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miércoles, 3 de agosto de 2011

Tierra de vino

El taxista que nos condujo desde Gratallops de vuelta a Falset asegura que está siendo un año muy seco, que no ha llovido en la zona desde el otoño pasado. Para compensar -apunta- las temperaturas no han sido tan altas como en años anteriores: “El año pasado, a estas horas, el termómetro marcaba treintaicinco grados. Pero mira -explica mientras señala el termómetro del salpicadero sin dejar de trazar las cerradas curvas de la carretera-, ahora estamos a veintisiete”.

Hemos salido de Falset antes de las diez de la mañana, a pie, por el camino hacia el cementerio, para tomar luego el viejo sendero que conduce hasta Gratallops. La ruta asciende entre encinas y desciende rodeada de pinos hasta el lecho seco del Siurana, para volver a ascender hasta los viñedos dispuestos en terrazas. Se me ocurre pensar que, si en lugar de haber recorrido el camino cerca de los veintisiete grados lo hubiéramos hecho a treintaicinco, a estas horas seríamos un par de cadáveres pasificados.

Ignoro si con este tiempo suave y seco será un año bueno o malo para el vino. Todo parece indicar que 2010 fue un año excelente en el Priorat. El tiempo colocará a este donde le corresponda. Lo único seguro es que los racimos de las colinas que rodean Gratallops lucían el sábado de esta guisa.


racimo

lunes, 18 de abril de 2011

de viaje

Ya tenemos entradas para el concierto del domingo en la filarmónica; una excelente selección de los maestros rusos Glinka, Tchaikovsky, Borodin y Mussorgsky. De hecho las compramos hace más de dos meses. Creo que fue lo primero que miré, antes incluso de decidir los días que iríamos, y al final organizamos el regreso a Barcelona en función del concierto. Lástima que no vamos en mayo, con recitales conducidos por Claudio Abbado. También tenemos una buena guía actualizada (con esta ciudad no valen las de hace diez años) y media docena de carretes para traernos de vuelta a casa un pedazo de Berlín.

Nos vamos mañana y todavía no he empezado a hacer la maleta, como siempre todo a última hora. Aunque si no fuera así ya no sería yo.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Ein Prosit!

O lo que viene a ser lo mismo: un brindis. Una especie de grito de guerra que suena una y otra vez estos días en Munich, la capital mundial de la cerveza (con permiso de holandeses, ingleses e irlandeses). Me he dejado caer por allí unos días, pocos, aunque los suficientes para ahogarme en algunas auténticas delicias de lúpulo, perder la memoria sin perder la compostura, cantar en alemán, hablar en inglés lo justo para hacerme entender, pasar frío -joder qué frío hace al norte de los Alpes- y deleitarme tras los vertiginosos mostradores de las teutonas bávaras. Y todo por culpa de unos amigos de Boston que conocimos hace unos años en una coctelería en Madrid (sí, lo que se dice malas compañías) que nos han invitado a la mesa que habían reservado en el pabellón de Löwenbräu en el Oktoberfest.

Lo dicho: Ein Prosit!


Löwenbräu-Festzelt

sábado, 28 de agosto de 2010

Toro

Fuimos a las dehesas de El Camarate para ver los toros. Ahí aproveché para echar unas fotos con mi trabuco nuevo.


Toro

miércoles, 25 de agosto de 2010

Lo que ven mis ojos

El anciano, seco y encorvado como un sarmiento, se acerca despacio a la barra del bar arrastrando sus pies cansados calzados con unas deportivas del color de mil lavados y mil kilómetros andados por los bancales arcillosos de los olivares. Pide un vino, cosechero, frío, servido de una botella de algún refresco de dos litros que sacan de la nevera. Es un vino de un rojo rubí translúcido, casi rosado pese a mantener la tonalidad del tinto. La camarera, un chica joven de quien los viejos del bar, pese a que está trabajando apenas desde que empezó el verano, ya han memorizado todas sus generosas curvas y redondeces mientras se humedecen los labios ajados con la punta de sus lenguas, le pregunta al anciano si lo quiere con tapa. Le deja elegir entre las varias que tiene –choto al ajillo, pies de cerdo con garbanzos, almejas a la plancha, anchoas marinadas- porque sabe que sólo tomará una con el primer vino. Con el vaso en la mano, después de darle un sorbo para no derramar con sus inevitables temblores, porque ese vasito es algo demasiado pequeño y frágil en sus manos rudas de campesino viejo, arrastra los pies hacia la mesa solitaria junto a la columna y se sienta, solo, no habla con nadie y nadie le habla a él. Tiene mala fama, fama de mala persona y con eso basta en el pueblo. Tanto da si es cierto como si no. Vacía el vaso y de entre los pliegues de sus pantalones, unos pantalones que años atrás fueron de su talla y que ahora se anuda bajo el pecho sin poder evitar las bolsas y ausencias en todas sus articulaciones, saca un pequeño monedero del que extrae un billete de cinco euros doblado sobre si mismo en varios pliegues, hurga en el fondo con sus dedos torpes, cuenta las monedas y se levanta a por otro vino. La gente que se arremolina junto a la barra le hace un hueco y sigue con sus charlas, ajenos a él, dándole la espalda.

Hay mucha gente joven entre los parroquianos pese a ser el hogar del pensionista. Algunos han venido de la capital para pasar unos días de vacaciones en el pueblo con sus familias. Otros, venidos también de alguna capital, están en paro y han regresado al pueblo para poder vivir con su exigua paga y, de paso, sacarse algún dinerillo echando horas limpiando olivos o recogiendo leña para el invierno. Todos, sin excepción, están aquí y no en otro bar porque saben que en este es donde sirven las mejores tapas, al margen de que sea el más barato, que dadas las circunstancias tampoco es baladí. Pero eso no es una cuestión que suela abordarse francamente. Aquí no se habla nunca de dinero, ni del que se tiene, ni del que se gasta, ni del que se debe. En el pueblo existe una especie de acuerdo tácito para evitar ese tema, como si fuera un sucio y vergonzoso tabú. Y quien lo rompe es objeto de críticas, burlas o chanzas, como esa mujer que asegura haber alquilado un terreno para montar la plaza de toros durante las fiestas por tres mil eurazos. “Si no me pagan quemaré la iglesia” asegura, pese a que todos saben que es una beata que moriría de abulia sin sus tardes de cotilleo. Aquí de lo que se habla es de tantos o cuantos olivos, o de tantos o cuantos kilos de aceituna. Si uno recoge quinientos o mil, le dará para pagar el prensado y tener aceite para todo el año, que no es poca cosa. Pero con quince o veinte mil kilos al año, es que puede permitirse vivir bien.

Un grupo de hombres vestidos con ropas de trabajo hablan de sus cosas. El que tiene la voz cantante y al que todos escuchan parece ser uno de esos con muchos kilos de aceituna al año. Los vasos que sostienen parecen minúsculos en sus manos grandes y nudosas. Sus rostros oscuros y curtidos a la intemperie como una bota vieja hablan de ellos más que sus propias palabras. Discuten sobre la necesidad de renovar la maquinaria, hasta que uno de ellos menciona el eterno problema: no encuentran gente que quiera trabajar en el campo. Los hijos emigraron y ya no están por la labor. Si acaso, alguno les ayuda en la aceituna aprovechando los pocos días que regresa al pueblo durante las Navidades, pero poco más. Cuando ellos ya no puedan dedicar sus fuerzas al campo, todo se perderá. Ya hay, de hecho, muchas, demasiadas parcelas abandonadas que son pasto de las malas hierbas. Así las cosas, ¿quién es el loco que renueva la maquinaria? Se produce un silencio incómodo en el que todos piensan lo mismo tantas veces pensado pero no se atreven a expresar; sopesan el éxito o fracaso de su sacrificio que ha permitido a sus hijos labrarse un futuro lejos de aquí, pero que precisamente por eso ha condenado la continuidad del campo en la comarca y del mismo pueblo. Forzando un cambio de conversación, uno de ellos comenta sin entusiasmo que este año arrancará los almendros para plantar olivos, ya que no le son rentables. Los demás asienten en silencio, como si ya hubieran hablado de ello en otras ocasiones.

Regreso a la conversación que se desarrolla junto a mí, alrededor de la mesa donde estoy sentado. No me he movido de mi silla desde hace un buen rato, pero sólo había dejado ahí mi cuerpo; el resto andaba arremolinado entre los parroquianos del bar como el humo de los cigarrillos. He caído de nuevo aquí en medio al notar que se dirigían directamente a mí para preguntarme algo, de igual manera que lo habría hecho si alguien hubiera reventado con un alfiler el globo que me mantenía a flote sobre ellos. Hablaban de juntarse hermanos, primos y tíos en casa del tito Gregorio para comer unos conejos al ajillo y querían saber si contaban conmigo. Discutían a quién comprar los conejos, porque de matarlos, desollarlos, destriparlos y cocinarlos se daba por supuesto que nos encargábamos nosotros. Y como también por supuesto yo no iba a desnucar, despellejar ni destripar a ningún conejo, me he comprometido a encargar buen vino –sin desmerecer el cosechero del tito Gregorio, Dios me libre- para la ocasión.

Para un urbanita hasta las trancas como un servidor, basta con una inmersión de unos días en lo más profundo de la vida rural para resquebrajarme esquemas y prejuicios hasta obligarme a redefinir conceptos que antes tenía perfectamente calibrados, tales como brutalidad, barbarie o primitivo. Todo queda diluido en un confuso pragmatismo tradicional difícil de juzgar con los mismos parámetros que se manejan entre amplias avenidas eslabonadas de semáforos y muslos de pollo plastificado en la sección frigorífica del hipermercado. Aquí nadie se plantea juicios de valores ni morales cuando hay que desnucar un conejo; ni se le ocurre sentir pena o empatía por él. Simplemente lo saca de la jaula, lo agarra por las patas traseras y le asesta un golpe en la nuca con la mano libre. De igual forma que desplumará una gallina y le cortará la cabeza de un hachazo certero sobre el mármol de la cocina, o hundirá un largo cuchillo en la yugular palpitante de un marrano que se desgañita chillando mientras se desangra hasta llenar el cubo que alguien habrá colocado bajo el cálido chorro que mana del profundo tajo. Y todo esto no solo es necesario, sino que es festivo y colectivo. No es de extrañar, pues, que las plazas de toros se llenen durante las fiestas patronales: lo que allí se ofrece, asumido por todos el componente sangriento, es solamente espectáculo. Y pese a todo, todavía existe la percepción de la crueldad, que se halla en ese límite que obliga al matador a no fallar con el estoque, igual que ellos no fallan en el golpe en la nuca. Ante eso, ante el innecesario sufrimiento del astado, la plaza entera responderá con silbidos y pataleos de desaprobación e incluso –no será la primera ni la última vez que ocurra- si la incompetencia con la espada y el descabello es manifiesta, intercederá la benemérita para rematar al toro de un disparo. Y también pese a todo, pese a esta aparente simplicidad de la vida y la muerte, todavía queda espacio para que un urbanita como yo observe las contradicciones rurales cuando alguien me dice que ya no va a los toros porque no le gusta que maten a los animales, justo dos días después de haber celebrado la apertura de la veda de caza poniendo a punto su escopeta.

mansos y bravos

Al final, el guiso de conejo al ajillo con patatas resultó delicioso. El vino, por gracia de Don Fernando, llegó con tiempo más que suficiente y fue generosamente alabado y festejado, tanto o más que el blanco amontillado del tito Gregorio, que observaba la escena desde su rincón de la cocina, atento, pero sin distraerse de su gran sartén de sustentos que comía despacio y sin pausa con una cuchara.

lunes, 23 de agosto de 2010

El peso de las dos mitades

Ando barruntando de qué manera podría yo permitirme el lujo de partir el año en dos mitades, la una para consumirla en Barcelona, la otra para vivirla en el pueblo. Y en estas me pregunto qué tendrá Barcelona para ganarse el mismo peso en esta disyuntiva que el aire seco y puro que corre entre los pinos, el agua que salta por los barrancos de Sierra Nevada hasta llegar al grifo, el gazpacho y la ensalada con tomates y pepinos recién cogidos del huerto, el aceite de los olivos que tapizan el horizonte arcilloso por el camino de las viñas, más allá de la ermita de San Gregorio, con que riego el pan del día anterior, tostado para el desayuno; los conejos que vamos a escoger de la jaula y desnucamos y desollamos media hora antes de encender la lumbre en el suelo, en la que los cocinaremos al ajillo con patatas que hemos cogido del montón que aguarda a la entrada del corral; el vino cosechero, efímero, fresco y afrutado, de un rojo rubí translúcido que acabamos de sacar de las barricas que el tito Gregorio guarda en el sótano de su casa. Me pregunto qué tendrá Barcelona para empatar contra la sombra fresca de las parras en lo peor de la canícula, con la copa de vino blanco en una mano y en la otra un libro; los paseos entre verdes maizales, viñas ancestrales y almendros cargados de dulces antojos en la tregua del atardecer, las noches de grillos frescas y estrelladas hasta el asombro, el perfil altivo de cimas todavía nevadas de la sierra, la sencillez primordial de los días y las gentes. Me lo pregunto y no encuentro la respuesta, salvo que esta sea la obligación y costumbre. Y mientras escribo esto, pienso que ya es la hora de acercarse al Mariano, o mejor al Hogar del Pensionista, y regalarse una cerveza bien fría con una tapita de choto al ajillo o de pies de cerdo, lo que tenga a bien servir la buena señora.

miércoles, 7 de abril de 2010

Excursionista ante un mar de luz

Excursionista ante un mar de luz

lunes, 29 de marzo de 2010

Lo que le falta al pueblo

Estos días me voy al pueblo, que no es baladí. De hecho, para mí esto de “irse al pueblo” es bastante nuevo, no termino de acostumbrarme. Hace unos años, en cuanto tenía unos pocos días de fiesta, siempre andaba con la misma milonga: dónde ir, cuánto me puedo gastar, solo o en pareja o en grupo... Ahora es fácil: me voy al pueblo, que me he propuesto que me hagan hijo predilecto.

Las cosas como son, es una opción casi inmejorable pues tiene casi de todo. Tienes ahí tu sierra para dar los paseos de rigor tras los pantagruélicos ágapes de pueblo, o te puedes ir al camino de las viñas a coger espárragos, o a los bares a tomar las cañas o los vinos que acompañen a las tapas. Que no están nada mal los vinos, dicho sea de paso. Últimamente están embotellando unos crianzas y unos reservas más que dignos. Hasta el vino cosechero, afrutado y de un color casi rosado, entra bien con la tapa de choto al ajillo. Pero claro, llega un momento en el que todo hombre de mundo necesita algo más, que no todo son vinitos y tapitas. Y ahí precisamente está el “casi” antes mencionado. Y ese “casi” es el origen de mi proyecto y, en parte, una vía rápida para conseguir, finalmente y de una vez por todas, merecer que me nombren hijo predilecto.

Vayamos por partes, para mi proyecto necesito un local. En el pueblo hay, por lo menos, cinco bares a tener en cuenta para tomar buenas tapas, pero todos ellos excepto uno cierran a las tantas. Así que sólo nos podemos centrar en uno para el proyecto. Este bar no es otro que “El hogar del pensionista”, donde no solo ofrecen las mejores tapas, sino que además es donde las cobran más baratas. Cierto es que el ambiente no es precisamente el más animado del pueblo, a no ser que la intención de uno sea hablar de achaques o de política preconstitucional, pero también hay que apuntar en su favor que es el más grande y que tiene una chimenea de leña. Y lo mejor de todo es que cierra a las diez de la noche. El horario ideal -habrá que añadir media hora más o menos para cambiar un poco el ambiente, es decir, para cambiar los carteles de veraneos en Peñíscola y Benidorm por fotos en blanco y negro de Miles Davis y Jane Birkin- para abrir una cocktelería. Sí, una cocktelería. Porque un hombre de mundo de vez en cuando tiene la irrefrenable necesidad de tomar un Dry Martini, un Whisky Sour o un Manhattan como Dios manda. Además, ¡En qué cabeza cabe un pueblo de setecientos habitantes sin una cocktelería! Eso es justo lo que le falta al pueblo para ser inmejorable y tener de todo. Una cocktelería. Además, estoy convencido de que sería un polo de atracción para los pueblos circundantes, convirtiéndolo de facto en la capital de la comarca. Vaya, que como la cosa salga bien, no sólo me nombran hijo predilecto. Es que acabo de alcalde.

lunes, 22 de febrero de 2010

Barcelona-Madrid-Barcelona

Empiezan a servir la cena y en el coche número dos del tren Madrid-Barcelona, clase preferente, se instala un espeso olor a comida que me traslada a los pasillos asépticos y poco iluminados de un hospital por el que, a esa misma hora, avanza despacio un carrito de acero pulido empujado por un hombre de bata verde pálido. Más allá incluso, a las colas de niños todos con la misma bata a rayas y la misma bandeja de plástico, esperando el turno frente a las enormes cacerolas humeantes del comedor del colegio. A ese mismo olor a verduras hervidas, a sudor rancio y pasta reblandecida en un caldo blanquecino, a recortes de bistec correoso entreverado de nervios, demasiado pasado y demasiado frío para comerlo.
– ¿Va a cenar el señor?
– No gracias, no tengo apetito.

viernes, 2 de octubre de 2009

No se acaba nunca

en el Café de l'Époque


Parece estar mucho más allá de su mirada, pensando tal vez que, efectivamente, París no se acaba nunca, que a París no se la puede aprehender y mucho menos de visita; mucho menos si a cada vuelta se la empieza por el principio, por el Sena a su paso por Notre Dame, por el Louvre o el Pompidou y por el Quartier Latin o Saint Germain. Pero es que París no se detiene nunca, siempre nueva y cambiante y distinta para ser el París de siempre.

Y piensa que, definitivamente, París no se acaba nunca en un momento de reposo en la terraza del Café de l’Époque, tras una mañana entera de Louvre y antes de continuar con otro Louvre de toda la tarde. Y por la noche será cena en el Polidor sabiendo que eso descarta la Brasserie Lipp's o Le Voltaire, igual que el Pompidou ha dejado en la cuneta el Orsay o el Rodin. Pero también París son cruasanes para desayunar en una terraza mirando el ajetreo de la calle, o paseos nocturnos por la rue Écoles y sus cines de viejas películas en blanco y negro, o por el Jardin des Plantes, el Quai de la Tournelle y las galerías cubiertas. Y pese a que, efectivamente, París no se acaba nunca, vale la pena estar en París, aunque sea sólo de visita y volviendo a empezar por el principio.

miércoles, 12 de agosto de 2009

La luz

La luz, toda la culpa es de la luz, de sus matices, de sus reflejos sobre la quieta superficie del lago, de su soltura para descomponerse hacia todos los colores posibles. Estoy repitiendo una y otra vez la misma foto a distintas luces del día, a distintas horas de esta luz. Y no me canso aunque sé que después tendré una amplia colección del mismo lugar, pero no del mismo paisaje. Con esta luz, más que agua parece un lago de mercurio, una lámina ni líquida ni sólida, un fluido denso que se ondula pausadamente y transforma esta luz con tal intensidad que uno ya duda si no será el cielo un reflejo del lago. Dan ganas de reír y de gritar de tan hermoso que es.


Jyväskylä, cinco de agosto de 2009, al anochecer.

el lago (noche ártica con nubes)


el lago (amaneciendo)


el lago (nublado)


qué hay ahí...


el lago (atardecer con nubes)


el lago (ocaso)


el lago (noche ártica)

jueves, 16 de abril de 2009

Si no fuera por

He regresado esta mañana, en el tren nocturno y en un compartimento (o habitación, o camarote, no sé) mejor que el de ida. Es decir, que o nos estafaron a la ida, o nos regalaron a la vuelta. Que esto de viajar en tren tiene su encanto, su saborcillo a novela de intriga y eso, pero a la ida, porque a la vuelta tiene un regusto de largo trayecto hacia el matadero. Como una lenta agonía de regreso a la rutina que uno no sabe si prefiere encontrarse de golpe y porrazo o despacito, aunque le de tiempo más que de sobras para pensar en ello y entristecerse hasta olvidarse de que todo viaje debería ir acompañado de una sonrisa. Aunque sea el de vuelta.

Y todavía no he deshecho la maleta. Es el último recurso que me queda, el último acto del viaje. Como si no hacerlo significara que todavía estoy ahí, en el pueblo a los pies de Sierra Nevada; ahí donde me hubiera quedado si no fuera por tantos si no fuera por. Porque pese a no ser mi pueblo, pese a no ser nada mío, me he sentido arrancado de raíz. Arrancado de su aire frío y seco, arrancado de su sol y de sus cielos que no se acaban nunca. Arrancado de la caña con tapa, la primera, la segunda y la tercera. Arrancado de sus guisos, de sus dulces de semana santa, de los chistes y chismes de sus gentes, de sus cerezos en flor y de sus paseos para buscar espárragos que después haremos en tortilla con huevos todavía calientes. ¡Si por tener tienen hasta una recién estrenada bodega con vinos más que dignos!

Que estoy aquí de nuevo pero sin quererlo. Que me gustaría volver para quedarme, si no fuera por.

La cuesta de los cipreses

lunes, 6 de abril de 2009

Viajes y trayectos

Todos los viajes deberían hacerse en tren. O en una moto de motor reluciente o un viejo coche sin aire acondicionado, con las ventanillas bajadas por carreteras secundarias. No es que tenga nada en contra de los aviones o las autopistas, pero si todos los viajes se pudieran hacer así, significaría que no tenemos prisa, que nada nos obliga a cumplir con unos horarios o un calendario y que disfrutamos tanto del destino como del trayecto. Y si al tren, como al viejo coche, también se le pueden bajar las ventanillas –lujo este en vías de extinción– entonces el placer del viaje se sublima, deja de ser un mero trayecto, una aséptica línea trazada entre dos puntos.

Algo así es lo que haré este miércoles por la noche. Tomaré el tren de las nueve de la noche, vagón restaurante y cabina para dos con vistas al paisaje que se extiende entre Barcelona y Granada. Allí nos estarán esperando para llevarnos hasta Guadix y más allá, a los pies de Sierra Nevada que, haciendo honor a su nombre, se levanta imponente y cubierta de un manto blanco que tengo intención de pisar en alguno de mis paseos para facilitar la digestión de los opíparos guisos que voy a meterme entre pecho y espalda. Para aclimatarme, ayer compré una caja de cerveza Alhambra Reserva, de la que estoy dando buena cuenta.

Quedan sólo tres días, que de buen seguro se harán largos. Así que para empezar este primero, que para más inri es lunes, no se me ocurre nada mejor que un poco de música para levantar el ánimo y dibujar una sonrisa.


(sugerencia de consumo)
Louis Armstrong y Danny Kaye cantando When the Saints go marching in

sábado, 21 de marzo de 2009

Escaleras

Roma es una ciudad de escaleras. Y este hecho constatable en absoluto tiene que ver con las siete colinas que ondulan el perfil de sus calles. Es mucho más simple que eso: las escaleras confieren una indudable pátina de distinción y señorío a una ciudad. Y si de algo van sobrados los romanos es de señorío, por eso meten escaleras por todas partes. Hay escaleras en las calles, en los accesos a los edificios públicos y privados, en las iglesias, en las fuentes, en las plazas. ¿Qué es la Piazza Spagna sino una grandiosa escalera? ¿Qué rodea la Fontana di Trevi sino una escalera? Hay escaleras que desembocan en ninguna parte, mientras que otras ocupan toda la acera, obligando al transeúnte a invadir la calzada para sortearlas o a subirlas por un lado y bajarlas por el otro como si se tratara de un campo de entrenamiento.

Un ejemplo de esto último es la via del Quirinale, donde se alza, en su cruce con la via delle Quattro Fontane, la bellísima y barroca iglesia de San Carlino, obra Borromini. Cuando pasé por esa calle y frente a la iglesia pensé: “Roma es así porque no es Barcelona”. Me explico. Esta calle, de hallarse en Barcelona, por ejemplo en el barrio de Gracia, el ayuntamiento ya la habría “posat maca” derribando los edificios que la cobijan y ensanchando las aceras. La esquina rehabilitada resultante ahora sería un moderno bloque de viviendas de obra vista “con todas las comodidades” a cargo de los infames “Núñez y Navarro”. Y volviendo a la Piazza Spagna, no puedo más que alegrarme de que no esté en Barcelona, ciudad que puede presumir de que la única escalinata “romana” que tiene, también subiendo desde la Plaza España, ya ha sido mancillada de pasarelas volantes y escaleras mecánicas con tendencia a no funcionar. ¿Alguien se imagina la hermosa Piazza Spagna romana emparedada entre escaleras mecánicas?

viernes, 19 de septiembre de 2008

El vino de Porto

Es bien sabido que viajando se aprende y que es de agradecidos compartir, así que aquí os dejo esto.

El vino de Porto se obtiene a partir de detener de la fermentación del mosto mediante el añadido de brandy o aguardiente de vino y el posterior envejecimiento. Del tipo y calidad de la uva, el envejecido en barrica o botella y las posteriores mezclas dependerán las distintas categorías y tipos de porto resultantes.

En líneas generales, la primera y más evidente distinción debe hacerse entre el porto blanco y el tinto. En ambos, a mayor envejecimiento, más dulce resulta el vino. En el caso del porto blanco, elaborado principalmente a partir de las variedades Malvasia Fina, Donzelinho y Gouveio, este envejecimiento oscurece su color, desde el dorado o pajizo de los más jóvenes hasta un caramelo o tostado que se asemeja al color de los tintos más viejos. Estos últimos serán denominados Lágima y Doce, mientras que los primeros son los Seco y Extra seco.

Para el porto tinto, los tipos de uva empleados son, en esencia, la Touriga Nacional y la Touriga Francesa, la Tinta Amarela, Tinta Barroca y Tinta Roriz y, al contrario que los blancos, su color se aclara con el envejecimiento. El modo de elaboración se divide en dos grandes grupos, aunque los días que anduve por Portugal escuché distintas interpretaciones: los vinos estilo Ruby, que se caracterizan por su pronto embotellado y tienen fecha de cosecha (entre los que se encuentran el Vintage, que es el rey de los vinos de Porto, el LBV y el Ruby) y los estilo Tawny, vinos que envejecen en barrica, filtrados al ser embotellados, por lo que no requieren ser decantados y no tienen fecha de cosecha (los Tawny jóvenes y de diez, veinte, treinta y más de cuarenta años, y los Colheita).

bodega Ramos Pinto


De estos últimos, el Tawny básico es el más sencillo y raramente tendrá más de tres años, aunque los más maduros pueden llegar a tener hasta ocho. Este vino se obtiene a partir de la mezcla de vinos de distintas vendimias envejecidos en barrica. No se indica el tiempo de envejecimiento una vez embotellado para su venta. Una vez abierto, puede conservarse hasta un mes en buenas condiciones.

Los Tawny con indicación de edad son vinos que han envejecido en barrica diez, veinte, treinta o más de cuarenta años. Estos últimos pueden llevar la indicación Senior Tawny o Tawny Reserva. También se obtienen a partir de la mezcla de vinos de distintas cosechas. Eso significa que un Tawny de diez años puede ser el resultado de la mezcla de vinos envejecidos durante ocho a doce o catorce años, donde los más jóvenes aportan frescura y los maduros unos aromas persistentes a frutos secos y otros más complejos como café, canela, chocolate o caramelo, que se acentúan cuanto mayor es su envejecimiento. Cuanto mayor es el envejecimiento en barrica, más tiempo se conserva una vez abierto. Estos pueden mantenerse hasta cuatro o seis meses en buenas condiciones.

El último de los tipo
Tawny es el Colheita, también envejecido en barrica un mínimo de siete años aunque lo habitual es entre veinte y cincuenta años los más exigentes. Es esencialmente distinto en tanto no es de mezcla de distintas vendimias, sino que se indica claramente en la botella el año de la cosecha y el de embotellado. De una extraordinaria textura sedosa es, sin ningún género de dudas, la obra cumbre de los Porto estilo Tawny, y también el más raro de encontrar. La conservación de los Colheita es similar a los Tawny con indicación de edad.

Porto embotellado


En cuanto al Ruby, es un vino joven, de menos de un año de envejecimiento en barrica (algunos ni siquiera tienen barrica), fresco y afrutado, debe ser consumido en el año de embotellado preferiblemente. Una vez descorchado, el Ruby se mantendrá en buenas condiciones de diez a quince días.

El LBV (Late Bottled Vintage), también de estilo Ruby, es un vino de gran calidad, obtenido de las mejores uvas y generalmente producido en los años en que una bodega no ha obtenido la denominación Vintage. Este vino suele pasar entre cuatro y seis años envejeciendo en barrica y después será filtrado y embotellado de manera tradicional, con tapón de corcho, para continuar su envejecimiento. Estará en óptimas condiciones para su consumo durante los siguientes seis u ocho años. Este es un vino muy delicado, así que el periodo de conservación una vez abierto no debería exceder de los diez días.

Y finalmente el
Vintage, la joya de la corona que anhela cualquier bodega de Porto que se precie. La denominación Vintage la solicita una bodega, para una cosecha determinada, y la concede o deniega el Instituto dos Vinhos do Douro e Porto (IVDP). También la puede solicitar ya no una bodega (Niepoort, Taylor’s, Ramos Pinto, Graham’s, etc.) sino una Quinta que, en caso de serle concedida la denominación, podrá etiquetar su vino como Vintage Quinta Única (Single Quinta) o con el nombre de la quinta en cuestión, que es el súmmum de los vinos de Porto. Este néctar estará dos años envejeciendo en barrica y a continuación, sin ningún tipo de filtrado, seguirá su lento proceso de sublimación en botella al abrigo de una bodega. Para garantizar la calidad, todos los Vintage deben ser producidos a partir de cosechas reconocidas por el IVDP y embotellados en Portugal. Al ponerse a la venta deberán indicar el año de cosecha y el de embotellado. El resultado es un vino extraordinario, de larga conservación en botella, reservado sólo para ocasiones especiales y que requiere de todo un ritual previo en su decantado y oxigenación para un pleno disfrute de sus cualidades. Hablar de la conservación de este vino una vez abierto es complicado, pues es un vino tan delicado como los Reserva españoles. No se debería dejar abierto sin consumir más de uno o dos días, aunque lo ideal es terminarlo en una sentada.


Más información en el Instituto do Vinhos do Douro e Porto.

sábado, 30 de agosto de 2008

el Duero y algo más

Han sido dieciocho días remontando el Duero a contracorriente como los salmones y... Porto, Vinho Verde, Douro, Ribera del Duero, Rueda, Toro, casi Rioja, Navarra y casi Cariñena, pasando a la vuelta por Penedés. Total, que he cruzado una decena de denominaciones de origen, de las cuales he dado buena cuenta de sus caldos sin acabar de arruinar mi hígado y riñones. Y como he estado tan ocupado, me ha sido imposible y poco seductor buscar un sitio donde poder publicar lo que he ido escribiendo en una libreta durante el camino. Lo haré ahora, respetando más o menos las fechas originales.

parras


Es decir, que las sucesivas entradas de mi ruta del salmón irán apareciendo debajo de esta.

martes, 26 de agosto de 2008

Así da gusto

Para ir a Logroño debemos encomendarnos a un incierto cambio de tren en Miranda de Ebro y aún así llegaremos a las diez de la noche sin la certeza de encontrar un hotel. A Burgos es directo y llegamos a las siete y media, en la guía tenemos una lista de hoteles de esta ciudad y además el cansancio comienza a hacer mella, conque el cambio de planes en el último momento nos parece de lo más razonable. Y qué coño, ¡que en Burgos también se tapea de fábula!

Catedral de Burgos


La última vez que estuve en Burgos estaban rehabilitando la catedral. La recordaba magnífica, eso sí, pero de piedra negruzca y llena de andamios. Hoy la fachada luce un sorprendente tono arenisco que a más de uno le dará por pensar que se han pasado con la limpieza de cutis. Está claro que la memoria visual es muy poderosa y que ante un cambio tan notable lo normal es despertar suspicacias, pero como yo soy de los que piensan que cuando a uno le gusta su trabajo, por fuerza que lo hace bien, no seré quien ponga en duda el trabajo de los restauradores. Eso sí, con este cambio en la catedral ha cambiado el centro de Burgos, pues de ser gris y oscuro, muy medieval en el sentido que le da nuestro imaginario, ahora ha pasado a ser claro y luminoso. Afortunadamente lo que no ha cambiado es el buen hacer en los fogones de los bares de tapeo (“La mejillonera” sigue siendo magnífica y sus bravas insuperables) y restaurantes. O si lo ha hecho, ha sido para mejor… excepto en uno, pues qué chasco con “La cabaña”. En mi memoria estaba rebosante de gente intentando encontrar un hueco por el que colarse hasta la barra, sus bravas eran magníficas, la morcilla y los tigres extraordinarios y el servicio atento y eficiente, y me he encontrado con un local desangelado (debí sospechar al verlo tan vacío), con un par de camareros incompetentes, una jefa con malas pulgas y una cocinera moviéndose a cámara lenta; la morcilla estaba buena, eso sí, porque es lo mínimo que se le puede exigir a un bar burgalés, pero el resto que pedimos para olvidar (de hecho ya lo he olvidado) y los tigres ni siquiera los probé, pues ninguno de los dos camareros fue capaz de recordar mi comanda (sólo lo hicieron a la hora de cobrar). Lo dicho, una verdadera lástima. Así que para borrar el mal sabor de boca, la noche siguiente hemos ido a cenar a tiro fijo al Don Nuño (el Asador de Aranda se alejaba del presupuesto), donde casi me saltan las lágrimas ante la hiperbólica pierna de cordero asado que me he metido entre pecho y espalda, precedida por una sopa castellana y regada con un reserva de Arzuaga, con colofón de postre de la abuela, que es como nuestro mel i mató (a saber, queso fresco con miel y nueces) pero con queso de Burgos en lugar de requesón.

pinchos de la casa


El último día, tras pagar la cuenta del hotel y antes de tomar el tren que nos llevará a Tudela dando una vuelta por Vitoria y Pamplona (los trenes estaban sin plazas y hemos tenido que combinar un par de regionales), hemos aprovechado las escasas dos horas que teníamos libres y, armados con una guía de las mejores tapas de Burgos que lamentablemente hemos descubierto demasiado tarde, nos hemos lanzado a la caza de la delicatesen minimalista con excelentes resultados para el paladar. Así da gusto.

domingo, 24 de agosto de 2008

La España profunda

Llegar a Aranda de Duero a través de un paisaje de almacenes y fábricas de polígono industrial a ambos lados no es la idea que tenía de una bonita ruta por el Duero, pero qué le voy a hacer si la realidad hace todo lo posible por desmontarme el romanticismo previo al viaje. La estación de tren, desierta y aislada, en medio de un paraje desolado, cruzada por varias vías oxidadas y en desuso, me da la sensación de haber entrado en el reparto de un western crepuscular de Sam Peckimpah, o en un cuadro de Hopper, dice ella. Es uno de esos lugares donde la dimensión del tiempo parece no existir. La estación está ahí, siempre ha estado ahí, pero nadie en todo el pueblo lo sabe. Es por eso que cuando el jefe de estación irrumpe ante nosotros como una aparición materializada de la nada (para desaparecer justo después igual que ha aparecido) y nos anuncia que el tren viene con media hora de retraso, no me sorprendo ni me siento contrariado con la noticia. Ni siquiera es resignación, porque ya sé que en esta estación, en esta especie de decorado de un capítulo de "The Twilight Zone", no pasa el tiempo. Este es uno de esos extraños lugares en los que el tiempo sólo desgasta y avejenta.

en medio de ninguna parte


De Peñafiel nos queda el sabor amargo de la decepción, pero es que estaba cerrado por vacaciones tras las fiestas patronales. En Portugal apenas hubo un solo día en que me sintiera extranjero, pero aquí me he visto como un extraterrestre. El hostal está en las afueras del pueblo, junto a la carretera, en una zona rodeada de almacenes y desangelados bloques de viviendas nuevas. Al llegar no nos ha recibido nadie más que un cartel avisando de que hay que ir a por la llave a un bar. Es correcto y funcional, pero impersonal y nada acogedor. Cuando entramos para dejar las maletas de inmediato tenemos ganas de abandonar el pueblo.

Un posterior paseo nos revelará una serie de cuestiones: Por las calles no hay nadie salvo algún turista despistado, adolescentes fanáticos del tunning y, en un parquecillo arbolado junto al río, una congregación jubilados en silla de ruedas. E inmigrantes, muchos inmigrantes rumanos dedicados a la dura tarea de vaciar botellines de cerveza en las terrazas, o vaciar tragaperras, de los pocos bares que quedan abiertos. Porque esa es otra, los restaurantes, poco antes de las nueve de la noche, están todos cerrados. El último descubrimiento, pero no el menos sorprendente, es que el centro histórico de Peñafiel está a las afueras de Peñafiel. Justo en el otro extremo de las afueras donde tenemos el hostal.

Encontramos un bar no demasiado sórdido con comedor al fondo, ahora a oscuras. Preguntamos en la barra y nos dicen que la cocinera llegará sobre las nueve y cuarto, así que para matar el hambre pedimos algo de jamón y una copa de vino. A las diez una camarera rumana teñida de rubio oxigenado empieza a poner las mesas del comedor, sin prisas, y a las diez y cuarto por fin nos sentamos. Sólo hay otra mesa ocupada, pero no será hasta las once menos cuarto que nos pongan los platos en la mesa. El vino, ya que estamos en la cuna de Protos, será un crianza de esta bodega, que nos servirán demasiado frío, recién sacado de la nevera. En el televisor ameniza la velada una selección de las mejores cogidas en los encierros del 2007. Estamos en la España profunda y parece que todo a nuestro alrededor esté pensado para que no nos quede ni un ápice de duda.

sábado, 23 de agosto de 2008

De Salamanca a Peñafiel

La había visitado hace un montón de años, en una ruta que hice con mis padres hace casi treinta años, o quizás veinticinco, no lo recuerdo con exactitud. Por lo tanto, a todos los efectos y salvo algunos detalles que todavía conservaba en la memoria, esta era mi primera visita a esta ciudad, algo que se agradece porque Salamanca invita a perderse por sus calles y sus plazas para así descubrirla. Entrar en la primera tasca que nos crucemos a tomar un vino –¿rioja o ribera? te pregunta el camarero- y una tapa para continuar caminando hasta la siguiente, en la que repetiremos el ritual. Costilla, panceta, riñones, chanfaina, jamón… La elección se hace difícil, aunque con la tranquilidad de saber que sea lo que uno pida, no se va a equivocar.

las conchas de la casa


Cuando hice la reserva, por teléfono, del hostal me preguntaron si prefería una habitación interior o exterior. A las cinco de la madrugada, esta pasada noche, tumbado en la cama con los ojos como platos clavados en el techo mientras escuchaba a las hordas de borrachos berreando por la calle Meléndez, me he arrepentido de mi elección. Es por eso que el trayecto desde Salamanca a Valladolid lo he dormido hasta Tordesillas.

terraza en la plaza mayor arcada de la plaza mayor

Desde tres kilómetros antes de cruzar el Pisuerga, el paisaje junto a la carretera se convierte en el paraíso del promotor inmobiliario, una pesadilla de bloques de viviendas clónicas con sus ridículos parterres con escuálidos arbolitos; una maqueta a tamaño natural hecha con prefabricados, un catálogo de pisos muestra a pagar en cuarenta años con muchas facilidades, lejos de todo y cerca de nada. Poco después, tras cruzar el puente, entramos en la ciudad y el autobús aparca en la cochera. La estación de autobuses de Valladolid nos recibe con banda sonora del Dúo Dinámico y dos relojes: un marca las cinco y el otro las cinco y cuarto. La chica que atiende la taquilla, además de ir estreñida y tener la regla, no sabe los horarios de paso de los autobuses, por lo que nos remite al conductor.

Abandonar la ciudad es un alivio. La carretera ahora cruza un pinar en toda su extensión, sin una sola curva, dando la sensación de avanzar por un túnel hasta llegar a una glorieta con sus indicaciones. Es el primer anuncio advirtiendo de que entramos en tierra de vinos: vamos a Peñafiel. Las oxidadas vías del antiguo ferrocarril que unía Valladolid con Aranda de Duero siguen tendidas paralelas a la carretera en algunos tramos. Pienso que es una lástima que quedara en desuso. Con tantas y tan buenas bodegas en esta zona, qué mejor que hacer la visita en tren. Los pinares continúan saliendo a nuestro paso y comienzan a verse los primeros viñedos. Al fondo una alameda que serpentea el paisaje nos recuerda que estamos siguiendo el curso del Duero. Observo que los pinos de esta zona son distintos a los que se suelen ver junto al Mediterráneo. Son pinares menos tupidos, como aligerados de sus copas. Junto al mar forman un tejido compacto, uniforme y homogéneo, donde las ramas de unos se cruzan con las de los pinos vecinos y las copas se funden y confunden las unas con las otras. Aquí, en cambio, son bosques de pinos individuales, con sus copas bien perfiladas, redondeadas y ligeramente achatadas sostenidas por un tronco recto y estrecho que le confiere una aparente desproporción, como de árbol cabezón.

el coso de Peñafiel


Las indicaciones en la carretera siguen recordándome etiquetas de vino: Quintanilla de Onésimo, Valbuena, Aranda de Duero. Hacia allá continuará el autobús cuando nos bajemos en Peñafiel.

miércoles, 20 de agosto de 2008

La meseta

A Miranda do Douro le sucede lo mismo que a todos los pueblecitos que han padecido un crecimiento desmesurado, que el centro histórico es bonito (en este caso son dos calles principales, una plaza y una iglesia, parcialmente amuralladas) y todo el tejido urbano que las rodea es de una vulgaridad que tira de espaldas. Su situación fronteriza la convirtió en su día en un gran mercado sobre todo de ropa barata para los españoles que viven en Zamora, Salamanca y Valladolid. Y de eso vive todavía, de las compras, la hostelería y más recientemente de bucólicos y bobalicones paseos en barco por el Duero con música new age como banda sonora.

sombras en Miranda do Douro


También es un balcón privilegiado sobre el Duero en su curso fronterizo, del profundo tajo que el lento descenso de sus aguas, con sus crecidas y sus heladas, han surcado en la meseta ibérica, que aquí es protagonista de un horizonte sin fin. A mí estos horizontes sin interrupciones, estas miradas infinitas en que se ven las formaciones de nubes alejándose hasta que se funden en la difusa línea del horizonte siempre me han producido cierta congoja, una sensación de desamparo en la que echo en falta puntos de referencia geográficos a partir de los que me pueda ubicar. Y una vez uno se adentra en España y pierde la referencia del río la sensación empeora. Esa monotonía de paisaje de la dehesa, de los pastos moteados de encinas hasta donde alcanza la vista, de una belleza arrebatadora cuando las sombras se alargan, eso sí, pero en la que no me gustaría perderme porque quizás el primero que me encontrara sería un toro de los que pastan por ahí.

Llegamos a Villarino de los Aires, en la provincia de Salamanca, que es el pueblo de un amigo que nos va a hacer de guía y que antaño fue paso obligado de los contrabandistas que cruzaban el río y puesto avanzado de la Guardia Civil que intentaba evitarlo. Nos libramos por un día de las fiestas patronales, algo que nuestro hígado agradece con un suspiro de alivio. Durante dos días nos dedicamos a recorrer buena parte de la zona sur de la provincia pasando por Ciudad Rodrigo, en la que aprovechamos la visita al casco antiguo amurallado para tomar unas tapas y unos vinos, la Sierra de Francia con su privilegiado mirador y el pintoresco (sus casas parecen sacadas de la Bretaña o Normandía) La Alberca. No hubiera estado nada mal pasarse por Guijuelo (por razones obvias), pero todo no se puede.

en ruta por la meseta


Al regreso vamos por una carretera secundaria cruzando lacónicos pueblos perdidos entre encinares y pastos, que por la forma en que observaban los lugareños nuestra marcha (y por el mejorable estado del asfalto) mucho me temo que no les resultaba demasiado habitual ver gente de paso. Poco después, de nuevo en la meseta, seremos testigos de esas puestas de sol que sólo se dan ahí, cuando por el este la oscuridad acecha y algunas estrellas comienzan a dejarse contar, mientras que al oeste todavía se pueden ver todos los colores rojizos, anaranjados y amarillos de un día que languidece.

día y noche en la meseta salmantina