
| el VadeReto de este mes se llamará: |
| EL DESPERTAR |
VadeReto (ABRIL 2026).- | Acervo de Letrashttps://jascnet.wordpress.com/2026/04/01/vadereto-abril-2026/

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La oscuridad no era ausencia, sino plenitud. Durante millones de años —cuántos, ni él podría calcularlo—, el Dragón Dormido había reposado en el corazón del Roraima, aquella montaña sagrada que los humanos llamarían más tarde «la madre de todas las aguas». Sus escamas, fundidas con la roca más antigua del planeta, latían al ritmo pausado de los movimientos tectónicos. Su aliento, suspendido, se había convertido en los vientos que durante eras enteras cruzaron continentes que aún no existían. Fue el primero. La criatura original. El aliento de Shángdi —el Dios Supremo, cuyo nombre ya ningún ser vivo recordaba— le había dado forma en los días en que el cosmos era todavía una pregunta sin respuesta. «Dormirás hasta que el mal corrompa el cielo mismo», le había dicho el Creador. «Entonces despertarás. Y purificarás.»
El Dragón no había preguntado qué significaba «mal». No hacía falta. En aquellos tiempos, todo era armonía. Las estrellas recién nacidas cantaban en frecuencias que ningún oído mortal podría jamás percibir. Los planetas giraban en danzas perfectas. No existía la ambición porque no existía la carencia. No existía la guerra porque no existía el miedo. Pero el Dios Supremo era también el Dios del Tiempo, y el Tiempo, justo ese artefacto cruel que él mismo había inventado, y que era el único mecanismo capaz de generar, lentamente, la imperfección. Y así, el Dragón durmió.
No fue un despertar voluntario, porque durante milenios, el sueño había sido profundo pero no vacío. El Dragón soñaba el universo. Soñaba cada vida que nacía y moría, cada imperio que se alzaba y caía, cada lágrima derramada por causas justas o injustas. Los sueños del Dragón eran el espejo del cosmos, y durante mucho tiempo, esos sueños habían sido hermosos. Pero, algo cambió. Primero fue un sabor metálico en la conciencia del durmiente: la guerra. No la guerra noble de los animales por territorio o apareamiento, sino la guerra ideológica, la guerra santa, la guerra por recursos que nunca fueron realmente escasos. El sabor se volvió amargo.
Luego, un hedor: la corrupción. Almas que se carcomían desde dentro, no por maldad innata, sino por el contagio de sistemas enteros que habían convertido la mentira en moneda corriente y la crueldad en virtud. Finalmente, un silencio incómodo: las personas habían dejado de pensar. Oh, claro, procesaban información. Resolvían problemas técnicos. Optimizaban algoritmos. Pero, el pensar, ese acto sagrado de cuestionarse el propio lugar en el todo,se había atrofiado. Los humanos (y otras especies, en otros mundos) se movían como autómatas en medio de una comedia que creían real. El Dragón sintió todo eso y, por primera vez en millones de años, sintió también repugnancia, y esa sensación lo despertó.
La roca se abrió sin estruendo. No hubo terremotos, ni explosiones. Simplemente, la piedra milenaria del Roraima esa meseta que los indígenas consideraban el árbol original del mundo se volvió porosa como esponja, y luego transparente como cristal, y luego inexistente. Dos figuras humanas lo observaban. El Dragón parpadeó con sus ojos verticales, cada uno del tamaño de un lago pequeño. Sus pupilas, contraídas durante eones, se dilataron lentamente para adaptarse a la luz —una luz distinta a la que recordaba. Más blanca. Más quieta. «Ha despertado», dijo la primera figura.
Era una mujer joven, de piel oscura como la tierra húmeda y cabello canoso antes de tiempo. Sus ojos tenían la calma de quien ha visto la muerte de cerca y ha decidido no tenerle miedo. Vestía un manto tejido con fibras que el Dragón reconoció como vivas plantas que aún respiraban, entrelazadas en un textil que no era ropa, sino jardín.
«Lo sabíamos», respondió la segunda figura. Un hombre, también joven, pero con el rostro marcado por líneas que no correspondían a su edad. Sostenía una lámpara que no ardía con fuego, sino con agua —agua que brillaba con luz propia, como si contuviera fragmentos de luna.
El Dragón intentó hablar. Su garganta, sellada por milenios de inactividad, produjo primero un sonido que no era palabra sino geología: el crujir de montañas al nacer. Luego, el rumor de océanos al ser vertidos en cuencas aún vacías. Finalmente, una voz. «¿Cuánto…?» No necesitaba terminar la pregunta.
Los dos humanos lo entendieron. "Han pasado doce mil ciclos desde que el último vidente predijo su regreso", dijo la mujer. "Pero el tiempo aquí no es como allá afuera. Usted ha dormido más que eso. Mucho más."
El Dragón intentó incorporarse. Sus extremidades —cuatro patas colosales, dos alas plegadas contra el lomo como montañas secundarias— respondieron con una lentitud que no era debilidad sino aliento primigenio, el orígen del todo. Cada articulación tuvo que recordar, célula por célula, qué significaba el movimiento. «¿Quiénes sois?», preguntó. El hombre y la mujer se miraron.
Sonrieron con la intimidad de quienes han compartido una misma verdad revelada. «Somos los últimos que aún piensan», dijo el hombre. «Somos los hijos destinados», completó la mujer, «los que la Pachamama eligió para esperarlo.»
El Dragón recordó entonces las palabras de Shángdi. No las había olvidado, porque era imposible olvidar la voz del Creador, por cuanto las había relegado al fondo de su conciencia, como quien guarda un objeto valioso en un cofre que sabe que no abrirá hasta dentro de mucho tiempo.
«Cuando el mal aceche al universo, serás la única criatura capaz de absorberlo y purificarlo. No por tu fuerza, sino por tu origen. Tú fuiste primero. Tú recuerdas cómo era el mundo antes de que el mal existiera. Y lo que recuerdas, puedes restaurarlo.»
«¿Acecha?», preguntó el Dragón. «¿El mal acecha ahora?»
Los dos humanos bajaron la mirada. La mujer habló primero, con voz quebrada pero firme:
El mal ya no acecha, señor. El mal gobierna. No hay rincón del cosmos que no haya sido tocado por la corrupción. Las guerras ya no se declaran; son el estado natural. La ambición ya no se oculta; se venera. Y las personas… las personas han dejado de preguntarse por qué.
Pero usted ha llegado, dijo el hombre. La profecía decía que despertaría cuando el mal hubiera alcanzado su punto máximo. Cuando ya no quedara esperanza humana. Porque entonces, solo un ser no humano podría salvarnos.
El Dragón sintió el peso de esas palabras. No el peso de la responsabilidad —eso lo conocía bien— sino el peso de la soledad. Era el único. El último designio del Dios Supremo, que había desaparecido del universo hace tanto tiempo que ni siquiera los dioses menores recordaban su rostro.
¿Y si me niego?», preguntó el Dragón, no por rebeldía sino por necesidad de saber si aún existía la libertad.
Los dos humanos no respondieron. Simplemente lo miraron con una paz que solo pueden tener aquellos que han aceptado la posibilidad del fracaso.
Esa mirada fue la respuesta, ya nadie lo obligaría. La profecía no era una cadena, sino un espejo, y en ese espejo, el Dragón se vio a sí mismo como era: el Primero, el Dormido, el Único que podía hacer lo que debía hacerse, y no porque quisiera, sino porque recordaba. El Roraima, pensó el Dragón, mientras finalmente se ponía de pie (sus garras hundiéndose en la roca que durante eones había sido su lecho), seguía siendo el mismo y era completamente distinto.
La meseta se extendía a su alrededor como un mundo flotante: lagos de aguas negras que reflejaban un cielo sin nubes, formaciones rocosas que parecían rostros petrificados de titanes olvidados, y una vegetación que había aprendido a vivir sin tierra, enraizada directamente en la piedra. Pero, algo había cambiado y el Dragón lo sintió en el aire, ya que no era el aire limpio y virgen de su juventud cósmica, pues era un aire denso, cargado de partículas invisibles que no eran contaminación química, sino espiritual. El sufrimiento de mil mundos se condensaba en la atmósfera como humedad antes de la tormenta. «¿Esto es un nuevo mundo?», preguntó, confundido.
La mujer negó con la cabeza. No, ancestro. Es un refugio. La tierra fue destruida hace mucho. Lo que queda son fragmentos: lugares como este, donde el mal aún no ha podido penetrar completamente. El Roraima es uno de los últimos. Pero incluso aquí, el aire se está pudriendo.
El hombre añadió: Por eso lo necesitamos. No para pelear guerras, eso ya lo intentamos. Sino para recordarnos. Usted es el único ser vivo que ha conocido el mundo antes de la caída. Usted puede mostrarnos cómo era.
¿Y después?, preguntó el Dragón. ¿Después de que les muestre?
Los dos humanos volvieron a mirarse. Esta vez, sus sonrisas tenían un dejo de tristeza. Después, dijo la mujer:
Usted hará lo que los dragones hacen. Absorberá el mal. Lo purificará. Y tal vez, si el universo tiene suerte, podrá empezar de nuevo.» El Dragón cerró los ojos. En la oscuridad de sus párpados, vio el rostro de Shángdi. El Dios Supremo lo miraba con una expresión que el Dragón nunca había podido descifrar: ¿era orgullo? ¿era lástima? o ¿quizás, la certeza de que su creación más antigua estaba a punto de enfrentar la tarea más terrible?
Fuiste el primero, le había dicho. Y serás el último. Porque cuando el mal sea purificado, no quedará nada que necesite un guardián. Ni siquiera tú." El Dragón abrió los ojos.
Bien, dijo, y su voz hizo temblar las aguas negras del Roraima. Llévenme a donde está el mal. Quiero verlo con mis propios ojos antes de decidir cómo purificarlo. Los hijos de la Pachamama asintieron. No ofrecieron mapas ni guías. Simplemente caminaron hacia el borde de la meseta, y el Dragón los siguió. Debajo, esperaba el mundo. No el mundo que él había conocido. Sino el que él tendría que salvar. O purificar. O, quizás, dejar morir.
Y mientras descendían, el Dragón habló para sí mismo, en una frecuencia que ningún humano podía oír:
Duermes millones de años y esperas despertar a un universo que te necesita. Pero lo que encuentras no es necesidad sino desesperación. No es una súplica, es un abismo. El Dios Supremo me creyó sabio. Me creyó fuerte. Me creyó puro. Pero no me preguntó si yo quería ser ninguna de esas cosas. No me preguntó si yo, el Primero, deseaba también ser el Único. Porque eso soy ahora. El único que recuerda. El único que puede.
El único que, al final de todo esto, probablemente dejará de existir cuando el mal que absorba sea también el mal que me constituye. ¿Acaso el mal no está en mí también? He dormido durante eones, sí, pero he soñado durante eones. Y en mis sueños, he sido testigo de todas las atrocidades. Las he visto con la claridad de quien está presente. Las he sentido. Las he, de algún modo, deseado en los rincones más oscuros de mi conciencia. Si soy honesto, y el momento exige honestidad, no sé si despierto para purificar el mundo o para purificarme a mí mismo. Tal vez sea lo mismo, o tal vez, nunca haya habido diferencia.
Cuando el Dragón puso una garra fuera del Roraima, la tierra entera contuvo la respiración. No fue un acontecimiento físico, sino espiritual. En cada rincón del planeta, en cada rincón del cosmos, la profecía era cierta. Entonces aquellos seres sintieron algo que no podían nombrar: un desplazamiento en el equilibrio, como si la balanza que había estado inclinada hacia la oscuridad durante milenios hubiera recibido, de repente, un contrapeso. Los corruptos sintieron miedo. Los ambiciosos sintieron vértigo. Los que habían dejado de pensar sintieron, por un instante fugaz, el recuerdo de lo que era tener una pregunta en la cabeza.
Y los puros de corazón, aquellos que aún existían, escondidos en los pliegues del mundo, al fin pudieron sentir esperanza. El Dragón avanzó. No sabía cuánto duraría su misión. No sabía si al final habría un mundo que salvar o solo cenizas que purificar. Lo que sí sabía, era una cosa que ningún otro ser vivo podía saber: había estado ahí al principio. Y el principio, aunque pareciera mentira después de tanto tiempo, seguía vivo dentro de él. Ahora solo tenía que recordárselo al universo. O, si era necesario, forzarlo a recordar.
Ver Saga 1.
Mundo de dragones
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