Sentía como un golpe seco en el estómago con cada mirada de desprecio; cada desaire igual que una bofetada a mano abierta en la cara, como si el mar se estrellara contra las rocas, horadándolas, como cada silencio iba horadando su ánimo y su autoestima.
Las risas y las bromas, el ambiente distendido, la convivencia con empatía y comunicación, con cariño, se habían disuelto y parecían haberse escapado entre los dedos, entre las dudas de si alguna vez volverían a ser…
A dos manzanas de casa comenzó a desacelerar el paso, y hubiera querido caminar hacia el lado o hacia atrás, pero la inercia del caminante es continuar, aunque en ese momento percibiera que se iba acercando al borde escarpado de una costa, al límite de la tierra que pisaban con firmeza sus pies, y eso le causaba cierta ansiedad mezclada con curiosidad, temor y agotamiento en un cóctel perfecto de angustia líquida como el sudor que le provocaba la incertidumbre de qué encontraría al llegar a casa; ¿volvería a sentir el hueco sólido en el estómago, la gana contenida de llorar, la tremenda soledad de quien está siendo aislado sin consideración ni respeto?, ¿tal vez estaría ella o se habría ido para siempre?
En los últimos tiempos su rutina había dado tal giro que todo lo que antes era consistente ahora era fútil y absurdo. O estaba perdiendo la cabeza, o las cosas habían dejado de tener sentido e interés; la vida le estaba mostrando su faz más dura, lo estaba atrapando en un bucle del que no era capaz de salir.
El coche frenó en seco a cinco centímetros de sus piernas, el claxon se clavó en los oídos de la gente, en el pavimento, en los edificios, en los árboles, en todo, hasta que el conductor, realmente asustado, levantó la mano que lo presionaba y dejó de sonar, y le vociferó para que reaccionara y se disculpara por su despiste que casi le cuesta la vida. Pero él ni se inmutó, movió la mano saludando y terminó de cruzar la calle; es más, llegó a pensar que no le hubiera importado que el coche lo hubiera atropellado.
Las escaleras del edificio le parecieron acantilados inexpugnables.
Cuando llegó a casa se sintió agotado por el esfuerzo, y de nuevo, más que nunca, al borde del abismo, como una flor crecida en el precipicio.
©María José Gómez Fernández
Con esta aportación de #relatosAcantilados participo en la convocatoria de abril de @divagacionistas.bsky.social
Publicado en la recopilación de relatos de abril de Divagacionistas.