No habría más de cinco personas en toda la playa. Kilómetros de arena. Hacía frío y las olas rompían con fuerza contra la orilla, levantando una bruma que apenas me dejaba ver tu cara. Llevabas aquel abrigo negro, las solapas levantadas. El pelo despeinado y encrespado por el salitre. A ambos lados era imposible distinguir el final, el comienzo de las rocas que delimitaban el paseo marítimo, igualmente desierto. Habíamos llegado por la mañana. Último cartucho por quemar antes de encarar el fracaso. Nosotros siempre tan fuera de temporada, habías dicho nada más bajarte del coche. No contesté, pero me pareció que la frase era el resumen perfecto. Después de horas sólo habíamos conseguido mantenernos la mirada, los dos muy cerca, casi rozándonos con la nariz. Pretendiendo que aquello sustituyera a las palabras. Las mismas que nos juntaron y que ahora nos habían abandonado. Una gaviota pasó por encima de nuestras cabezas y atravesó la bruma para perderse en ella. Tú la seguiste con la mirada mientras te acercabas a la orilla, con un zapato en cada mano, balanceándolos. Imaginé entonces un gesto, un giro de cabeza que me invitara a acompañarte. Esperaba un punto y seguido. Pero continuaste caminando hasta que el agua comenzó a mojarte los pies. Fue la bruma entonces el telón que nosotros no habíamos sabido bajar. Y no se escuchó ningún aplauso.
11
Cuenta Sara Mesa en su último libro –el magnífico Un amor- cómo la vida a su protagonista se le remueve por completo y se le da la vuelta como un calcetín, en todos los aspectos, en menos de lo que tarda en gastar los 125 mililitros de un tubo de pasta de dientes. Pienso entonces en lo relativo del tiempo y, sobre todo, en las distintas huellas que deja su paso dependiendo de cada persona. Porque igual que esos 125 mililitros pueden dar para escribir casi 200 páginas de sacudidas vitales, también pueden contener la nada, la ausencia de acción, de movimiento. En la realidad pura y dura. El párrafo es sublime porque asusta. Contar cuántos tubos de pasta de dientes has consumido desde la última vez que algo cambió para ti, que tu vida evolucionó de alguna manera o que respiraste un aire distinto puede llegar a resultar desolador.
10
No había dejado de llover en cuatro días y la ciudad era un pantano salpicado de islas. Junto al ventanal, sentada en la mecedora de madera, fumabas un cigarro de liar mientras mirabas al vacío. O eso al menos pensé yo, que era el vacío lo que mirabas porque era eso lo que yo sentía. El vacío entre los dos. Una enorme sima por la que, si dábamos un paso en falso, no precipitaríamos sin posibilidad de escapatoria. No era ni mucho menos la primera vez que una grieta se abría ante nuestros pies. Había ocurrido a menudo, sobre todo al poco de mudarnos a aquel piso que nos convirtió en náufragos. El largo pasillo, vacío porque no teníamos cuadros con los que llenarlo, por el que nos cruzábamos como pasajeros del metro en busca del siguiente andén. Aquella habitación y su cama pequeña en la que fuimos dos no más de cinco noches. A la sexta, y con el pretexto del insomnio, te exiliaste al salón. Eran fallas que iban minando la estructura, pero que no auguraban derrumbe. Sin embargo, aquella tarde de temporal yo te sentía al otro lado de un socavón que esta vez sí parecía imposible de sortear.