Hace unos días, Laura me contactó para comentarme con ilusión que el próximo post de este blog que tanto disfrutamos leyendo sería el número doscientos. Y me dio de nuevo amablemente la oportunidad de escribir algo para hacer aún más “redondo” ese número.
De ahí que en un primer momento pensara en algo grandilocuente o simbólico: contaros un poco más sobre alguna feminista pionera (y por desgracia e inexplicablemente aún poco conocida) como Olympe de Gouges (autora de la “Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana”, 1791).
Otro día prometo hacer un post más completo sobre ella, su obra y el contexto histórico y social donde se movió, si así os interesa.
Sin embargo pronto cambié de idea, porque de lo que realmente me apetecía hablaros hoy es de un tema que muchas veces, sobre todo las mujeres jóvenes, contemplamos indiferentemente desde la distancia. Me refiero a la violencia de género, sexista, o también llamada simplemente “doméstica” por los sectores más conservadores para tratar de quitarle hierro al asunto. Y es porque desde hace unas semanas he tenido el privilegio de poder tratar con una magnífica mujer que actualmente trabaja en un centro de reinserción de presos o penados leves como asistente social. Se encarga de imponer horas de servicio social o trabajos de voluntariado como alternativa a la cárcel en casos como infracciones de tráfico o denuncias por acoso o violencia verbal o física leves. De manera que a diario trata con hombres de toda nacionalidad, edad y condición y nos puede ofrecer una interesante perspectiva sobre el tema a nivel, digamos, extraoficial o “a pie de calle”.

En primer lugar, los “pacientes” que trata mi conocida son varones españoles, seguidos curiosamente con diferencia por marroquíes y latinoamericanos en general. Por razones obvias, me interesa especialmente ahora tratar el perfil de estos primeros. De media suelen moverse entre treinta y cincuenta años. De dos a tres hijos. Matrimonios fracasados o en fase de ruptura. Denuncias (mutuas) por violencia verbal o física leve (empujones, etc…). En muchos casos están allí por no haber podido pagar la manutención de los hijos o la propia multa por no pagarla dentro de los plazos establecidos por los jueces. Evidentemente, todas estas experiencias han creado, reforzado o radicalizado ideas misóginas en ellos. Le echan la culpa a las leyes, que aseguran están siempre a favor de la mujer y deja a muchos hombres, en algunos casos, al borde de la exclusión social, sin techo y privados del contacto y cercanía de sus hijos.
Aviso desde ya que no he escrito este post para dar mi opinión ni defender a ésta o aquélla parte, lo cual requeriría probablemente del espacio de muchas tesis doctorales. No, hoy tan sólo pretendo reflexionar sobre la relación entre violencia de género, roles tradicionales y, en fin, el matrimonio en sí mismo. Porque lo que une en muchos casos a estos hombres son las palabras desconcierto o desorientación. Se casaron asumiendo el papel de proveedor del hogar, el cual les aseguraría siempre teóricamente una posición moral elevada, de mando o pater familias. Sus parejas lo hicieron esperando de ellos a cambio protección y dependencia. La mayoría de ellas no trabajaron o lo hicieron muy esporádicamente. Alguna que otra se casó por puro interés en el patrimonio del futuro marido o por elección de los padres de él, que querían dejarlo al cuidado de una mujer fregona que asumiera el papel de madre con él, más que de esposa. Tan complejos como la vida y el ser humano son, a menudo se entremezclan muchos de estos factores a la vez. Hasta hacer lógicamente insostenible la situación. ¿Qué ocurre con los matrimonios de hoy en día? Simplemente que tal y como venían configurados (es decir, con los roles tradicionales asignados y actualmente asumidos a medias), no tienen razón de ser. Muchas mujeres no se dan cuenta de dónde están metidas hasta que tras la noche de bodas se les coloca automáticamente la fregona en una mano y el biberón en la otra. Y los maridos se desconciertan cuando con el tiempo ven que esa torre de naipes que pensaban tan “ideal” se les comienza a derrumbar por todos lados. Si las cosas no funcionan, curiosamente, la “solución” es ponerse a tener más hijos. Total, que al final los insultos, chantajes emocionales, la utilización de los propios hijos, o las discusiones po problemas de ingresos se convierten en una constante y, en cualquier momento álgido, aparece inesperada la bofetada o empujón de rigor.

Estos son los casos que más abundan en la sociedad española y los que llenan los juzgados a diario. Por supuesto, luego están aquéllos donde hay detrás una mujer humillada que ha sido desprovista de autoestima y que, aunque necesariamente no sufra de malos tratos físicos, como ser humano está completamente anulada, a merced de la voluntad del marido o los hijos, según toque. También están aquéllos donde el maltrato físico es crónico y no se denuncia. Las que un “buen” día aparecen muertas sin que nadie del vecindario haya podido adivinar oscuridad tras aquel matrimonio “simpático y bien avenido, buena gente”.
Por tanto, ¿es todo culpa de las leyes, como parece que nos quieren hacer creer? No. Las leyes en su creación no son buenas ni malas. De eso se ocupa su aplicación, el estudio de cada caso en concreto. Es decir, que para un trato más efectivo del problema (si en verdad hubiera voluntad de solucionarlo) harían falta más recursos, más personas preparadas para intervenir en estos casos. No vale con que las políticas de “prevención” de la violencia machista se limiten a poner policías como escoltas, pulseras radar, casas de acogida o actos institucinales donde se lee un manifiesto estándar, se sueltan unos cuantos globos y se echa la lagrimilla de rigor por las víctimas. Tiene que existir una prevención social real, tiene que invertirse en investigar adecuadamente cada caso, tiene que haber, en definitiva, una mayor conciencia en la sociedad sobre los nuevos roles de hombres y mujeres y por tanto, en lo que supone una relación sentimental o un proyecto de vida en común hoy día.
Tanto mujeres como hombres tenemos que hacer de la igualdad una realidad, interiorizarla plenamente. Ya no podemos (ni queremos) volver atrás. Pensad bien antes de casaros o comprometeros con alguien, pensad bien qué esperáis del matrimonio, o simplemente qué rol queréis jugar hasta en una relación de novios. Y pensad que toda decisión tendrá “x” consecuencias, para ambos miembros de la pareja. Ambos sexos. Porque, efectivamente, el patriarcado tampoco beneficia a los hombres del siglo XXI.
Iris Rodríguez Alcaide
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