SEMINOLE (1953, Budd Boetticher) Traición en Fort King

Con una andadura iniciada en realidad en 1942, no sería hasta dos años después cuando Oscar ‘Budd` Boetticher iría consolidando su experiencia cinematográfica, fogueándose con destreza en modestos pero eficaces realizaciones de Serie B, esencialmente dentro del cine policiaco. De manera casi inapreciable, su mundo personal le llevaría, ya en 1951, a rodar su primera película dentro del mundo de la tauromaquia -una de sus pasiones- que considero -es una opinión muy personal- su obra cumbre; THE BUFFFIGHTER AND THE LADY -sobre todo contemplada tras su restauración final-. Ese mismo año, y dentro de su ya habitual estudio -Universal Pictures-, se inicia un nuevo periodo profesional para él, expresado en toda una serie de títulos aún anclados en la mencionada Serie B, pero contando en ellos con estrellas más o menos emergentes o en algún caso caracterizados ya en una andadura escorada a la madurez. También contarían dichas películas con una importante novedad en su cine; estar rodados en color. Nos encontramos ante producciones en su conjunto no especialmente relevantes, pero por lo general de más que estimables cualidades, revelando en ellas su inclinación por relatos inmersos dentro de géneros de acción -western, aventuras-, a los que, de una manera u otra, supo trasladar matices psicológicos en el devenir de sus personajes. Unamos a ello una ya experimentada economía narrativa, a la que solía acompañar con ocasionales y crecientes destellos de inventiva narrativa.
Todo ello, punto por punto, se manifiesta en SEMINOLE (Traición en Fort King, 1953), quinta de estas películas expresadas dentro de la fuerza cromática del Technicolor en la obra de Boetticher. SEMINOLE aparece como una muy curiosa, en algunos pasajes intensa y en otros, convencional, mixtura entre film de aventuras, melodrama y western, surgido desde la historia y el guion de Charles J. Peck Jr. Estructurada a partir de una vista que traslada el 90% de su metraje en flashback -una inusual decisión dramática, que retomaría varios años después John Ford en su excelente SERGEANT RUTLEDGE (El sargento negro, 1961)-, la propuesta nos retrotrae a los territorios de Florida, en 1835. Tras unos títulos de crédito tomando como fondo los pantanos de la zona -la verdadera entraña física del relato- asistiremos a los prolegómenos de un consejo de guerra en el que se encuentra encausado el joven teniente de caballería Lance Caldwell (Rock Hudson, luciendo progresivamente su carisma de estrella, en uno de sus primeros roles protagonistas). Los indicios que observamos son adversos en torno suyo, que ha decidido ofrecer un relato de las circunstancias por las que se le acusa, intentando con ello revertir dicha atmósfera. La acción se retrotrae al momento en que, tras lograr la graduación, fue destinado a Fort King. Allí pronto irá dejando entrever su actitud partidaria de consolidar una relación pacífica con las tribus indias, en contraste con la mostrada por su superior, el mayor Harlan Degan (un sorprendente Richard Carlson). Caldwell es un experto conocedor de la zona al ser oriundo de la misma, pero también habrá un elemento que le permita ser especialmente compasivo con la tribu de los Seminola; está liderada por su amigo de la infancia, Osceola (rotundo Anthony Quinn, en aquellos tiempos frecuentando roles de salvajes). Entre ellos, se encuentra la amiga de ambos -Revere Muldoon (Barbara Hale)- en el pasado enamorada del protagonista, pero que en sus cinco años de ausencia ha quedado ligada al indio.
Con un material que se puede insertar dentro de las primeras miradas que Hollywood albergó humanizando al pueblo indio, SEMINOLE propone un argumento que delata su relativo grado de simpleza y convencionalismo a la hora de retratar el singular triángulo amoroso que centra su relato. Del mismo modo, ese tramo final que revela la autenticidad del drama sufrido por el joven teniente, dominado por giros inesperados cuando se encuentra a punto de resultar fusilado por la condena recibida, no deja de suponer la enésima reedición del salvamento en el último minuto, comprensible en una película destinada al consumo rápido de los espectadores de la época, en sesiones de programa doble. Sin embargo, el atractivo del film de Boetticher inserta tres ejes de atención, que aún hoy día se mantienen plenamente vigentes. El primero de ellos lo brinda ese gusto por el detalle, revelador de relaciones que surgen de manera elíptica -ese plano hacia las botas del protagonista, que servirán a Revere para identificar su retorno; el recurso a la fecha de piel roja que guarda, para introducirán el relato la incómoda presencia de Osceola-. Pronto, la vertiente psicológica se manifestará en la especial atención marcada hacia el mayor Degan. Un auténtico enajenado mental, proclive al enfrentamiento, y en donde se deja entrever una insatisfacción personal por unos anhelos militares jamás alcanzados, a la hora de establecer ese permanente enfrentamiento con los indios, que tendrá su máxima expresión en la ofensiva establecida, al objeto de intentar someter militarmente -incluso exterminando a su cúpula- a los seminolas. Ese proceso interior, en donde la aspereza y agresividad de su personalidad obedecerá a oscuras razones psicológicas, se encuentra perfectamente expresado a lo largo del metraje.
Todo ello tendrá su expresión física en un memorable episodio, inserto en el corazón de la película. Hablamos de la penosa ejecución del plan de ataque y exterminio auspiciado por Degan, en el que incluso se contaba con el escepticismo de su lugarteniente, el sargento Magruder (Lee Martin, componiendo un personaje más matizado que sus posteriores y populares villanos). Todo ello comportará una árida expedición a través de los oscuros y peligrosos pantanos -la iluminación en color de Russell Metty subrayará de manera opresiva estos pasajes-. Siempre se ha dicho que Boetticher era el cineasta de los espacios abiertos, y en esta ocasión lo podemos definir de manera más precisa como el de los ámbitos claustrofóbicos. Y es que pocas veces se ha contemplado en la pantalla un traslado revestido de tanta dureza -con particular énfasis en el terrible momento de la caída del cañón y, con él, de numerosos soldados, a unas arenas movedizas-, que tendrá su inesperada catarsis en la trampa tendida por los seminolas, en unos instantes caracterizados de una violencia casi insoportable y, en todo caso, bastante desusada en el cine de aquel tiempo.
Es una pena que SEMINOLE no prolongue en su tramo final esa sensación de pathos -que justo es reconocer, tendrá un nuevo y potente elemento dramático en la humillación y encarcelamiento que el cobarde mayor brindará al pacífico líder de la tribu-. En todo caso, no es menos cierto que la potencia de ese largo fragmento central resulta plenamente intenso a nivel dramático, proporcionando el suficiente octanaje a una propuesta modesta, pero capaz de almacenar en su seno una pequeña gema cinematográfica.
Calificación. 2’5





