Lección de amor

>> sábado, 28 de marzo de 2026

 

El llaüt, Rubén De Luis

Iván era de aquellos de acudir al mar casi a diario. Afortunadamente, el lugar donde vivía y su recién estrenado trabajo se lo hacían fácil. Se vestía con su neopreno color azul oscuro y, cargado en ocasiones con su botella de oxígeno y otras con una bombona para más profundidad, se sumergía en el océano como si de un pez se tratara. Siempre decía que tenía más amigos dentro del mar que en tierra. La mayoría de las personas de su entorno le ignoraban; los pocos que no lo hacían pensaban que era una persona tan solitaria que era incapaz de hacer amigos.
Tenía un pequeño bote de remos y sin cubierta, heredado de su abuelo -pescador de oficio-, con el cual hacía desplazamientos en distancias cortas, pero lo suficientemente largas como para alejarse de la costa y explorar, en sus inmersiones, un mundo marino que le fascinaba.
 
En aquella primavera, un par de meses antes de que llegaran los turistas de la época estival y molestaran a toda la fauna marina, Iván se adentró con su pequeño bote mar adentro, tanto que casi perdió de vista la línea de tierra que cortaba el océano. No era la primera vez que lo hacía cuando buscaba encontrarse con delfines. Aquella preciosa mañana de mayo, avistó enseguida, con emoción, una pareja de estos animales que se dirigían hacia donde él se encontraba. Entonces se sumergió con tranquilidad al agua, sin alejarse mucho de la barca, para intentar acercarse a su lado y poder interactuar con ellos, como ya en alguna ocasión había podido hacer.
Cuando los tuvo cerca, el mar era solo un silencio azul: eran como dos sombras plateadas que se movían entre los reflejos  del sol. Se acercaron con movimiento ágil, y el agua vibró con los sonidos que emitían. No eran palabras, sino una serie de silbidos y chasquidos. Una especie de melodía alegre. Él no comprendió aquellos sonidos, pero algo dentro de su pecho respondió, como si una parte de sí reaccionara de forma instintiva. Los delfines nadaron a su alrededor formando círculos de espuma, y tuvo la impresión de que lo estaban invitando a acercarse.
 
Al tocar el lomo de ambos animales, sintió que le pedían que los acompañase. Se sujetó como pudo y los tres avanzaron con rapidez, alejándose de la costa. Después de unos minutos en la superficie, se sumergió con ellos y pudo ver un mundo submarino que nunca antes había conocido.
Durante el recorrido, comprendió cómo los delfines se comunicaban, no sólo con sonidos, sino también con movimientos y vibraciones que parecían recorrer todo el cuerpo. En ese entorno, perdió la noción del tiempo. Entendió que en el mar sólo existía el presente.
Y allí, mientras nadaba junto a ellos, aprendió algo más: que se puede compartir un vínculo profundo sin necesidad de poseer. Sintió que los delfines le transmitían, de algún modo, una lección sobre el amor libre y la compañía sin dominio.
 
Una vez en casa, esa noche, al cerrar los ojos, aún oía los delfines del océano. No eran voces del mar, sino del alma: recordatorios de que amar también es aprender a fluir, a soltar, a ser agua. Desde aquel día, los delfines se acercan al bote de Iván y juegan a su alrededor. Algún pescador aseguró haberlo visto sumergirse sin equipo, nadando entre ellos como si el mar le hubiera devuelto su verdadero hogar.
 
©Mario M. Relaño

Publicado en la revista NU2


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Lluvia

>> domingo, 8 de marzo de 2026

 

Lluvia, Vincent van Gogh

En el viaje de regreso, con la frente apoyada en el cristal frío del autobús que la llevaba a casa, sus lágrimas se confundían con las gotas de lluvia que resbalaban por la ventaba. Dentro y fuera, todo era agua.
Sus miedos a no volver a estar a su lado eran una congoja constante. A veces lograban encontrarse, robarle al tiempo algunos momentos juntos. Pero nunca bastaban. Los largos silencios que precedían a cada encuentro le sembraban la duda: tal vez para él no era más que un capricho pasajero.  Sin embargo, cuando por fin estaban frente a frente, ese miedo se desvanecía entre promesas repetidas, como si las palabras pudieran sostener aquello que la realidad amenazaba con derrumbar.
¿Y quién era él? –se preguntaba una y otra vez-. ¿Por qué había llegado a perturbar su calma justo ahora, cuando creía haber vivido ya todo lo que debía vivirse y no deseaba nuevas improvisaciones ni sobresaltos?   
Las cosas llegan sin avisar –le comentaban todos a su alrededor-. Así como la muerte a veces irrumpe en silencio, también el corazón despierta cuando menos se espera y devuelve la vida.
¡Vida! No necesitaba de más vida. Había vivido demasiado. Lo único que anhelaba era reposar en la quietud que tanto le había costado conquistar.  Pero entonces apareció él.
Y mientras el autobús avanzaba por aquellas rutas interminables, en ese invierno más lluvioso de lo habitual, las gotas dulces de la lluvia y la sal de sus lágrimas se mezclaban en un mismo cristal, formando un cóctel silencioso de tristeza que la obligaba a recorrer, una vez más,  cada tramo de su historia.
©Hisae 2026

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Su recuerdo

>> domingo, 1 de marzo de 2026

 

El tierno recuerdo, Jean- Baptiste Greuze


Lo más bonito que tengo,
no es mío.
Aunque, en cierto modo, sí,
porque guardé todo lo que me dio
para que ahora lo posea en mi recuerdo.
 
Y el recuerdo es mío,
y es lo más bonito.
 
Porque, aunque el tiempo fue pasando
y tuvo que marcharse,
porque así lo quiso esta vida,
me dejó para siempre su recuerdo.
 
Y es lo más bonito que tengo,
y es mío.
porque lo viví.
 
©Hisae 2026

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Era cosa entre buenos y malos

>> domingo, 18 de enero de 2026

The Good and Evil Angels, William Blake

 

Fuera todo continuaba a oscuras. Era una de estas noches de invierno remisas a morir, que se resisten a dejar que el sol caliente los cristales que aún rezuman humedad. A lo lejos, apenas distinguí a través de mi ventana las tres banderas, presas de sus mástiles, que oscilaban levemente.
No era mi casa. Era el cuartel donde nos tenían presos a los que éramos demasiado buenos. Y yo lo era -¡vaya si lo era!-, aunque nunca presumí de ello. Pero los malos eran así: no nos querían cerca para que su perversidad se expandiera por las calles que ellos habían decidido hacer suyas. Mientras tanto, aislado, yo pensaba en la suerte que tenía de seguir respirando y en que me importaba una mierda su secuestro. Tal fin y al cabo, mi vida jamás fue muy luminosa; por eso, me bastaba con mirar banderas oscilantes y oscuridades.
©Hisae 2026

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Tras la Navidad

>> sábado, 17 de enero de 2026

 

La Navidad, Salvador Dalí


Los meses pasaban tras la Navidad. Ella mantenía las luces de colores parpadeantes rodeando la barandilla de la terraza; siempre había sido una enamorada de esa festividad. Es cierto que sus vecinos se reían y la criticaban a sus espaldas -¡cómo era posible que tuviera las luces de Navidad en pleno mes mayo!-. Pero si ellos la criticaban más se reía ella de todos, pues no sabían que, bajo el toldo del patio, cuatro flamantes Papá Noeles colgaban para su propio deleite.
 
Un día, la vecina más anciana del barrio comentó con otra su extrañeza porque, desde hacía semanas, no la oía gritar ni se veía movimiento en la casa, a pesar del parpadeo nocturno de las luces. Ambas escrutaron a través de los barrotes de la verja del patio y vieron las persianas completamente cerradas. Una de ellas no pudo evitar una carcajada al descubrir a los Papá Noeles colgando. La otra, más seria, le comentó que aquello olía a misterio.
 
Finalmente, tras mucho deliberar entre las vecinas que habían acudido al encuentro, decidieron llamar a las fuerzas del orden para que alguien entrara en la casa y comprobara si había ocurrido algo.
Dos bomberos, con cuerpos atléticos y barba perfilada llegaron enseguida. Tras tocar el timbre en un par de ocasiones, forzaron la puerta y entraron con cautela. Las vecinas, queriendo ser partícipes de todo aquello, hicieron un conato de entrar tras ellos; pero la gran mano del bombero mayor rango se posó sobre el hombro de la primera, obligándola a ella y al resto a retroceder hasta la acera.
Un fuerte olor nauseabundo emanaba del interior. No se oía nada. Martina, la adolescente más rebelde del barrio, consiguió asomarse. Allí, tendido sobre la alfombra, yacía el cuerpo sin vida de Adela. En su frente asomaba, clavada, una estrella caída, aparentemente, del gran árbol de Navidad que aún permanecía encendido en el salón.


 

©Hisae 2026


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Año Nuevo

>> jueves, 1 de enero de 2026

 

Año Nuevo, Henry Mosler

He empezado contigo el año
como podría haber sido cada mañana,
pensándote.
He terminado la noche
como son cada una de ellas,
exhausto.
Y es que nadie dijo que fuera fácil,
y yo sabía –por mi sabiduría-
que no lo era.
Pero a pesar de ello,
mirando tu fotografía
sé que estás cerca
y que nuestro nudo no se puede deshacer.
Y he empezado el año
como terminé el anterior,
pensándote.
Y es que pensarte me gusta,
casi tanto
como hacerlo a oscuras,
para recordarte.
Y es que todos me lo decían
que quien quiere sufre
y yo lo sabía –por mi sabiduría-.
Y he empezado el año,
nombrándote,
como hago cada día.

©Hisae 2026

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Tras las huellas

>> domingo, 14 de diciembre de 2025

 

El caminante sobre el mar de nubes, Caspar David Friedrich


Aidan, joven escocés de casi treinta años, aceptó un trabajo peculiar: cuidar del faro en una isla deshabitada del archipiélago de Shetland. Sabía que no sería una tarea agradable, sobre todo por la soledad y por el clima implacable de lluvias y viento característico de las islas del norte. Sin embargo, el sueldo lo compensaba con creces y, al fin y al cabo, era sólo por un año. Con el dinero ahorrado, podría permitirse después hacer grandes cosas.

 


Tras una semana en la pequeña isla, Aidan había recorrido cada rincón. Aunque el clima había sido sorprendentemente benigno, el paisaje empezó a parecerle monótono. No quedaban lugares nuevos por explorar y en muchos momentos del día, el aburrimiento lo vencía.

 


Una noche, ya en la segunda semana de su estancia en la isla, vio una luz en el agua desde la pequeña ventana del faro. No supo explicar qué era aquello y enseguida volvió a su lectura, olvidando el episodio.

 


Pero pasó que, noche tras noche, a la misma hora, la luz reaparecía. A veces más tenue, a veces parpadeante, como si fuera la respuesta a algo.

 


Una noche se animó a quedarse despierto más tarde de lo habitual, esperando ver si aquella aparición seguía un patrón. Cuando la vio de nuevo, no era una simple luz: parecía moverse, lenta y deliberadamente, describiendo círculos sobre la superficie del agua. Fue entonces cuando notó algo aún más inquietante: el silencio absoluto. No el silencio común de la isla, sino uno más denso, como si el mar contuviera la respiración.

 


A la mañana siguiente, bajó a la playa decidido a buscar alguna explicación racional: restos de un barco, alguna boya… No encontró nada. Pero sí encontró huellas. Huellas alargadas que no parecían humanas ni de ningún animal conocido. Eran simétricas, con membranas marcadas entre los dedos, como si se tratara de un anfibio gigante. La disposición era en línea recta, con un ritmo casi matemático… Lo más extraño era que no llegaban desde del mar, sino que quien fuera iba hacia él, como si hubiera salido del interior de la isla durante la noche para sumergirse en el agua.


Se agachó para tocar las huellas. Eran reales. Frías. Muy hundidas. Desvió la mirada hacia el océano y allí la mantuvo indefinidamente. Cuando volvió a mirar las huellas, ya no estaban. ¿Las había borrado alguna ola, la cual no le había mojado a él los pies… o nunca habían estado ahí?


Sintió entonces una presión suave en el tobillo, como si algo lo rozara bajo la arena mojada. Se giró bruscamente. Nada. Sólo agua y espuma.


Pero al incorporarse, lo notó: las huellas ahora estaban detrás de él.


Y esta vez… eran suyas.


Pensó que la soledad le hacía ver alucinaciones. Quizá las huellas no eran físicas, sino marcas en su conciencia. Aunque cada vez se decantaba por algo sobrenatural o imposible que mantenía las huellas visibles pese al mar. Quizá el aislamiento lo arrastrara a pensar que esas huellas eran las suyas propias, proyectadas desde otro tiempo.


Se inclinó una vez más sobre la arena, convencido de que al rozar aquellas huellas se desharían como todo lo demás que la marea reclamaba. Pero permanecieron allí, intactas, luminosas bajo la luna, como si desafiaran al propio mar. Y, al levantar la vista, volvió a ver aquella luz tenue que había vislumbrado durante varias noches, flotando en la distancia sobre las olas, como un faro imposible que parecía señalarlo. Entonces comprendió que no importaba si eran recuerdos, delirios o señales de otra realidad: aquellas pisadas lo reclamaban a él.


Y mientras el oleaje seguía borrando el mundo a su alrededor, supo que lo único imborrable era aquello que lo perseguía desde dentro.

 



Mario M. Relaño


Publicado en NU2


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