Una cola que da la vuelta a todo el edificio, una mole gris sin apenas ventanas. Miradas de hastío, de vergüenza, de miedo. No avanza. Pero no hay prisa, no hay otro lugar adonde ir. Nadie espera. El minutero nunca se detiene y dentro de poco una cabeza asomará por la puerta. Un vuelva usted mañana que la mitad de la cola no escuchará y que el boca a boca convertirá en una gélida ráfaga de viento que agitará al resto como certero aviso. Será dura la noche. La ciudad es grande, pero la hostilidad no conoce límites. Una ciudad de brazos abiertos, dicen. Una ciudad manca, piensa él.
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Sólo quedan fotos. Son las únicas testigos de lo que un día hubo. Sin ellas, cualquiera diría que todo es puro invento. Pero es ella la única que las ve. Colgadas en esas paredes cubiertas por un papel sucio y rasgado. Círculos rojos sobre fondo verde. El telón con el que se inaugura la nueva vida, que no es más que unos escombros sobre los que es imposible que agarre cualquier realidad. Hay otras fotos, claro, pero ésas están apiladas en un esquina. A la que nunca llega la débil luz que se arrastra bajo la persiana siempre bajada. Desde hace días. Desde que llegó, en realidad. Mete la mano en su bolsillo y tantea las cerillas. Llegará el valor, piensa. Llegará.