
Volar no es algo que me de miedo, pero si que me da respeto. He volado tantas veces que ni me acuerdo y han sido pocas -por suerte- las ocasiones en las que el vuelo ha sido algo más “complicado” de lo normal. Puedo decir que un porcentaje altísimo de mis viajes han sido tranquilos o con escasas incidencias.
Otros, una minoría, han sido más moviditos. Debido por supuesto, a las malditas turbulencias. Ya se que son fenómenos completamente normales y que los aviones están diseñados para resistirlas.
Fue en un viaje de regreso hace unos meses, cuando el avión se vio envuelto en una zona de turbulencias, que empezaron de sopetón y fueron tomando cada vez mayor intensidad. Al principio se hizo un raro silencio en el avión, luego comenzaron los comentarios y algún grito ahogado, pero finalmente aquello se desmadró en medio de gritos, sustos y seguramente algún rezo, conforme las turbulencias se intensificaron.
El avión parecía una noria y eso a semejante altura no es agradable. Yo aguanté el tipo como pude, a fin de cuentas, las había pasado incluso peores, pero reconozco que dejé de leer y de hacer nada, salvo concentrarme en algún pensamiento agradable mientras pasábamos el largo calvario de las turbulencias.
De repente escuché un grito curioso y al mirar a mi izquierda vi como una pareja que ocupaba los asientos de ventana y pasillo con un chaval de unos seis o siete años, en el asiento del medio, que deduzco sería su hijo, comenzó un curioso juego.
Probablemente para que el niño no se asustara, hacían la ola cada vez que el avión brincaba, subiendo o bajando, y ellos decía eso de “ooooooooeeeeeee” junto al niño, que estaba disfrutando de la situación. De hecho, cuando el avión dejaba de pegar botes, el niño decía, “más, más, quiero más” y soltaba una carcajada.Y cuando volvía a brincar, de nuevo el típico “oooooooeeeeee”.
Reconozco que me entretuvo la situación y yo mismo pensé internamente en ese grito, como desahogo de la tensión. Y funcionó, en medio de unas turbulencias cada vez más grandes.
Por suerte al rato, todo pasó y el resto del viaje, aunque movidito, fue como una balsa en comparación.
Cuando llegamos al aeropuerto, bajé detrás de ellos del avión y al entrar al «finger«, no pude menos que darles mi enhorabuena por la manera en que habían solventado ese momento delicado, para evitar que el niño adquiriese miedo a volar.
El hombre me explicó que, efectivamente, ese era el motivo, que a él personalmente, no le afectaba el movimiento, pero que a su mujer, sin embargo sí, de hecho la mujer me dijo que ella había estado literalmente acojonada, pero que ese juego también la había calmado.
Nos despedimos. Desde entonces no he tenido unas turbulencias tan fuertes como las del viaje mencionado, pero cuando el avión “se menea” más de la cuenta, suelo recordar esta escena con una tranquilizadora sonrisa.
Foto Sabius








