miércoles, 29 de mayo de 2013

Fin de curso.

Salgo del examen oral de alemán, ayer hice las otras partes, así que, he acabado ya. Arranco el coche, abro las ventanillas, pongo un CD de Ana Belén y me voy a trabajar. ¡Por fin puedo escuchar la música que me dé la gana y no grabaciones para practicar alemán! Subo el volumen, hace buen día y me gustaría tener un descapotable para ir con los pelos al viento y la música alta, como en las películas. ¡Qué sensación de libertad! Así da gusto ir a trabajar. Ahora, a esperar al día 19 para saber los resultados.


miércoles, 22 de mayo de 2013

Ley de Murphy o peripecias en la Renfe.

Todo parecía muy sencillo: ir a Alicante, recoger a Alberto, subir en el cercanías, bajarme en Elche y él seguía camino a Orihuela, donde lo recogía Rosa. Sin embargo, no contábamos con la Ley de Murphy ("si algo puede salir mal, saldrá mal", también conocida como: "la tostada siempre cae del lado de la mantequilla", de la mermelada o del aceite, añado yo). En resumen, que la Ley de Murphy empezó pronto a hacer de las suyas, para darle vidilla al asunto. 

Yo sabía que la estación de Alicante estaba en obras por lo del AVE (se supone que llega en junio, ya veremos...) porque la había visto hace unos meses. Pero es que ahora ya no son obras, es zona de guerra llena de edificios vaciados totalmente por dentro (sólo quedan las paredes y el techo), zanjas por todas partes, vallas metálicas, obreros con casco, ingenieros haciendo fotos de los progresos y consultando con otros... Total, que de los andenes al vestíbulo sólo queda un estrechísimo pasillo por donde se agolpan los pasajeros. 


Alberto, por venir de Madrid, tenía gratis el cercanías. Con una condición: hay que validarlo. Y, para ello, sólo hay una máquina en la entrada de la estación o el mostrador de venta de billetes. Le dije que le preguntara al personal de RENFE que le iba a ayudar al llegar (a mí no me dejaban pasar, sólo podían estar en el andén los viajeros con billete, no los familiares y amigos que iban a recoger a la gente), pero aquella señora sólo le aclaró que había que validarlo y, en cuanto vio que yo me hacía cargo, salió corriendo con la excusa de que tenía que ayudar a más pasajeros. Además, sólo teníamos veinte minutos entre los dos trenes, pero el de Madrid llegó diez minutos tarde, con lo cual, nos quedaba la mitad de tiempo. 

Así que, dejé a Alberto junto a una valla de las obras (el de Madrid había parado justo al lado del cercanías, pero tenía que cruzarme toda la estación para ir a validar el billete) y me fui hasta la otra punta, sorteando viajeros y maletas lo más rápido posible. Llegué a la máquina, había un señor delante y luego, cuando intenté validar el billete con el código de barras, no había manera. Hala, tira para el mostrador y haz toda la cola, claro. Cuando por fin me atiende una señora, me dice que es en el mostrador de al lado. Otra cola. Por fin llego, el hombre intenta validar el billete, el lector de códigos no lee nada, lo pasa varias veces, a la cuarta o quinta, por fin, sale el billete para el cercanías. Salgo corriendo, literalmente, y oigo: "próxima salida cercanías con destino Murcia". Corro aún más que mi hermana en la media maratón de Almansa, consigo llegar entre las vallas hasta donde había dejado a Alberto, nos metemos corriendo en el tren. Todo lleno de gente, claro, éramos los últimos. Con maletas por enmedio, había sitios vacíos, pero sólo para una persona. Al cuarto vagón o así, por fin conseguimos encontrar dos sitios y sentarnos. ¡Uffff! ¡Prueba superada!

Paramos en San Gabriel y Torrellano, como siempre, y el tren se detiene más tiempo del normal para dejar pasar a otros. Ya llevamos quince minutos de retraso, pero lo peor es que no funciona la megafonía que anuncia las estaciones y entonces Alberto lo va a tener difícil para saber cuándo llega a Orihuela. Tampoco pasa el revisor, para avisarlo y que le ayude. Para más inri, en Torrellano se apagan las luces del vagón y el tren hace un ruido raro, parece que no va a arrancar, aunque al final arranca. Si es que, yo conozco los mismos trenes mugrientos toda la vida, en todas las otras líneas de cercanías he visto trenes mucho más modernos. Estos deben de tener como treinta años o más.

Para rematar ya la faena, Alberto se ha equivocado y le ha dicho a Rosa que llega una hora más tarde. Cuando se baja la gente en la primera estación de Elche, nos cambiamos de sitio y dejo a Alberto más cerca de la puerta. Me espero a la segunda y entonces veo al revisor trasteando en el cuadro eléctrico para intentar arreglar las luces, que siguen sin funcionar, y le aviso de que tiene que ayudar a Alberto a llegar a Orihuela. Llamo a Rosa en cuanto me bajo y me dice que está de camino, que no ha hecho caso de Alberto y se ha adelantado, menos mal, están entrando a Orihuela, pero hay obras y se tienen que desviar del camino usual. 

Al día siguiente cuando llego a Orihuela y veo la estación... se me cae el alma a los pies. "¡¡¿Esto qué es?!!  ¡¡Si lo llego a saber, no mando a Alberto aquí!!" Yo conocía (y además, había visto una foto en internet, buscando la dirección para hacerme un plano y saber ir de la estación a la librería donde se hacía la presentación del libro de Alberto) una estación de cristal, modernísima y maravillosa, pero resulta que la cerraron en octubre (de eso me he enterado después) por las obras, creo que del AVE también. Y ahora llegas a lo que llaman: "estación intermodal provisional", que han construido a cierta distancia de la estación real y es, atención: dos andenes sin valla ni nada, vamos, que si, como Alberto, no ves, te puedes caer a la vía fácilmente, un conjunto de prefabricados donde están los aseos, las taquillas de renfe y las de los autobuses ("intermodal" significa que hay unos diez espacios para aparcar autobuses un poco más allá) y poco más. Te hacen bajar en un andén, seguir recto, bajar por una rampa hasta otra vía, cruzar andando la vía, subir por otra rampa al otro andén y luego, por rampa o escaleras, bajar a la parte de las taquillas y la calle. Una carrera de obstáculos, vamos. Y más, si eres discapacitado.


sábado, 18 de mayo de 2013

Este fin de semana.

Ayer, primero fue lo del vídeo y, por la tarde, ir a Alicante a recoger a Alberto, que ha venido a pasar el fin de semana en Orihuela para dar dos charlas sobre su libro, una en Pilar de la Horadada esta mañana y otra esta tarde en Orihuela a las 19 h. en la Librería Códex. Fue toda una odisea que ya contaré proximamente. Esta mañana he estado practicando alemán con tres compañeras de este curso y el pasado, mañana intentaré ver a mi sobrino, corregir todo lo que me falta y estudiar alemán... Me faltan horas cada día para hacer todo.

 

domingo, 12 de mayo de 2013

Lo que me contaron de la Guerra Civil.

Esto no es lo que leí en los libros, ni en internet, ni me enseñaron en la escuela (que no recuerdo que me enseñaran mucho, tres generaciones después aún lo seguimos ignorando casi todo y es un tema que se pasa por alto siempre), ni vi en las películas. Esto es lo que me llegó por tradición oral, de padres a hijos o de abuelos a nietos, hasta llegar a mí. 

Por un lado, mi abuelo Joaquín, del que ya hablé hace varios posts. Se fue voluntario a la edad de mis alumnos (16 años), lo hirieron y estuvo prisionero en un hospital, lo dieron por desaparecido, pero al final volvió. Se cambió la fecha de nacimiento para parecer un año mayor y haberse ido obligatoriamente. No podía soportar ver serpientes, ni siquiera en la tele. Se ve que se le enrolló una en aquellos tiempos y lo pasó fatal. Y siempre que nos dejábamos comida en el plato nos reñía diciendo: "¡Con el hambre que pasamos en la guerra!" Eso era lo único que contaba del tema, porque nunca quiso hablar de la guerra. 

Por otro lado, mi abuelo Julio. Estaba segando en Salamanca cuando el ejército de Franco se lo llevó. El dueño de la finca o el capataz, no sé, fue tan cabrón que no lo avisó hasta el día anterior a pesar de tener la orden de que se tenía que presentar desde muchos días antes, para que siguiera segando y acabara el trabajo. Así que, llegó casi por los pelos al sitio y hora donde se tenía que incorporar. Llegó a ser alférez y, al acabar la guerra, se le entregaban todos los republicanos diciendo que estaban cansados y él no sabía qué hacer porque hubo un momento en que tenía más prisioneros que hombres en su unidad.

Mi bisabuela Concha se empeñó en hacer cocido, que es tradicional aquí el día de Navidad, a pesar de que se lo habían prohibido. Mi bisabuelo compró el terreno donde se ubica mi edificio actual en abril de 1936 y ahí se construyó una casa. En esta misma calle se ve que había un cuartel o algo así y vinieron unos milicianos casa por casa a decir que no se podía celebrar la Navidad y amenazando a quién comiera cocido ese día. Pero mi bisabuela no era una mujer que se dejara amenazar, así que, hizo cocido. Eso sí, en Nochebuena, no en Navidad, por si acaso. Que una cosa es no dejarse amenazar y otra ser temeraria. Tampoco es cuestión de dejarse fusilar por un cocido más o menos. Luego no vino nadie a comprobar si comían o no cocido y no pasó nada pero, como lo que va delante, va delante, mis bisabuelos y abuela ya se lo habían zampado.

Y esto es lo que me quedó de la guerra: un abuelo campesino que no tenía nada que ver con las armas y estaba tan tranquilo segando hasta que se lo llevaron, otro abuelo campesino y zapatero que se fue voluntario a una edad en la que hoy en día la gente está estudiando aún y que lo pasó tan mal que nunca más quiso hablar del tema y una bisabuela que no se dejaba intimidar, por la que como cocido cada Navidad. Sólo faltaba que, ahora que soy libre para comerlo, no lo hicera. Va por mi bisabuela, que no sabía leer ni escribir, ni siquiera hablar castellano, sólo hablaba en valenciano, pero seguro que hacía unos cocidos impresionantes. Fuera Navidad o no, hubiera guerra o no. Su cocido era sagrado.

jueves, 9 de mayo de 2013

Europa.

Estoy haciendo un cursillo de la UNED que va sobre el bilingüismo, leyendo directivas europeas que promueven el aprendizaje de dos lenguas aparte de la propia, pero siempre para encontrar trabajo, para la movilidad entre los países europeos. Traducido: para ser mano de obra barata en países del norte de Europa. Encima, ahora piden esclavos con idiomas, el colmo de los colmos... Nunca se menciona en todos esos artículos, directivas, etc. aprender idiomas porque sí, por curiosidad, para conocer gente nueva, para enamorarte, para poder leer o ver películas en otra lengua, para tender puentes entre los que no se pueden entender porque no hablan ese idioma y tu país, tu lengua, tu cultura, lo más tuyo. 
Los idiomas han sido siempre muy importantes para mí, han sido mi vida, mi hobby y mi profesión. Pero así no, así me niego tanto a aprender como a enseñar idiomas. Me niego a ser esclava.

jueves, 2 de mayo de 2013

Ya tienes dos años.

Ya tienes dos años. Lo celebramos el sábado con una tormenta que te asustó y te hizo esconderte en el comedor y no querer salir a soplar las velas de tu tarta. Ya tienes dos años y estás contento con tus regalos, tus juguetes. Te sorprendes al vernos a todos juntos, todos tus abuelos y tus tíos, porque siempre nos ves por separado. Pero te acostumbras enseguida.



Hoy, los dos solos y sin lluvia, hemos arrastrado el tractor hasta la puerta. Tú querías salir a la carretera, yo quería volver a casa. Entonces ha ladrado el perro del vecino y te has asustado. Me has echado los brazos para que te cogiera, así que te he llevado en brazos de vuelta a tus padres, a tus abuelos, a la seguridad de la casa. Te preocupaba dejar el tractor allí, pero te has convencido cuando has visto que agarraba la cuerda para llevarlo a rastras con nosotros de vuelta. Te abrazabas a mí buscando protección y te besaba en la frente. Después te he columpiado y cantado canciones infantiles en inglés, que has coreado con tu lengua de trapo. También te he cantado canciones irlandesas como "Molly Malone" y "Oh, Danny boy" y me has llevado al puzzle que hace de alfombra en el comedor para sacar la A y decirme: "La A de Ana". Antes de todo eso, te lo has pasado bomba jugando con "la pala azul", "la pala verde" (aquella que encontré el año pasado abandonada en la playa y te la traje), "el rastrillo", "el camión", "los caracoles", todas esas cosas que ya sabes nombrar. "¡Cuántas flores!", has exclamado al ver las margaritas que había cogido tu abuela. Ya tienes dos años y se te nota.