Él era especial. Tan especial como no podía imaginarse. Él era especial para ella, quizá por eso es que ella no lo trataba como a los otros. Ella, con otros, reía, gritaba, bebía, se acostaba, disfrutaba del sexo, gemía, enloquecía. Con él no había siquiera intentado besarse. Él era especial. A él no le aceptaba que la tomara de la mano cuando a cualquier conocido de una noche le entregaba con facilidad cada milímetro de su piel, de ella. Él la amaba. La deseaba. Él quería ser especial. Él era especial. A él le llamaba cuando, ebria, despertaba al lado de cualquiera, cuando no encontraba manera de regresar a una casa a la que podía volver tranquila si era él quien la acompañaba. A él le hablaba cuando tenía exámenes y tareas, a otros cuando la tarde era libre, cuando sus padres no estaban en casa. A él lo felicitaba en navidad, con algunos otros vacacionaba en navidad. Él no sólo la amaba, él la deseaba y ella le dejaba ver sus piernas a penas recubiertas por un vestido corto que ocultaba lo que él desesperadamente ansiaba mirar, tocar, poseer. Él podía mirar los escotes de las blusas con las que ella lucía en las fiestas a las que llegaban juntos y en las que ella siempre encontraba otras compañías. Él muchas veces regresaba sólo a casa porque ella había encontrado otro transporte o quizá una cama en la cual esperar el amanecer. Él intentaba estar con mujeres pero no eran especiales, pero ella era especial, ella era todo. Él era especial y quizá por eso ella le permitía carecerla, llorarla, sufrirla. Era tan especial que ella le permitió amarla y le prohibió poseerla. Él era tan especial que ella no le temía. Ella lo poseía. Él fue tan especial que esa noche ella se subió a su auto como siempre y no notó la desviación que él tomaba en un camino cotidiano. Era tan especial que ella esa noche le permitía, una vez más, observarla a la distancia, como siempre, hermosa, sublime, inaccesible. Y era tan especial que ella no preguntó sino hasta que la distancia y la soledad se habían impuesto irremediablemente, hasta que no había regreso. Y él era tan especial que pudo golpearla en un lugar en el que nadie podía saberlo, donde nadie podría detenerlo. Fue tan especial que estaba solo con ella, en una distancia tan abismal con respecto al mundo, al universo, a todo lo conocido. Llegó a ser tan especial que durante seis o siete horas la poseyó más de lo que nadie la había poseído jamás. Fue tan especial que ella le suplicó, le permitió, le temió, le gritó como nunca había hecho con nadie. Y él, siendo especial, siendo la persona más especial para ella, fue el último rostro que ella miró, el último contacto humano que tuvo, la última piel que palpó; sus besos fueron los últimos, sus abrazos también, el calor de su cuerpo, ardiente fue lo último de lo que ella tuvo conciencia, hasta que la perdió. Su nombre fue la última palabra pronunciada por ella antes de que los golpes le hicieran vomitar su sangre. Cuando perdió el sentido por última vez su rostro inflamado de amor y pasión fue lo último que ella miró, enmarcado por una noche despejada, llena de estrellas, con una luna brillante, escuchando el sonido de los grillos a penas opacados por los estertores a los que se veía entregada sin remedio. A veces el decía "perdóname", "te amo"; a veces la insultaba y golpeaba con el odio que acompañó irremediablemente a su amor durante la adolescencia y la jueventud. Ella escupía sangre y un par de dientes, a veces decía "déjame", a veces era un "por favor" lo que se perdía entre los ruidos de la noche boscosa, pero su nombre, el último que ella pronunció, fue la palabra que más sinceramente salió de su boca ese día. Él era especial para ella. Ella confiaba en él y, a su manera, lo amaba. Fue tan especial que ella supo, después de tener varios huesos rotos, que moriría en sus manos, que él sería su verdugo, el más íntimo que una mujer pudiera tener. Ella dejó de tener miedo cuando notó que ya no había marcha atrás. Él fue tan especial que ella dijo su nombre, tosió, escupió su propia sangre, miró su rostro, las estrellas, la luna y su cuerpo desnudo, lánguido, amoratado por los golpes y enrojecido por su propia sangre. Miró las vestiduras del viejo convertible que había sido tan seguro, tan lleno de confianza. Pronunció su nombre, quizá como una última súplica, quizá como prueba de que había comprendido que él la amaba hasta la muerte; quizá, tal vez, sólo como una palabra vacía, llena de nada, de ningún sentido, la última palabra a la mano, la última a la que tendría acceso hasta el final, una palabra que sólo ponía nombre a un acto de amor puro, del que siempre supo y al que siempre fue ciega. Después se desvaneció. Él, especial como era, inflamado de amor y deseo la golpeó más, en el rostro, en la cabeza, en el vientre. Imposible saber en qué momento ella dejó de respirar, cuál fue el golpe que la mató y si ella aún sintió ese último momento. Él fue tan especial que aún después de muerta él la tocó, le pidió perdón, la besó, la abrazó, la penetró una vez más y la golpeó una vez más. Esa especial noche él se sentó en el cofre del que por última vez fuera su auto. Si gritó o lloró no puede ser sabido. Luego condujo con el toldo abierto, la luz de la inmóvil noche alumbraba la sangre que teñía las pálidas vestidura, la luna se posaba sobre el mediovestido cadáver que yacía silencioso, tranquilo, hermoso, en el asiento trasero. No pasó mucho tiempo después de reentrar a la ciudad para que un auto de policía detuviera al especial joven que no dijo una palabra. Él mismo señaló el cadáver y lo miró por última vez con la ternura que siempre había mirado a esa para quien quería ser especial. Él era tan especial que cerró los ojos después de mirarla para no olvidar su imagen nunca más (supe que luego en prisión se los sacó). Él fue tan especial que, después de ella, vivió enjaulado hasta su muerte, que provocó un par de décadas después. Ella fue tan especial que mientras él torpe y ciegamente pendía de la sábana con la que había cubierto su cama esa semana, pronunció su nombre, quizá en pago porque aquella noche ella había pronunciado el suyo, quizá porque era la última palabra, la única palabra que podía decirse para concluir una historia que llevaba pendiente millares de días. Él era tan especial para ella que fue la única verdadera marca que ella tuvo en su vida. Pero el amor no puede escucharse en esta historia.