Desde que tuve uso de razón y hasta 2007, año en que murió mi padre, cada 18 de agosto por la mañana invariablemente le oía decir: «18 de agosto, santa Elena, xx años de la explosión». Era como un ritual. Luego iba contando diversos detalles, algunos repetidos y otros nuevos, de forma que algunas escenas es como si yo misma las hubiera vivido, de tantas veces como las he oído contar. Mi padre no estaba ni más ni menos obsesionado que cualquier otro gaditano de la época, pero es que para las personas que tengan una edad suficiente como para tener recuerdos sobre lo ocurrido en Cádiz el 18 de agosto de 1947 el hecho debe haber sido lo más impactante que hayan presenciado en sus vidas.
En 1943 llegaron a Cádiz, procedentes de Cartagena, unas 1.600 cargas explosivas procedentes de la Guerra Civil y de la Segunda Guerra Mundial. Debían ser almacenadas en unos polvorines construídos al efecto en la sierra de San Cristóbal, en unas cuevas artificiales, pero mientras tanto se depositaron en Cádiz en dos almacenes próximos entre sí en las instalaciones de la Base de Defensas Submarinas de la Armada, donde también se encontraba el Instituto Hidrográfico de la Marina. Esas instalaciones estaban extramuros de la ciudad, rodeadas de algunos barrios humildes e instalaciones industriales, como los astilleros de Echevarrieta y Larrinaga y la fábrica de Gas Lebón, pero también la Casa Cuna, el Hogar del Niño Jesús (orfanato), el Sanatorio Madre de Dios, la clínica del doctor Sicre, los consulados de Brasil y Colombia, varios colegios públicos, numerosos chalets donde los gaditanos veraneaban y la parroquia de San Severiano (en construcción). Aunque estuvieran fuera de la muralla estaban a muy poca distancia del centro de la ciudad, por ejemplo, casi al lado de los muelles comercial y pesquero, la estación de tren y a 500 metros en línea recta del Ayuntamiento.
A las 10 menos cuarto de una animada noche de agosto estallaron las cargas del almacén nº 1. Unas 200 toneladas de trinitotolueno que arrasaron completamente todos los lugares antes mencionados y dejaron la ciudad completamente a oscuras, sin agua y sin comunicaciones. Un buen tramo de la vía del tren desapareció, los postes del tendido eléctrico salieron volando y la red del suministro de agua reventó, dejando sin abastecimiento a toda la ciudad. Tampoco había líneas telefónicas ni telegrafía. La muralla que rodea el casco antiguo hizo como una especie de pantalla frente a la onda expansiva, lo que ayudó mucho, pero no impidió que se rompieran prácticamente todos los cristales de la ciudad, y que 2.170 edificios del casco antiguo se vieran afectados de diversas maneras. El fogonazo de la explosión se divisó claramente desde Sevilla al monte Hacho (Ceuta) y los incendios se vieron perfectamente durante horas desde diversos pueblos de la provincia de Cádiz. El ruido de la explosión se oyó hasta en Isla Cristina (Huelva). En Portugal creyeron que era un terremoto.

La cifra de muertos oscila entre 155 y 151 y los heridos fueron más de 5.000. A esto hay que sumar una cifra indeterminada de alumbramientos de niños muertos por lesiones traumáticas en los fetos o por partos prematuros que se produjeron en los días siguientes a la explosión, además de un número indeterminado de personas con secuelas permanentes de tipo físico o psicológico. La mayoría de las víctimas mortales fueron niños de la Casa de Cuna, huérfanos y monjas del Hogar del Niño Jesús, dotación de la propia Base de Defensa Submarina y habitantes de las casas de alrededor, así como 20 trabajadores de los astilleros, es decir, de la zona más inmediata a la explosión. Llegué a conocer a una señora que aquella noche perdió a su marido y a todos sus hijos, salvando ella la vida por una increíble casualidad. Como tenía dolor de cabeza, estaba echada en la cama. Con la explosión, el armario del dormitorio, situado delante de la cama, cayó sobre ésta pero, a medida que caía, la puerta se abrió por la inercia, de forma que el mueble formó una especie de cofre sobre ella que la protegió del derrumbe de su chalet. Algunos veraneantes de fuera de la ciudad resultaron muertos, al ser aquella zona de chalets. Hubo varios casos de familias enteras que perecieron, con cinco y siete miembros muertos. También algunos personajes muy conocidos, como un ex-ministro y un catedrático de la facultad de Medicina de Sevilla.

Pero lo peor era que el almacén nº 2 podía estallar también en cualquier momento, porque con la explosión se produjo un incendio que ya estaba llegando a las minas allí almacenadas. De forma espontánea, un capitán de corbeta llamado Pascual Pery Junquera (1) y siete marineros se introdujeron de forma casi suicida en aquel segundo almacén en llamas, y lograron apagar el fuego utilizando sólo sus manos, la tierra y los escombros que había dejado la explosión. Por otro lado, un grupo de personas empujaron varios cientos de metros un vagón cargado de explosivos que se encontraba en las vías del tren, cerca de la explosión, hasta dejarlo en una zona más segura.
Fuerzas del ejército, marina, guardia civil e infantería de marina llegada de San Fernando se ocuparon de la zona más peligrosa. El temor de que estallara el almacén nº 2 tenía a muchos completamente atenazados. Sin luz ni comunicaciones toda la operación se hacía mucho más complicada. Y aquí surge otro de esos personajes a quien no sabes si calificar de loco, de chulazo o de héroe. Se trata del teniente del Tercio del Sur de Infantería de Marina Francisco Aragón Ruiz, designado para reconocer la zona de las minas. Esperó así como unos diez minutos por si se producía la explosión del segundo almacén, y como ésta no ocurriera, pidió voluntarios, presentándosele todos sus soldados. Elige a unos cuantos con dos cabos, llega al lugar siniestrado y, para animar y tranquilizar a los suyos, se dirige con toda calma hacia las minas que se temía que podían estallar, se sentó sobre una de ellas, lió un cigarrillo, frotó sobre la mina la cerilla para encender su pitillo y dijo: ¿Veis cómo no hay peligro ya? (2).

En el centro de la ciudad, mientras tanto, la confusión era enorme. En medio de una oscuridad absoluta se pensó que la explosión se debía al guardacostas Finisterre, atracado en el puerto con un cargamento de pólvora o al crucero Méndez Núñez. Una vez identificado el foco de la explosión, a gritos por las calles oscuras y por encima del ruido de las pisadas sobre los miles de trocitos de cristal, se aconsejaba a la gente que abandonara las casas y se dirigiera a la playa, puesto que no se podía ver ni saber en qué condiciones estaban los edificios.
Mi madre tenía 14 años y en ese momento estaba subiendo la escalera de su casa con sus padres y dos hermanos más pequeños. La onda expansiva los tiró a todos sobre los escalones, pero no sufrieron ni un arañazo. Ante la incertidumbre, pasó la noche en el primer piso del edificio, donde vivía su abuela, en lugar del tercer piso, donde estaba su casa.
Mi padre tenía 15 años y estaba en un cine de verano. Dada la fecha y la hora mucha gente estaba en la calle, de forma que muchas personas se echaron a la calle de forma absurda, en medio de la oscuridad, llamando a gritos a familiares sin tener ni idea de por dónde buscar. Toda la familia de mi padre resultó sin novedad. Aunque eran muchos, fueron llegando poco a poco a su casa como pudieron.
Hubo que organizar sobre la marcha un plan para atender a todos los afectados, para proporcionar agua potable a la población, para recuperar e identificar los cadáveres, para proporcionar asistencia médica… En aquella época todavía no existían planes para este tipo de emergencias, y hubo bastante descoordinación. Nadie sabía exactamente lo que tenía que hacer y cada uno actuó a la buena de Dios. Sin agua para apagar los incendios, sin luz para buscar a los muertos y heridos bajo los escombros, sin poder pedir ayuda a las poblaciones vecinas y sin un plan de emergencia ni un mando único que coordinara todo, con mucha buena voluntad y un buen montón de voluntarios civiles, se va haciendo lo que se puede. Algunos médicos, entre los que habría que nombrar a Venancio González, Jacinto Maqueda Domínguez, Joaquín Flores y Salvador Ramírez, trabajaron cinco días sin descanso.
Como suele pasar, lo mismo que mucha gente se volcó en ayudar, también hubo saqueos. Incluso llegaron saqueadores desde otras poblaciones tan alejadas como Jerez. Mientras se sacaban cadáveres de debajo de los escombros, algunos cargaban camiones con mármoles y tuberías de plomo de los chalets más lujosos de San Severiano y Bahía Blanca.

Los cadáveres se trasladaron al cementerio, donde permanecieron a la espera de identificación, bajo el calor de agosto y sin cámaras frigoríficas. Se movilizó a cuatro fotógrafos para que fotografiaran a todos los muertos, para facilitar la identificación. En muchos casos ésta no fue posible por tratarse de recién nacidos y niños de la Casa Cuna y del Hogar del Niño Jesús, que no fueron, evidentemente, reclamados ni reconocidos por nadie.
El ejército y el Auxilio Social instalaron campamentos, cocinas y comedores para atender a los que se habían quedado sin nada. El gobernador civil creó una Comisión Pro-Damnificados de la Catástrofe para recibir y distribuir la ayuda económica aportada por toda clase de personas, desde Evita Perón (3) hasta el sindicato de limpiabotas. Como no se llegó a ninguna conclusión sobre la responsabilidad de la catástrofe, los afectados no llegaron a cobrar ninguna indemnización. Únicamente pudieron repartirse los fondos de la Comisión Pro-Damnificados. Unos años después se les proporcionaron en alquiler viviendas de nueva construcción. La Dirección General de Regiones Devastadas se encargó de la reconstrucción de los barrios destruidos y de la construcción de las nuevas viviendas, así como de la reparación de los edificios públicos y la construcción de nuevas escuelas. Aunque los primitivos planes de reconstrucción eran muy ambiciosos, luego todo quedó en lo más básico.

Podría alargar mucho más este relato porque tengo gran cantidad de datos y cifras (a quien le interese le puedo pasar una relación exhaustiva de los daños producidos en toda la ciudad y una cronología al minuto de cómo transcurrieron los primeros días), pero creo que ya hay bastante para hacerse una idea. Pasaré a las teorías que existen sobre la explosión, que forman un capítulo aparte.
La investigación se inició a las pocas horas, a pesar de lo difícil de las circunstancias. Por la confidencialidad de la información manejada y la gravedad de los hechos objeto de investigación, que atañen a la seguridad de la nación, es la justicia militar quien se ocupa del caso. Pero la mayor parte de la documentación se perdió en un incendio de los archivos de la Marina en San Fernando.
Es posible que no existieran intenciones ocultas ni mala voluntad por parte de los investigadores. Es posible, simplemente, que hace más de 60 años y en un país que estaba en las condiciones económicas, políticas y tecnológicas en que estaba España entonces, no se contara con los medios apropiados para dar con la respuesta. El caso es que la conclusión final fue que la explosión del almacén de minas Nº 1 ubicado en la Base de Defensas Submarinas de Cádiz se produjo por causas no determinadas aunque ajenas a los explosivos.
A partir de ahí la gente, muchas veces sin ningún dato en que apoyarse, sin dar nombres ni pruebas, empezó a comentar toda clase de teorías, que siguen dando vueltas hasta el día de hoy en los tres libros y varios artículos que hay sobre el tema. La historia da, desde luego, para una novela. Hay de todo: tragedia, heroísmo, historias personales, conspiraciones, sabotajes, intereses económicos… Intentaré resumir las principales teorías:
– Las bombas estallaron por el calor y por las precarias condiciones de almacenaje. Esta afirmación no explica por qué unas estallaron y otras no. Tampoco por qué precisamente ese día y a esa hora. ¿Es que desde 1943 hasta 1947, periodo en el que no varió ni el lugar ni las condiciones de almacenamiento no hubo un momento de más calor que ese 18 de agosto a las 21’45?
– Las bombas estaban en mal estado y se fueron deteriorando con el tiempo. Tampoco eso explica por qué estalló sólo uno de los almacenes. Por otro lado, he leído algún testimonio que asegura que las cargas no estaban en tan malas condiciones como para eso.
– Sabotaje realizado por algún grupo opuesto al régimen. Algunos testigos dijeron haber visto cómo antes de la explosión una barca salió del astillero en la oscuridad. También ocurrió que 22 días después estalló otro polvorín en Alcalá de Henares. Y circuló la historia de que los servicios secretos españoles, algún tiempo antes, habían conocido que una pareja de checos comunicaron que algo grave iba a ocurrir en Cádiz. Parece ser que el tema del sabotaje no fue muy investigado, pues hacerlo suponía aceptar la vulnerabilidad de la seguridad de todo un país y sus polvorines.
En el año 2002 la familia del general Varela legó al Ayuntamiento de Cádiz su archivo personal. El volumen 47 de esa colección recoge los documentos y textos relativos a la catástrofe. Dicha documentación, sin llegar a ninguna conclusión firme, parece decantarse por la hipótesis del sabotaje, aunque tampoco se aporta ninguna prueba.
– La hipótesis Nc. Consiste en que, entre las 1.600 minas, cargas de profundidad y torpedos había cincuenta cargas de profundidad alemanas del modelo WBD, que no contenían el explosivo que era previsible. Es decir, no contenían ni TNT, ni hexanita, ni hexanita + aluminio, que habrían sido explosivos perfectamente estables y seguros, sino que cada una de las WBD contenía 125 kg. de nitrocelulosa en forma de algodón pólvora, un explosivo obsoleto, peligroso y tan inseguro que había dejado de usarse ya durante la Primera Guerra Mundial. Por lo visto, el algodón pólvora se descompone espontáneamente en una reacción inevitable y que comienza inmediatamente después de su fabricación. En ese sentido la explosión hubiera sido inevitable tarde o temprano, dependiendo fundamentalmente de dicho producto y sin que fueran necesarias otras circunstancias. Con que una sola de las cargas explotara era suficiente. Contra esta hipótesis, expuesta por el autor de uno de los tres libros que hay sobre el tema, he leído como se ridiculizaba tanto al autor del libro como al químico que lo asesoraba en este aspecto (este enlace lleva a una explicación breve; para una más extensa, picar en el enlace «La hipótesis Nc en el libro (PDF) que hay al final del pequeño artículo).
__________________
(1) Pery Junquera fue el último ministro de Marina que hubo en España. Cuando Pita da Veiga dimitió como consecuencia de la legalización del Partido Comunista, ningún almirante en activo aceptó sucederle. Suárez entonces recurrió a él, que ya estaba jubilado. Su época como ministro fue muy corta ya que, tras las elecciones, el Ministerio de Marina desapareció integrado en el Ministerio de Defensa.
(2) Diario de Cádiz del 23 de agosto de 1947.
(3) De la ayuda argentina para Cádiz sólo nos llegó una pequeña parte, pues la escasez de todo era tan impresionante en la España de 1947 que la mayoría de esa aportación se distribuyó por todo el país.
Señores de Planeta:
Desde que allá por los 60 Gila anunciaba las cuchillas de afeitar Filomatic han pasado muchos famosos y famosillos por los spots televisivos y por las vallas publicitarias. Algunos, a pesar de sus evidentes méritos deportivos o artísticos ganan más con los contratos publicitarios que con su actividad principal. Pero lo que funciona una vez, o dos, o tres, no tiene por qué funcionar siempre.

Es el caso del ínclito Anasagasti, doctorado en ingeniería capilar, incontinente bocazas, vividor experimentado (treinta y un años seguidos viviendo del parlamento vasco, el Congreso y el Senado).
El 7 de mayo de 2008, el periodista y fotógrafo Gervasio Sánchez subió al escenario en el Círculo de Bellas Artes para recoger uno de los premios Ortega y Gasset, otorgados por el diario El País. Entre el público se encontraba la entonces vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, el presidente del senado, media docena de ministros y varios ex-ministros, dado que la entrega de este premio siempre es una ceremonia con alta representación institucional.



Pero, sin menospreciar tanto sufrimiento como he mencionado, hubo unas imágenes que vi, ayer hizo treinta y cinco años, que se me quedaron grabadas para siempre. Nunca fui de practicar ningún deporte, pero me gustaba ver partidos de tenis y, cada vez que se celebraban Juegos Olímpicos, las competiciones de atletismo y gimnasia. Por eso, cuando Nadia Comaneci consiguió el primer 10 en la historia de la gimnasia aquel 18 de julio de 1976, en las paralelas, yo estaba delante del televisor y aquella niña menudita que no aparentaba catorce años se convirtió para siempre en una de mis heroínas. Recuerdo el silencio absoluto del público, el hecho de que el marcador no estaba preparado para mostrar un 10 (nunca había ocurrido) y por eso mostró un 1’00 y, sobre todo, la cara tan seria de aquella niña, que apenas sonreía nunca. Nadia obtuvo seis dieces en total, y seis medallas: tres oros (individual, paralelas y barra), una plata (equipos) y un bronce (suelo).