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OTOÑO

Otro en mi piel. Tiempo de íntimas sensaciones. Bocetos de la nostalgia en cada calle. Serena melancolía fundida en la tibieza de un sol más breve y más débil. Tiempo de recogimiento del espíritu devenido crisálida. Y el típico emblema: la hoja que cae.

Paisaje en que el recuerdo desanda los pasos por la vereda alfombrada, y allá arriba los nidos abandonados. Fríos y desnudos. La tarde que va empalideciendo y estirando las sombras de esa hora indecisa, adormecida en las ramas altas y en los viejos pinos. Silenciosamente.

Calle de otoño.
Vieja fotografía
de cal y sepia.


Con aquel verdor transfigurado. Las lluvias del verano en las hojas relucientes. La sombra de olorosa frescura hendida por el metal de las chicharras. Lunas naranjas y grillos amanecidos en la senda nacarada de los caracoles. Días interminables y noches prodigando estrellas a los ojos tumbados en la hierba o en la arena...

Por el mismo camino de ayer.

Viento de mudanzas. De arrebato y despojo. Cielo abierto en los montes de enredada urdimbre en espera. En los parques y avenidas. Presagios de retorno en un rito de adioses. Una vez más...

Brisa otoñal.
Las hojas bajan
a besar su sombra.




Juan Carlos Durilén
Córdoba, Argentina.

Faroles rojos

Había salido de paseo al río, como todas las tardes y, como todas las tardes, deposité mis sandalias junto al cañaveral. El río llegaba revuelto y pensé que habría llovido al otro lado del monte, donde las fuentes nunca se secan. Recorrí un kilómetro río arriba y me senté para leer mis poesías favoritas. Esta vez, Wang Wei, me hablaba de montañas vacías donde no se ve a nadie y cuando la luz de la tarde ilumina otra vez el musgo verde.
Al volver, el cañaveral se movía con el viento del atardecer, pero las sandalias no estaban allí. Sonreí y me encaminé hacia la ciudad.

Atardecer
entre las hojas verdes
veloz la sombra

Esta vez no subí por la cuesta de los caracoleros, descansé en una terraza con un buen rosado fresco y esperé la llegada de la noche. Con el último rayo de sol le dije adiós a Damián, el tabernero. La ciudad era un estallido de brillos, pero yo estaba frío y desasosegado. Las luces me llamaban y mis pies también. Recorrí los últimos metros con excitación y, aun así, pasé de largo. Ella aún no estaba allí.

Faroles rojos
en la noche sin luna
los pies descalzos


Luelir - Navarra, España

La ermita abandonada.

Zigzagueando entre pinos y encinas subo a buen paso la pronunciada cuesta. Como el cerro no es muy alto, pronto llego a la cumbre.
las ruinas / depósito y refugio / de cadáveres anónimos
Elijo un sillar desgastado por la lluvia, donde sentarme a recuperar el aliento. Canta la chicharra.* Con la serenidad que da una merecida sombra, echo un trago de agua fresca, admiro la gama de verdes, aspiro el aire puro… estoy vivo.


Yama (Estella - Lizarra)


RAE
1. f. cigarra (‖ insecto hemíptero).
(*)cantar la chicharra.
1. loc. verb. coloq. Hacer gran calor.

Ángel de mármol

Ángel de mármol
De un pétalo enroscado
Se desprende un aroma


En el silencio comenzó a sentir que su cuerpo se sumergía en aguas transparentes.
Peces de colores seguían su rumbo sin detenerse.
Las figuras acuáticas tomaron formas reconocibles, imaginadas, añoradas.
La transformación le permitía estar cada vez más liviana, hasta notar que su cuerpo soltaba las capas tan adheridas a su piel, tan frágiles caían en movimientos ondulantes en aguas azules.
Comenzó a imitar el vaivén de los peces.
Al principio dolía y continuó hasta hacerse una en el instante imitado
Subía y bajaba hasta llegar al fondo en donde el musgo se bamboleaba entre sus piernas.
No reaccionó rápidamente
Giro suave y logró entender que el musgo era musgo con sus derechos, derecho que lo entendió al desprenderse sin emitir sonido.
Logró elevarse y respirar la brisa ligera, el vuelo de la gaviota le permitió desplazarse hasta la orilla y sentir la suavidad de una arenisca blanca, la lluvia de ayer quedó en el charco esta mañana con la luna reflejada aún plateada.


Ángel de mármol
La brisa trajo hasta la piel
Un pétalo rojo
Se posó en sus manos
Y se deslizó al mar



Bibi Varela Gibb (Córdoba- Argentina)

Blanco y negro

El camino de tierra zigzaguea escondido entre el verdor del monte. Cuatro centenarios castaños y un incipiente robledal singularizan la ascensión; enigmáticos tótems que envueltos en su eterno silencio les hace parecer llevar allí más tiempo que el propio mundo. Apenas una decena de casitas de dos plantas, de paredes blancas y rojos tejados, salpican la espesura del cerro convirtiéndolo, a la vista de los recién llegados, en un gigantesco y vistoso árbol de navidad.
Ya cerca de la cima, en la antojana de una de esas casitas, destacan las figuras enlutadas de dos mujeres. Carmen y María, setenta y seis años la mayor, la otra, su hija, dejó atrás los cincuenta. Entre ellas apenas hay palabras, permanecen sentadas en un pequeño banco de madera y tan sólo unos ligeros movimientos de manos y un hilo de blanco perlé delatan su actividad.
En su rostro no hay muestras de alegría, tampoco reflejan dolor… sólo piel arrugada, la que lucen las gentes del campo, las gentes de agua, viento y sol. Sus ojos, siempre húmedos, reflejan el verde del valle y entre toda la fuerza de ese color asoma el gris de una fría torre de metal.
Pronto el reloj marcará la una y la gran rueda que corona el alto de la torre comenzará a girar; poco a poco izará la jaula en la que una veintena de semblantes ennegrecidos cuentan los minutos para, de nuevo, reencontrarse con el exterior. Entre toses y bromas saldrán los mineros, mientras, casi en la cima del cerro, dos figuras enlutadas se miran, una vez más, sin decirse nada… a su casa ni maridos, tampoco hermanos ni padres, ni siquiera hijos… a su casa nadie llegará.

Tejen al sol.
Poco a poco las sombras
más alargadas


alberasan (Gijón)

La laguna Sacra.

Víctimas de una imprecisión de la guía turística “Trotamundos” que nos acompañó aquel viaje, una mañana de Marzo nos desplazamos a la laguna Sacra, en Silledo, Galicia.

Dada la lejanía del lugar y los pocos días disponibles, realizamos la primera parte de la excursión en coche, transitando inicialmente por carreteras comarcales, bordeadas por altos tilos y algunos pinos y, posteriormente, a medida que íbamos ascendiendo, por caminos apenas asfaltados.

Dos veces nos detuvimos para cerciorarnos de que seguíamos la ruta correcta. En la primera ocasión, una mujer de unos sesenta años, gruesa y de marcado acento gallego, nos indicó, por lo que alcanzamos a descifrar, que íbamos por el buen camino, que sabía a qué laguna nos referíamos, pero no su estado actual y lamentándose de que no estuviera mejor señalizada (yo tuve la sensación de que todos los que nos extraviábamos en aquella zona preguntábamos siempre a la misma señora por la dichosa dirección) nos dio como siguientes referencias unos leones (de piedra) que hallaríamos después de dos curvas, a la entrada de una casa, y unos patos (de carne) que caso de haber agua en la laguna nos informarían (figuradamente) sobre su ubicación (la de la laguna).

Nuestra segunda informante fue una anciana desdentada, de aspecto risueño ( o así semejaba por la ausencia de dientes), tocada por un sombrero de paja que al viento parecía tener vida propia, y un par de vacas. de hipnótica parsimonia, que ejercían con plena propiedad su función de animales de compañía .

Confirmada la ruta continuamos ascendiendo, por planicies cada vez más extensas y despobladas, de vegetación menguante.

Finalmente, otra curva y una larga recta nos condujeron hasta un inmenso páramo, cuya desnudez y silencio paralizaban .

En el páramo
Sólo el viento
Cruza la senda

Dejamos el coche en la cuneta y echamos a andar.

A la vista, sólo un cielo clarísimo convivía con arbustos y árboles de apariencia mineral. Ocasionalmente algún pájaro lejano iba o venía del horizonte.
Resonaba la tierra a cada paso, con un ruido extraordinariamente seco y nítido, y así anduvimos, callados, bordeando lo que parecía ser el linde de una propiedad privada, hasta llegar a un pueblo de cuatro casas, que nacía a partir de una fuente.

De aquellos chorros maravillaban por igual su transparencia y su borboteo. El discurrir sereno de su cauce era el que correspondía a un lugar imperturbado y ajeno al mundo del que veníamos.

En lo que podríamos llamar la plaza del pueblo, correteaban algunas gallinas que a buen seguro superaban en número a los habitantes de aquel sitio. En un extremo, sentado sobre un mojón de piedra, había un hombre muy anciano que al vernos se incorporó fatigosamente y nos mostró una sonrisa divertida.

A pesar del calor, vestía un viejo jersey de un azul que parecía arrebatado al cielo y lleno de jirones sin remendar. Se apoyaba en una vara y caminaba encorvado, tocado por una boina que había ido pasando de antepasado en antepasado.

Le saludamos e, inevitablemente, le preguntamos por la laguna .

El anciano no pudo contener lo que quiso ser una carcajada. Yo también sonreí y recuerdo que de regreso pensé: cuánto más nos hemos alejado, más anciana era la gente y con mayor gusto reía.

Salvado el casi ahogo de la risa, acabó por señalarnos con la vara un punto indeterminado del cielo, para después decir: “antes pasaban por aquí los patos, pero ya hace tiempo que no” y se nos quedó mirando.

Le dimos las gracias y nos fuimos siguiendo la línea imaginaria que la vara había trazado. Cruzamos un terreno colmado de matorrales y algún árbol escuálido y al cabo de medio kilómetro llegamos a una hondonada irregular en la que, penosa y dispersamente, sobrevivían unos hierbajos. Algunas manchas de agua señalaban la antigua existencia de la laguna y por doquier, piedras y matojos aparecían esparcidos con aquel peculiar y armónico desapego. Durante un instante, el tiempo se detuvo. Mirar al cielo o a la tierra era idéntica desolación y, sin embargo, difícilmente podría uno sentirse más unido a ambos en otro lugar.

Allí acabó la excursión. No creo que vuelva nunca más a aquel sitio y si lo hiciera tengo la certeza de que no podría revivir las emociones tal cual acontecieron aquella mañana de Marzo.

Señala el cielo
Con la vara el anciano
Los patos, dice


Carlos.

El árbol:

Sentada bajo un árbol, sus hojas y su tronco son morados. Parece un árbol de muertos. No sé que significa un árbol así. Nunca lo había visto. En realidad está en mi imaginación. Hay personas, muchas personas, las presiento. No están pero las siento. Mi padre esta allí, lo sé. En alguna parte está. No, no quiero subir más escaleras. Ellos están relajados. No luchan, no suben escaleras. Bajar las escaleras es imposible. Se van difuminando. Detrás no hay nada. Como si ya no fuera posible reconstruir los recuerdos. Aquí, ahora, sin poder mover las piernas, una punzada en el estomago. El cuerpo inmóvil. Morado, hay algo morado como una mancha. Las manos frías y húmedas. Un grito, solo hay un eco. Mejor acurrucarse en la pared.


Acurrucados
el cuerpo y el árbol
las hojas caen

Lola Torres Bañuls (Valencia)

Buscando el camino. 3ª y última parte (Albacete-Gijón)

Albacete…
En el andén se hace pequeño
un gorrión


Lentamente, como quien separa de un sobre un sello valioso… así arranca el tren, así me voy… Los cristales tintados del vagón le restan notoriedad al sol del medio día, aunque no el protagonismo. Afuera, los girasoles siguen el curso que les marca el astro; la cebada, que no hace mucho se mecía al viento, yace ahora prensada en enormes rollos. Hay viñedos, con cientos de cepas que asemejan un ejército de minúsculos soldados milimétricamente formados ante su general; entre las vides asoma el ingenio humano, artefactos fotovoltaicos en los que una superficie de cristal de sílice me devuelve a modo de guiños los reflejos del sol. El destello en los viñedos me transporta a un pasado muy cercano, depositándome con suavidad en el brillo de una flauta travesera que remolca con sus notas al viento de otoño entre los árboles… quizás, y solo digo quizás, sea este el primer viaje de un ser humano a la velocidad de la luz… Y con la misma rapidez que me fui he vuelto, y tras la ventanilla, otra vez la vida…

Viento,
cuelgan de un cable eléctrico
restos de ave

Me recuesto en el asiento. El tren sigue su ruta, las conversaciones en el vagón no se detienen; el sol, poco a poco, se dirige, cómo no, hacia el oeste; las nubes blancas cambian de forma y lugar; incluso el ave que ya no es ave aún mece sus plumas al viento… Cuatro gigantes coronan un cerro, ninguno bracea… Rocinante no está cerca. En el mismo horizonte, en una loma cercana, despuntan esbeltos molinos de viento; así, tan lejos, parecen pequeños… cierro los ojos… creo ver a un niño ir a recogerlos.
Las vías se multiplican, se presiente la cercanía de la gran urbe. Dejo que la vista se adelante y me traiga la imagen de cuatro rascacielos que achican al resto de la ciudad…

En vía muerta
dos vagones oxidados,
se posa un gorrión


Vuelve a tomar velocidad el tren, miro a la diestra y a la siniestra, al otro lado de las ventanillas el paisaje muda a cada instante como si un tramoyista se afanara en mostrarme sus mejores decorados. Una ciudad tras otra, da igual su tamaño, su clima, su idiosincrasia; en todas, sea su estación humilde o presuntuosa, un reloj, que tanto recibe como despide, se empeña en mostrarme el paso del tiempo…

Nudo ferroviario,
solamente las sombras
cruzan las vías


Inquieto, empiezo a no encontrar acomodo en el asiento. Un potro brinca junta a una alambrada, la niebla esconde al valle, se disfrazan de nubes las montañas. Grande fui por un momento mientras contemplaba los rascacielos… pequeño, así me siento, entre tanto verde que se adentra hasta el mismísimo cielo. Asturias… allá donde miro un horizonte cercano y en la que sus llanuras son de agua salada.
El vagón habla: última parada, Gijón, gracias…
Su mirada ahora es un beso, su beso una sonrisa, su sonrisa mi sonrisa… mi chica. Cruzamos la ciudad, en las calles el algarabío de un sábado en donde las terrazas se llenan y los comercios empiezan a cerrar. Huele a sidra, y al sonido de una gaita se le suma un tintineo; en una caja de cartón el brillo de unas monedas. Sopla la brisa… el cielo se cubre de nubes grises. Cierro la puerta de casa ¡clac!

Junto a ella,
el sonido de la lluvia
en la ciudad


alberasan (Gijón)

2ª parte de Buscando el camino (Albacete)

Penumbra en el andén, hay obras… crece la ciudad. Encamino mis pasos. Junto a la marquesina una silueta, lleva colgada del hombro una bolsa verde. En la mirada una sonrisa, en la sonrisa una mirada. Un apretón de manos…se alza de repente el viento de levante… De nuevo un taxi… la puerta se abre. La ciudad, que ya empieza a bostezar, se esconde timorata entre las sombras. Después de un corto trayecto, se repite, la puerta se abre y en la noche de Albacete, bullicio en las terrazas…

Camino a su lado,
una hilera de hormigas
sobre la acera


Las farolas con su luz anaranjada hacen que el entorno sea como una fotografía tratada por un profesional. Colores cálidos entre los que destaca la palidez desprendida por sillas y mesas de metal niquelado. En los árboles que circundan la terraza asoma el viento con reparo. Entre las ramas, un gorrión inquieto cambia de lugar. A la puerta del bar nos acoge el calor de Albacete. Tras un apretón de manos entramos… uno, dos, tres… no cuento los pasos, somos tres los que caminamos. El comedor está repleto, las conversaciones tapan los huecos que pudiesen quedar; cientos de palabras que se cruzan, se rozan… ninguna choca. Llegan las presentaciones, rostros que asoman y dejan tras de sí el mundo virtual. Atrás dejé mi casa, y al final del las vías de nuevo me encontré en ella.

Hacia el hotel;
la cabeza de un gorrión
bajo su ala


La emoción del encuentro no da cabida al descanso… Despierto rodeado por desacostumbrados colores; la sábana, enrollada a mis pies, y mis ojos entrecerrados, hablan de la noche que lentamente pasó ante las ventanas de la habitación. Un desayuno, y ya en la calle un cigarro… sigo con la vista el humo azulado que ignorando a los aspersores se adentra en un jardín. La puerta del hotel da su último giro. La mañana es calurosa, más que cualquier tarde en Gijón. Sigo las sombras de los que me preceden hasta llegar al salón de actos en donde tendrá lugar el curso; las sombras que nacen bajo el sol siempre se mueven.

Una gota
recorre mi espalda,
polvo en los zapatos


Cuatro peldaños me acercan hasta la entrada. Un cenicero con múltiples colillas anuncia un espacio sin humos. Las puertas acristaladas dejan ver el interior; como corresponde a un lugar de enseñanza. El aire acondicionado invita a quedarse. Según avanzo, a mi izquierda, una escalera da acceso al piso superior, la ignoro; en la pared, un montón de avisos ocultan el corcho donde están colgados. A la derecha, un expositor cerrado guarda tras su cristal unas listas llenas de nombres, quizás los nombres son más valiosos que los avisos. El salón de actos es más bien grande, o puede que sea más bien pequeño; una cosa es segura, no es ni grande ni pequeño. La luz artificial es clara, resaltan sus reflejos sobre el negro de las butacas. Las ventanas permanecen ocultas por unas cortinas de color desgastado; la madera y el ladrillo completan el ambiente.

Cortina entreabierta,
entre las hojas de un árbol
un trozo de cielo


Transcurre la jornada… se dan cita voces y oídos anhelantes, cada cual en su papel. Una pausa… comemos para de nuevo continuar con el programa. Llega el final de la tarde, el sol aún muestra su fuerza, los haiku descansan encerrados en una carpeta. Una vez en la calle las conversaciones se personalizan… y como en cualquier ciudad: una persona se asoma a la ventana, los coches se agrupan ante los semáforos, los niños corren entre risas, un camarero atiende las mesas de una terraza, comienzan a verse parejas que pasean cogidas de la mano, una bolsa de plástico cruza la carretera…

Sobre la acera,
tras la huella de una bici
restos de helado


Se suceden los días hasta llegar al tercero, el último del encuentro… todo lo que empieza acaba… Siempre he creído que algún día, alguien recorrerá el infinito hasta encontrar su final. En el hotel, mientras preparo el equipaje, los recuerdos comienzan a ordenarse en mi cabeza; son tantos y tan variados… Llegué cargado de ilusión y la he cambiado por un montón de nombres imborrables; ahora entiendo porque los nombres se guardan en una vitrina cerrada…




alberasan (Gijón)
Nota: continuará con la que será tercera y última parte.

Olor a Flor de Acacia.

Es tan intenso su aroma al amanecer, cuando los rayos del sol entibian sus esencias que despierto embriagada.
Miro sus flores, dulce crema , que de niña merendaba y me llega la inocencia del ayer en el barrio, dónde los niños jugábamos con cosas sencillas. Con tierra, con agua, con hojas. Con caracoles y lombrices.
Recuerdo el canario amarillo, regalo del abuelo, que una tarde de viento furioso salió volando con su jaula y claro, murió.
Le enterramos en un pinar cercano, dentro de una caja de zapatos en la que metí flores de geranios que arranqué de una ventana cualquiera.
Ahora estoy aquí, con una taza de té en mi mano, asomada al balcón que enmarca la copa de una acacia repleta de flores.


Días de viento.
En las manitas con barro
flores de acacia.



Mercedes Pérez (Villalba - Madrid)

Es el mismo camino...

Es el mismo camino, la misma hora y sin embargo este día todo se ve distinto.
El invierno pone menos luces al asfalto, el frío oculta las pieles, achica los ojos y se ven menos los dientes con las sonrisas.
Hoy llueve, las calles brillan y las farolas empañadas por las gotas reflejan sus naranjas. Pero no todo luce igual, las veredas se alternan entre lo resbaladizo y lo accidentado, se hace difícil el equilibrio con el paraguas en la mano. Hasta las paredes opacan con la humedad sus colores.
Los perros que me acompañan por las mañanas hoy no aparecen, solo un par de ellos, guarecidos en un zaguán duermen sobre cartones.
El camino me acerca al río y el olor a pescado invade el aire. El viento se acrecienta, la lluvia remolinea y empapa las ropas, golpea contra mis anteojos y el vapor de mi aliento los empaña. Contengo el aire para recuperar algo de visión.
Los arbustos de la vereda de enfrente se recuestan hacia el este y sus hojas rumorean con la ventisca. La acacia de la esquina mueve los racimos de semillas, lo único que cuelga en ella por estos días.
El agua de la ciudad baja hacia esta zona y se dificulta cruzar la calle, corre con fuerza arrastrando todo lo que halló a su paso, bolsas, ramas, diarios...
Las gotas de lluvia hacen globitos, tendremos agua todo el día.
Llego a destino, toco el timbre y ¡no hay luz!

julio con lluvia,
desolada la calle
mi sombra y yo




Mirta Gili (San Nicolás - Argentina)

AUNQUE EL SOL DE ESTA TARDE

Aunque el sol de esta tarde de primeros de junio casi roza ya el poniente, hace calor y se nota en el aire cargado del olor que desprenden las jaras repletas de flores blancas. Si se mira con atención se puede ver como sus esencias se volatilizan a pocos centímetros de las hojas, distorsionando ligeramente el paisaje del fondo.
Camino por una escorrentía hasta lo alto de una loma y respiro profundamente con algo de dolor en los pulmones por el esfuerzo de la subida. Me detengo y olvido el pinchazo del pecho al ver el paisaje serrano de dehesas verdes salpicadas de fresnos y encinas.
Escucho…. escucho como en el valle los sonidos cambian al ritmo de la luz del sol:
Pájaros…. mugidos de terneros hambrientos… cencerros de vacas que se aproximan a los mugidos… un tren que divide a su paso en dos el campo llenándolo de estruendo…. y de nuevo pájaros suplantando con su silencio el ruido de la jauría humana…

Crece el silencio.
En lo hondo del bosque
un picapinos


El sol casi roza el perfil de la montaña y algunas nubes bajas reflejan sus rayos de atardecer ocultándole a ratitos y dejando el cielo matizado de rojos y violetas.
Me encaramo a un berrocal en cuyas grietas musgosas han germinado algunas jaras y me admiro de la capacidad para sobrevivir de estas plantitas que hunden sus raíces en un terreno tan inhóspito.
La piel de mis brazos se eriza al sentir una ligera brisa del norte y agradezco el frescor que proviene de las cumbres en las que aún quedan neveros.

Nubes del Norte.
En los pétalos de las jaras
oscureciendo


Vuelvo sobre mis pasos, camino en silencio intentando pasar desapercibida en este espacio sagrado en el que me siento una intrusa.

Anochece.
Por entre las jaras el canto
de otros pájaros




Mercedes Pérez (Villalba - Madrid)

a veces...

A veces el camino hacia lo grande, lo trascendente, sirve para hacerte ver que ayer llovió y hoy está todo más verde ; comprobar que ya no te molestan las voces de los niños en el patio cercano; sentir más próximos a los amigos en tu caminar, aunque al final del paseo, sentado en las piedras, eres consciente de que todo te está indicando que...

ya es hora
de iniciar tu colección
de las mil grullas


Santiago Larreta Irisarri

EL SUELO, SITIO COMÚN

Ya plagado de gente, ayer tarde, el lugar me resultó extraño, inquietante. Intuía a las personas, que apenas se dejaban ver. A pesar del calor, casi en todos los puestos había un pequeño fuego encendido, quiero creer que por cuestión de luz y cocina, que no de temperatura.

anochecer.
falta el brillo de luna
entre adoquines

Hoy bien temprano, la luz del sol entra por estas ventanas que en toda Latinoamérica se empeñan en no cerrar del todo, y ya en la calle la extrema luminosidad me introduce de lleno en la vida, me siento como del lugar.
Subiendo peldaño a peldaño, la plaza aparece como si un telón se descubriera al revés, de arriba abajo. Todo es blanco. Todas las paredes son escrupulosamente blancas. Las de las casas, las tiendas y las iglesias. Más escalones, y arriba, a las puertas de lo que viene a ser una catedral, algo me llama poderosamente la atención. Es un chamán. Tiene todo el suelo a su alrededor plagado de hojas y ramas. Y nuevamente un fuego que despide un humo denso y oscuro. Me lo habían avisado,”eso no es para turistas. Lo auténtico y lo comercial conviven en Chichi, si quieres disfrutar, aprende a distinguirlo al vuelo”. Me voy directo al humo, esperando oler algo maravilloso. Ni laurel, ni olivo ni nada, no identifico aquellas ramas que además huelen a eso, a nada de nada. Solo humo, un humo gris plomo que contrasta con tanta blancura. Malmirado me voy y comienzo a caminar dispuesto a disfrutar de uno de los mercados más afamados del mundo.

el sol subiendo,
y sobre el empedrado
queman mis pies

Ahora sí, los puestos para turistas se hacen evidentes. Me llaman amigo, vuelvo a ser uno más. Pinturas, muñecos, bolsos… y de repente, veo antes que huelo un gran puesto de ajís. Hay apilados algunos verdes, pero, desordenados, montones de muy diversos tamaños cubren la gama que va del amarillo al rojo pasando por cualquier tipo de naranja imaginable. Sí, el butano también. Cuesta alejarse de ese aroma.

Más puestos para turistas y apenas a quince metros, un tablero lleno de especias. ¡Qué extraño! Ahora es al revés, llego por el olor pero me cautiva finalmente cada uno de los colores de los montoncitos. Es el querer conocer cómo es cada grano, cada molienda, lo que me deja un rato levemente inclinado sobre el puesto… lo siento auténtico. Aquí la abuela desdentada ni me ha mirado. Me trata como a turista y como turista le respondo: ante su molesto malestar, me molesto yo; quisiera fotografiarla con avidez de visitante japonés. Sigo caminando y voy dándole a la cabeza ¿y qué debiera haber pensado la indígena de un tipo pálido, serpenteando por las calles del mercado de Chichicastenango, mochilero en bermudas y con la polaroid lista para disparar?

lavan verduras.
el agua sucia corre
junto al bordillo



Elías (Albacete)

Buscando el camino. 1ª parte (Gijón-Albacete)



¡Clac! La puerta quedó cerrada a mi espalda. No fue un sonido brusco, bien está decir que tampoco pasó desapercibido. Un clac cuyo eco aún persevera en mi cabeza. En la calle el viento del este disipa las nubes desenmascarando al sol, que brilla como un rostro sorprendido por un beso deseado.
Junto al portal una terraza con mesas y sillas rojas, repleta de charlas que se mezclan unas con otras bramando en mis oídos como si fuese una ola. Un taxi se detiene en doble fila y mi reflejo se aleja del portal hasta desaparecer tras el ruido de otra puerta al cerrarse.
Atravieso la estación de trenes, en el andén, aún solitario, una colilla pisoteada. Observo a uno y otro lado y la mirada sigue las vías que me llevan veinte años atrás… el calor del acero fundido, el sudor en la espalda y en el pecho que termina recogido en la cintura del pantalón, las partículas de grafito que, como seres brillantes, deambulan entre los rayos de luz… En el andén dos colillas, una todavía no ha sido pisada.

Ya en el vagón
mi sombra desaparece,
asientos libres


Y avanza el tren, y avanzo yo… una vieja ruta, un nuevo camino. Se interna el convoy entre la verde espesura, al igual que lo haría un machete en una frondosa selva… Asturias…atrás queda el sabor de la sal en los labios, el gorjeo de los tordos que de rama en rama recorren las pomaradas, los ecos del centenario Molinón que aún gritan el último gol…las fronterizas montañas… Cierro los ojos, respiro hondo…pero el aroma de la hierba no se aprecia tras un cristal. Vuelvo a mirar… la meseta, dorada, cruza veloz de un lado al otro de la ventanilla.

Una cigüeña,
su sombra en el reloj
sin manecillas


Tic-tac, tic-tac…se hace pequeña la vieja iglesia que un día decidió renunciar al transcurrir del tiempo. Un corto traqueteo al cruzar el puente de acero que se eleva sobre el rio. La fuerza del agua arrastra una rama ya sin savia, sólo la luz del sol se resiste a la corriente. Más allá, siempre hay algo más allá, un pozo abandonado, su boca tapiada…Un artilugio mecánico recorre el campo, a su paso, el agua reverdece lo allí plantado. Cambia la luz, nunca es la misma, y el cielo se desparrama sobre un infinito campo de girasoles. Se hace de noche, una voz anuncia la proximidad de Albacete, el tren reduce su marcha hasta detenerse. He llegado.

Lejos de casa
alzo la vista,
la luna sigue ahí


alberasan (Gijón)

De vuelta... (primer haibun)

Todo un primer paso, el primer haibun con un (primer haibun).

De vuelta...


Alguien pasó
por el mismo camino:
huellas recientes.


Vuelvo a mi casa. Cuando era joven vine a la ciudad, aun así, uno siempre recuerda su vieja casa y su infancia. Recuerdo cuando jugaba con mis amigos, recuerdo cuando los pájaros cantaban todos los días al amanecer. Ahora no escucho los pájaros, escucho los automóviles. Antes escuchaba a mis hermanos, a mis padres y el fuego de la estufa, la estufa de cáscara. Ahora no escucho a nadie. Nadie habla conmigo a pesar de que una multitud vive cerca de mí, vive junto a mí…Las personas en la ciudad no hablan, las personas en la ciudad no escuchan el canto de los pájaros, las personas en la ciudad, algunas veces, no son personas.

En el rincón
oxidados los tubos
entre la cáscara.


Vuelvo a mi casa. Quiero escuchar, de nuevo, los pájaros y el fuego. Quiero escuchar a los habitantes hablar conmigo sobre el tiempo y también sobre la ciudad. Ellos me preguntarán sobre la vida en la ciudad. Vuelvo a mi casa para buscar mi infancia. Nunca se debe olvidar el canto de los pájaros o el sonido del fuego. Vuelvo a mi pequeño pueblo. Nada cambió, nada cambiará…

Tarde de invierno –
tiritando un anciano
cruza la calle.




Antonio (Albacete)