Qué terribles disgustos se llevan los niños por cualquier cosa. Cómo lloran ante cualquier pequeño problemilla, cómo lo magnifican todo.
Recuerdo que de niña cuando algo me preocupaba mucho, cuando de cualquier pequeña cosilla yo hacía una tragedia y lloraba tan desconsoladamente que mis padres no veían la forma de calmarme, yo, en medio de mis hipos y mi congoja, cuando había ya barajado todas las posibilidades y era tan terrible lo que me ocurría que no tenía solución siempre recurría a una frase - Mañana amaneceré-. Y esto era el mejor de los bálsamos para mi espíritu. El sentirme viva, el tener la seguridad de que al día siguiente seguiría aquí y volvería a empezar de nuevo.
Eran amaneceres de calma chicha como dicen los de la mar. No importaba que el sol luciera en mi interior o que estuviera encapotado con nubes grises. Con sol o sin sol al día siguiente la tranquilidad regresaba.
Ahora, en el otoño de mi vida, el mañana amaneceré no es seguro, cada vez menos. Contemplo desde mi ventana el amanecer mientras pienso; no importa que el horizonte sea de fuego, no importa que el viento Sur agite mis pensamientos, no importa que no se cumplan todos mis deseos, no importa que mis puertas abiertas se golpeen, no importa que la flor de nuestro amor haya perdido un pétalo, no importa que se hagan añicos algunas ilusiones, -Amanece que no es poco-.

