¿Mejor unida? ¿Seguros?

Ahora que se ha cerrado un ciclo y ya no parece inminente el peligro de una secesión catalana, creo que es un buen momento para que quienes hayan vivido este “desafío” como algo traumático puedan reflexionar sobre las razones de su posicionamiento. 

Personalmente, desde el principio, he defendido sin titubeos el derecho de la gente que vive en Cataluña a decidir su propio futuro político.

Por coherencia política en primer lugar: llevo toda la vida luchando (con mayor o menor fortuna, con mayor o menor intensidad) por todo tipo de derechos y libertades. Si me he manifestado para que personas del mismo sexo pudieran casarse y me he opuesto a quien quería impedir la construcción de mezquitas –a pesar de no tener ningún aprecio ni por la institución matrimonial ni por la religiosa– en nombre del derecho a la libertad e igualdad de individuos y colectivos, ¿cómo podría negarle, a la mitad de la sociedad en que vivo, un derecho político tan básico como el de poder autodeterminarse?

Máxime cuando esta demanda de autodeterminación era animada por un amplio movimiento transversal y popular, inclusivo, absolutamente no violento, con tintes de auténtica renovación democrática (proceso constituyente y convocatoria de un referéndum). Es muy simple: todo el mundo debe poder –si quiere– disponer de su propio destino, obviamente sin violar los derechos fundamentales de otros. Por supuesto, me hubiera agradado más una propuesta de república soviética de Catalunya, o una Federación de Municipios Libertarios o, mejor aún una libre federación sin fronteras ni barreras de pueblos del mundo. Pero, parafraseando el título de un libro muy crítico con el independentismo: “¿Quién soy yo para negarle un estado a nadie?”

Y un movimiento tan masivo, aspirando al desmantelamiento de la estructura garante del orden establecido por excelencia, el Estado, sin masacres ni derramamientos de sangre, pero de forma radical, era una especie de sueño.

Algunos objetarían que aquí, de estado, querían poner uno nuevo, que tal vez sería peor que el viejo. Es la vieja lógica, que antaño definíamos conformista, que enfatiza los peligros del cambio y minimiza los defectos (y hasta los horrores) de “la realidad”.

También en la cárcel –cuando decidí evadirme– había gente que me aseguraba que una vida de prófugo, de marginación, sería peor que cumplir la condena que me habían impuesto –justa o injusta que fuera – y que mejor que me quedara quieto, sobreviviendo, doblegándome y esperando.

Es cierto: en todo cambio hay riesgos, pero, como no se cansan de repetirnos machaconamente los mensajes motivacionales que nos vomitan encima publicidades institucionales y comerciales de todo tipo, también hay oportunidades.

Las revoluciones pueden acabar en baños de sangre y regímenes autoritarios, pero también en mejoras en la vida colectiva y la erradicación de injusticias profundas. “Chi non risica non rosica” decían en mi pueblo.

En fin, que no fue nada difícil para mí elegir entre los peligros de un estado catalán por construir y la aplastante concreción de un estado español. Y ello sin tener en cuenta el tema de la represión (un gobierno legítimamente elegido y encarcelado o exiliado y miles de personas perseguidas por la justicia o apaleadas por simples protestas), una línea roja para cualquier persona simplemente democrática (donde han ido a parar aquellos que salmodiaban frases como “sin violencia en una democracia debe poderse plantear absolutamente todo” o bien “no estoy nada de acuerdo con tus ideas pero daría mi vida para que puedas defenderlas”, cuando se trataba de condenar a ETA?).

Todo ello a sabiendas de que muchos en el movimiento independentista no comparten del todo ni parcialmente mi visión, ni mis principios. Como dijo en una ocasión un activista barrial, hijo de la inmigración y militante libertario: “en el lado de la barricada independentista hay de todo: gente que te cae ben, gente que te cae regular y gente con la que te llevas fatal, como en la vida de cada día. En el otro, el del “mejor unidos”, están todos y cada uno de mis enemigos de toda la vida: policías, ejército, banqueros, patronales, jueces, aristócratas, reyes, obispos,…”.

Llegados a este punto y a la vista del espectáculo dantesco que la política y todas las instituciones del Estado español están dando, me parece sin embargo absurdo seguir escudriñando en las motivaciones de los que quieren la independencia. Políticamente creo que sería mucho más interesante –al menos desde un punto de vista de izquierda transformadora- un estudio en profundidad de las motivaciones de la gente que se ha opuesto desde un principio, y a veces con ahínco, al “desafío catalán”.

No me refiero obviamente a las castas dominantes, que lógicamente defienden con uñas y dientes (de otros) sus privilegios. Ni tampoco a los fascistas y a los que tienen vocación de súbdito satisfecho. Con estos no hay equivocación posible: son los partidarios de todo lo que repugna a mi conciencia (la de clase y la otra) y por tanto enemigos… que nos tratan como tales, por cierto.

Ni tampoco, en otro sentido, a la gente que de forma totalmente legítima considera que se trata de una guerra que no les interpela o en la que no ven ninguna oportunidad de cambio real. Me parece lógica, en estos casos, una neutralidad que, al tiempo que sigue denunciando las injusticias implícitas en el actual orden, argumenta políticamente de forma crítica y honesta su rechazo de determinadas formulaciones y mecanismos dentro del frente independentista.

Cabe decir que dicha neutralidad no siempre es tal y que a menudo la equidistancia ha servido y sirve para disfrazar una adhesión al dogma indiscutible de la unidad de la patria. Aunque fuera por aquello tan prudente (y humanamente comprensible, aunque, como decía, políticamente conformista y conservador) del “virgencita, virgencita, que me quede como estoy”.

Lo que me interesa son las razones, las verdaderas, que empujan a gente que se posiciona ideológicamente a izquierda, a considerar que la unidad del Estado español sea algo que merece protección hasta el punto de justificar y/o cerrar los ojos sobre violencia policial, persecuciones judiciales y administrativas, encarcelamientos y criminalización de cientos de miles o millones de personas que desearían prescindir de los servicios de dicha estructura.

Confieso que me resultan muy difícil entender sus temores. No creo que haya datos o hechos que permitan pensar que una Catalunya independiente sería más injusta socialmente, más negadora de derechos y libertades, más insolidaria con los empobrecidos del mundo, más corrupta y caciquil, y más autoritaria de lo que es, ha sido y, por lo que parece, será durante mucho tiempo, el Estado español. Y no por ninguna superioridad de “lo catalán”, sino porqué es difícil superar, en clasismo, experiencia de dominación, corrupción y autoritarismo, al estado de Europa que ha tenido los más largos periodos de absolutismo y de dictadura fascista.

De hecho, cuando rascas un poco, te das cuenta que la auténtica razón de muchos opositores de izquierda al independentismo catalán, es identitaria (y no lo digo como insulto, ya que las identidades existen, también la del cosmopolita progre que, por cierto, anhela imponerla al resto del mundo): la independencia catalana es vista como una agresión al “derecho a ser español”. Es decir, a vivir plenamente en castellano, llevar un DNI que declara tu hispanidad, ver en los mapas que “esto es España”… y poco más. Curioso derecho que a mí, ciudadano de otro país que ni siquiera puede votar en esta gran democracia donde llevo viviendo 40 años, me deja enormemente perplejo.

No me cuadra: si existe el derecho a ser español en España, Cataluña incluida, ¿porqué no existe el derecho equivalente a ser catalán en Cataluña (fíjate que podría decir España)? Es decir a poder vivir íntegramente en el idioma propio (propio, sí, por la simple e innegable razón de que no hay otro sitio en el mundo en el que se hable) en tu tierra, llevar documentos que certifiquen tu nacionalidad, tener equipos de futbol y de toda clase de deporte nacionales, elegir parlamentos que no estén bajo constante supervisión de ninguna institución ajena y, en general, todos aquellos detalles que certifican tu condición de ciudadano de un país. Una persona simplemente democrática debería preocuparse por esta descarada asimetría. Así como debería preocuparse por la pérdida inexorable de hablantes del idioma minorizado (nadie, no ya de izquierda, sino con dos dedos de frente, puede mantener aquello de que los idiomas solo sirven para intercambiar mensajes e información), por la humillación real en el día a día -y durante largos periodos históricos de forma especialmente intensa- a que se ve sometida la gente que se siente catalana y no española.

¿Por qué para un español (por cierto, en la propaganda unionista tanto de extrema derecha como de semi izquierda se omite sistemáticamente el hecho de que un 15% de la población en Cataluña no es “nacional” española) debería representar un problema vivir en una Cataluña independiente y, en cambio, no para un catalán ser obligado a ser español?

No está nada bien reivindicar para uno mismo algo que se les niega a los demás…

Muchos dirán que no se trata de esto, que la causa de su oposición al “embate secesionista” son los “grandes problemas”, los “de verdad”, que la “cortina de humo procesista” tapaba. Muy bien, de acuerdo, vamos a verlos. Mires por donde mires, el primero es la misma configuración del Estado con el que directa o indirectamente siempre te topas. Que, a pesar de las apariencias, no es un estado como el holandés, el francés o el italiano (que también son aparatos de control y dominación, pero con una cultura y formas resultantes de largos periodos de conflicto y de la derrota de los fascismos en 1945), en el español se condensa lo mejor de la experiencia en  subyugación social de la modernidad neoliberal y lo más eficaz de un régimen opresivo clásico. Basta un repaso a la historia más reciente: España es el único país europeo donde el fascismo no solo pudo triunfar militarmente y mandar durante 40 años, sino que pudo transformarse a su antojo adaptándose, en las formas, a los ordenamientos políticos de su entorno. Después de décadas tragando con el cuento de la transición modélica, hoy en día es evidente – para quien quiera ver – que se trató de un simple cambio de piel de un régimen de opresión y privilegios. Simbolizado por la reinstauración de una monarquía entronizada por la voluntad del dictador y la ley franquista, e impuesta, con subterfugios, a la nueva democracia. Monarquía que en 40 años ha acumulado, junto con el título de jefatura del estado, unos ahorrillos valorados en 2.000 millones de euros, muchas cabezas de animales exóticos y en peligro de extinción, amistades con las peores dictaduras del globo, una red de corrupción que se extiende a todos los potentados económico del país y el mando del ejército. Un ejército de extrema derecha, que se reivindica sin titubeos de la cultura franquista. Una cultura que interpreta la separación de poderes como división de tareas para el fin común del mantenimiento, a cualquier precio, del orden establecido. Un sistema judicial jerarquizado y dominado por una casta ultraconservadora, con tribunales especiales –como la audiencia nacional y el tribunal supremo-. Unos policías y servicios secretos que gozan de impunidad casi absoluta en la represión de la disidencia (el GAL, las ejecuciones extrajudiciales, los miles de casos de tortura…). La ley electoral, que favorece el control caciquil de amplios territorios. La composición del senado y su poder de bloqueo de cualquier cambio radical del marco legal. La composición del tribunal constitucional. Los otros poderes: la iglesia, el entramado mediático-bancario, la extrema derecha…

Todo ello en compacta defensa de los privilegios que, al amparo de los tricornios de la Guardia Civil o de las bayonetas del ejército, se han venido consolidando a lo largo de los siglos: latifundistas feudales, especuladores del tocho, tiburones de las finanzas, una burguesía extractivista de república bananera aliada con una aristocracia inculta y brutal, experta en monterías, armas y toros, castas de funcionarios, cortesanos y militares y, más recientemente, los representantes de multinacionales extranjeras y de fondos de inversión cosmopolitas.

¿Cómo abrir caminos de emancipación política y social en semejante marco?

Un problemón que han intentado resolver, a lo largo de los siglos, con cientos de intentos de todo tipo: reformistas, revolucionarios, liberales… con los conocidos resultados.

¿Cuantos siglos más habrá que esperar para que la naturaleza centrípeta y elitista del Estado se vaya modificando por desgaste interno y cambio de contextos internacionales? ¿Han calculado –los enemigos de la “fractura” de España- los costes en términos de perpetuación de injusticias, opresiones, corrupción, privilegios de casta que representa el mantenimiento de esta España monárquica y unida?

Pero, nada, no son éstos los problemas de la gente, dicen algunos sindicalistas que han hecho de la mediación entre intereses de clase su modus vivendi (y muy bien vivendi, por cierto), sino las pensiones, un trabajo digno, la vivienda, la sanidad, la escuela… Sin embargo, la huelga por el cierre de la fábrica, la manifestación por las pensiones, las protestas por una sanidad pública, etcétera, tienen justamente como interfaz el aparato de dominación que acabo de describir someramente, y que se rige por la única lógica de la autoperpetuación. La confrontación con el estatus quo y su cancerbero estado es ineludible para lograr cambios mínimamente significativos y no puramente cosméticos. Dicho de otra forma: no hay reforma radical que no pase por la deconstrucción del actual estructura-estado.

Muchos, es cierto, insisten en preguntar  “¿por qué no ayudar a cambiar todo lo que en España no funciona? También allí hay gente progresista. ¡No hay que ser egoístas!”. Honestamente creo que el triunfo del proyecto independentista representaría una baza formidable –tal vez la única posible– para quien persiga un auténtico y profundo cambio social y político en el conjunto de territorios, pueblos y naciones. Y además… ¡Si ya se ha hecho! A lo largo de los siglos y hasta el pasado más reciente, la sociedad catalana (tanto sus clases dominantes como sus clases populares) siempre han participado en los grandes intentos de trasformar -en algo más parecido a lo que había alrededor o en un nuevo mundo de justicia y libertad– el país España. El último fue el movimiento de los indignados, rápidamente dinamitado y abducido en el entramado institucional via la iniciativa de Podemos. Las estructuras del Estado (políticas, económicas, militares e ideológicas) siempre han demostrado una aplastante capacidad de represión-recuperación. De imposición de su hegemonía.

También están los progresistas ciudadanos del mundo, muy preocupados ellos por la creación de nuevas fronteras. Personalmente opino que, antes de atacar al independentismo catalán por unas fronteras que ningún independentista quiere levantar, sería más lógico que atacaran la criminal política de frontera real, la que levanta vallas con concertinas y deja ahogar a gente en el mar (cuando no los mata directamente como en Tarajal). La de los CIE, del racismo institucional via ley de extranjería.

Y podríamos seguir.

En definitiva, el desafío catalán representaba una oportunidad de resquebrajar esta estructura de perpetuación y reproducción de injusticias. Con muchas incógnitas, pero era una propuesta concreta. Podía gustar o no, pero no es de recibo atacarla sin ni siquiera apuntar una propuesta alternativa (con base política y social real, no fantasías de intelectuales) para acabar con un orden establecido de injusticia y abusos. Porqué lo que queremos prioritariamente es acabar con esto, ¿verdad?

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Galeotto fu il libro…

I miei genitori dicevano che non si doveva pensare al fascismo solo come olio di ricino, manganelli, confino e repubblichini alleati dei nazisti. La gente negli anni 30 viveva come dappertutto, in una normalità dove tutti sapevano che bastava non “occuparsi di politica” e “rigar dritto” per non avere noie con le autorità.

Anche e forse soprattutto questo era il fascismo. Continua llegint

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Condemna a l’Arasa, absolució del sistema?

Com a querellant del 27/M (apartat del procediment per haver estat agredit per un mosso que no es va presentar ni em va deixar la seva targeta de visita) sento molta preocupació per les reaccions de satisfacció, més o menys matisada, que la sentència ha provocat en els nostres àmbits polítics de referència.

Aquesta sentència és una burla, el tros de pa sec i florit que es llença al gos mort de gana perquè calli. I ho és per moltes raons.

.- L’aparell de justícia en bloc, des del començament ha considerat com a assumpte menor i insubstancial la violació de drets i llibertats polítiques. 9 anys de procés, amb revitimització de les denunciants (i sobretot les seves advocades) obligades a un esforç ingent en temps i energies per superar desànim, obstacles i indiferències, que no han servit ni tan sols per exigir cap responsabilitat als càrrecs polítics que havien donat les ordres (començant per l’infame Felip Puig). 9 anys de reducció progressiva del número d’encausats i d’acusacions (amb conseqüent exclusió de desenes i desenes de persones querellants) fins a quedar-nos amb un clàssic boc emissari de cop de porra fàcil. Proves ignorades, investigació nul·la, complicitats acceptades com a part de la rutina (la aplicació compacta de la “llei del silenci” per part dels comandaments policials). Res escandalós per a ningú: és la normalitat. La normalitat d’una justícia que es vesteix de declaracions altisonants i que actua com simple engranatge en defensa d’un ordre social determinat.

.- El paper de la Fiscalia, inactiva per nou anys, indiferent als drets violats dels manifestants i als atacs a la integritat física i moral de tanta gent a la plaça, i que es va despenjar a última hora amb un escrit que justificava la intervenció policial a plaça Catalunya, tot i condemnar els “excessos” de Jordi Arasa. Fiscalia que, per altra banda, defensa a ultrança els agressors de civils desarmats i pacífics l’1O, segurament pel fet de considerar – en la seva imparcialitat – que els antiavalots de PN y GC d’excessos no en cometen.

.- El posicionament del govern de la Generalitat que, ben lluny de vetllar pels nostres drets fonamentals premia, al millor estil borbònic, els repressors que destaquen per la seva brutalitat, alhora que no es priva de presentar-se com a acusació contra gent imputada per lluites en defensa de drets laborals o socials.

.- Arasa no entrarà a presó. Però em preocupen els centenars de missatges desitjant-li aquest càstig. No és una crítica a la feina dels advocats: jo mateix no vaig plantejar cap proposta alternativa al llarg del procediment. Però davant de tantes manifestacions de populisme punitiu, crec que és el moment d’insistir en el rebuig a la presó: no (només) per humanitarisme, si no per ser una institució total, compendi de les dinàmiques de poder i dominació contra les quals lluitem. Com a gent que busca un nou mon possible hauríem de poder imaginar alternatives coherents amb la nostra idea de justícia i no aplicar de forma especular la idea de justícia com a càstig i venjança.

En definitiva: opino que la condemna a l’Arasa, episodi – això sí – raríssim en un estat on la impunitat policial és gairebé llegendària,  es tradueix en una reeixida operació de blanqueig d’un sistema que no es considera perfecte, però sí perfectible, com predica des de sempre la utopia reformista. Operació que torna a amagar, amb l’ajut impagable d’una premsa domesticada i en tot cas impregnada d’ideologia dominant, l’essència de les dinàmiques de disciplinament i control que operen en la nostra societat. Dinàmiques que tenen en les institucions de magistratura i policies l’eina per sufocar qualsevol manifestació de dissidència que en cada moment superi el llindar de la inofensivitat.

La sentència contra Arasa pot ser emprada per reforçar el relat que ens incita a ser partícips de la nostra pròpia opressió, el relat de les institucions al servei del conjunt de la ciutadania i imparcials, de les garanties que emparen tothom per igual, de la “normalitat democràtica” que permetria tota mena de millora col·lectiva simplement respectant les regles. El mític relat de la “normalitat democràtica”… : crec que prestar-li la nostra conformitat – ni que sigui implícita – a canvi d’una petita venjança contra un macarró uniformat és pagar un preu massa elevat.

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Xenofòbia anti-italiana?

Molta gent a Barcelona coneix el bel·ligerant activisme anti-independentista d’un grapat de joves, i no tan joves, acadèmics italians incrustats en facultats d’història, molt presents a xarxes socials i en tota mena de mitjans de comunicació.

En aquests dies, aprofitant el tuit d’un adversari polític, han bastit una campanya per situar-se com a víctimes d’un clima de xenofòbia. Sorprenent, o més aviat revelador, és que en l’operació aquest cop s’hi hagi implicat tota mena de personatges, des de la cap de fila dels Comuns al parlament de Catalunya, al vice director de la Vanguardia, a la mateixa alcaldessa de Barcelona, amb missatges de recolzament i solidaritat als afectats per un “linxament”.

Em venen al cap molts comentaris sobre el concepte de linxament (a mi m’evoca bastons, porres, botes que esclafen caps, tribunals i presons), així com sobre la pretesa d’entrar en batalles dialèctiques armats de sabre i destral, tot exigint que l’adversari només empri el floret. I sobre el victimisme de blancs europeus socialment privilegiats, francament obscè en un context on hi ha molta gent víctima real de racisme estructural.

Però el que m’interessa, ara, és denunciar el mecanisme pervers de legitimació social de pràctiques comunicatives escandalosament intoxicadores.

Tothom té dret a escriure tuits i articles plens d’imbecil·litats i cunyadisme, faltaria més! Allò que no està gens bé és que les imbecil·litats portin el segell d’“historiador/a docent aquí i allà i doctor/a en tal i cual”. No està bé perquè enganya, exactament igual que l’etiqueta de made in Italy en productes fabricats a Bangladesh per mà d’obra hiperexplotada.

L’etiqueta “historiador”, en efecte, suggereix que a la base de la informació/opinió/comentari expressat hi hagi un enfoc “científic” o, si més no, rigorós. I d’aquesta manera permet “colar” associacions tan estrafolàries com malicioses (marxes d’antorxes pels presos comparades amb les del KuKlux Klan, l’independentista Guardiola comparat amb “mondine”), referències històriques forçades (els germans Badia serveixen per atribuir arrels feixistes al moviment… com titllar de post nazi el feminisme per les simpaties que unes quantes sufragettes van mostrar per Hitler i Mussolini);  descontextualitzacions, insinuacions, interpretacions esbiaixades (“documentades” per exemple amb escrits amb retolador com a prova de la proximitat entre Salvini i l’independentisme); comparacions grotesques i d’escassa coherència (si l’existència d’un MIC, que recull uns centenars de vots a les eleccions i que és expulsat sistemàticament de les manifestacions, “taca” la reivindicació d’independència, com s’ha de valorar la presència de Vox en el cor unitarista?), prejudicis disfressats d’evidències i integrats en sil·logismes barats (voler independència o defensar la llengua pròpia = ser nacionalista = ser identitari i reaccionari), ús reiterat de fórmules-postulats emprats com armes llancívoles (“guerra de banderes”, “creació de noves fronteres”, “identitarisme excloent”, “president xenòfob”); i també omissions (en tota la seva producció són absents – si no és per adherir-se al cor criminalitzador – tant la presència d’organitzacions i sectors independentistes en totes les lluites socials i progressistes, com la repressió que ha patit i pateix tot el moviment),  amenaces (seguint l’exemple tan berlusconià del “si no m’agrada el que dius et poso una querella”), insults i directament mentides.

La mateixa frivolitat i manca d’esperit científic aquest escamot d'”historiadors” l’aplica a la defensa del projecte – per dir-ne alguna cosa – de la seva àrea política de referència, és a dir la frontissa entre Podemos i Psocialista.

Aquí el procediment emprat és més senzill: si per carregar-se l’independentisme han de recórrer sovint a l’arsenal elaborat en els laboratoris de comunicació de Ciudadanos, per enaltir el propi bàndol en tenen prou amb tirar directament de la propaganda oficial del partit:

Sánchez fa el govern més progressista de la història, Sánchez expropia la sanitat privada, Sánchez fa els pressupostos del poble, Sánchez és víctima dels atacs de l’extrema dreta i paladí de la democràcia.

I a còpia de difamar uns i adular uns altres han aconseguit ocupar un espai que els permet adquirir proteccions polítiques i presentar-se al públic italià com a informadors experts sobre l’assumpte catalunya/espanya.

La pregunta davant de tot això és: la institució (la universitat) és conscient de l’ús oportunista i al límit de l’estafa que fa aquesta gent de la pròpia titulació i situació acadèmica? Això va molt més enllà de la sana polèmica argumentada entre interpretacions diferents de la societat o la història.

Això és directament un assumpte de males pràctiques, com les d’un metge que utilitzés el seu status per afavorir una empresa farmacèutica escampant mentides o insinuacions contra la competència. O les d’un periodista que utilitzés només una font o s’inventés una noticia. O la d’un policia que fabriqués o manipulés proves.

No és que jo tingui gaire fe en la institució universitària, però aquells que hi treballen i que d’alguna manera creuen que se n’ha de defensar el prestigi haurien – penso – d’exigir als seus col·legues i als organismes de control interns el respecte d’un codi deontològic de mínims. Aquí al carrer no entenem que fins i tot en tinguin (de codi deontològic) periodistes i policies i no, pel que sembla, els docents universitaris.

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CiU, Pujol i 3%

Diuen que el Mossad va afavorir en el seu moment, indirectament i directament, el creixement d’Hamas, mentre combatia sense pietat les organitzacions palestines laiques i socialistes. Les raons eren diverses – sempre emmarcades en una lògica de “voler la guerra” – i una d’elles era la propagandista: és molt més fàcils justificar un estat de guerra permanent i tots els “excessos” militars contra un enemic de discurs religiosament fanatitzat i fàcilment estigmatitzable davant de les opinions públiques occidentals.
En el conflicte que enfronta l’estat espanyol amb bona part de la societat catalana, la propaganda de les forces que donen suport al règim (els anomenats “constitucionalistes”) s’ha basat en un assertiu “mejor unidos” per una banda i per l’altra en l’anihilació política i comunicativa (a més de militar) de l’enemic separatista. Continua llegint

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Crònica d’un desconfinament

Fase 1, primer dia.

Tot va de primera, la gent surt al carrer, les botigues obren tímidament. Les obres també, no tan tímidament. Però sobretot, la normalitat avança a cops de motos, cotxes, furgonetes, camions, motocicletes, i també taxis i autobusos. A l’espera d’una recuperació total i del retorn d’avions i creuers (dels que fabriquen gasos d’efecte hivernacle com a ciutats mitjanes), els signes prometedors ja són visibles des de Collserola: una calitja suau i groguenca difumina els perfils d’algunes zones de la ciutat.

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No és encara, és clar, aquella boira densa i fragant que embolcalla, sobretot en temps d’anticicló, carrers, monuments i edificis de la ciutat i que protegeix la llunyana Mallorca dels ulls indiscretos dels curiosos, però no ens queixem: estem al principi.

Respiro (amb els primers aromes de CO2 i NO3) a fons, alleujat: aviat ja no correrem el risc de morir d’aquest maleït virus, sinó només de tumors pulmonars i respiratoris, enfisema, intoxicació per metalls pesants, silicosi, politraumatisme d’accidents de trànsit, ganivetada per discussió del trànsit i altres factors naturals. S’ha acabat tenir por, torna la normalita

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El pa de pessic

En resposta a l’emergència provocada per la misteriosa intoxicació massiva bona part dels cuiners i cuineres progressistes del país han posat els seus coneixements als serveis de la població. Ho han fet mitjançant una allau de textos, vídeos, àudios, piulades, repiulades, articles, documentals sobre les terribles conseqüències ambientals i estomacals de pastisseria industrial, excés de sucre, distribució de donuts i donetes, envasats plastificats. Són milers i milers d’hipòtesis, afirmacions, deduccions, creences sobre l’origen, desenvolupament i futur de l’agent intoxicant que poc a poc obren camí a un consens: així no es pot seguir, cal un canvi radical. Continua llegint

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25 aprile, poco da festeggiare.

25 aprile. Un altr’anno – e son già parecchi – di “Belle ciao”, sventolii di bandiere tricolori, patriotici e orgogliosi richiami alla nostra storia di antifascisti, col Mussolini e la Petacci appesi per i piedi a Piazzale Loreto, le 5 giornate di Napoli, i partigiani e la Costituzione più antifascista e più bella del mondo – per dirla con quel rincoglionito del Benigni.
Italia, democrazia nata dalla Resistenza e “avanti popolo” a tutta birra, paese di rivoluzionari ed intellettuali liberi pensatori che si scrollò il giogo della dittatura fascista grazie all’eroica “Resistenza” alla quale parteciparono tutte le forze sane della nazione, dai cattolici ai comunisti, dai repubblicani ai liberali, dai braccianti ai carabinieri.
Non so se vi succede ma a me la liturgia del 25 aprile, sempre meno sfavillante da quando è stato sotterrato quel che rimaneva del vecchio partito comunista, con i suoi discorsi e manifestazioni ufficiali, le commemorazioni di martiri, i canti in coro e le tavolate in trattoria non riesce più a camuffare quella che considero una pericolosa opera di mistificazione storica.
Grazie a questa retorica, e alla ripetizione da mantra di formule sul popolo italiano e sui valori dell’antifascismo, poca, pochissima gente in Italia e all’estero s’interroga sulle cause, meccanismi e dinamiche che portarono il fascismo al potere attraverso le urne. Pochi, pochissimi si chiedono chi componeva e perché le folle oceaniche che acclamavano l’entrata in guerra dell’Italia contro le “potenze plutocratiche”. Nessuno si chiede perché dopo la guerra non sia stato, non dico condannato, ma neanche processato nessun ufficiale o militare italiano per crimini di lesa umanità. Nessuno si chiede come mai si sia diffusa e tacitamente accettata la leggenda dell’”italiano brava gente”, nonostante le atrocità commesse in Libia, Iugoslavia, Albania, Eritrea, Catalogna, Spagna.
A forza di Bella Ciao e di legalità antifascista si è esorcizzato un ventennio in cui i professori universitari, gli artisti, gli intellettuali che si rifiutavano di aderire al fascio si contavano sulle dita di una mano, in cui la borghesia si schierò compatta a favore del duce, in cui la chiesa collaborò col regime, in cui le organizzazioni operaie e rivoluzionarie furono ridotte ad eroiche minoranze, e in cui vastissimi strati popolari aderirono con entusiasmo al progetto d’imperialismo straccione promosso da Benito & C.
Visto in prospettiva, lo sbrodolarsi addosso paroloni come libertà, giustizia sociale e pace fra i popoli, da parte di quelli che incassavano le cambiali firmate da Franco con Mussolini, sostenevano colpi di stato degli USA in mezzo mondo, organizzavano o tolleravano organizzazioni come la P2, Gladio, o mettevano in atto la strategia della tensione con stragi indiscriminate tutt’ora impunite… ma anche di quelli che hanno applaudito per anni la repressione e la persecuzione degli “estremisti” di sinistra, che hanno denunciato chi impugnava le armi o tirava una molotov, che hanno taciuto su complicità e tradimenti di classe… appare ormai una nauseabonda oscenità. Una cortina di fumo ad uso interno ed esterno per nascondere il brodo di coltura da cui scaturì il mostro fascista e che continua intatto nell’Italia odierna.

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Tribulacions d’un autònom 2899ª part

Ho admeto, soc un inútil en tecnologia. No tinc certificat digital, ni Clave, entre altres coses perquè quan vaig intentar fer-los em perdia amb les password, que no permeten que siguin molt fàcils de recordar o intuïtives (per exemple en tot el que tenia a veure amb hisenda volia emprar un senzill tuputopadre. Tot junt i amb minúscules).
Així que per demanar l’esborrany de la declaració de la renda entro a la seu electrònica d’hacienda somos todos. Del tema llengua ja en parlaré en un altre moment. A l’abigarrada pàgina inicial trobo l’apartat que em convé i hi clico. I comencen a sortir formularis per omplir. Nom, cognoms, NIE, adreça, números de referència de l’activitat econòmica. Continua llegint

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1.714.000 mascaretes

1.714.000 mascaretes. La polèmica està servida per iniciativa d’algun ocurrent funcionari de l’estat. Sovinteja, entre les crítiques al Buch (que mira que l’home n’és de criticable i més), una línia argumental que és recurrent entre els partidaris d’esquerres de la unitat de la pàtria espanyola: els catalans (aquest cop a seques, no només els independentistes) no tenen dret a reivindicar cap victimització específica per part del franquisme, ja que la dictadura va agredir el conjunt de pobles d’Espanya i a més amb la col·laboració de bona part de la dreta catalana. Sempre m’ha sembrat, aquest, un raonament curiós. En primer lloc perquè el fet innegable que hi hagi catalans unionistes, franquistes, etc. demostra més aviat la naturalesa més política que nacional de la proposta de república catalana, i en segon lloc perquè nega un dels aspectes de tot sistema social injust, la interseccionalitat. Continua llegint

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