La paternidad te convierte en un comercial a puerta fría que cobra en salario emocional. En lugar de guardería, mi hija va a una madre de día. Un modelo con ventajas tan asombrosas que a veces hablo de él como si estuviera colocando preferentes. Al juntarse con un máximo de cinco niños ―cerca de veinte en una guardería―, la estadística de contagios víricos cae en picado, lo que significa que la cría rara vez se pone mala. Por tanto, los padres no tenemos la excusa médica perfecta para escaquearnos del trabajo, un daño colateral que todavía no sé si es una ventaja o una condena. Además, está estupendamente atendida, la mamá le cocina una cosa razonablemente próxima a la comida de verdad; y el chiringuito abre todo el año salvo agosto. Sin embargo, cada vez que expongo este milagro logístico en el parque o en los bares, el resto de padres me mira como si les estuviera convenciendo de meterse en la Iglesia de la cienciología o si les estuviera vendiendo batidos Herbalife. Que no soy un asalariado del modelo, de acuerdo, pero alguien debería ir presupuestando ya mi comisión.
Seguir leyendo «Madres de día y padres del stalkeo»15 minutos
El tiempo libre de un padre de hoy es una estafa piramidal. Ahora que mi hija entra sola a la piscina, el sistema me concede cuarenta y cinco minutos de autonomía teórica que he decidido malgastar con dignidad en el gimnasio municipal que hay dentro de las instalaciones. Podría haberme ido a nadar a la calle de al lado, pero según la pedagogía moderna los niños pueden desarrollar rechazo si detectan a sus progenitores merodeando cerca del vaso como manatíes sentimentales.
Seguir leyendo «15 minutos»Féretros de palabras
El medidor de tragedias en la tasca no es el llanto, sino el tocino. Cuando vi que mi colega Rubén Cabrío no clavaba su palillo en la ración de torreznos, supe que nos enfrentábamos a un drama de dimensiones dostoievskianas. Cabrío es de esa clase de plumillas que suele monopolizar la mesa amenazando con que su próxima pentalogía va a jubilar a Houellebecq y a reinventar la sintaxis de Occidente; pero esa tarde estaba mustio, mudo, con la mirada perdida en la roña del servilletero. Aunque mi inteligencia emocional tiene la profundidad de un charco en una tarde de agosto, hasta yo noté que nuestro colega no estaba para firmar autógrafos imaginarios.
Seguir leyendo «Féretros de palabras»Pisábamos los charcos ― Román Piña
Estimado Román,
Me apresuro a escribirte estas líneas antes de que el polvo de la estantería haga su trabajo y borre las impresiones que me ha dejado Pisábamos los charcos. Debo confesarte que al principio el libro me recibió con una efusividad sentimental ante la que mi escepticismo se puso inmediatamente en guardia. Aquella sucesión de retrospectivas, aquel aire de nostalgia insistente, por momentos tan cándida que amenazaba con volverse lastimera, me hizo temer que iba a pasar varias páginas defendiéndome de una emoción ajena. También es cierto que tras haber quedado deslumbrado con Stradivarius rex esperaba una suerte de continuación.
Seguir leyendo «Pisábamos los charcos ― Román Piña»Musaka de Perro
Salir de España tiene un efecto curioso: descubres que tu país no existe. Lo que hay fuera es una caricatura hecha con cuatro tópicos, un par de escándalos y algún recuerdo difuso de Rafa Nadal. Uno cruza el control de seguridad creyéndose embajador y vuelve convertido en un meme andante.
Seguir leyendo «Musaka de Perro»Los domingos ― Alauda Ruiz de Azua
Antes de que la Academia se rinda en una genuflexión colectiva y le lluevan los Goya como si fueran confeti en un mitin, me veo en la obligación de abrir en canal esta pieza de Alauda Ruiz de Azúa. Los domingos es, sobre el papel, la película aclamada del año; para mí la excusa perfecta para desplegar unos apuntes tan infames como necesarios antes de que el consenso crítico me anestesie con su unción:
i) Lo de Patricia López Arnaiz no es interpretación, es una abducción mística. Me declaro desde ya su humilde siervo, su vasallo de sangre y su temeroso esclavo. Haría lo que ella me pidiera con la docilidad de un cordero lechal: lo mismo me meto en un monasterio de clausura que me presto a lustrarle los juanetes con devoción litúrgica. Si Patricia dice «salta», yo pregunto «¿dentro de qué hoguera?».
Seguir leyendo «Los domingos ― Alauda Ruiz de Azua»Paternidad vertiginosa
Esta semana el tiempo me ha pasado por encima con la delicadeza de un tren de mercancías. Todo empezó en las jornadas de puertas abiertas del cole del barrio. Mi hija entra el año que viene en el curso de tres años. Así me vi asintiendo con cara de intelectual ante una directora que chapurreaba pedagogía moderna sin creérselo demasiado, dispuesta a amoldar las metodologías al gusto del padre como si aquello fuera un bufet libre, cuando hace nada mi única preocupación vital era que la niña no se ahogara en su bañerita. Para rematar el desahucio, hoy la han graduado en la piscina. Ha terminado su periplo en el grupo de natación para bebés. Ya no tendré que meterme en el agua a hacer el ridículo cantando canciones sobre pececillos mientras la sostengo; ahora le toca el grupo de los niños mayores. Ella chapoteará sola, independiente, y yo quedaré desterrado a la grada, haciendo scroll en el móvil y con la misma cara de ajo triste que el resto de los padres.
Seguir leyendo «Paternidad vertiginosa»Generación koala
Reconozco con cierto rubor que acumulo tantos cadáveres académicos en el trastero de mi memoria que apenas puedo cerrar la puerta. Forma parte del oficio, como el forense que se acostumbra al formol. Cuando tenía su edad y me sentaba al otro lado, el profesor era un muro de hormigón contra el que había que estrellarse o saltar con pértiga. Ahora que mis estudiantes nacieron el mismo año que empezaba la universidad, que están más cerca de la edad de mi hija que de la mía, el muro se ha agrietado. Desde el atril ya no veo enemigos a batir, sino a criaturas que alternan la candidez con la desorientación, sobreprotegidas por un sistema que les ha puesto casco y rodilleras para salir a la calle. Este curso hasta me he aprendido algunos nombres. Tal es mi ablandamiento que, al corregir, a veces busco excusas para salvarlos, empujando notas al borde del precipicio con la esperanza de que, en la revisión, ellos den el último paso hacia el aprobado.
Seguir leyendo «Generación koala»Yonquis del mínimo esfuerzo
Hace unos días, rebuscando una cerveza en la nevera de unos amigos, me topé con unas jeringuillas de diseño. Las inyecciones se enfriaban junto a un bote de mahonesa caducada. Fue un hallazgo arqueológico. No tuve el placer de conocer esa liturgia, pero intuyo que, si descubrías que tus colegas se chutaban, escondías la cartera y asumías que la velada acabaría con alguien llorando en un portal o vendiendo el radiocasete del coche. La aguja era el símbolo de la derrota, del extrarradio y de la piel grisácea. Ahora es justo lo contrario: el nuevo estatus de bienestar de la clase media aspiracional. Mis amigos ya no se pinchan para evadirse de la realidad, sino para encajar en ella, concretamente en unos pantalones tejidos en Bangladesh de la talla 38. Hemos pasado de Trainspotting a la consulta privada con aire acondicionado, pero el gesto es el mismo: buscar un atajo químico para solucionar un vacío existencial.
Seguir leyendo «Yonquis del mínimo esfuerzo»Ripley en peligro ― Patricia Highsmith
Estimada Patricia Highsmith,
Te escribo con las manos todavía sucias de tierra, la misma tierra que Tom Ripley se pasa la vida removiendo para tapar sus vergüenzas. He cerrado Ripley en peligro con una sensación extraña, mezcla de admiración técnica y una profunda repugnancia gástrica. Lo obvio: Tom se ha vuelto un personaje odioso. Si en las primeras novelas uno podía sentir cierta fascinación culpable por su ingenio para la supervivencia, la saga lo ha domesticado. Se ha convertido en un funcionario de la mentira y la manipulación. Ya no hay arte, Patricia, hay burocracia. Tom ficha a la entrada y a la salida del crimen; no engaña y mata por supervivencia, sino para blindar su jardín, sus cuadros y su paz burguesa.
Seguir leyendo «Ripley en peligro ― Patricia Highsmith»Sobre enemigos literarios
Es increíble que no haya reparado en el verdadero motivo de mi fracaso literario: no tengo un enemigo. Se trata de una condición sine qua non para ser alguien en el mundo de la escritura. Mi indiferencia se explica por ausencia de una figura cuya razón de ser sea verter odio contra mi obra y viceversa, pero su aparición podría conducirme a la gloria. No soy estúpido, podría echarle la culpa a otros factores como mi falta de constancia, mi escaso talento, haber abandonado cuarenta novelas, no asistir a ninguna presentación para masajear a los homenajeados, no haber formado un taller de escritura, haberme emborrachado en todos los certámenes que me han invitado, desperdiciar todo mi tiempo escribiendo este tipo de pavadas peregrinas o haber urdido pobres excusas para, en lugar de leer a los clásicos, ir a asustar a las palomas del parque.
Seguir leyendo «Sobre enemigos literarios»X ― Percival Everett
Estimado Percival Everett,
Te escribo para confesarte algo que quizá horrorice a los puristas del suplemento cultural, pero que tú, que has diseccionado la hipocresía humana con bisturí de plata, entenderás perfectamente: me has devuelto el vicio sagrado de la lectura en el retrete. Y te lo digo sin un ápice de ironía. En un mundo de novelas elefantiásicas que requieren una liturgia de atril y silencio, leer X se ha convertido en mi principal tarea. Me ha fascinado ese estilo tuyo de ideas cortas, secas e incisivas, que en muchas ocasiones no guardan relación. Es una bofetada a los que sostienen que una trama tiene que engordar como un buey antes de la matanza para ser considerada literatura.
Seguir leyendo «X ― Percival Everett»Ensalada de palomitas
En cierta ocasión, una pareja ―odio ese término, ¿cómo puedes denominar con la misma palabra a tu compañero del dominó como a la persona que le sorbes la entrepierna?― me reveló, en tono solemne, que yo era una persona muy predecible. Me debió dejar traumatizado porque, aparte de recomendarle amablemente peinarse el entrecejo, desde entonces emprendí una errática búsqueda de la originalidad. Originalidad teniendo en cuenta que los griegos introdujeron todo lo que merece la pena allá por el siglo IV a.C.
Seguir leyendo «Ensalada de palomitas»Sirat ― Oliver Laxe
Después de que la crítica intelectualoide haya elevado a Sirat a la categoría de milagro cinematográfico y Carlos Boyero haya salido a perdonarle la vida a Oliver Laxe, me gustaría ofrecer unas infames e innecesarias consideraciones. Soy consciente de que soy el último ser del mundo en dar su opinión, pero el rédito de atención compensa el bochorno:
i) El diseño sonoro de la película es una obra maestra del boicot. Se nos vende como envolvente, incluso candidato al Oscar, y tanto que envuelve como una manta de esquimal: enfunda los diálogos hasta asfixiarlos y matarlos en el acto. Me he pasado dos horas leyendo los labios de actores que supuestamente hablan mi propio idioma. Es la cinta perfecta para ser el examen final del Grado de Lectura de Labios.
Seguir leyendo «Sirat ― Oliver Laxe»Trenes perdidos
Perdí el tren a Antequera por cinco minutos. No tengo certezas, pero es probable que de haberlo cogido, hubiese ido al vagón restaurante al pasar por Loja. Allí habría pedido, por poner un suponer, un margarita bien agitado. En mis ensoñaciones pido cócteles para hacerme el interesante. Los odio, en realidad. Mientras sorbo el brebaje en un vaso de plástico, atraigo la atención de un desconocido en traje impecable. El hombre que se me habría acercado —en caso de no haber perdido el tren— sería un magnate del negocio del cuero, muy arraigado en Antequera. Tras un intercambio agradable, convengamos en que él me habría designado su único heredero. Y, naturalmente, consejero delegado.
Seguir leyendo «Trenes perdidos»