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“Voy a hablar de ti. Te va a llover el curro”. Probablemente sería rico si cada vez que me han dicho esa frase hubiera sido cierta. O ni siquiera eso: si cada vez hubiera sido lejanamente cierta. La única verdad es que en una ocasión fuiste tú quien la pronunció, en aquella taberna de tu barrio mientras los altavoces escupían la voz de Florence y yo no podía dejar de marcar el ritmo con mi pie izquierdo. Pronunciaste la frase como si fueras la única en toda la tierra que pudiera hacerlo, con ese nivel de solemnidad que sólo he visto en las personas que, como tú, no se toman nada en serio a sí mismas, pero mucho a los demás. Por supuesto, en aquella ocasión tampoco funcionó la frase. De hecho nadie me llamó, ni siquiera tú, que después de aquella tarde desapareciste porque, según me contaron después, decidiste tomarte más en serio a otro al que quizás sí terminó por lloverle el curro. Espero que, al menos, le pillara con el paraguas a mano. 

34

Acodado en la barandilla del puente, observaba las estelas que dibujaban los aviones en el cielo. Pareciera que un niño hubiera cogido un lápiz con la intención de aprender a dibujar. La ciudad se adentraba ya en los últimos minutos de luz y seguía sin encontrar el pulso perdido. Había vuelto allí con esa intención, la de estar de nuevo en plenitud. Y tras un día vagando por las estrechas calles, bebiendo cerveza en cada una de las tabernas que se encontraba, intentando entablar conversación con todo aquel que quiso escuchar, había quedado sumido en un desconsuelo absoluto, ese que sólo proporciona el reconocimiento de que es imposible volver a habitar el tiempo pasado. Uno puede volver a la ciudad en la que una tarde fue feliz e intentar repetir todas y cada una de las cosas que hizo, caminar por las mismas calles, observar las misma cosas, pero el latido siempre será distinto. Porque, en realidad, lo que uno busca no se encuentra en el dónde sino en el cuándo. Y ese cuándo, como acababa de comprender mientras veía a la ciudad sumirse en la oscuridad, es inalcanzable.

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Algunos lo decían con la boca pequeña, pero se lo creían. En el fondo, se lo creían. Otros tantos lo gritaban a los cuatro vientos, convencidos de poseer la verdad absoluta. Pasado ya un número prudencial de atardeceres, la realidad parece haberse impuesto con toda su crudeza. No, no hemos vuelto mejores, ni más fuertes, ni más nada. En realidad no hemos vuelto porque nunca nos fuimos. Si acaso nos escondieron un tiempo contra nuestra voluntad. Y desde allí, desde nuestra madriguera, alimentamos sin freno todas las alimañas que llevamos dentro. El resultado se puede ver simplemente con darse un paseo, por cualquier calle, cualquier día: somos exactamente los mismos y, en innumerables casos, con varias dosis más de ingratitud e intolerancia. No puede volver el que nunca se fue.

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Cuando en un futuro no muy lejano volvamos a esta misma conversación –y estoy totalmente convencido de que ocurrirá- sacaré la carta que te he escrito esta noche. Sabes que, llegado a un punto, las ideas se me amontonan lo suficiente para atascarse. Ya no sale ni una más en orden. Por eso la carta. Porque necesito que entiendas todo lo que de verdad pienso. No creo que seas consciente del miedo tan cerval que me provoca el mero hecho de fantasear sobre ello. Va mucho más allá de tú y yo hace un rato, sentados en este sofá, cada uno con nuestra copa de vino y nuestros pánicos floreciendo. Más allá incluso del flequillo cayendo sobre tu pómulo. Aunque me lees a la perfección -sé que lo haces- no comprendes la profundidad a la que me lleva la sola constatación de que, más tarde o más temprano, va a llegar ese escenario. Es por eso la carta. Es por eso mi incapacidad para comunicarte de forma eficaz hasta qué punto me daña. Y también es por eso que del sello vas a tener que encargarte tú.

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Pocas cosas hay menos éticas que la falta de agradecimiento -y el consiguiente olvido- hacia aquellos que estuvieron con nosotros en las horas más bajas. A todas esas personas que, en el momento que descubrimos nuestra insoportable fragilidad a golpe de virus, no dudaron en arriesgar sus vidas en primera línea por salvaguardar la nuestra. Que lucharon, aguantaron, trabajaron, padecieron, lloraron, gritaron. Que nos salvaron. Eso es lo que se respiraba ayer en las calles de Madrid: las ganas de apoyar, defender y reivindicar a todos aquellos que se convirtieron en nuestro héroes. Las ganas de agradecer y no olvidar.