Tras una semana en la que he conducido por motivos laborales tanto como para llegar de aquí a Sevilla, y, además, arriesgando mi vida no metafórica, sino realmente, conduciendo durante tormentas e inundaciones, en la que he vivido casi más en el coche y en el instituto que en mi casa, anoche fue la primera vez en todo el curso en que, mientras conducía casi sola por una autovía fantasma a las diez de la noche, pensé que igual ha valido la pena hacer cien kilómetros al día para ir a trabajar. Uno de trescientos sesenta y cinco días en los que los alumnos y sus padres me hacen creer que vale la pena seguir en este trabajo del que salgo harta muchas veces y con ganas de dedicarme a otra cosa.
Pero, ¿qué haría yo si no fuera profesora? Profesora de las que hasta el último día está dando clases de repaso para septiembre, de las que explican en un recreo en la biblioteca, de las que cogen un papel y un boli y hacen un resumen del Present Perfect en inglés de una manera tan sencilla que el inglés deja de tener secretos. Siempre pensé que la estructura del inglés era lo que las fórmulas a las matemáticas y que es lo más científico de las letras. De las que en medio de la tormenta sale con la conserje a abrir la puerta porque el mando no funciona con la lluvia y, a pesar del paraguas, acaba calada quitándose los calcetines y escurriéndolos en el lavabo (mi compañera de física y química me preguntó al verme si quería quitarme la camiseta y los pantalones y ponerme una bata blanca de laboratorio, pero le dije que no). De las que se queda en el segundo recreo a explicar las oraciones condicionales a los alumnos de bachillerato que le preguntan porque no lo han entendido. De las que se dejan la piel cada día. De las que, quizá, no sabrían ser otra cosa.
Por eso es una satisfacción pasar un recreo, como ayer, dando diplomas a los alumnos que mejor se han comportado, que una alumna a la que sólo le he dado clase una hora a la semana en el desdoble venga por el pasillo hasta donde yo estoy y se despida de mí. Que mi mejor alumna, una alumna de todo dieces, delante de su padre me diga que le ha gustado que sea su tutora este curso y que le dé un abrazo (después de que el padre, a solas, me hubiera dado las gracias por haberle dado clase a su hija), después de que otros padres en la reunión también me hubieran dado las gracias y se hubieran despedido de mí. Incluso unos me regalaron unos bombones y una colonia. Fue un detalle bonito y me acordé, aunque no lo dije, del día en que vino el padre todo agobiado porque se habían tenido que ir a Ucrania (son de allí) de prisa y corriendo pues su madre (abuela de mi alumno) se puso gravemente enferma. Dos días conduciendo para ir y otros dos para volver más una semana que pasaron allí, era ya casi Navidades y el padre estaba preocupado porque no me habían podido avisar, aunque hizo que una vecina me mandara una nota explicándome lo que había sucedido. También le preocupaba que su hijo había tenido que faltar a varios exámenes. Le dije que bueno, era la primera evaluación, que si suspendía, lo primero es lo primero y más importante que los exámenes había sido ir a Ucrania. Quedaban dos días para la evaluación, hablé con los profesores y le hicimos los exámenes que pudimos y el chaval aún salvo muchas asignaturas. Ahora lo ha aprobado todo.
Por eso, mientras conducía, pensé que había valido la pena todo este curso y recordé este poema de Gabriel Celaya:
"Educar es lo mismo
que poner motor a una barca...
hay que medir, pesar, equilibrar...
...y poner todo en marcha.
Para eso,
uno tiene que llevar en el alma
un poco de marino...
un poco de pirata...
un poco de poeta...
y un kilo y medio de paciencia
concentrada.
Pero es consolador soñar
mientras uno trabaja,
que ese barco, ese niño
irá muy lejos por el agua.
Soñar que ese navío
llevará nuestra carga de palabras
hacia los puertos distantes,
hacia islas lejanas.
Soñar que cuando un día
esté durmiendo nuestra propia barca,
en barcos nuevos seguirá
nuestra bandera
enarbolada."