Las croquetas, el cupón y el montón de estiércol
Anoche vi una foto de una amiga en la que ella aparecía sentada en la mesa de un bar junto a un plato que contenía cuatro grandes croquetas. No eran croquetas de las congeladas, esas pequeñas que salvo por el sabor a aceite frito no aportan más que calorías; se veía que eran de las caseras de verdad, croquetones que trajeron hasta mi paladar sabores a jamón, a pollo, a espinacas con roquefort, a gambas al pil-pil…y es que la imaginación se desbordó a altas horas de la madrugada. Las soñé cremosas y suaves por dentro y crujientes por fuera, incluso sentí romperse la capa de fuera con mi primer bocado y el sabor intenso que danzaba en el interior de mi boca; las soñé libres de aceite. Con la primera me quemé por no saber esperar a que se enfriaran un poco antes de la degustación, pero un buen trago de rioja apagó el fuego junto a un trozo de pan de hogaza, de aquellos antiguos, de los que aguantaban una semana sin llegar a ponerse duros ni a adquirir moho por la humedad. ...