Mi madre, la Reina Aara, yacía en su cama dorada, su cuerpo bañado en sudor, su cara pálida mientras una asistente le apartaba el rubio cabello húmedo de sus ojos azul claro. Incluso, a través del dolor, nunca había visto que mi madre pareciera más llena de alegría de lo que parecía ese día y me pregunté si había sido así de feliz ante mi propio nacimiento.
El aposento estaba atestado por funcionarios de la corte y mi padre, el rey, estaba de pie al lado de la cama con su Jefe de Estado. Las largas ventanas de cristal estaban abiertas, dejando que el aire fresco brindara alivio al calor del día de verano.
— Es otro hermoso muchacho — proclamó felizmente la comadrona, envolviendo al recién nacido en una manta.
— ¡Por la mano de la dulce Artemis, Aara, me has llenado de orgullo! — dijo mi padre mientras un fuerte grito alborozado traspasaba a los ocupantes del aposento — ¡Gemelos para gobernar sobre nuestras islas gemelas!
Con sólo siete años de edad, salté arriba y abajo regocijada. Por fin, y después de numerosos abortos de mi madre y niños nacidos muertos, yo no tenía un hermano, sino dos.
Riéndose, mi madre acurrucó al segundo niño en su pálido seno mientras una comadrona secundaria limpiaba al primogénito.
Me moví sigilosamente por entre la muchedumbre para mirar al bebé primogénito que estaba con la comadrona. Diminuto y hermoso, se retorcía y luchaba por respirar a través de sus pulmones recién nacidos. Finalmente había tomado una profunda y despejada inhalación, cuando oí el grito de alarma de la mujer que lo sostenía.
— ¡Zeus tenga misericordia, el mayor está mal formado, Majestades!
Mi madre alzó la vista con su frente arrugada por la preocupación.
— ¿Cómo?
La comadrona se lo llevó.
Yo estaba aterrorizada de que algo estuviera mal. El bebé me pareció perfecto. Esperé mientras el bebé estiraba sus manos hacia el hermano que había compartido la matriz con él durante esos pasados meses. Era como si buscara el consuelo de su gemelo.
En cambio, mi madre apartó a su hermano, de su vista y alcance.
— No puede ser — sollozó mi madre — Es ciego -
— No es ciego, Majestad — dijo la sabia más anciana, mientras se adelantaba por entre el grupo de gente. Sus ropajes blancos estaban profusamente bordados con hilos de oro y llevaba puesta una corona de oro ornamentada sobre su desvaído pelo gris—. Fue enviado a ti por los dioses.
Mi padre, el rey, entornó sus ojos furiosamente hacia mi madre.
— ¿Fuiste infiel? — la acusó.
— No, nunca.
— ¿Entonces cómo es que él salió de tus caderas? Todos aquí somos testigos.
Todos en el aposento miraron a la sabia quién clavó sus ojos sin expresión en el diminuto bebé indefenso que clamaba para que alguien lo sostuviera y le ofreciera consuelo. Calor.
Pero nadie lo hizo.
— Él será un destructor, este niño —dijo la sabia, su anciana voz en alto y timbrada de modo que todos pudieran oír su proclamación—. Su toque traerá la muerte a muchos.
Ni siquiera los mismos dioses estarán a salvo de su ira.
Jadeé, sin entender realmente el significado de sus palabras.
¿Cómo podría un mero bebé hacer daño a alguien? Él era diminuto. Indefenso.
— Entonces ¡mátalo ahora! — ordenó mi padre a un guardia para que sacara su espada y matara al niño.
— ¡No! — dijo la sabia, deteniendo al guardia antes de que él pudiera consumar la voluntad del rey — Mata a este niño y tu otro hijo morirá también. Sus fuerzas de vida están ligadas. Ésta es la voluntad de los dioses, deberás criarlo hasta la edad viril.
El gemelo mayor sollozó.
Sollocé yo también, no entendía su odio por un simple bebé.
— No criaré un monstruo — gruñó mi padre.
— No tienes ninguna opción — La sabia tomó al bebé de la comadrona y se lo ofreció a mi madre.
Fruncí el ceño ante la nota de satisfacción que vi en los ojos de la comadrona antes de que la hermosa mujer rubia se abriera paso por entre la gente para desaparecer de la estancia.
— Él nació de tu cuerpo, Majestad — dijo la sabia, arrastrando mi atención de vuelta hacia ella y mi madre
— Es tu hijo.
El bebé berreó aún más alto, estirándose otra vez para alcanzar a mi madre. Su madre. Ella se encogió alejándose de él, aferrando aún más que antes, estrechamente, al segundo en nacer.
— No lo amamantaré. No lo tocaré. ¡Aléjalo de mi vista!
La sabia condujo al niño hasta mi padre.
— ¿Y qué hay de ti, Majestad? ¿No lo aceptarás?
— Nunca. Ese niño no es hijo mío.
La sabia respiró hondo y presentó al niño a la cámara. Su agarre era flojo sin amor o compasión evidente en su toque.
— Entonces será llamado Acheron por el Río de la Tragedia. Como el río del Inframundo, su viaje será oscuro, largo y duradero. Será capaz de dar la vida y tomarla. Caminará por la vida, solo y desamparado, siempre buscando la bondad y siempre hallando la crueldad.
La sabia miró hacia abajo, al niño en sus manos y pronunció la simple verdad que perseguiría al niño por el resto de su existencia.
— Que los dioses se apiaden de ti, pequeño. Nadie más lo hará.
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El rey Xerxes se quedó mirando al recién nacido que dormía apaciblemente entre sus brazos.
¿Cómo podía haberse vuelto su alegría tan amarga tan rápido? Por un instante, se había considerado el más bendecido de todos los reyes. Que los dioses le habían dado dos hijos para gobernar su vasto imperio.
Ahora…
¿Había tenido al menos uno?
No había ninguna duda de que el primogénito era hijo de los dioses. Que su esposa la reina se había prostituido con ellos y lo había parido.
Pero Styxx….
El rey estudió cada pulgada del perfecto y durmiente niño acurrucado contra su cuerpo.
-¿Eres mío?- Estaba desesperado por conocer la verdad.
El niño parecía ser solamente un bebe humano. Al contrario que Aqueron, cuyo color de ojos era como remolinos de plata, los de Styxx eran de un vívido color azul. Pero los dioses eran siempre traicioneros.
Siempre engañosos.
¿Podría ser que Aqueron fuera su hijo y este no lo fuera? ¿O ninguno de ellos le pertenecía?
Miró a la anciana y sabia mujer, que proclamó que Aqueron era hijo de los dioses después de su nacimiento. Decrépita y arrugada vestía con blancas y pesadas ropas ricamente bordadas en oro. Su cabello gris estaba enrollado alrededor de una ornamentada corona dorada.
-¿Quién es el padre de este niño?
La mujer hizo una pausa en la limpieza.
–Majestad, ¿Por qué me preguntáis algo que ya sabéis?
Porque no lo sabía, no con certeza y odiaba el sabor del miedo que le abrasaba en su garganta y dejaba un sabor amargo. Un miedo que hacía que su corazón latiera con inquietud.
-¡Respóndeme, mujer!
-Verdad o mentira, ¿Creeríais cualquier respuesta que os de?
Maldita fuera por su sagacidad. ¿Cómo podían haberle hecho esto los dioses? Había hecho sacrificios y les había rezado toda su vida. Devtamente y sin blasfemias. ¿Por qué deshonraban a su heredero de esta manera?
O peor aún, ¿Quitarle a su heredero?
Le apretó fuerte mientras le sostenía, lo que hizo que el bebe se despertara y gritase. Una parte de él deseaba golpear al niño contra el suelo y verle morir. Pisotearle hasta el olvido.
Pero, ¿Y si este era su hijo? Su propia carne y sangre…
La mujer sabia, había dicho que lo era.
Sin embargo, ella se había limitado a transmitir lo que los dioses le habían dicho. ¿Y si ellos habían mentido?
Enojado y traicionado, fue hacia la mujer y le puso al niño en sus brazos, dejándola que le consolara. No podía soportar la visión de ambos niños.
Sin más palabras, salió precipitadamente de la habitación.
En el momento en que se quedó sola con el bebé, la anciana se transformó en una mujer joven de largo cabello negro. Vestida de color rojo sangre, le dio al bebe un beso en la cabeza haciendo que se calmara al instante.
-Pobre, pobre Styxx.- susurró la diosa Atenea mientras le mecía en sus brazos para tranquilizarle. –Al igual que tu hermano, tu futuro será desagradable. Lo siento pero no puedo hacer más por vosotros dos. Sin embargo, el mundo humano necesita héroes y algún día os necesitarán.
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Escena exclusiva del cumpleaños (2012):

Aqueron suspiró molesto mientras inspeccionaba el vacío apartamento que le había facilitado a Styxx después de que su hermano le pidiera abandonar Katateros. Había estado intentando atrapar al bastardo desde hacía semanas, pero cada vez que aparecía, Styxx había desaparecido.
Si no lo supiera, hubiera pensado que Styxx se había mudado, pero su talonario de cheques aún se encontraba en un cajón de la cocina, con el carnet de conducir de Styxx y las tarjetas de crédito. No podía haber ido muy lejos sin dinero ni documentación.
-Ryssa tenía razón. Eres irritante.-
De nuevo, era su cumpleaños. Quizás Styxx había salido a celebrarlo con sus amigos. ¿Styxx tiene amigos? Hizo una pausa en ese pensamiento. Tristemente no tenía ni idea. Como le habían mostrado los diarios de Ryssa, había mucho que desconocía de su propio gemelo y cuanto mas leía mas se desesperaba por hablar con Styxx.
Conocer la auténtica verdad.
Mentalmente, Ash se flageló a si mismo por no arrinconar a Styxx durante los meses que estuvo en Katateros. Solo una conversación. Pero entonces, había estado demasiado enfadado para escucharle. Demasiado dolido para preocuparse por algo que tuviera que ver con Styxx.
Ahora…
Cerrando los ojos, trató de localizar la ubicación de Styxx. Sin embargo lo único que logró fue un dolor de cabeza. Nueva York era una ciudad muy grande, con demasiada gente en ella. Debería haber pegado su culo en otra isla desierta. Al menos, así sabría como encontrarle.
Ahora, mas agitado incluso, miró las estanterías de libros griegos escritos en griego antiguo. Con el ceño fruncido, Ash levantó sus manos y usando sus poderes extrajo uno del estante.
Mientras lo hojeaba, se dio cuenta de que Styxx había hecho anotaciones, escritas solo en griego. ¿Sabe Styxx leer en inglés? Era algo que no había tenido en consideración antes de enviar a su hermano al mundo. Ya que Styxx había estado prisionero en soledad durante mas de once mil años, existía una posibilidad bastante alta de que Styxx no tuviese ni idea de como leer ningún idioma moderno. Eso explicaría el talonario de cheques, las tarjetas y el documento de identidad. Styxx ni siquiera podría saber que eran esas cosas.
Maldiciéndose a si mismo por esa estupidez en particular, Ash esperaba no haber sido tan hijo de p*** como se temía. Él, mas que nadie, sabia cuanto asco daba el analfabetismo. Hubiera sido difícil que sobreviviera hacia siglos. No podía imaginarse el intentar desenvolverse en el mundo moderno sin al menos un rudimentario conocimiento del alfabeto inglés.
Y, mientras volvía a colocar el libro en la estantería, en contra de su deseo, su mente regresó al pasado, a la época anterior a que Estes le arrancara del hogar que compartía con Ryssa y Styxx. Mientras Ryssa pasaba la mayor parte de las mañanas de visita con su madre, Ash se sentaba en la habitación de ella y escuchaba a los tutores de Styxx acribillándole sin piedad con todo tipo de materias. Como heredero, se le había exigido que estudiara mucho, que aprendiera tanto como pudiese y tan rápido como le fuera posible. Durante horas, cada día, a Styxx se le secuestraba sin descanso ni alivio. Si se atrevía a pedirlo, sus tutores informarían a su padre, que consideraba esas acciones como intento por parte de Styxx de eludir la responsabilidad. Algo que Xerxes no tomaba a la ligera. – ¡Vas a ser rey, chico, no un crápula llorón! Xerxes no tenía piedad con sus mandatos y expectativas.
No era de extrañar que Styxx estuviera atormentado por las migrañas.
Debido a su perpetuo entrenamiento real, el tiempo libre de Styxx se encontraba limitado. Sin embargo, Styxx había trabajado en torno a su padre lo mejor que podía.
En su mente, Ash podía ver a Styxx de niño sonriéndole mientras colocaba una pequeña caja en las manos de Ash y se sentaba a su lado en la cama.
-¿Qué es esto?- Le preguntó Ash.
-Ábrelo y veras.-
En lugar de eso, apartó el rubio y rizado cabello de Styxx de su brutal ojo amoratado. Pero ese no era su único daño. Tenía costras de sangre en la nariz y en la boca.
-¿Qué ha ocurrido?
Avergonzado, Styxx apartó la mirada. –Padre decidió que era el momento de que comenzara mi entrenamiento de lucha. Hoy fue mi primera lección, pero temo que no tengo talento para ello. Selinius dijo que nunca había visto a alguien tan inepto como yo.-
Aqueron se sintió mal por el dolor que debía sentir en el ojo. Styxx se encogía cada vez que parpadeaba, pero no decía nada de lo horrible que tenía que ser.
-¿Qué dijo Padre?-
Styxx bajó la cabeza. –Que avergoncé a nuestro noble y heroico linaje. Le dijo a Selinius que no tuviera piedad en sus lecciones. Es imperativo que aprenda a luchar como un hombre y que no confíe en que otros me protejan.-
Sin embargo, Styxx solo era un niño de cinco años y Selenius un enorme y musculoso héroe de guerra.
Styxx empujo la caja en las manos de Ash. -¡Ábrela ya!.-
Ash obedeció, preocupado por Styxx y su destino en manos de otro tutor que le odiaba. Tan pronto como vio el pequeño soldado de madera, se le cortó la respiración. Era exquisito.
-¿Te gusta?-
Ash sonrió. ¡Me encanta! ¡Gracias!- Sin pensarlo, apretó a Styxx en un abrazo y descubrió que su cara no era la única parte de su cuerpo que había magullado su tutor de lucha. –Lo siento.-
Respiró con furia. Styxx se encogió de hombros, -Está bien.- Señaló al soldado en la mano de Ash. –Espero haber comprado el correcto. El vendedor dijo que lo habías mirado cuando Ryssa te compró el caballo.-
-Lo hice, pero Ryssa no tenía monedas para ambos.- Ash se deslizó fuera de la cama para colocar al soldado en su correspondiente caballo. -¿Qué te dio Ryssa?-
-¿Sabes que los brazos del soldado se mueven?- Styxx se le unió en la ventana para mostrárselo.
Ash frunció el ceño cuando notó la tristeza que bañaba la sonrisa de su hermano.
-¿Ryssa no te compró un caballo a ti también?-
Como antes, Styxx no respondió a su pregunta. –Estoy muy contento de haber comprado el correcto. Estaba preocupado de que el vendedor podría haberlo olvidado o que no hubiera sido sincero conmigo.-
-Styxx.- dijo Ash severamente, ¿Qué te han regalado por tu cumpleaños?-
Sus manos dejaron el caballo y dio un paso atrás. –Un hoplomachos.-
Un instructor de entrenamiento que le había golpeado… ¿Eso es todo?
El último vestigio de felicidad se marchitó en sus vívidos ojos azules. –Padre también me concedió el honor de observar las sesiones de la corte cuando las celebra con ellos.-
-¿Qué significa eso?-
-Todos los miércoles por la mañana, tengo que sentarme mientras resuelve los litigios de la gente para que vea lo que se requerirá de mi cuando sea rey. Y para que pueda presenciar la sabiduría de padre y aprenda de él.
Ash se quedó boquiabierto por el aburrido horror que describía. –Pero los miércoles por la mañana es tu tiempo libre.- el único tiempo libre que tenía Styxx, el resto estaba ocupado por tutores, entrenamiento, trabajo y obligaciones en el templo. En aquellas mañanas era cuando Styxx se colaba para jugar con él hasta que las lecciones de Styxx comenzaran después de la comida.
-Padre dice que ahora soy demasiado mayor para jugar. Él no está criando a un niño, sino a un rey y los reyes no juegan con juguetes o desperdician sus ideas con frivolidades. Tengo que asumir mis obligaciones reales y dejar de ser egoísta y desconsiderado todo el tiempo.-
Ash miró al soldado que Styxx había comprado con su única moneda por la que, al contrario que Ryssa, había trabajado. –No eres ni egoísta ni desconsiderado.-
Styxx no hizo ningún comentario. –Mejor me marcho. La última vez que llegué tarde con el maestro Karpos se lo dijo a Padre. Padre ya está lo suficientemente enfadado hoy por haberle pedido un juguete cuando soy demasiado mayor para eso. No deseo irritarle más.- Entonces Styxx se marchó para reanudar su infernal rutina.
Haciendo una mueca, Ash empujó esos recuerdos a los rincones mas oscuros de su mente, antes de que Estes se le llevara, él y Styxx habían estado tan unidos. Hermanos por siempre y para siempre. Le enfermaba que Estes y los demás hubieran puesto tal brecha entre ellos.
Que ellos mismos hubieran puesto esa brecha entre ambos. Duras palabras e incluso las acciones mas duras.
Por ambas partes.
Durante siglos, los recuerdos que guardaba de Styxx habían permanecido embotellados.
Impidiendo que nadie supiera que tenía un hermano. Y mientras él había continuado con su vida, había abandonado a Styxx en la mas absoluta soledad.
Bajo el “tierno” cuidado de Artemisa.
La culpa y el dolor le apuñalaron con fuerza por su propia crueldad irreflexiva. Esta noche, Tory había planeado una gran fiesta sorpresa para él. Se suponía que Urian le mantendría ocupado con su hijo mientras Tory y los otros decoraban el Santuario y finalizaban los preparativos. Se suponía que él no sabía nada, pero la mejor amiga de ella, Pam, era pésima guardando secretos y se lo había dicho accidentalmente dos días antes.
Nunca en su vida había sido tan feliz.
Y todo se lo debía a Styxx. Si su hermano no hubiese intervenido y ayudado a salvar la vida de Tory, Ash no tendría un hijo precioso al que abrazar.
O una hermosa mujer que era todo su mundo.
Miró alrededor del desolado apartamento que no mostraba signos de vida y deseó que Styxx estuviese allí para poder decirle “gracias” una vez mas. Y así poder desearle un feliz cumpleaños.
Pero, ¿qué demonios? No había pasado un cumpleaños con Styxx en mas de once mil años. ¿Qué diferencia habría en pasar uno mas?
Aun así…
-Dondequiera que estés, hermano, espero que estés rodeado de amigos.-
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Styxx se quedó congelado cuando entró en su tienda de campaña y se encontró a la demonio Caronte sentada en su saco de dormir, mirándolo con unos grandes ojos rojos.
La última vez que había visto a Simi, ella lo había destrozado y dejado… muerto.
Moviéndose tan despacio como podía, puso su mano en la 38mm que guardaba en una funda en la base de su columna vertebral. No la mataría, pero le daría tiempo para escapar de ella si se decidía a atacarle. También se aseguró de que Skylos se quedase fuera donde el demonio no podía herirle tampoco.
Para su total sorpresa, ella le sonrió cálidamente. –Hola, Akri-copia-
Precavido, Styxx la miró. -¿Qué quieres?-
Ella le miro pesadamente. –La Simi viene a decirte que siente lo que te hizo. Pero, mira, heriste a mi Akri y la Simi ama a su Akri, asi que cualquiera que ataca a su Akri, se lo come, incluso a aquellos que se parecen a Akri, ¿Lo ves?.-
En realidad no.
Ella se puso de pie.
Apretando su agarre a la pistola, Styxx inmediatamente retrocedió.
La demonio ladeó la cabeza y frunció el ceño. –Te ves extraño con eso. ¿Por qué llevas maquillaje de ojos, Akri-copia?-
Él se encogió de hombros. –Para proteger mis ojos del sol.-
-Para eso están las gafas de sol, tonto. ¿Nadie te contó eso? Se agachó y recogió su mochila roja en forma de corazón con alas negras de demonio, que sobresalían más allá de la mochila. Arrugo su nariz. -¿No es bonito? Akra-Danger me lo regalo por Navidad.
Ahora ves menos…- ella rebusco hasta que saco una botella de barbacoa con una cinta atada alrededor de ella. -Feliz cumpleaños, akri-copia!-
Cuando él no se movió para cogerla, su sonrisa se desvaneció. Dio un paso hacia él y rápidamente Styxx dio dos pasos hacia atrás.
Con sus hombros y alas caídas hizo un mohín. -¿Por qué estas tan asustado de la Simi?-
-No lo sé. Llámame estúpido, pero la última vez que nos encontramos, me mataste.-
Sus alas decayeron un poco mas. -Lo sé. Estuvo mal hacerte eso. Pero esto fue hasta que salvaste a Akri y Akra-Tory. Así que Simi esta alegre de que no estuvieras muerto, y prometo no matarme de nuevo. ¿Amigos?-
Styxx no estaba seguro de que hacer con la hija demonio de su hermano. Sabia por las memorias de Aqueron que ella era desesperadamente devota de su hermano. A diferencia de un humano, ella no era astuta o conveniente o complicada. Simi era blanco-o-negro.
Ella te odiaba o te quería.
Dejando el arma, él alcanzo la salsa barbacoa. -Gracias, Simi.-
Sus alas se levantaron al igual que su sonrisa se curvó en sus labios -esta es la favorita de Simi, ella solo se la da a las personas de calidad. Ves…- señalando la etiqueta. -Caliente, caliente… aunque está caliente aquí, tú podrías no necesitarlo. Pero esta bueno en todo.-
Le mostró una gran sonrisa.
Styxx inclino su cabeza. -Lo aprecio. Muchas Gracias.-
Ella ladeo su cabeza y de nuevo frunció el ceño. -¿Por qué estás tan triste, Akri-copia? ¿Tienes dolor en tu corazón?-
-Estoy bien, Simi.-
Profundizo su ceño, y miro alrededor del apartamento. -¿Quién va a venir a celebrarlo contigo?-
Styxx suspiró. -No celebro los cumpleaños.-
Abrió los ojos muy grandes, y lo miro boquiabierta. -¡No! Los cumpleaños son siempre especiales, porque son los días que eres bienvenido al mundo, y las personas están felices cuando los bebes nacen.-
Si… no desde su experiencia.
Styxx puso la salsa barbacoa al lado de su paquete. -deberías, probablemente, regresar con Aqueron antes de que él, te eche de menos.-
En su lugar, ella se sentó sobre su saco de dormir.
Ahora era el turno de Styxx de fruncir el ceño. -¿Qué estás haciendo?-
Simi abrió su mochila de nuevo. -Akri tiene un montón de personas con quienes celebrarlo, y Akri-copia no tiene a nadie. Esto hace que la Simi este triste por Akri-copia. Nadie debería estar solo en su cumpleaños así que…- ella saco un paquete de Ding Dongs [N.T: Pastelitos de chocolate, parecidos a los Phoskitos] y se lo acerco. “¡Tenemos tarta de cumpleaños!-
Styxx sonrió por el gesto inocente. -Nunca había recibido una tarta de cumpleaños antes.-
-¿Nunca?-
Styxx negó con la cabeza.
Ella presiono su dedo índice sobre sus labios en una adorable expresión. -necesitamos velas, pero eres tan viejo que necesitaríamos tener tartas como el tamaño de una… nave… Hmmm…. Está bien.- Metió la mano en su mochila y saco una varita luminosa.
-Fingiremos que es una vela. Pero no puedes soplarla, fingiremos que lo haces. ¿Puedes hacerlo?-
-Claro-
-Okey. Ahora Akri-copia sientate.-
Styxx se sentó enfrente a ella mientras cuidadosamente Simi abría el paquete y dejaba los pastelitos con la envoltura. Luego prendió la varita luminosa y dijo -Ahora pide tú deseo y sopla la vela. Puso la varita enfrente de su rostro.
Styxx soplo.
Simi estrechó sus ojos hacia él. -No pediste un deseo, o ¿si?-
-No tengo nada que desear.- Las cosas que buscaba, no podía tenerlas, y nada más parecía importante.-
-Todos tienen deseos, Akri-copia.-
-Yo no soy todos.-
Yo soy nadie.
Simi tomo sus manos entre las de ella y puso un pastelito en ellas. -Bueno la Simi va a pedir el deseo por ti. El deseo de la Simi es que seas feliz como la Simi y su Akri.-
Styxx sonrió a su infantil deseo y forma de ver las cosas. -Gracias, Simi.-
Ella agarró su pastelito y se lo comió de un bocado. -Tienes que comértelo todo de un bocado- dijo Simi con su boca llena. -Como no tenemos velas para soplar, lo tienes que comer de una sola vez para que el deseo se cumpla.-
Él se rió a pesar de sí mismo y su intento por meter el pastelito dentro de su boca.
Simi se lamió los dedos. -Bueno, ¿verdad?-
Styxx trago el pastelito. -El mejor por siempre.-
Simi se levantó sobre sus rodillas y beso su mejilla, luego le abrazo. -Si quieres, Akri-Styxx, la Simi puede quererte también. Porque los corazones son asombrosos. Ellos consiguen porciones mucho más grandes para dar lugar a nuevas personas, a quienes amar junto con las personas que amas desde hace más tiempo.- Le dio unas palmaditas en el pecho. -La Simi tiene mucho amor para darte, también… si quieres.-
Styxx estaba asombrado de ella. Su hermano tuvo suerte de tener a Simi a su lado por todos estos siglos. -Me gustaría mucho.-
Simi lo abrazo de vuelta, palmeo su espalda. -Ok, la Simi tiene que irse ya, pero ella regresará a verte pronto. Y recuerda Akri-Styxx los deseos son poderosos, las cosas poderosas se convierten en verdad cuando uno cree en ellas. Y la Simi cree que serás feliz, muy pronto. Chau.- Ella se fue.
Sonriendo sobre la inesperada visita levanto la envoltura y la tiro.
Dejo a Skylos atrás, dentro del apartamento y aun no estaba seguro como hizo Simi para aparecer. Sin duda su hermano tendría un ataque, si supiera que ella había venido a verlo.
Pero había sido una agradable sorpresa. Nunca había recordado su cumpleaños desde que Bethany había estado con él. No lo hubiera sabido si Simi no hubiese venido a visitarlo hoy. Aunque esto no es un problema. A su edad, realmente, ¿Cuál era la razon para calcularlo?