domingo, 27 de junio de 2010

Sevilla en junio.

(Foto cortesía de A. Pérez.) Me he tumbado en el sofá a leer a Cernuda pensando qué escribiría en la Calle del Aire, frente a los baños árabes antes de que lo fueran y de que tú y yo nos bañáramos allí, y me he quedado dormida, creo que aún tengo sueño atrasado. Me he despertado unos veinte minutos más tarde al oír arrastrar unas chanclas que parecía que estuvieran en casa, pero se ve que estaban en la calle. Me preguntaste ayer por el balance del viaje y no te supe contestar mucho, me hace falta pensarlo siempre, para dar una buena respuesta. Soy un poco de efectos retardados.

Me gusta hablar contigo de lo intrascendente, lo cotidiano de nuestros respectivos trabajos y también de literatura, de la infancia, la gente que ha sido importante o aún lo es para nosotras, de la vida, de cosas más profundas. Me gusta ver pasar el tiempo y los kilómetros contigo en el coche, aunque sea un poco incómodo estar tantas horas en la misma postura. Me gusta planear contigo lo que vamos a hacer, callejear, pasear, contemplar la luna, la gente a nuestro alrededor, buscar bares de tapas o restaurantes y disfrutar las cosas tal y como lo hacemos, bebiéndonos la vida como si fuera un vino de naranja o un licor de ensaimada. En resumen, ¿cuándo nos vamos de viaje otra vez?

miércoles, 23 de junio de 2010

Junio.

Junio, como siempre, ha sido un mes bastante estresante y duro. Menos mal que, al final, todo tiene su recompensa tanto académica (aprobé valenciano), como profesional y personal, como se puede leer en el post anterior. Y menos mal que, a pesar de todo, a ratos pude estar donde quería estar, con quien quería estar y haciendo lo que quería hacer.


Disfruten de San Juan y de la luna casi llena, como diría Xnem.









(Foto de Antequera, cortesía de A. Pérez.)

jueves, 17 de junio de 2010

Nuestra bandera enarbolada.

Tras una semana en la que he conducido por motivos laborales tanto como para llegar de aquí a Sevilla, y, además, arriesgando mi vida no metafórica, sino realmente, conduciendo durante tormentas e inundaciones, en la que he vivido casi más en el coche y en el instituto que en mi casa, anoche fue la primera vez en todo el curso en que, mientras conducía casi sola por una autovía fantasma a las diez de la noche, pensé que igual ha valido la pena hacer cien kilómetros al día para ir a trabajar. Uno de trescientos sesenta y cinco días en los que los alumnos y sus padres me hacen creer que vale la pena seguir en este trabajo del que salgo harta muchas veces y con ganas de dedicarme a otra cosa.



Pero, ¿qué haría yo si no fuera profesora? Profesora de las que hasta el último día está dando clases de repaso para septiembre, de las que explican en un recreo en la biblioteca, de las que cogen un papel y un boli y hacen un resumen del Present Perfect en inglés de una manera tan sencilla que el inglés deja de tener secretos. Siempre pensé que la estructura del inglés era lo que las fórmulas a las matemáticas y que es lo más científico de las letras. De las que en medio de la tormenta sale con la conserje a abrir la puerta porque el mando no funciona con la lluvia y, a pesar del paraguas, acaba calada quitándose los calcetines y escurriéndolos en el lavabo (mi compañera de física y química me preguntó al verme si quería quitarme la camiseta y los pantalones y ponerme una bata blanca de laboratorio, pero le dije que no). De las que se queda en el segundo recreo a explicar las oraciones condicionales a los alumnos de bachillerato que le preguntan porque no lo han entendido. De las que se dejan la piel cada día. De las que, quizá, no sabrían ser otra cosa.




Por eso es una satisfacción pasar un recreo, como ayer, dando diplomas a los alumnos que mejor se han comportado, que una alumna a la que sólo le he dado clase una hora a la semana en el desdoble venga por el pasillo hasta donde yo estoy y se despida de mí. Que mi mejor alumna, una alumna de todo dieces, delante de su padre me diga que le ha gustado que sea su tutora este curso y que le dé un abrazo (después de que el padre, a solas, me hubiera dado las gracias por haberle dado clase a su hija), después de que otros padres en la reunión también me hubieran dado las gracias y se hubieran despedido de mí. Incluso unos me regalaron unos bombones y una colonia. Fue un detalle bonito y me acordé, aunque no lo dije, del día en que vino el padre todo agobiado porque se habían tenido que ir a Ucrania (son de allí) de prisa y corriendo pues su madre (abuela de mi alumno) se puso gravemente enferma. Dos días conduciendo para ir y otros dos para volver más una semana que pasaron allí, era ya casi Navidades y el padre estaba preocupado porque no me habían podido avisar, aunque hizo que una vecina me mandara una nota explicándome lo que había sucedido. También le preocupaba que su hijo había tenido que faltar a varios exámenes. Le dije que bueno, era la primera evaluación, que si suspendía, lo primero es lo primero y más importante que los exámenes había sido ir a Ucrania. Quedaban dos días para la evaluación, hablé con los profesores y le hicimos los exámenes que pudimos y el chaval aún salvo muchas asignaturas. Ahora lo ha aprobado todo.



Por eso, mientras conducía, pensé que había valido la pena todo este curso y recordé este poema de Gabriel Celaya:

"Educar es lo mismo
que poner motor a una barca...
hay que medir, pesar, equilibrar...
...y poner todo en marcha.
Para eso,
uno tiene que llevar en el alma
un poco de marino...
un poco de pirata...
un poco de poeta...
y un kilo y medio de paciencia
concentrada.
Pero es consolador soñar
mientras uno trabaja,
que ese barco, ese niño
irá muy lejos por el agua.
Soñar que ese navío
llevará nuestra carga de palabras
hacia los puertos distantes,
hacia islas lejanas.
Soñar que cuando un día
esté durmiendo nuestra propia barca,
en barcos nuevos seguirá
nuestra bandera
enarbolada."

sábado, 12 de junio de 2010

Adolescentes.

Me encuentro por la calle un grupo de quinceañeros, son unos diez o doce. Vienen de jugar al fútbol o practicar algún deporte, por las ropa que llevan. Van empujándose, riéndose... lo típico de la adolescencia. Conozco a tres de ellos por lo menos, porque les di clase hace dos años. Los otros, no sé quiénes son. Yo vengo del supermercado cargada con dos bolsas y dudo si reñirles cuando empujan a uno de ellos contra un coche aparcado, aunque intento recordar que no estoy trabajando y me callo. Pero lo vuelven a hacer y una mujer que venía de frente con un cochecito de bebé sí les llama la atención. Así que ya no me puedo aguantar más y les digo: "Tened cuidado que, al final, con la tontería, os haréis daño." Justo en ese momento uno de los dos últimos del grupo, que iban delante de mí, estaba empujando al otro mientras el amigo le hacía gestos para que parara, mirara hacia atrás y me viera, porque él ya me había visto. Al hablar yo, el otro se giró y dijo, sorprendido: "¡Ey, profe!" Es curioso que, aunque pasen mil años y no les hayas vuelto a dar clase, siempre seas "profe" y con derecho a reñirles, aunque sea por la calle, porque pusieron cara de haberles pillado haciendo maldades. Les volví a repetir que no fueran tan brutos, que se iban a hacer daño y me contestaron lo que suelen decir en estos casos: que estaban jugando y no pasaba nada.



Al ponerme al lado de ellos, noté cómo han crecido y se lo dije porque sé que les gusta parecer mayores. "¡Qué alto estás, más que yo!" (Mido 1'70 y él era mucho más bajo que yo cuando le daba clase) "Profe, son dos años", me contestó en tono de: "Por supuesto, qué cosas tienes." "Sí, pero yo no he crecido en dos años", le dije riéndome, "y a él le ha salido hasta barba" (tenía unos pelillos de barba de dos días). Me despedí de ellos, crucé la calle y me fui a mi casa pensando que lo único bueno que tiene trabajar a 45 kms. este curso es no encontrarme con los alumnos en mi barrio.

domingo, 6 de junio de 2010

Resumen de la semana.

Esta semana creo que ha sido bastante buena en vida social, amistades y emociones. He aquí algunas breves pinceladas:

  • Domingo: Día familiar en casa de mi hermano y la novia en un pueblo de Albacete. Excursiones por la montaña y estudiar valenciano.
  • Lunes por la noche: Cena con Amada sin planearlo en una cafetería y paseo mientras tomábamos un helado y hablábamos de nuestras cosas. A la vuelta hablo por teléfono con un compañero de carrera que se presenta por primera vez a las oposiciones y necesita consejo.

  • Martes por la tarde/ noche: Cena en mi casa con dos compañeras de trabajo con paseo por Elche de una de ellas y yo mientras la otra estudiaba para las oposiciones.
  • Miércoles: Mis alumnos me piropean. Supongo que para hacerme la pelota para que los apruebe, aunque digan que no, que lo dicen en serio. Insisten en que voy muy guapa hoy, que el verde me favorece... La verdad es que llevaba una blusa verde que me compré en Valencia hace 5 años y que me encanta porque creo que sí me sienta muy bien. De hecho, me la he puesto en exámenes de oposiciones porque pensaba que me daba presencia. Igual parte de razón tenían.
  • Jueves por la tarde: Amada viene a mi casa después del trabajo, nos tomamos un zumo fresco y me regala dos camisetas. ¡Me encantan estas sorpresas! Después llamo a una amiga de Barcelona que conocí hace muchos años en Irlanda para felicitarle el cumpleaños.
  • Viernes: Examen de valenciano en la escuela de idiomas. Es un poco largo y pesado, pero espero aprobar. Sobre todo, porque me dan por ello un punto en el concurso de traslados y quiero volver a trabajar en Elche.
  • Sábado: Cena de cumpleaños con una amiga y su hermana en un restaurante griego y luego un batido de turrón en una cafetería.