Un minuto de silencio por el maestro: susurraban las siluetas
Lágrimas por la magia quebrada por tanto egoísmo
Luces apagadas
A peter pan lo han matado
Un minuto de silencio por el maestro: susurraban las siluetas
Lágrimas por la magia quebrada por tanto egoísmo
Luces apagadas
A peter pan lo han matado
Me desperté de mal humor, con un hambre insaciable y con deseos de no despertar: era mi cumpleaños una vez más.
Hace dos semanas era una chica de las que solo en sueños se veían: pelo negro como la noche; ojos verdes sensuales y de mirada pícara; labios carnosos y siempre bien delineados; y un cuerpo que era mi mayor tesoro: después de dedicarme toda la vida a el deporte y estar en portada de revistas juveniles, me sentía orgullosa de él. No había hombre que no me mirara o me deseara. Tal vez se escuche prepotente, pero, cuando toda tu vida has sido la fijación de hombres de cualquier edad, creo que es normal aceptar quien eres. Aún así me costó muchísimo conquistar a mi pareja, ya que era difícil que un chico inteligente, culto y responsable no se desquiciara por celos o me dejara de amar por los típicos rumores que circulaban en la universidad. Yo no era unos senos o un polvo rápido en el suelo de cualquier hotel de las afueras: tenía y tengo sentimientos, aunque ahora, dudo que alguien me mire con admiración y mucho menos con amor.
Que agradable es poder expresarme sin balbucear o sin que la saliva se derrame por mi barbilla al intentar decir una sola palabra. Que sencillo poder plasmar mis pensamientos y mis recuerdos en una hoja de papel sin que se me parta una uña o un dedo, o lo que es peor, derramar este líquido rojo lleno de grumos y dolor, que llaman, fluido de la vida: ¡ja, ja, ja!, que irónico se leyó eso: vida.
Estoy muy enfadada, demasiado. ¡¿Además, incrédulo lector, te tengo que explicar que ocurre o que paso?! Para resumir diré que estoy muerta. ¡¡¡ Sí!!! ¡¡¡ Cómo le lees, estoy muertaaaaaa!!! Muerta para unos, demasiado viva para otros.
La literatura es mágica y por medio de ella lees mis pensamientos, aunque yo no desee que mires dentro de mí. Me encantaría apartar tú mirada, llena de duda, y que observaras mi infierno, para que no dudes más… pero no soy tan cruel, y sin ti, seguramente mi historia se perdería en las sombras de mi pasado. En fin, ya que no puedo hacer nada, empezaremos con mi pequeña y breve historia.
Como dije anteriormente, estudiaba en la universidad. Por la noche era monitora de fitness en un gran gimnasio de la ciudad. Vivía en una habitación del centro con dos amigas más, aunque eso no evitaba que mi novio entrara cada noche a mi cama. Por resumirlo, tenía todo lo que deseaba: buenas calificaciones, trabajo bien pagado y amor a raudales.
Un día saliendo del gimnasio, fui directa a mi tienda preferida a tomarme un café bien cargado para aguantar una noche de cine con un par de amigas que empatizaban con el género romántico: ¡¡¡ como odio esas películas!!!, pero ya hacía varias semanas que las evitaba con alguna razón estúpida. Al salir, un claxon de un coche, desvió mi mirada y ahí estaba él, sacando la cabeza por la ventanilla con un gran ramo de rosas: ¡¡¡Luna, ven, apresúrate!!! Corrí hasta su coche y abrió la puerta del copiloto. «Luna, tengo una sorpresa para ti», dijo con una sonrisa y una mirada que siempre ponía, cuando una buena noticia me escondía entre nervios y entusiasmo. «Cierra los ojos y abre las manos». Yo sonriendo, cerré los ojos y puse las manos boca arriba, esperando alguna caja con algún regalo. Noté que algo alargado con tacto a papel tocaba las yemas de mis dedos. «¡¡¡Abre los ojos amor!!!», me dijo exaltado. Abrí los ojos y vi una hoja de papel plegada. La abrí y mis ojos se llenaron de lágrimas al ver de qué se trataba: viaje para dos personas a Japón. “¡¡¡Japón amor, Japón!!! Dijo dándome un abrazo y besándome en las mejillas. Yo llevaba años deseando conocer el continente asiático y siempre por alguna razón, se posponía. Pero esta vez no sería así. Ya llevábamos tres años juntos y me lo debía o al menos no dejaría que me dejara en esa mísera ciudad otras vacaciones. Aún estábamos en Febrero y quedaba un mes, pero la alegría me estaba volviendo loca.
Febrero fue un mes lluvioso y lleno de stress: tenía que dejarlo todo bien atado, para que en la universidad y en el trabajo me dieran esos quince días que tanto deseaba. Trabajaba ocho horas al día y estudiaba otras siete. Necesitaba alejarme de todo aquello y vaya que lo haría. Y así fue: pasó el mes más lento de mi vida pero llegó ese soñado día. Hasta el cielo nos despedía sin lluvias y algo de calor.
Día cuatro de marzo, seis de la mañana: teníamos por delante más de dieciséis horas de viaje. Aguanté ronquidos, lloros y comidas insípidas, pero por fin llegamos. Una voz en diferido del capitán, nos comunicaba que llegábamos a Tokio, con el consecuente aplauso de la tripulación. Yo solo miré a mi novio, le di un beso nervioso y agarré mi maleta de mano, ansiosa, como niño que mira el reloj el último día de escuela, antes de las vacaciones de verano.
Y se preguntarán ustedes: ¿Por qué Japón? ¡¡¡ Bueno, querido lector!!! ¡¡¡ Estudiaba filología japonesa en la universidad!!! Mi futuro, si es que algún día lo tuve, era dedicarme al turismo en Asia oriental. Entendía bastante bien el idioma y adoraba la cultura asiática.¡¡¡ ¿Ahora entiende mi incrédulo lector?!!! Entonces prosigamos sin interrupciones.
Teníamos un tour bastante extenso por aquella gigantesca isla. Primera parada, Tokio: Una gran ciudad donde las personas solo viven para trabajar. Personas que parecían sonámbulas, con un estilo de vida casi robótico. Grandes estaciones de metro, donde, miles de personas se agolpaban, para llegar pronto a sus respectivos negocios. Edificios gigantescos y luces en cada calle, que iluminaban los rostros apagados de la juventud nipona. Me gusto esta ciudad pero me entristeció la forma de vida sin diversión. Nos quedamos dos días en esa majestuosa ciudad: todo eran risas y acercamientos cariñosos. Creo que necesitábamos salir de la monotonía y mucho más de la lejanía de la relación. Éramos uno en esos días y yo, tenía tanto que agradecerle, que se lo demostré cada segundo que pasamos juntos.
A la mañana siguiente todo se nubló extraño: él no sonreía, estaba sumido en una apatía que me dejaba con media sonrisa. No sabía si acariciarle o preguntarle qué pasaba. Tal vez era por el cansancio, ya que hoy nos iríamos de nuevo a otra ciudad. Era increíble ver tanta majestuosidad pero estábamos cansados de tanto caminar. Fuimos a tantos sitios e hicimos tantas cosas, que creí que se nos acabaría el dinero solo en ese primer trayecto del viaje. Algo imposible, ya que llevamos los ahorros de todo un año para el gran viaje. Pero bueno, como decía, en una hora nos Íbamos a “la ciudad de los árboles», Senday y su capital, Miyagi. Allí nos quedaríamos cuatro días y nos íbamos a relajar más que en Tokio. Esta vez planeamos algo mejor el recorrido y quedaba bastante tiempo para el descanso y las largas charlas entre los dos.
Llegamos a un enorme hotel y el día era el más caluroso que todos. Gracias a dios tenía una piscina y servicio «todo incluido». ¡¡¡Me encanta ser turista!!! ¡¡¡Ja, ja, ja!!! Comimos y nos tumbamos en las toallas cerca del agua fría. Ya notaba una delicada sonrisa en él y empezó a hablarme: ¡¡¡ Luna, ¿no estás harta ya de todo?!!! Un momento, espera, ¿a qué vino esa pregunta?, ¿no se lo pasaba bien conmigo?, pensé. ¡¡¡ En serio Luna, contéstame!!! ¡¡¡ ¿No estás harta de que tu vida sea siempre lo mismo?!!! Yo solo le miré, me reí y le dije: ¡¡¡ ¿has visto que día tan perfecto?, vayamos al agua!!! El camarero se acercó, nos ofreció unas bebidas y sonrió a mi novio de una forma que me dieron celos. ¡¡¡ No gracias, estamos bien así y casi ya nos vamos!!! Le dije. Mientras íbamos al hall del hotel, se divisaba como el camarero seguía mirando hacia donde estábamos. Yo me reí y le dije: ¡¡¡ tienes al camarero loco por tus huesos eh!!! Él solo miró hacia el suelo y siguió su camino sonrojado. Le seguí haciendo bromas por un rato, hasta que me respondió: ¡¡¡no tiene gracia, ¿ok?!!! Y se acostó en el sillón de la habitación. Después de esa tarde, no le volví a decir nada. Volvió la seriedad en su rostro y por consecuencia, al mío. Vimos una película echados en la cama, abrazados pero distantes. Sin dedicarnos ni una mirada de complicidad, hasta quedar dormidos, separados y dándonos la espalda.
A la mañana siguiente me desperté y me encontré sola en la cama y un mensaje en la almohada que decía: ¡te espero en la piscina, no aguantaba el calor! Me duché y bajé las escaleras hasta la piscina pero no le encontré. Fui al restaurante y tampoco. Pregunté por él en el Hall y nadie sabía nada. Así que me fui a la piscina de nuevo para esperarle. Me quedé casi dormida, cuando, con los ojos entreabiertos, le vi salir de la caseta de urgencias y me asusté. Me levanté y al intentar acercarme a él, vi como el camarero que tanto me enfureció el día anterior, salía detrás de él componiéndose su ropa de trabajo y acercándose a él.
Me acerqué más y el camarero, sin haberme visto aún, le agarró de la cintura y besó su cuello con lo que casi me desplomo. ¡¡¡Qué estaba pasándolo!!! Llegué donde se encontraban y pude llegar a oír que el camarero le agradecía aquel momento de sexo. ¡¡¡ ¿Sexo?!!!. ¿Qué estaba pasando?, ¿me dormí y es una pesadilla? Esas cosas a mí no me podían pasar: a mí no. La relación más larga que he tenido y por la que más he luchado, se evaporaba delante de mí. Me había convertido en la novia perfecta: fiel y comprensiva. La que apoyaba cada proyecto de vida que tenía su pareja. No daba crédito a lo que mis ojos habían visto.
Corrí sin mirar atrás. Tropezaba con todo: con las chicas de limpieza que salían del hotel; con personas en el hall y hasta con mi propia alma. Me notaba desvanecer a cada paso que daba. Por fin llegué a la habitación y, mientras las lágrimas caían de mis mejillas, mi ropa se agolpaba en una pequeña maleta de mano. ¡¡¡ Esto sí que no me lo esperaba!!! Grité una y otra vez. Agarré todo lo que pude y en ese momento entro él… ¿Qué haces Luna?, ¿por qué lloras? Yo, en una simple mueca de odio le dije todo, agarré mi maleta y me fui de la habitación, mientras el gritaba improperios por todo el hotel. Al salir fui hasta el primer taxi que vi a las puertas del hotel, me subí y me fui sin mirar atrás. Recorrí más de dos horas, cuando le dije al taxista que parará: ante mi cuerpo destrozado, una bella playa silenciosa y sin nadie cerca. Había llegado a Miyagi, la última parada que deseábamos ir. Me senté en la arena y solo podía sentir rabia por lo que me había pasado. Mis lágrimas no paraban de recorrer mis mejillas, haciéndome sentir más frágil que nunca. Pero en un minuto me perdí en la inmensidad del océano que había ante mí… me sentí insignificante ante tanta majestuosidad y en un abrir de ojos vi que algo caía en el horizonte… Una mancha negra caía en el mar y en cuestión de segundos el agua emergió como un gigante sifón y una nube de color blanca nublo mi vista. Solo me acuerdo que una enorme ola de calor se acercaba a mí hasta que quedé inconsciente.
Desperté al anochecer, con lo que había pasado muchas horas en el mismo lugar: estaba empapada, cubierta de arena y rodeada de peces muertos. No entendía nada pero deseaba hacerlo. Me levanté con las pocas fuerzas que me quedaban y me dirigí al centro de la ciudad. Mis ojos no podían creerlo, la ciudad estaba desolada: ni un edificio estaba en pie y solo se escuchaban alarmas de edificios y llantos de personas. ¿Qué diablos está pasando?, ¿por qué toda esta gente estaba hincada, llorando entre escombros? Algo fatal había ocurrido y no era consciente de la gravedad.
Corrí entre lamentos, tanto que me empezaron a doler las piernas. Oculté mi suciedad con una manta roja que encontré en una parada del autobús y me escondí entre la multitud del tren que iba hasta el centro de la ciudad.
Al llegar a la terminal, busqué desesperada como llegar al hotel donde nos hospedábamos y no entendí nada. Solo un zumbido incesante, penetraba mis oídos hasta mi propio cerebro, aturdiéndome. Intentaba hablar pero algo áspero tiraba de mi lengua hacia atrás y me impedía hablar. La gente me miraba extrañada y evitaban el contacto: olía mal y mi ropa estaba desgarrada.
Después de caminar hasta el cansancio vi un supermercado a lo lejos, corrí hasta el escaparate quebrado y me introduje en el local. Había poco que llevarse a la boca: la gente desesperada asaltó cada local del centro, para evitar que el hambre llegará a sus vidas. Había muchas personas dentro, metiéndose en sus ropas, todo lo que encontraban, sobre todo comida enlatada. Yo iba directa a los líquidos: tenía tanta sed, que se nublaba mí vista solo de pensar que una gota de liquido corriera por mi garganta. No había nada, ni una simple lata de refresco. Me acerqué hasta los puestos de congelados y lamí los congeladores industriales intentando encontrar pedazos de hielo que saciaran mi sed. Los restos que quedaban sabían a plástico pero al menos me dejaron agua en los labios. Luego fui corriendo hasta los envases y solo pude llevarme unas cuantas latas de atún caducado que se esparcían por el suelo.
Me senté en el suelo y al abrirlos, el olor me recordó a los peces que antes decoraban la orilla de la playa, con el color azulado de sus escamas y con el blanco del plumaje de las gaviotas que los devoraban. Muertos o no, eran comida. Pero esas latas me daban tanto asco y que tuve que desecharlas.
Al salir del local, la gente me miraba y pude entender que decían: ¡¡¡ mirad, ahí hay uno!!! No entendía el porqué de sus miradas y en un instante tres hombres con barras de metal en las manos se acercaron a mí golpeándome en la cabeza. ¡¡¡ ¿Qué estáis haciendo?, ¿Por qué me golpeáis?: pero ni una sola palabra salía de mi boca. Solo un ronco balbuceo debido a esa áspera cosa que sentía en mi boca. Me siguieron golpeando tanto que me tiraron al suelo y mis ojos se tiñeron de sangre, pero, antes que me desmayará, vi a más personas que fueron a mi ayuda. No vi nada, y casi no podía distinguir lo que pasaba: solo oía gritos.
Cada día iba descalza y a obscuras a la cocina, como si un velo impenetrable la defendiera de los miedos nocturnos. Llegaba y tomaba un trago de agua e iba al baño y luego a su cama.
Día tras día, hacia ese recorrido en las frías madrugadas y sorteaba con su mano puertas y esquinas. Tal vez, no encender alguna pequeña luz, evitaba que el reflejo se amontonara en su mente, creando esculturas monstruosas peores a las que se imaginaba tentando el camino.
Esa noche era igual a todas: en el reloj marcaban las tres y doce de la madrugada y ella se dirigía a la cocina. Sorteó la puerta del pasillo y camino recto para saciar su sed. Al terminar de beber, dejó la botella casi vacía en una pequeña mesa y salió de nuevo al salón. Imaginando ya el golpe con la puerta, alargo su mano, pero toco algo más suave y blando que la madera que rodeaba el marco de la puerta: algo que latía y respiraba para su desgracia. Sintió su poder sin acercarse más y sintió tal miedo que evitó que susurrara palabra alguna. Alargo su mano izquierda y encontró el interruptor de la luz y encendió la liberación. Se encontraba a pocos metros de la puerta, alargando su mano al vacío, a una nada inexplicable y sus lágrimas empezaron a brotar
Se pasó toda su vida mirando a las estrellas. Como si alguien o algo estuviera observándole.
Desde pequeño leía a los grandes astrónomos y pensantes de la época con gran devoción. Siendo más mayor, utilizó sus ahorros de su primer trabajo fijo, para comprarse un buen y refinado telescopio, con el que arañaba las horas observando galaxias y planetas en busca de algo más. Su objetivo siempre fueron ellos y nunca pudo saber si aquella luz vibrante en la opacidad de la noche, era un objeto volador o sólo una estrella más, vibrando por sus nervios en el objetivo.
Tal vez los buscaba con tanto ahínco, sólo por dar razón a sus excentricidades. O tal vez se sentía parte de un «algo» mayor y majestuoso, que le hacía sentir, que su planeta solo debía ser el principio. Eso nadie lo sabe, pero lo que él si supo, es que cuando los encuentras y estás frente a frente a aquellos seres, la sonrisa se desdibuja para encontrarse con el pavor, la búsqueda se convierte en el olvido y los sueños de grandeza permanecen en una habitación fría llena de instrumentos quirúrgicos nada agradables al ser humano.
Se pasó toda su vida mirando a las estrellas. Como si alguien o algo estuviera observándole.
A Jesús Fernández de Zayas…»Archimaldito».
Caminando descalza en un paraíso de humo
Mirando a mí alrededor, mientras me despojo de mi alma
Alcanzando a vislumbrar un poco de calma
Ya no soy el triunfo que colgaras en la pared
Nadie se fija en la soledad de un ser en la lejanía
Nadie quiero rozar la piel, ni siquiera te atreverías.
Mis ojos perdieron su brillo en un mar de sangre
Únicamente queda una permanente obscuridad
Una triste historia y una lamentable verdad.
Te pido disculpas antes de empezar a buscarte entre sueños
Perdona por lo que ocurrirá y por lo que no pasara
Perdona por tenerte que buscar
No será en vano, todo tiene su recompensa
Para mi serás el plato, para ti seré el descanso
Tu cuerpo en una bandeja, mi sed cesando.
Solo te pido un humilde favor
Si nos ves…. corre sin detenerte jamás,
Hasta que me olvides y no quieras regresar
Hasta que se no veas mas que luz y no surcos de sangre en la ciudad.