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Archive for 5 de agosto de 2010

Recuerdo perfectamente el día que sufrí mi primera crisis de vértigo, aunque en aquel momento no sabía de qué se trataba, ya que debía tener unos nueve o diez años. Este es uno de esos episodios de nuestra vida que por alguna razón se queda en la memoria por encima de los demás, y por lo tanto ni se deforma ni se pierde en recovecos de los que pueda salir mutilado, así que, cuando acude a nuestro presente, lo hace de forma tan nítida que parece que acaeciera ayer.
Aquel día, aquella tarde, me había quedado sola en casa y a cargo de dos tareas: colgar la ropa de la lavadora y mantener encendida la cocina de leña. Por aquel entonces la sala principal de la casa era, también, mi habitación. Mi cama estaba pegada a la pared, paralela a la mesa donde comía toda la familia. Enfrente, dos armarios roperos, los únicos de la casa, y entre ellos, la tele.
Con esa edad, en aquel ambiente y en esa época, era completamente normal que una cría estuviera tumbada viendo la tele. Cuando decidí ponerme con las tareas no pude levantarme, porque hacerlo era como poner el pie en una noria. Sólo podía estar tumbada, sin moverme, intentando poner la vista fija en un punto del techo, que tampoco paraba de bailar. Y una sola preocupación: mi madre me mata si no hago las tareas.
Me eché al suelo, me tumbe de espaldas y me arrastré hasta la cocina flexionando y estirando las piernas. Conseguí, desde el suelo, vaciar la lavadora y poner la ropa en una tinaja, pero me rendí ante la evidencia de que no podría colgarla. Era imposible hacerlo desde el suelo. El fuego, evidentemente, se apagó.
Mi madre al llegar, como yo había augurado, no me creyó. De aquel vendabal de la bronca recuerdo las acusaciones de urdir aquella mentira del mareo para encubrir mi holgazanería.
Desde entonces llevo sufriendo crisis de vértigo. La última este lunes. A veces me dura unas horas, a veces días enteros.
Este martes, por fin, vencí mi cazurrería y acudí a consultárselo al médico, y la respuesta, despreciable donde las haya, de éste, no fue otra que: si no has venido en 40 años es que no son tan graves.
El que haya sufrido alguna de estas crisis estará de acuerdo conmigo en que la sensación que se origina durante una de ellas es de lo más angustioso que uno puede sentir.
En fin, que quiere verme durante una de esas crisis, así que ahora puede que tenga que esperar otros 40 años hasta que tenga la suerte de que la crisis me asalte de lunes a viernes, y de nueve a dos, porque hasta entonces nos nos pondremos manos a la obra para encontrar la causa y el remedio, suponiendo que yo decida acudir a consulta, ya que, viviendo en un segundo sin ascensor y sin coche, yo, durante esa terrible situación, sólo quiero que se acabe el mundo y no estoy, precisamente, para moverme por el mismo.

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