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La Hoja Viajera: Un Cuento de Aventura

Cuento infantil
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LA HOJA VIAJERA

Alicia Morel (Chile)


En lo más alto de un Álamo muy alto, había una hoja que bailaba más rápido que las otras.
Un rato mostraba su cara verde, otro rato su revés de plata. Tal vez fue el viento que el que
la entusiasmó, o lo que le contaban los pájaros; la Hoja quería volar muy lejos y conocer
otros lugares.
— Quiero ver lo que hay detrás de los cerros y lo que sucede más allá de esta fila de sauces
que tapan el horizonte.
—Pronto llegará el otoño y podrás volar donde quieras —murmuró el Viento, soplando
alrededor del Álamo.
— No quiero volar cuando esté vieja, sino ahora, que soy joven y fuerte, con ganas de ver
el mundo.
Una mañana, la hoja dio un tirón y aprovechó el Viento sur para alejarse.
Después de dar varias vueltas por encima de bosques y campos, el Viento cesó y la hoja
cayó blandamente.
— ¿Dónde estoy? No conozco este mundo sombreado… ¿Quién anda por mi cara? Dime
¿En qué lugar caí?
— En un huerto de frutales. Estoy muy apurado, no tengo tiempo para conversar. —
Contestó un escarabajo y se alejó lo más rápido que le permitían sus patas tiesas.
Sopló un aire suave y la Hoja oyó las voces del huerto.
El Viento creció de pronto y la arrastró hacia un riachuelo.
— ¡Ahora soy un barco! — gritó, sintiendo la frescura del agua.
El agua se detuvo en un remanso; suaves ondas empujaron a la Hoja hacia la orilla; al tocar
tierra, estiró su ala verde.
— ¿A dónde iré? Tengo que apurarme porque luego me pondré amarilla — murmuró,
arrastrándose lejos del agua.
— ¡Vamos hacia el mar! — Sopló el Viento de nuevo.
La hoja volvió a elevarse. Abajo, deslizaban montes y colinas. Y allá lejos se vio el lomo
verde-azul del mar que se movía a todo lo ancho del horizonte, tocando el cielo.
— ¡Ahora comienza la gran batalla, el juego de los gigantes! —Cantó el Viento lanzándose
contra las olas.
La hoja desapareció por largo tiempo, llevaba de acá para allá, hasta que una ola más fuerte
la tiró a la playa, entre cochayuyos (algas marinas comestibles) y caracoles vacíos.
Se había puesto completamente amarilla.
Entonces crujió llamando al Viento.
— Amigo, gracias por mostrarme al mundo. llévame donde mi padre Álamo para
arrugarme y desaparecer junto a mis hermanas.
El Viento, compasivo, llevó a la viajera bajo al Álamo, donde compartió esa muerte
ignorada y bella de las hojas secas.

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