auto de policía detuviera al especial joven que no dijo una palabra. Él mismo señaló el cadáver y lo miró por última vez con la ternura que siempre había mirado a esa para quien quería ser especial. Él era tan especial que cerró los ojos después de mirarla para no olvidar su imagen nunca más (supe que luego en prisión se los sacó). Él fue tan especial que, después de ella, vivió enjaulado hasta su muerte, que provocó un par de décadas después. Ella fue tan especial que mientras él torpe y ciegamente pendía de la sábana con la que había cubierto su cama esa semana, pronunció su nombre, quizá en pago porque aquella noche ella había pronunciado el suyo, quizá porque era la última palabra, la única palabra que podía decirse para concluir una historia que llevaba pendiente millares de días. Él era tan especial para ella que fue la única verdadera marca que ella tuvo en su vida. Pero el amor no puede escucharse en esta historia.

Monday, October 04, 2010

Poesía

Agotado en su extranjeridad
el extranjero,
se revuelve en la incesante terquedad
de una nación imposible.

Mismidad otra realizada
en infinito inasequible.
Persistencia del imposible en lo imposible;
eterna insistencia inexistente.

Ni hogar ni refugio
ni aquí ni ahí.
No es el amor la respuesta
a una unidad cuya potencia
es siempre más allá,
en el único lugar posible: el olvido.

Thursday, September 30, 2010

A veces te odio...

y lo que me molesta es que el estúpido odio y el amor sean lo mismo.

hacer o no hacer...

un twitter

Ya me encabroné

Monday, September 20, 2010

Saturday, September 18, 2010

Extraño el escenario...

mucho

Historias

No he tenido ganas de escribir otra vez, quizá porque hay ratos en los que hago y ratos en los que escribo. En ocho días me mudo de casa y no sólo de casa sino de vida. Al parecer hay mucho que se puede escribir diferente y no necesariamente desaparecer en la inmovilidad de un recuerdo. No parece ser necesario padecer por hacer lo que se quiere. Creo que por fin quiero dejar de jugar al juego de no buscar problemas, al juego de la egolatría que dice que soy yo el centro del universo y que es por mí que la gente sufre o disfruta. Lo siento pero es la verdad, no soy ni lo mejor ni lo peor que le puede pasar al mundo, soy -quizá- sólo una historia más que se cuenta y desaparece como cualquier otra, como son las historias para mí: historias. Así pués camino incierto, como todos, pero diferente. No volveré a callar por evitar que el mundo vuele en pedazos; no es por mí que lo haría.
Quien en su vida sólo tiene un chevy es repugnante

Monday, September 13, 2010

A mudar lo que somos...

a obligar, por fin, nosotros, a los caminos a dejar de ser... Nada va a impedirnos hacer lo que queremos. ¿Verdad?

Sobre la mediocridad

Resulta que he sido tan seguidor de ciertos caminos o mejor, de ciertas personas, que la verdad he dejado de hacer tanto por la comodidad que resulta el creer que otro conoce el verdadero camino. Así es como llegué a no sacar canciones y -peor- a no componerlas.

He perdido mucho tiempo y me pregunto si será posible recuperarlo o si será momento de hacer lo que no he hecho.

Muero por volver a un escenario a tocar en vivo, de otra manera ¿para qué quiero estar en este planeta?

Cambiar de piel...

...o meterme en un capullo y salir hecho más mariposa de lo que soy... Ya no quiero esas cosas, me agradaría más pasar de oruga a... digamos elefante ¿se puede?

Por lo menos sé que quiero cambiar (!¿otra vez?¡) a ver si ahora sí me sale.