Acodado en la barandilla del puente, observaba las estelas que dibujaban los aviones en el cielo. Pareciera que un niño hubiera cogido un lápiz con la intención de aprender a dibujar. La ciudad se adentraba ya en los últimos minutos de luz y seguía sin encontrar el pulso perdido. Había vuelto allí con esa intención, la de estar de nuevo en plenitud. Y tras un día vagando por las estrechas calles, bebiendo cerveza en cada una de las tabernas que se encontraba, intentando entablar conversación con todo aquel que quiso escuchar, había quedado sumido en un desconsuelo absoluto, ese que sólo proporciona el reconocimiento de que es imposible volver a habitar el tiempo pasado. Uno puede volver a la ciudad en la que una tarde fue feliz e intentar repetir todas y cada una de las cosas que hizo, caminar por las mismas calles, observar las misma cosas, pero el latido siempre será distinto. Porque, en realidad, lo que uno busca no se encuentra en el dónde sino en el cuándo. Y ese cuándo, como acababa de comprender mientras veía a la ciudad sumirse en la oscuridad, es inalcanzable.