Georges Moustaki
Pedro M Martínez
No se distraigan los incondicionales, no miren para otro(s) lado(s) que aún sin saber de qué va esta historia seguro que algo sacarán en limpio. O en sucio. Mueren los héroes y los cobardes, murió Cortázar que tenía talento y una dentadura horrible, murió Valente que nos dejó poemas como perlas y su mal humor. Que nos esperen mucho tiempo.
From the book Tsiganes. Wanderndes Volk auf endloser Straße; Otto
Daetwyler (Fotos) und Matéo Maximoff (Text), 1959
Respiro y miro la luna, busco las palabras que naveguen como barcos triangulares por el mar de este blog oscuro y torpe, valen solo las que sobrevivan al huracán de la indiferencia. Hay un verso pendiente, ese que nunca escribiré, una sospecha desesperanzada, la sombra de una sonrisa detrás de un maquillaje de naufragio. Los niños juegan con espadas de madera, en el patio ha crecido el musgo y el solidago, no todo está hecho y el chasquido de las promesas rotas, ese plof, plof de las pisadas estipuladas, el recorrido de los intrusos, no habla precisamente de victoria sino de abstinencia. Vaya plan.
Daniel Richter (German, 1962), Fühlung, Flirrung, Flüchtung [Feeling, Shimmering, Fleeing], 1999
Esto va de contar de un día para otro, contar sin contar, a nadie
le importa, no estoy para nadie, he cerrado todas las ventanillas con candado,
vuelva usted mañana, me he puesto otra máscara, tengo la memoria perdida de
libros, poemas, disquetes de ordenadores antiguos, cuadernos de anillas con
apuntes al estilo Walter (Benjamín), cuerdas rotas de una guitarra de Bill
Frisell y una piedra de tamaño regular encima de la cabeza. Ahí vamos. O
venimos, que ya no sé, me lío.
De lectura obligada
(para amantes del género).
Death of Ellenai (1906-07) - Jacek Malczewski (1854–1929)
Hoy me han llamado. El cuerpo inmóvil bajo las blancas sábanas. Un tubo entra por su nariz y conduce una substancia parda. Los brazos asaetados por vías que le mantienen sedada, alimentada, con vida, aún. Duerme, su cara indica sufrimiento, es la de una anciana. El páncreas se ha roto, algo así he entendido a su hijo. ¿Qué sabíamos entonces de vísceras, del hígado, de los riñones, del estómago? Éramos habitantes de la epidermis. No puedo hablar, no me sale la voz. Los días han corrido, atropellándonos, fue fugaz el tiempo de alegría. Me miro al espejo, soy ese que no entiende nada, que teme, que embarduna el ayer en esta habitación de hospital mientras un demonio apaga el último rescoldo de la esperanza.
Parker pasa de la periferia al núcleo en un tris tras, ni se
lo piensa. En los últimos tiempos cuatro veces (al menos de las que hay
constancia escrita). Y es que en el esto, en eso, se le nubla la vista y
embiste, ciego, primario, elemental (como Watson). Son malos tiempos para el
esto pero Parker lleva la experiencia del entonces, la intuición del ya, ese
saber hacer del chuloputa (pero Pedro ¿Qué dices/escribes?), el oficio del
monosabio, del puntillero, del caballo con peto, del primate que te mira detrás
de los barrotes de la jaula del zoo y sabes que sabe (qué jodido gorila). Aquí
cada uno/una pone sus peros, sus perros, sus músicas, sus cuadros cuadrados,
sus traumas, su soledad, su bajo vientre, los espejos. Hablando de eso, Parker
trae hoy una bola de discoteca, una con espejos (no redundo) una de esas con
cristales (los diminutivos infantilizan lo que digo y no) que reflejan y
emboban, es decir su periferia con volantes. Parker está en ese borde que das
un paso y estás en Cuenca, das otro y te vas barranco abajo con las cabras, los
conejos y el Zorro (tengo las pruebas), por eso se queda quieto, mira p’allá y
a otro perro con ese hueso, que se muevan ellos, es decir vosotros, tú,
qu’estoy hasta aquí (y señalo el punto de mi anatomía que prefieras, el núcleo
mismo ) de reguetón. Es lunes ¿No?, Semana Santa, que poco queda de esto y eso.